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Panfleto LAETUS

RACIOCINIO

La habitación cerrada |Paul Auster| [fragmento]

La habitación cerrada |Paul Auster| [fragmento]

Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá; que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejo tras sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer esto sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan; nos volvemos cada vez más opacos; más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la frontera que lo separa del otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo.

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La democracia del espectador |Noam Chomsky| [fragmento]

La democracia del espectador |Noam Chomsky| [fragmento]

Es posible que haya una revolución popular que nos lleve a todos a asumir el poder del Estado; o quizás no la haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que detentan el poder real: la comunidad de las finanzas. Pero estaremos haciendo los mismo: conducir a las masas estúpidas hacia un mundo en el que van a ser incapaces de comprender nada por sí mismas.
 
[Walter] Lippmann respaldó todo esto con una teoría bastante elaborada sobre la democracia progresiva, según la cual en una democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciudadanos. En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún papel activo en cuestiones generales relativas al gobierno y la administración. Es la clase especializada, formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, y que constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de la población total. Por supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es parte de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la mayoría de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño desconcertado: hemos de protegernos de este rebaño desconcertado cuando brama y pisotea. Así pues, en una democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase especializada, los hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el rebaño desconcertado también con una función en la democracia, que, según Lippmann, consiste en ser espectadores en vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia, estos últimos llevan a término algo más que una función: de vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos que seas nuestro líder, o, mejor, queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en una democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez se han liberado de su carga y traspasado ésta a algún miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que funciona como Dios manda.
 
Y la verdad es que hay una lógica detrás de todo eso. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la gente es simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas. Si los individuos trataran de participar en la gestión de los asuntos que les afectan o interesan, lo único que harían sería solo provocar líos, por lo que resultaría impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay que domesticar al rebaño desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar la misma lógica que dice que sería incorrecto dejar que un niño de tres años cruzara solo la calle. No damos a los niños de tres años este tipo de libertad porque partimos de la base de que no saben cómo utilizarla. Por lo mismo, no se da ninguna facilidad para que los individuos del rebaño desconcertado participen en la acción; solo causarían problemas.
 
Por ello, necesitamos algo que sirva para domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el arte de la democracia: la fabricación del consenso. Los medios de comunicación, las escuelas y la cultura popular tienen que estar divididos. La clase política y los responsables de tomar decisiones tienen que brindar algún sentido tolerable de realidad, aunque también tengan que inculcar las opiniones adecuadas. Aquí la premisa no declarada de forma explícita ―e incluso los hombres responsables tienen que darse cuenta de esto ellos solos― tiene que ver con la cuestión de cómo se llega a obtener la autoridad para tomar decisiones. Por supuesto, la forma de obtenerla es sirviendo a la gente que tiene el poder real, que no es otra que los dueños de la sociedad, es decir, un grupo bastante reducido. Si los miembros de la clase especializada pueden venir y decir Puedo ser útil a sus intereses, entonces pasan a formar parte del grupo ejecutivo. Y hay que quedarse callado y portarse bien, lo que significa que han de hacer lo posible para que penetren en ellos las creencias y doctrinas que servirán a los intereses de los dueños de la sociedad, de modo que, a menos que puedan ejercer con maestría esta autoformación, no formarán parte de la clase especializada. Así, tenemos un sistema educacional, de carácter privado, dirigido a los hombres responsables, a la clase especializada, que han de ser adoctrinados en profundidad acerca de los valores e intereses del poder real, y del nexo corporativo que este mantiene con el Estado y lo que ello representa. Si pueden conseguirlo, podrán pasar a formar parte de la clase especializada. Al resto del rebaño desconcertado básicamente habrá que distraerlo y hacer que dirija su atención a cualquier otra cosa. Que nadie se meta en líos. Habrá que asegurarse que permanecen todos en su función de espectadores de la acción, liberando su carga de vez en cuando en algún que otro líder de entre los que tienen a su disposición para elegir.

Control del pensamiento |Marvin Harris| [año 1983]

Control del pensamiento |Marvin Harris| [año 1983]

El Estado y el control del pensamiento

 

Las grandes poblaciones, el anonimato, el empleo de dinero y las vastas diferencias en riqueza hacen que el mantenimiento de la ley y el orden sea más difícil en las sociedades estatales que en las bandas, aldeas y jefaturas.
 
Esto explica la gran complejidad tanto de las fuerzas policiales y paramilitares como de las demás instituciones y especialistas estatales que se ocupan del crimen y del castigo. Aunque, en última instancia, todo Estado se halla preparado para aplastar a los criminales y subversivos políticos encarcelándolos, mutilándolos o ejecutándolos, el peso de la labor cotidiana de mantener la ley y el orden frente a individuos o grupos descontentos lo soportan, en su mayor parte, instituciones que tratan de confundir, distraer o desmoralizar a los alborotadores en potencia antes de que sea necesario someterlos a la fuerza. Por tanto, todo Estado, antiguo o moderno, dispone de especialistas que realizan servicios ideológicos en apoyo del statu quo. A menudo, estos servicios se prestan de formas y en contextos que no parecen tener relación con los problemas económicos y políticos.
 
El principal aparato de control del pensamiento de los sistemas estatales preindustriales consiste en instituciones mágico-religiosas. Las complejas religiones de los incas, aztecas, antiguos egipcios y otras civilizaciones preindustriales santificaban los privilegios y poderes de la élite dirigente. Defendían la doctrina de la filiación divina del Inca y del faraón y enseñaban que el equilibrio y continuidad del universo exigían la subordinación de los plebeyos a personas de nacimiento noble y divino. Entre los aztecas, los sacerdotes estaban convencidos de que los dioses debían ser alimentados con sangre humana; y arrancaban personalmente los corazones palpitantes de los prisioneros de guerra en lo alto de las pirámides de Tenochtitlán. En muchos estados, la religión ha sido utilizada para condicionar a grandes masas a aceptar la depauperación relativa como una necesidad, a esperar recompensas materiales en la otra vida en vez de en la presente y a mostrarse agradecidos por los pequeños favores recibidos de los superiores (pues la ingratitud acarrea una retribución llameante en esta vida o en un infierno futuro).
 
Para transmitir mensajes de este tipo y demostrar las verdades en las que están basados, las sociedades estatales invierten una gran parte de la riqueza nacional en arquitectura monumental. Desde las pirámides de Egipto o Teotihuacán hasta las catedrales góticas de la Europa medieval, el monumentalismo de los edificios religiosos subvencionados por el Estado hace que el individuo se sienta impotente e insignificante. Los grandes edificios públicos, ya parezcan flotar como en el caso de la catedral de Amiens o aplastar el suelo con su peso infinito como en el caso de las pirámides Khufu, enseñan la inutilidad del descontento, la invencibilidad de los que gobiernan y la gloria del cielo y los dioses. (Esto no quiere decir que no enseñen nada más.)

