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Panfleto LAETUS

LITERATURA

He cometido el peor de los pecados |Jorge Luis Borges|

He cometido el peor de los pecados |Jorge Luis Borges|

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
 
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
 
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
 
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

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Carta de amor [fragmento de la ganadora del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor]

Carta de amor [fragmento de la ganadora del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor]

Estimada Cristina:
 
Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial. A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario (...) y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el tribunal.
 
Como verás, he dividido la lista en dos partes. Básicamente, un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme y otra con las que te puedes quedar tú. Para cualquier duda o comentario, ya sabes que puedes llamarme al teléfono de la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.
 
COSAS QUE DESEO CONSERVAR:
 
― La carne de gallina que salpicó mis antebrazos cuando te vi por primera vez en la oficina.
― El leve rastro de perfume que quedó flotando en el ascensor una mañana, cuando te bajaste en la segunda planta, y yo aún no me atrevía a dirigirte la palabra.
― El movimiento de cabeza con el que aceptaste mi invitación a cenar.
― La mancha de rímel que dejaste en mi almohada la noche que por fin dormimos juntos.
― La promesa de que yo sería el único que besaría la constelación de pecas de tu pecho.
― El mordisco que dejé en tu hombro y tuviste que disimular con maquillaje porque tu vestido de novia tenía un escote de palabra de honor.
― Las gotas de lluvia que se enredaron en tu pelo durante nuestra luna de miel en Londres.
― Todas las horas que pasamos mirándonos, besándonos, hablando y tocándonos. (También las horas que pasé simplemente soñando o pensando en ti).
 
COSAS QUE PUEDES CONSERVAR TÚ:
 
― Los silencios.
― Aquellos besos tibios y emponzoñados, cuyo ingrediente principal era la rutina.
― El sabor acre de los insultos y reproches.
― La sensación de angustia al estirar la mano por la noche para descubrir que tu lado de la cama estaba vacío.
― Las náuseas que trepaban por mi garganta cada vez que notaba un olor extraño en tu ropa.
― El cosquilleo de mi sangre pudriéndose cada vez que te encerrabas en el baño a hablar por teléfono con él.
― Las lágrimas que me tragué cuando descubrí aquel arañazo ajeno en tu ingle.
― Jorge y Cecilia... Los nombres que nos gustaban para los hijos que nunca llegamos a tener.
 
Con respecto al resto de objetos que hemos adquirido y compartido durante nuestro matrimonio (el coche, la casa, etc) sólo comunicarte que puedes quedártelos todos. Al fin y al cabo sólo son eso:... objetos. Por último, recordarte el nº de teléfono de mi abogado (...) para que tu letrado pueda contactar con él y ambos se ocupen de presentar el escrito de divorcio para ratificar nuestro convencimiento.
 
Afectuosamente,
Roberto.

Mai |Ánchel Conte|

Mai |Ánchel Conte|

Mai, mira-me as mans,
las trayo buedas,
lasas d’amar...
Son dos alas
d’un biello pardal
que no puede
sisquiera bolar.
 
Mai, mira-me os güellos,
n’o zielo perdius
n’un fondo silenzio...
Son dos purnas
chitadas d’o fuego
que no alumbran
ni matan o chelo.
 
Mai, mira-me l’alma
aflamada de sete,
enxuta d’asperanza...
Ye un campo labrau
an no i crexen que allagas
que punchan a bida
dica que la matan.
 
Mai, mira-me á yo.
¿Me reconoxes, mai?
Fue o tuyo ninón...
Güei só un ombre
que no sé como só.
Mai, ¿me reconoxes?
¡¡MAI, ¿ni siquiera tú?!!
 Madre, mírame las manos,
las traigo vacías,
faltas de amar...
Son dos alas
de un viejo gorrión
que no puede
ni siquiera volar.
 
Madre, mírame los ojos,
en el cielo perdidos
en un hondo silencio...
Son dos chispas
arrojadas del fuego
que no alumbran
ni matan el hielo.
 
Madre, mírame el alma
agostada de sed,
seca de esperanza...
Es un campo labrado
donde sólo crecen aliagas
que pinchan la vida
hasta matarla.
 
Madre, mírame a mí.
¿Me reconoces madre?
Fui tu niño...
Hoy soy un hombre
que no sé como soy.
Madre, ¿me reconoces?
¡¡MADRE, ¿ni siquiera tú?!!