 

El control del pensamiento en contextos modernos

 

Una manera importante de lograr el control del pensamiento consiste no en asustar o amenazar a las masas, sino en invitarlas a identificarse con la élite gobernante y gozar indirectamente de la pompa de los acontecimientos estatales. Espectáculos públicos como procesiones religiosas, coronaciones y desfiles de victoria operan en contra de los efectos alienantes de la pobreza y la explotación. Durante la época romana, las masas eran sometidas a control permitiéndoles contemplar combates de gladiadores y otros espectáculos circenses. Los sistemas estatales modernos tienen en las películas, la televisión, la radio, los deportes organizados, la puesta en órbita de satélites y los aterrizajes lunares técnicas infinitamente más poderosas para distraer y entretener a sus ciudadanos. A través de los modernos medios de comunicación la conciencia de millones de oyentes, lectores y espectadores es a menudo manipulada según vías determinadas con precisión por especialistas a sueldo del gobierno. Pero tal vez la forma más efectiva de «circo romano» hasta ahora ideada sean los «entretenimientos» transmitidos por el aire directamente hasta la chabola o el apartamento. La televisión y la radio no sólo reducen el descontento al divertir al espectador, sino que también mantienen a la gente fuera de las calles.
 
Sin embargo, los medios modernos más poderosos de control del pensamiento puede que no estén en los narcóticos electrónicos de la industria del entretenimiento, sino en el aparato de educación obligatoria apoyado por el Estado. Maestros y escuelas satisfacen evidentemente las necesidades instrumentales de las complejas civilizaciones industriales adiestrando a cada generación en los servicios técnicos y de organización necesarios para la supervivencia y bienestar. Pero maestros y escuelas también dedican mucho tiempo a una educación no instrumental: formación cívica, historia, educación política y estudios sociales. Estas materias están llenas de supuestos implícitos y explícitos sobre la cultura, el ser humano y la naturaleza que indican la superioridad del sistema político-económico en el que son enseñadas. En la Unión Soviética y otros países comunistas muy centralizados, no se hace ningún intento para enmascarar el hecho de que una de las principales funciones de la educación obligatoria es el adoctrinamiento político. Las democracias capitalistas occidentales son, en general, menos propensas a reconocer que sus sistemas educativos son también instrumentos de control político. Muchos maestros y alumnos, al carecer de una perspectiva comparativa, no son conscientes del grado en que sus libros, planes de estudios y exposiciones en clase apoyan al statu quo. Sin embargo, en otras partes, consejos locales de educación, juntas de regentes y comités legislativos exigen abiertamente la conformidad con el statu quo.
 
Los modernos sistemas de educación obligatoria, desde los jardines de infancia hasta las universidades, operan con un doble modelo políticamente útil. En la esfera de las matemáticas y de las ciencias biofísicas, se estimula a los estudiantes a que sean creativos, perseverantes, metódicos, lógicos e inquisitivos. Por otra parte, los cursos que tratan de los fenómenos culturales evitan sistemáticamente los «temas controvertidos» (por ejemplo, la concentración de riqueza, la propiedad de las multinacionales, la nacionalización de las compañías petrolíferas, la involucración de bancos e inmobiliarias en la especulación del suelo urbano, los puntos de vista de las minorías étnicas y raciales, el control de los medios de comunicación de masas, el presupuesto de defensa militar, los puntos de vista de las naciones subdesarrolladas, las alternativas al capitalismo y al nacionalismo, el ateísmo, etc.). Pero las escuelas van más allá de la mera evitación de temas controvertidos. Algunos puntos de vista políticos son tan esenciales para el mantenimiento de la ley y el orden que no se pueden confiar a métodos objetivos de educación; en vez de ello, se implantan en la mente de los jóvenes apelando al miedo y al odio. La reacción de los norteamericanos ante el socialismo y el comunismo no es menos resultado del adoctrinamiento que la reacción de los rusos ante el capitalismo. Los saludos a la bandera, juramentos de fidelidad, canciones y ritos patrióticos (asambleas, juegos y desfiles) son algunos de los aspectos políticamente ritualizados más familiares en los planes de estudios en las escuelas primarias.
 
Jules Henry, quien pasó del estudio de los indios en Brasil al estudio de los institutos de enseñanza media en St. Louis, ha contribuido a la comprensión de algunas de las maneras en que la educación universal moldea la pauta de conformidad nacional. Henry muestra en su libro Culture against Man cómo incluso en las lecciones de ortografía y canto puede haber un adiestramiento básico en apoyo del «sistema competitivo de libre empresa». A los niños se les enseña a tener miedo al fracaso; también se les enseña a ser competitivos. De ahí que pronto empiecen a ver en los demás la principal causa de fracaso y tengan miedo unos de otros. Como observa Henry: «La escuela es, en efecto, un adiestramiento para la vida posterior no porque enseñe (mejor o peor) la lectura, escritura y aritmética, sino porque inculca la pesadilla cultural esencial: miedo al fracaso, envidia del éxito...».
 
En los Estados Unidos, actualmente, la aceptación de la desigualdad económica depende mucho más del control del pensamiento que del ejercicio de la pura fuerza represiva. A los hijos de familias económicamente débiles se les enseña a creer que el principal obstáculo que les impide alcanzar riqueza y poder son sus propios méritos intelectuales, resistencia física y voluntad de competir. A los pobres se les enseña a cargar con la culpa de su pobreza y, así, dirigen su resentimiento, primordialmente, contra sí mismos o contra aquellos con quienes deben competir y que se encuentran en el mismo peldaño de la escala de movilidad ascendente. Por añadidura, a la porción económicamente débil de la población se le enseña a creer que el proceso electoral garantiza la separación de los abusos de ricos y poderosos mediante la legislación que tiene como objetivo la redistribución de la riqueza. Por último, a la mayor parte de la población se la mantiene en la ignorancia del funcionamiento real del sistema político-económico y del poder desproporcionado que ejercen lobbies representativos de corporaciones y otros grupos de interés. Henry concluye que las escuelas de Estados Unidos, pese a su ostensible dedicación a la investigación creadora, castigan al niño que manifiesta ideas intelectualmente creativas respecto a la vida social y cultural:
 
Aprender estudios sociales es, en gran medida, en la escuela primaria o en la universidad, aprender a ser estúpido. La mayoría de nosotros realizamos esta tarea antes de entrar en el instituto de enseñanza media. Pero el niño con imaginación socialmente creadora no se le alentará a jugar con sistemas sociales, valores y relaciones nuevos; no hay mucha probabilidad de que esto suceda por la sencilla razón de que los profesores de estudios sociales catalogarán a tal niño como un estudiante mediocre. Además, este niño sencillamente no podrá comprender los absurdos que al maestro le parecen verdades transparentes... Aprender a ser un idiota o, como dice Camus, aprender a ser absurdo, forma parte del desarrollo. Así, el niño a quien le resulta imposible aprender a pensar que lo absurdo es la verdad... normalmente llega a considerarse un estúpido.

La buena CRISIS |Jordi Pigem|

La buena CRISIS |Jordi Pigem|

La solución a la crisis económica no puede ser sólo económica. La situación actual responde a un complejo entramado que nos remite, en el fondo, a una crisis de percepción. Y no podemos seguir obviando su dimensión ecológica y psicológica.
 
Imaginemos que en este año internacional de la Astronomía se produjera en pleno día un eclipse de sol que nadie hubiera previsto. No bastaría con dar un tirón de orejas a los profesionales de la astronomía. Sería evidente que la teoría astronómica requiere un cambio de paradigma, como el que en su día introdujeron Copérnico, Kepler y Galileo en la cosmología medieval. En vez de remendar la vieja teoría astronómica con más epiciclos, deferentes y excéntricas, habría que transformarla por completo.
 
En 1989 se dijo que todos los politólogos tendrían que dimitir por no haber previsto ninguno la inminente caída del muro de Berlín. También se ha dicho ahora que los grandes profesionales de la economía deberían dimitir por no haber previsto la magnitud de la crisis global en la que hemos entrado. Aparte de Nouriel Roubini (tachado de excéntrico y apocalíptico) ningún economista convencional la vio venir a tiempo. Lo reconoce incluso Paul Krugman, el reciente Nobel de Economía. No menos grave que la crisis del sistema económico es el colapso de las teorías económicas convencionales, que se han visto completamente desbordadas por la realidad. Las caras largas del último encuentro de Davos no sólo tienen que ver con el deterioro de la economía. Tienen mucho que ver con el hecho de que los mapas que usábamos ya no sirven. Los dioses que adorábamos resultaron ser falsos. Aunque nos empeñemos, por inercia, en seguir dando crédito a los mismos métodos y a los mismos expertos.
 
Un periodista del Corriere della Sera, Federico Fubini, hizo este año en Davos una encuesta a directores de bancos centrales y otras figuras clave del sistema financiero global. Les preguntó si creen que han hecho algo a lo largo de su vida “que pueda haber contribuido, aunque sea mínimamente, a la crisis financiera”. No, respondió sin titubeos el 63,5 por ciento. David Rubinstein, cofundador y director ejecutivo del Carlyle Group. comentó irónicamente: “Creí que el cien por cien diría que no tiene nada que ver”. Al fin y al cabo, es habitual que quienes se aferran a un paradigma obsoleto no se den cuenta de su propia responsabilidad o de lo que hay ante sus ojos. Tampoco los teólogos de hace cuatro siglos veían nada cuando miraban a través del telescopio de Galileo.
 
Hay una burbuja mucho más antigua y mucho mayor que la burbuja bursátil y la burbuja inmobiliaria. Es la burbuja epistemológica: La burbuja en la que flota la visión economicista del mundo, la creencia en la economía como un sistema puramente cuantificable, abstracto y autosuficiente, independiente tanto de la biosfera que la alberga como de las inquietudes humanas que la nutren. En este sentido, la crisis del sistema económico tiene su origen en una crisis de percepción. La economía ecológica de Joan Martínez Alier y la psiconomía de Àlex Rovira son lentes correctoras de ambos tipos de miopía. La solución a la crisis económica no puede ser sólo económica.
 
Hoy se habla de volver a Keynes. Pero hace setenta años Keynes ya criticaba que todo se reduzca a valores económicos: “Destrozamos la belleza de los campos porque los esplendores no explotados de la naturaleza no tienen valor económico. Seríamos capaces de apagar el sol y las estrellas porque no nos dan dividendos”. En sus últimos años Keynes señaló a un joven economista alemán como el más indicado para continuar su legado. Se trataba de E.F. Schumacher, que en los años setenta publicaría un libro de referencia de la economía ecológica. Lo pequeño es hermoso, en el que criticaba la obsesión moderna por el gigantismo y la aceleración y proponía algo insólito: “Una economía como si la gente tuviera importancia”. Schumacher sabía que las teorías económicas se basan en una determinada visión del mundo y de la naturaleza humana. Y todavía hoy, en el siglo XXI, pese a la física cuántica y la psicología transpersonal, la economía imperante se basa en una ontología decimonónica: ve el mudno como una suma aleatoria de objetos inertes y cuantificables, es reduccionista y fragmentadora y tiende a oponer a los seres humanos entre sí y contra la naturaleza. Schumacher ya diagnosticó en 1973 que “la economía moderna se mueve por una locura de ambición insaciable y se recrea en una orgía de envidia, y ello da lugar precisamente a su éxito expansionista”. Y añadió que hoy la humanidad “es demasiado inteligente para ser capaz de sobrevivir sin sabiduría”.
 
No pocos bioeconomistas y economistas ecológicos, conscientes de que el crecimiento económico se había convertido en una carrera contra la geología, contra la biosfera y contra el sentido común, veían venir esta crisis desde que se aceleró la globalización. Otros parecen haberla intuido mucho antes. El economista suizo Hans Christoph Biswanger analizó en Dinero y magia la segunda parte del Fausto de Goethe como una crítica premonitoria de la fáustica economía moderna. El dinero (nuestro símbolo favorito de inmortalidad) se vuelve adictivo y el individuo entrega su alma por él. En el cuarto acto Fausto define así su deseo más profundo: “¡Obtendré posesiones y riquezas!” (y anticipando nuestra sociedad hiperactiva añade: “La acción lo es todo”). La alquimia ha sido sustituida por la especulación financiera: se trata e crear oro artificial que a partir de la nada pueda multiplicarse sin límites.
 
Goethe aparte, hoy sabemos que nuestro rumbo no es sostenible a escala económica, energética, ecológica o psicológica. Mientras la economía crecía creíamos poder ignorar el incremento de las desigualdades y el deterioro ecológico, o soñar que serían resueltos por la bonanza económica. Ahora ya no. La burbuja epistemológica empieza a desvanecerse: el mundo real existe y llama con fuerza a nuestras puertas, por ejemplo en forma de imprevisibles cambios climáticos y de escasez de materias primas. Las crisis interrelacionadas del mundo de hoy nos sitúan, a escala planetaria y a escala personal, ante un rito de paso sin precedentes. Nuestra sociedad tiene mucho de rebelión e hiperactividad adolescentes: rebelión contra la biosfera que nos sustenta y contra un cosmos en el que nos sentimos como extraños, hiperactividad en el consumismo y en la aceleración que nos lleva a posponer la plenitud a un futuro que nunca llega. La crisis como rito de paso nos desafía a alcanzar una madurez sostenible y serena que redescubra el regalo de la existencia en el aquí y ahora.
 
Realidad, ilusión
Hace ahora cuatro siglos, en el año 9 del siglo XVII, Kepler publicó su Astronomia nova y Galileo empezó a explorar los cielos con su telescopio. Ambos sentaron las bases de una astronomía que sabe predecir con precisión los movimientos planetarios. Pero el método se llevó a un extremo, identificando el mundo con un libro escrito en lenguaje matemático y reduciendo la realidad a lo que es cuantificable. De modo que los colores, olores, sabores, toda apreciación de sentido o belleza y todo lo que constituye nuestra experiencia inmediata del mundo serían sólo ilusiones. La geometrización del mundo nos ha brindado un enorme poder, sin duda. Pero hemos acabado reduciéndolo todo a códigos de barras, cifras, estadísticas y redes de abstracciones. Como las que rigen la economía, cada vez más ajenas a la experiencia concreta de tierras y gentes. Ajenas, incluso, a sus propias crisis.
 
La palabra crisis viene del griego krinein (decidir, distinguir, escoger), raíz también de crítica y criterio. Durante las crisis resulta decisivo saber usar nuestro mejor criterio. Uno de los significados de krisis en griego era el momento decisivo en el curso de una enfermedad, cuando la situación súbitamente mejora o empeora. Este sentido médico es el sentido principal que crisis tuvo en latín y en la mayoría de lenguas europeas hasta el siglo XVII, y sigue siendo el primero que da el Diccionario de la Real Academia (hay que esperar al siglo XVIII para que surja en francés el sentido político de crisis, aplicando metafóricamente al cuerpo social lo que era propio del cuerpo humano). Durante siglos se ha hablado con toda naturalidad de la buena crisis que conduce a la curación del enfermo. Joan Coromines recoge algún ejemplo del siglo XVII: “Lo malalt ha tingut una bòna crisa”. En este sentido, una crisis es una oportunidad. O una especie de viaje por los espacios que analiza la teoría del caos, en los que una pequeña fluctuación puede dar lugar a desarrollos sorprendentes y duraderos. Lo único que está claro en un momento de crisis es que las cosas no seguirán igual.
 
Los años venideros están llamados a ser un rito de paso para la humanidad y la Tierra, un tiempo crucial en el largo caminar de la evolución humana. Podemos imaginar que participaremos en transformaciones radicales y muy diversas, en amaneceres sorprendentes y crepúsculos intensos, y que el colapso e las estructuras materiales e ideológicas con las que habíamos intentado dominar el mundo abrirá espacios para la aparición de nuevas formas de plenitud.
 
En este rito de paso del final de la modernidad una mala crisis nos conduciría a extender la sed de control, la colonización de la naturaleza y de los demás y nuestro propio desarraigo. Una buena crisis, en cambio, nos conducirá a una cultura transmoderna, en la que una economía reintegrada en los ciclos naturales esté al servicio de las personas y de la sociedad, en la que la existencia gire en torno al crear y celebrar en vez del competir y consumir, y en la que la conciencia humana no se vea como un epifenómeno de un mundo inerte, sino como un atributo esencial de una realidad viva e inteligente en la que participamos a fondo. Si en nuestro rito de paso conseguimos avanzar hacia una sociedad más sana, sabia y ecológica y hacia un mundo más lleno de sentido, habremos vivido una buena crisis.
 
Buena crisis y buena suerte.

Normas matusalénicas |Julio Camba|

Normas matusalénicas |Julio Camba|

Un repórter, falto de asuntos, se fue un día a ver un centenario.
 
―¿Ha sido usted fumador? ―le preguntó―. ¿Ha trasnochado? ¿Ha bebido mucho alcohol en su vida? ¿A qué atribuye usted su avanzada edad?
 
―He sido fumador ―le respondió el centenario―, he trasnochado, he bebido en mi vida bastante alcohol, y si actualmente paso de los cien años sólo puedo atribuirlo al hecho de haber nacido en el 1840...
 
Generalmente se cree que todos los centenarios han sido siempre hombres de costumbres muy morigeradas, pero, si se tiene en cuenta que ninguno de ellos obtuvo el título de centenario hasta que no cumplió los cien años, se le perdonará fácilmente cualquier exceso que haya podido cometer en los primeros noventa y nueve, cuando aún no había ingresado ni sabía si iba a ingresar en el gremio. Durante su juventud y su edad madura, los centenarios son hombres como los demás y no es nada extraño el que de vez en cuando se tomen unas copitas, que fumen alguna tagarnina que otra, que hagan una partida de tute con los amigos o que se acuesten con cualquier pretexto a las mil y quinientas. A ciertas personas una conducta así quizá les acortase un tanto la vida, pero a otras, por el contrario, parece que se la prolonga de un modo considerable y el candidato a centenario carecerá siempre de normas fijas a qué atenerse.
 
Se dice que el buen carácter es una de las cosas que más desarrollan la longevidad, pero, así como hay centenarios de un natural dulce y ecuánime, que no pillaron un berrinche en toda su vida, así los hay también tan irascibles y cascarrabias que le dan a uno la impresión de estar conservados en vinagre, igual que los pepinillos. Tampoco es cierto el que todos los centenarios se hayan pasado la vida en comunión con la naturaleza respirando los aires salutíferos del campo o de la montaña. Los centenarios rústicos habrán podido hacerlo así, pero los urbanos no tuvieron más remedio que adaptar su aparato respiratorio a la atmósfera de los cafés, en donde se pasaban todos los días horas y más horas.
 
No. No existen las que pudiéramos llamar normas matusalénicas y ni siquiera la buena salud constituye una garantía de longevidad, porque hay organismos muy fuertes y robustos que se desmoronan como un castillo de naipes al primer resfriado, y hay quien llega a los cien años en fuerza de toser y carraspear. Ahora, el que haya tenido unos padres centenarios, parece que está, por herencia biológica, en mejores condiciones que otros para llegar a su vez a la centena, y esto, que sostiene con gran acopio de datos el profesor Raymond Pearl, le da nueva luz al cuento del centenario y los turistas.
 
―No. Nunca he tomado una gota de alcohol ―decía el centenario―. Nunca he fumado. Nunca he trasnochado.
 
Y, cuando los turistas estaban más firmes en su convicción de que no hay longevidad posible fuera de la moderación y el método, se oyó una gran trapatiesta en medio de la calle.
 
―¿Qué pasa? ―preguntaron.
 
―No se alarmen ustedes ―les respondió el centenario de buenas costumbres―. Seguramente es mi padre que, como todas las noches, ha bebido más de la cuenta y andará escandalizando por ahí...

De lo que no hay (II) |Fernando Savater| [fragmento]

De lo que no hay (II) |Fernando Savater| [fragmento]

Lo fascinante para nosotros, de Parménides hasta hoy, es que siempre que pensamos, tenemos que pensar que hay algo. Que lo llamemos “ser” o “nada” es lo mismo, como bien señaló Hegel al comienzo de su lógica: si pensamos, pensamos en lo que hay, pero sobre todo en que algo hay. ¡Ay, ese maldito “hay”! Nunca puede dejar de haber... si no hay, es que ya no pienso. Todas las búsquedas y las especulaciones se estrellan en la misma palabrita infranqueable: si queremos buscar detrás de lo que hay, será para encontrar que hay algo... y que por tanto aún no estamos “detrás”. Recuerda el verso de Borges, en su poema “Ajedrez”: “¿Qué Dios, detrás de Dios, la trama empieza / de tiempo y polvo y sueño y agonía...?”. “Dios” es “hay”: el que hay detrás de todos los hay... pero que también es un “hay” como los demás. O sea, creer en Dios es reconocer que no se puede dejar de decir “hay”, pero que tampoco se puede ir nunca más allá de ese “haber algo”. En ese sentido, todos somos creyentes, ¿no? Las personas ingenuas y bondadosas, cuando uno hace impertinente profesión de ateísmo ante ellas, reconocen que en efecto el antropomorfo Dios personal de los cristianos o cualquier otro son entidades notablemente inverosímiles (por lo evidentemente que nos convienen) pero de inmediato añaden: “Y sin embargo, yo creo que debe de haber algo...”. En eso aciertan de modo incontrovertible: siempre debe de haber algo. La alarma que despierta la imposible noción de nuestra muerte es que dejaremos de ser... pero siempre habrá algo. ¡Qué fastidio y que horror, constatar que siempre hubo, hay y habrá algo pero que no siempre hubo y no siempre habrá “yo”, el cronista de cuanto hay! El sueño metafísico es alcanzar el punto en que uno sorprenda el no haber convirtiéndose en “hay”, el “hay” tan adelgazado y replegado sobre sí mismo que está reuniendo fuerzas para decidirse a “haber”... Y nada de nada: eso es lo que hay.

De lo que no hay (I) |Fernando Savater| [fragmento]

De lo que no hay (I) |Fernando Savater| [fragmento]

A mi modo de ver, el problema de cualquier filosofía, que no se dedique al mero juego erudito o a la consolación de quienes nunca se han parado de veras a saber por qué están desconsolados, es que resulta aterradora. Para quien la soporta desde una relativa inconsciencia, empleando sólo su fuerza intelectual en resolver meras dificultades instrumentales, la realidad es bronca, alarmante en ocasiones, pero a fin de cuentas tolerable si las circunstancias no son totalmente adversas; para quien se dedica a pensarla sin subterfugios, la realidad es literalmente espantosa. No espantosa en sí misma, lo cual no tiene ningún sentido, sino espantosa precisamente para nosotros, los pensantes... y porque la pensamos. De aquí que el pensamiento filosófico suela tomar antes o después el abrigo de la religión: para arroparse un poco, para no temblar a la intemperie. “Pensar la vida, ésa es la tarea”, decía Hegel: claro que sí, pero ¿cómo puede soportarla realmente un ser mortal, que envejece y desfallece, rodeado por la injusticia de los hombres y las intemperancias de la naturaleza, que va perdiendo cuanto ama en el torbellino del tiempo? Hacen falta nervios de acero para no reclamar lo que aquel personaje femenino de Bernard Shaw llamaba “el soborno del cielo”. Decir que los males del mundo no son nada en sí mismos, que sólo nos parecen malos a nosotros por lo inadecuado de nuestras ideas (Spinoza) ni nos alivia ni nos rescata: porque precisamente ese “para nosotros” es el comienzo de la exigencia filosófica, que no se aviene salvo retóricamente a un punto de vista meramente objetivo, suprahumano, au dessus de la mélee. La filosofía es pensar la realidad con nosotros dentro, la realidad para nosotros, a la que nosotros respondemos, “nuestra” realidad. Y esa tarea tropieza enseguida con el obstáculo de nuestra negación, de nuestra frustración, de nuestra inconsistencia constitutiva. El que ya se ha asomado a esa ventana trata enseguida de velar el desolado paisaje a los que vienen detrás, contarles algo más o menos edificante, tónico, positivo. Lo cierto es que la filosofía mínimamente digna de ese nombre siempre es positivamente... negativa. Hay que llegar hasta lo más hondo que se pueda en esa negación para atisbar lo que debe ser afirmado y en lo que nos afirmamos. Y tal afirmación ―la indecible, la ininteligible alegría― es siempre trágica: en el mejor de los casos tan alegre como trágica, pero nunca más.

La desmemoria |Eduardo Galeano|

La desmemoria |Eduardo Galeano|

Estoy leyendo una novela de Louise Erdrich.
 
A cierta altura, un bisabuelo encuentra a su bisnieto.
 
El bisabuelo está completamente chocho (sus pensamientos tienen el color del agua) y sonríe con la misma beatífica sonrisa de su bisnieto recién nacido. El bisabuelo es feliz porque ha perdido la memoria que tenía. El bisnieto es feliz porque no tiene, todavía, ninguna memoria.
 
He aquí, pienso, la felicidad perfecta. Yo no la quiero.

Un suceso inesperado lo cambia todo |Douglas R. Hofstadter| [fragmento]

Un suceso inesperado lo cambia todo |Douglas R. Hofstadter| [fragmento]

En diciembre de 1993, cuando apenas había transcurrido la primera cuarta parte de mi año sabático en Trento, Italia, mi esposa Carol falleció repentina e inesperadamente de un tumor cerebral. Aún no había cumplido los 43 años y nuestros hijos, Danny y Monica, no tenían más que cinco y dos, respectivamente. Quedé destrozado de un modo que nunca podría haber imaginado antes de nuestro matrimonio. Aquella brillante luz que iluminaba sus ojos se había eclipsado de repente. Su alma se había apagado para siempre.
 
(...)
 
El nombre «Carol» significa, para mí, mucho más que un mero cuerpo, que ya no existe; representa un inmenso patrón, un estilo, un conjunto de cosas entre las que se hallan recuerdos, esperanzas, sueños, creencias, gustos, reacciones frente a la música, humores, dudas, generosidad, compasión... Esas cosas son, hasta cierto punto, objetivas, compartibles y susceptibles de ser duplicadas, un poco como el software de un disquete. Y mi obsesiva costumbre de anotar mis vivencias, las muchas cintas de vídeo en las que ella aparece y los recuerdos que, colectivamente, guardamos todos de Carol en nuestros cerebros, hacen que ese patrón sobreviva, aunque ahora sea de una forma dispersa, repartido en muchas cintas de vídeo, en los cerebros e sus parientes y amigos, en las páginas de muchos cuadernos, etcétera. En definitiva, existe un patrón disperso de «Carolidad», claramente perceptible, en el mundo físico. Y en este sentido, la Carolidad sigue viva.
 
Con la expresión «la Carolidad sigue viva» quiero decir que incluso la gente que no llegó a conocerla puede ver qué significaba estar cerca de ella, a su alrededor o a su lado; puede experimentar su ingenio, ver cómo sonreía, escuchar su voz y su risa, saber de sus aventuras cuando era joven, enterarse de cómo nos conocimos ella y yo, verla jugar con sus hijos...
 
Sigo intentando, no obstante, descifrar hasta qué punto, gracias a los recuerdos que atesoro de ella (tanto en papel como en mi cerebro) y a los que guardan otras personas, algo de la consciencia de Carol, de su interioridad, permanece en este planeta. Como ferviente partidario del carácter no centralizado de la consciencia, tiendo a pensar que, aunque la consciencia de cualquier individuo resida ante todo en un cerebro concreto, está de algún modo presente también en otros cerebros y, así, cuando el cerebro principal desaparece, diminutos fragmentos de ese individuo continúan vivos.
 
Como partidario también de la tesis de que la memoria externa es una parte muy real de nuestra propia memoria, creo que una fracción diminuta de la consciencia de Carol reside incluso en las páginas en las que recogí algunas de sus frases más agudas y que una parte algo mayor (aunque minúscula aún) permanece en los cuadernos de líneas amarillas en los que registré, durante aquellos últimos y dolorosos meses, tantas experiencias que vivimos juntos. Seguramente, esas experiencias estaban codificadas ya en mi cerebro, pero el hacerlas explícitas permitirá que algún día sean compartidas por otras personas que la conocieron y que, en cierta manera, Carol «resucite» un poco. En este sentido, hasta una representación estática sobre papel puede contener elementos de una Carol «viva», de la consciencia de Carol.

Entrevista a Pilar Rahola [fragmento]

Entrevista a Pilar Rahola [fragmento]

Deme la receta para ligar mucho, quizá la pueda patentar.
Ser tú misma, quererte, pisar fuerte, amar y entregarte amando, tener libertad de pensamiento y capacidad de riesgo, porque el amor es riesgo.
 
¡Uff! pero esta mezcla asusta a los hombres.
Sí, claro, pero también es un filtro y, además, tiene la ventaja de que los hombres tontines ya no se acercan. Sólo se aproximan los que merecen la pena.

En busca de la mortalidad |John Gray|

En busca de la mortalidad |John Gray|

Buda buscó la salvación en la extinción del yo, pero si no hay un yo, ¿qué es lo que hay que salvar?
 
El nirvana es el final del sufrimiento; pero con eso no se promete otra cosa que lo que ya logramos todos, sin gran esfuerzo normalmente, siguiendo el curso de la naturaleza. La muerte nos proporciona a todos la paz que Buda prometía tras vidas de esfuerzo.
 
Buda buscaba la liberación de la rueda de la reencarnación. Según escribe E. M. Cioran:
 
La búsqueda de la liberación está justificada únicamente si creemos en la transmigración, en el vagar indefinido del yo, y si aspiramos a ponerle fin. Pero para quienes no creemos en todo esto, ¿a qué habría que poner fin? ¿A nuestra existencia de duración única e infinitesimal? Resulta obviamente demasiado breve como para merecer el esfuerzo de abandonarla.
 
¿Por qué los demás animales no buscan la liberación del sufrimiento? ¿Es que nadie les ha dicho que deben volver a vivir? ¿O acaso es porque, sin necesidad de pensar en ello, saben que eso no ocurrirá? Cyril Connolly escribió: «Imagínense una vaca o un cerdo que renunciaran al cuerpo por un “noble óctuple sendero de autoconocimeinto”. Uno no podría por menos que tener la sensación de que el animal habría cometido un error de cálculo».
 
El budismo es una búsqueda de la mortalidad. Buda prometió a sus seguidores la liberación de la aflicción que supone el no tener que volver a vivir. Para quienes se saben mortales, lo que Buda buscaba está siempre al alcance de la mano. Puesto que tenemos la liberación garantizada, ¿por qué negarnos el placer de la vida?

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Comunicar las dudas |Fernando Savater| [fragmento]

Comunicar las dudas |Fernando Savater| [fragmento]

En su estupendo La religion dans la democratie Marcel Gauchet (...) dice que en estos momentos hemos pasado de la “oferta de sentido” a la “búsqueda de sentido”. O sea: las religiones tradicionales ofrecían e incluso imponían sentido trascendental a las sociedades, mientras que de un tiempo a esta parte el triunfo del laicismo democrático se nota en la demanda urgente de sentido, que las religiones tratan de colmar en competencia unas con otras y todas con diversos “sentidólogos” laicos, más o menos alquimistas, más o menos filosóficos. Cada una de esas marcas en competencia procura recomendarse por lo estupendo de sus resultados no para la salvación del alma sino para soportar la vida en este mundo (es curioso, señala Gauchet, cómo las grandes religiones han asumido como mérito lo que antes los agnósticos les reprochaban, es decir, que no son vías hacia un plano superior sino un medio razonablemente mágico de soportar nuestra condición terrena). Lo que importa es que lo trascendental funcione, que se satisfaga la demanda y se calmen las inquietudes de sentido globalizante. De modo que los filósofos suelen intentar ofrecer también eficaz mercancía metafísica (para José Gaos, la metafísica es la aplicación más o menos virtual del método científico de los objetos religiosos).

El motor primo |Douglas R. Hofstadter| [fragmento]

El motor primo |Douglas R. Hofstadter| [fragmento]

Mi ejemplo se basa en la conocida idea de una serie de fichas de dominó que caen en cadena, si bien he añadido una pequeña variante al escenario habitual: en nuestro ejemplo, cada ficha estará dotada de un muelle (los detalles de cómo va colocado éste no importan), el cual, una vez que la ficha es derribada por su vecina y transcurrido un breve periodo «refractario», la repone en su estado inicial, lista para ser derribada de nuevo. Con un sistema de este tipo, podemos fabricar un computador mecánico que opere enviando señales a lo largo de series de fichas de dominó, las cuales se pueden bifurcar o reunirse otra vez. Dichas señales pueden propagarse en bucles, disparar conjuntamente otras señales, etcétera. La velocidad relativa con que unas y otras se desplazan tiene su importancia, por supuesto, pero, una vez más, no nos importarán los detalles. Se trata, por tanto, de imaginar una red de cadenas de fichas de dominó cuidadosamente temporizadas, equivalente a un programa de ordenador que realiza un determinado cálculo, por ejemplo, la determinación de si una entrada dada es o no un número primo.
 
Imaginemos que le proporcionamos una entrada numérica específica a nuestro dominobot tomando un entero positivo —por ejemplo, el 641— y colocando exactamente esa cantidad de fichas en un tramo de la red reservado a tal efecto. Cuando, a continuación, hagamos caer la primera ficha de dominó que pone en marcha el dispositivo, se iniciará una serie de eventos consistentes en sucesivas caídas de fichas, entre las que estarán, a poco de comenzar, las 641 que constituyen el dato. Se pondrán en marcha diversos bucles; uno de ellos comprobará la divisibilidad del dato por 2, otro su divisibilidad por 3, así sucesivamente. En caso de aparecer un divisor, se enviará una señal hacia una rama particular —que llamaremos la «la rama del divisor»— y cuando veamos caer las fichas de ese tramo sabremos que el dato de partida posee un divisor y que, por tanto, no es un número primo. Por el contrario, si el dato de partida no tiene divisores, esa rama nunca caerá, indicando que se trata de un número primo.
 
Supongamos que un espectador contempla nuestro dominobot, al que se le ha proporcionado el dato de 641. El espectador, a quien no se le ha explicado para qué sirve el invento, observa con curiosidad cómo caen las fichas y, al poco rato, señala una de las que componen la rama del divisor y pregunta: «¿Cómo es que esa ficha no se cae nunca?».
 
Consideremos dos tipos de respuesta, totalmente diferentes. El primero —tremendamente miope— correspondería a decir: «¡Porque la ficha anterior nunca cae! ¿Es que no lo ves?». Por supuesto, la afirmación es correcta, pero nos permite avanzar muy poco; se limita a trasladar la cuestión a la ficha anterior.
 
El segundo tipo correspondería a decir: «Porque el 641 es primo». Ahora la respuesta, aunque sea igualmente correcta (realmente, en cierto sentido, lo es mucho más), tiene la curiosa propiedad de desestimar por completo los objetos físicos involucrados. El centro de atención no sólo se ha trasladado a las propiedades colectivas del dominobot, sino que esas propiedades, de alguna manera, trascienden la física y tienen que ver con abstracciones puras, tales como la primalidad de un número.
 
La segunda respuesta obvia toda la física gravitatoria implícita en la caída de las fichas y se refiere sólo a conceptos que pertenecen a un dominio totalmente diferente. Los dos dominios de discusión están separados por muchos niveles; uno es meramente local y físico, mientras que el otro es global y organizativo.
 
La idea que hay que retener en este ejemplo es que la primalidad del 641 es la mejor explicación —quizás, incluso la única— de por qué unas fichas de dominó han caído y por qué otras no. En definitiva, el 641 es el motor primo, la causa última, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿quién impulsa a quién en el interior del dominobot?
 
(...) Usaremos la metáfora del dominobot para reflexionar acerca de nuestros cerebros y, especialmente, para no olvidar que, ante un fenómeno cerebral concreto, puede haber explicaciones radicalmente distintas, pertenecientes a dominios totalmente distintos situados en niveles de abstracción completamente diferentes.

¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? |Emilio Velasco Bartolomé|

¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? |Emilio Velasco Bartolomé|

“Gran ley y que debe observarse: que nadie hable fuera del negocio.”
Anotaciones de Quevedo a la Retórica de Aristóteles.

 
Es moneda corriente entre las personas informadas sostener que vivimos en una sociedad atomizada y deshumanizada y que esto viene a reflejarse en la falta de comunicación que existe entre sus individuos: ya nadie habla con los demás. Es posible que con ello quieran referirse, si hemos de atender a la realidad que cotidianamente nos circunda, a que a pesar de haber una cantidad desorbitada de información, la verdadera comunicación está impedida, quizá incluso por ese océano de palabras y mensajes en el que nos movemos a diario; existe un exceso de ruido de la máquina que impide la verdadera comunicación, o mejor, los canales de comunicación han terminado por contaminar el contenido de la misma, deshumanizándola, desnaturalizándola, llenándola de malentendidos.
 
No obstante, a nuestro juicio, lo que sucede es justamente lo contrario, es decir: vivimos en una sociedad saturada de relaciones interpersonales y de comunicación personal e íntima; no se trata sino de un exceso de ruido del alma, que, por ese precepto de comunicación interpersonal, se ve legitimada a sacar lo más recóndito de sí.
 
No se trata de buscar culpables porque como dijo el poeta es castigar tierra sorda, pero, por citar alguna genealogía de esta actitud, puede apuntarse que desde el propio psicoanálisis se ha fomentado esta idea de que hablar de lo más privado ayuda a la salud del alma. No obstante, lo que no puede negarse es el lugar privilegiado que el modo oral confesional ocupa en nuestras sociedades; ¿qué son los talk shows sino confesiones?, ¿por qué el género entrevista es, si no, tan omnipresente?, ¿por qué los chats son formas desnaturalizadas de comunicación personal? No es objeto de este ensayo deshacer el malentendido que ronda a esta cuestión, sino denunciar, para merecer su comienzo, la base de esa tópica que legitima no sólo la palabra oral e interpersonal, sino el tono impúdico que suele acompañarla.
 
En efecto, desde los orígenes de la reflexión sobre el lenguaje es posible observar un apego a la palabra oral frente a la palabra escrita, porque en ésta no hay presencia del interlocutor y, en esa medida, existe el riesgo de que la palabra se desborde y diga lo que no se quiere decir y, lo que es peor, lo que no se puede corregir, porque en la escritura no hay un movimiento posterior de rectificación; ella habla en nuestra ausencia, gastando nuestro crédito y endeudándonos con aquéllos a los que ni siquiera conocemos. La escritura actúa fuera del negocio, puede hablar no sólo a los demás, sino a los de más y arruinarnos el negocio por sacarlo de su quicio, la escritura no acepta el desmentido, ella introduce el juego más perverso del arrepentimiento.
 
Se entenderá, por otra parte, que no hay una necesidad inherente a la producción de la palabra escrita. En efecto, uno puede estar en la obligación de hablar porque quiere defender su honor, o porque desea comunicar algo relevante, pero si se escribe es porque se desea evitar la presencia o porque no se puede estar allí donde aquello que uno escribe se lee; escribir siempre implica una distancia. La escritura es nuestro suplente, es una prótesis de nuestra lengua que nunca es tan larga como desearíamos. No hay una justificación de la palabra escrita, de la escritura, y su ingente presencia entre nosotros, en editoriales y librerías, no es más que el espacio ganado por una cuota de mercado; se escribe en tales cantidades no por necesidad de quien lo hace, sino por la existencia de un espacio económico que lo prescribe, la escritura es hoy, en este nivel, un objeto legitimado por la moneda, la escritura está en el negocio.
 
Pero la cuestión se agrava si observamos que, a través de esta preeminencia de lo oral sobre lo escrito, lo que viene a entenderse es que la expresión de determinados sentimientos es sobre todo posible mediante la voz; y es cosa antigua porque así lo explicó Quevedo en los comentarios a la Retórica de Aristóteles: «No hay arte de pronunciar, que es acomodar la voz a las cosas, y a ella las acciones: para que se vea lo que se dice, que mueve, lo que no hace si se oye solamente. Esta arte de la acción, y pronunciación, hace que las voces se oigan y se vean, y que los efectos interiores tomen cuerpo visible». Hay, por tanto, una presencia exigida en la voz, la de mí mismo que confieso algo, que cuento algo privado a otro que también está presente, y esta circunstancia no sólo como un hecho coyuntural, sino como una necesidad social, como una norma social porque, en efecto, en toda confesión hay un cepo, cortesía y educación mandan, que atrapa al oído, hay un tiempo mínimo de escucha que se concede incluso a los mentirosos y a los desconocidos: «el que pide a aquel a quien nunca ha pedido, y espera de él el bien que desea, le obliga con tenerle por bueno y poderoso».
 
Pero el oído no se deja persuadir sin más. La confesión conoce un método implacable para someterlo; el tono plañidero y victimista: «Poeta, dice que en las propias lágrimas hay deleite; y pruébalo con Homero cuando dice: “dijo así, y con la dulzura de su llanto, los movió a todos”. (...) Esto fue mover conmiseración y afectos, con hermosura enternecida». He aquí, por tanto, el modo retórico canónico de la confesión en nuestras sociedades, he aquí el modo en que el oído es atrapado en ese lazo irrevocable del que desprenderse es descortesía, extrañamiento de las normas sociales, extranjería.
 
Por eso; Nos, el hermano mayor de la escucha, el voluntario del silencio, declaramos que existe una impunidad de la oralidad en su modo confesional que, como un cáncer, amenaza con afectar, y de hecho lo hace, a cualquier otra forma de lenguaje, y que ese neo-imperio es perjudicial para el pudor que debe guardarse ante los otros, cuya distancia, reducida, nos uniforma.

Premisas del Tao: DIRIGIENDO EL PODER |R.L. Wing|

Premisas del Tao: DIRIGIENDO EL PODER |R.L. Wing|

El Tao en la naturaleza es como un arco estirado.
La parte superior asciende, la parte inferior desciende.
Lo excesivo se reduce, lo insuficiente se suplementa.
El Tao en la naturaleza reduce lo excesivo
y suplementa lo insuficiente.
El Tao en el hombre no es así:
él reduce lo insuficiente,
porque sirve a lo excesivo.
¿Quién puede pues usar el exceso para servir al mundo?
Quienes poseen el Tao.
Por tanto los individuos evolucionados
actúan sin expectativas,
triunfan sin atribuirse el mérito y no desean exhibir su excelencia.

Nostalgia en armas |Kiko Amat| [fragmento]

Nostalgia en armas |Kiko Amat| [fragmento]

Lo antiguo es mejor. Echen un vistazo a su alrededor, si no me creen; eso que ven es el siglo XXI: ropa de gimnasio en las calles, música vacía sonando en cachivaches computerizados, no-pensamiento catódico, grotescos armatostes automóviles, ausencia de romanticismo vital, desaparición de los modales, neutralidad existencial, vulgaridad capitalista, insulso arte no figurativo, cultura desechable y glorificación del prestamista. ¿Esto es nuestro siglo? ¿Esto es lo mejor que puede dar la humanidad? Pues menuda porquería.
 
En esta tesitura, el revivalismo se torna lícito y la nostalgia inevitable. Esta tiene muy mala reputación, pero no se la merece. Los que miramos hacia atrás de forma patológica solemos ser malinterpretados: no se trata de que apreciemos cosas del pasado porque son antiguas. Se trata de que son mejores. Como declaró el artista Billy Childish a la revista The Chap: “no escojo la opción anticuada porque sea la más vieja, sino que observo las dos (la nueva y la vieja) y tomo una decisión basada en cuál es de mejor calidad” Tweed contra Zara, vinilo contra MP3, cha-cha-chá contra house, Ealing contra el Hollywood actual: gana lo primero, admítanlo. Quizás los inodoros eran peores, hacía más frío y la gente cascaba antes, pero ¿qué quieren que les diga?
 
Seguro que merecía la pena.

Y, también, aparece el sepulturero |Mauricio Wiesenthal| [fragmento]

Y, también, aparece el sepulturero |Mauricio Wiesenthal| [fragmento]

Creo que, para la educación de un niño, no hay nada como el teatro. Quizá porque, en la vida, cada uno tiene que aceptar su propio papel. Y, como el escenario está ya ocupado cuando llegamos al mundo, tenemos que asumir nuestra parte entre los personajes poco brillantes, como aquellos que en las obras dramáticas se indican con referencias genéricas: un sepulturero, dos soldados, una doncella, un caballero y un cura. Sólo un buen actor puede salvar un papel insignificante.

Magia / Maldición |André Comte-Sponville| [extracto de su Diccionario filosófico]

Magia / Maldición &#124;André Comte-Sponville&#124; [extracto de su <em>Diccionario filosófico</em>]

Magia:
 
Es una acción que excedería las leyes de la naturaleza o de la razón ordinarias: lo sobrenatural eficaz, o una eficacia sobrenatural, pero que obedecería a nuestra voluntad (por contraste con la gracia y el milagro, que sólo obedecen a Dios) o sería instrumentalizada por ella. Esta eficacia, incluso cuando parece comprobada (por ejemplo, en el chamanismo: una palabra que mata, un rito que cura), supone sin embargo la creencia, lo que es muy natural y muy razonable: no se produce por magia, sino por sugestión. «La eficacia de la magia -escribe Lévi-Strauss- implica la creencia en la magia». Razón de más para no creer en ella.
 
Maldición:
 
Es desear el mal por medio de la palabra. Sería un error ver magia en ella, cuando sólo se trata de odio y superstición. Lo mejor sería reírse. Un corte de mangas, si uno no es capaz de indiferencia, constituye un exorcismo eficaz.
 
En cuanto a maldecir a los malvados, no sirve de nada. Es mejor actuar.

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Dicen las paredes |Eduardo Galeano|

Dicen las paredes &#124;Eduardo Galeano&#124;

En el sector infantil de la Feria del Libro, en Bogotá:
El locóptero es muy veloz, pero muy lento.
 
En la rambla de Montevideo, ante el río-mar:
Un hombre alado prefiere la noche.
 
A la salida de Santiago de Cuba:
Cómo gasto paredes recordándote.
 
Y en las alturas de Valparaíso:
Yo nos amo.
 
En Buenos Aires, en el puente de La Boca:
Todos prometen y nadie cumple. Vote por nadie.
 
En Caracas, en tiempos de crisis, a la entrada de uno de los barrios más pobres:
Bienvenida, clase media.
 
En Bogotá, a la vuelta de la Universidad Nacional:
Dios vive.
 
Y debajo, con otra letra:
De puro milagro.
 
Y también en Bogotá:
¡Proletarios de todos los países, uníos!
 
Y debajo, con otra letra:
(Último aviso.)
 
En Montevideo, en el barrio Brazo Oriental:
Estamos aquí sentados, mirando cómo nos matan los sueños.
 
Y en la escollera, frente al puerto montevideano del Buceo:
Mojarra viejo: no se puede vivir con miedo toda la vida.
 
En letras rojas, a lo largo de toda una cuadra de la avenida Colón, en Quito:
¿Y si entre todos le damos una patada a esta gran burbuja gris?
 
En pleno centro de Medellín:
La letra con sangre entra.
 
Y abajo, firmando:
Sicario alfabetizador.
 
En la ciudad uruguaya de Melo:
Ayude a la policía: Tortúrese.
 
En un muro de Masatepe, en Nicaragua, poco después de la caída del dictador Somoza:
Se morirán de nostalgia, pero no volverán.
 
En la Facultad de Ciencias Económicas, en Montevideo:
La droga produce amnesia y otras cosas que no recuerdo.
 
En Santiago de Chile, a orillas del río Mapocho:
Bienaventurados los borrachos, porque ellos verán a Dios dos veces.
 
En Buenos Aires, en el barrio de Flores:
Una novia sin tetas más que novia es un amigo.

Jeremiadas |Alain|

Jeremiadas &#124;Alain&#124;

Lo que os deseo para este año que comienza ―es decir, para el tiempo que necesita el sol hasta llegar a su cénit y luego descender hasta su punto más bajo― es que no digáis ni penséis que todo va de mal en peor. «Esa sed de dinero, ese frenesí por los placeres, ese olvido de los deberes, esa insolencia de la juventud, esos robos y crímenes inusitados, esa impudicia de las pasiones y, encima, estas estaciones enloquecidas, que casi nos traen noches tibias en pleno invierno...» Este estribillo, viejo como el mundo de los hombres, significa únicamente una cosa: «Ya no tengo el estómago ni la alegría de mis veinte años».
 
Si por lo menos esta no fuese más que una manera de decir lo que uno experimenta, soportaríamos este discurso como soportamos la tristeza de los enfermos. Pero los discursos tienen por sí mismos una importancia desmesurada; exageran la tristeza, la engordan y cubren con ella todas las cosas como un abrigo, de modo que el efecto se convierte en causa (un niño puede llegar a tener mucho miedo de un compañero de juegos a quien él mismo ha disfrazado de oso o de león).
 
Si un hombre, movido por su tristeza natural, decora su casa como un catafalco, sólo conseguirá sentirse más triste, porque todo lo que le rodea le recordará amargamente su pena. Lo mismo ocurre con nuestras ideas: si a causa de nuestro humor pintamos a los hombres con colores sombríos y los asuntos públicos en descomposición, la contemplación de ese mamarracho, a su vez, nos sumirá en la desesperación. A menudo, el hombre más inteligente es aquel que se engaña a sí mismo lo mejor posible, porque sus declamaciones tienen una lógica y un aire de razón.
 
Lo peor es que esta enfermedad se contrae; es como un cólera de los espíritus. Conozco gente en presencia de quien no puede decirse que los funcionarios sean, en conjunto, más honestos y diligentes que antes. Quienes siguen el impulso de sus pasiones tienen una elocuencia tan natural, una sinceridad tan conmovedora, que se ganan fácilmente al auditorio; quien aspira a ser justo, desempeña entonces el papel de un bobo o de un malasombra. Así, la jeremiada se establece como un dogma y pronto forma parte de las normas de educación.
 
Ayer, un tapicero, con el fin de mantener una conversación de circunstancias, me decía ingenuamente: «Las estaciones se han perdido. ¿Quién creería que estamos en pleno invierno? Y el verano igual: ya no sabemos lo que es». Decía esto después de los fuertes calores de este año que, sin embargo, ha sentido como los otros. Pero el tópico es más fuerte que los hechos. Y vosotros que os reís de mi tapicero, desconfiad de vosotros mismos, puesto que no todos los hechos son tan claros ni tan presentes en el recuerdo como el hermoso verano de mil novecientos once.
 
Mi conclusión es que la alegría no tiene autoridad, porque es muy joven, y que la tristeza está entronizada y goza de un respeto exagerado. De ahí deduzco que hay que resistirse a la tristeza, no sólo porque la alegría es buena ―lo que sería ya una especie de razón― sino porque hay que ser justos, y la tristeza, siempre elocuente, siempre imperiosa, nunca quiere que seamos justos.

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