De mercenario |Miguel Gila|

De mercenario |Miguel Gila|

Antes de contarles nada, voy a hacer una llamada muy importante, porque tenemos un follón con la guerra que no nos aclaramos. Y todo lo tengo que hacer yo, el general se pasa el día con los prismáticos oteando los balcones y diciendo: «¡Huy, cómo está ésa!». Nunca mira para las trincheras, siempre a los balcones, pero llega la hora de repartir las medallas y todas para él. Empieza: «Dame ésa, y ésa y ésa y la redonda, ésa no, que la tengo repe».
 
Yo tengo ésta porque me la dio un cura, le dije: «Padre, deme una medallita», y me la dio, es de San Antonio, y está dedicada por detrás, dice: «A Gila, con un abrazo de su amigo San Antonio».
 
Y ésta sí que no la tiene nadie, ni Franco, que tenía el brazo de Santa Teresa, pero sin dedicar. Y no será porque no me las merezco, porque mato yo..., no es por chulearme, pero cómo mato. Un día, en un combate, le pegué un tiro a uno, y dijo: «¡Que me has dao’!». Y dije: «Pues no seas enemigo. ¿Qué quieres que te dé, un beso en la boca?». Dijo: «Es que me has hecho un agujero». Dije: «Pues ponte un corcho». Y dijo: «¿Y con qué tapo la cantimplora?». Total, que quería conversación, que viene el coronel y me ve hablando con el enemigo y... Tengo un coronel que tiene una mala leche...
 
Ahora, también tiene buenos sentimientos. A veces estamos en pleno combate y cruza un ciego o una ancianita y dice: «¡Alto el fuego!», y hasta que no termina de pasar no seguimos. Yo ya no trabajo para la patria porque es muy aburrido, trabajo como mercenario para Estados Unidos.
 
Da gloria trabajar para Estados Unidos. ¡Cómo hacen la guerra esta gente! Primero mandan los portaaviones , luego la aviación lanza los misiles, después la artillería pesada y detrás los tanques, cuando llegamos los de infantería ya está todo barrido.
 
Bueno, siempre hay algún enemigo que se esconde en un agujero, pero llegamos nosotros con el lanzallamas y le dejamos como un pollo a la parrilla. Y es que los americanos tienen de todo, bazokas, minas, morteros, misiles con cabeza nuclear, lanzacohetes de bolsillo, submarinos atómicos, galletas, chicles... bueno, de todo. Es una gloria trabajar con ellos.
 
Yo no sé qué opinión tienen ustedes de las guerras, a mí me encantan, porque te hinchas a matar, y la policía, nada. Un día maté a treinta y tantos, y pasaba la policía y dije: «He sido yo, ¿qué pasa?». Y dijeron: «Nada, nada, perdón». Dejo el tanque aparcado en doble fila, y a ver si tiene pelotas el de la grúa a llevárselo: le meto un cañonazo en la gorra que le jodo pa’vino.
 
A mí lo que más me cabrea de las guerras son las broncas que tengo con mi mujer cuando vuelvo. Me abre la puerta y empieza: «Mira, mira cómo vienes de guarro, que te fuiste hecho un pincel y mira cómo vienes». Y digo: «Porque nos tenemos que arrastrar por el barro». Y dice: «Pues pon periódicos».
 
¡Periódicos! Me gustaría verla a ella arrastrándose por debajo de las alambradas, a ver qué hacía con el culo, que cuando vamos de excursión, dice la gente: «Que se le cae a su mujer la mochila», y nunca falta el galante de turno, que dice: «Yo se la levanto». Un día se me presenta en las trincheras con los niños, y digo: «¿Qué haces aquí?». Dice: «Que no encuentro las llaves». La que se armó. El pequeño se tragó una bala, le llevamos al médico de urgencias y éste dijo: «No es grave, pero no apunten a nadie con el niño».
 
Y por si fuera poco, tengo un teniente bizco que me da una vida... Dice: «Yo, donde pongo el ojo, pongo la bala». Y yo todo el día pendiente. A ver dónde pone ese cabrón el ojo, porque es lo que yo digo, si pusiera los dos para el mismo lado, pero es que los cruza y te vuelve loco...
 
A mí me gusta la guerra por libre, porque trabajar por libre tiene muchas ventajas, me asciendo y me desciendo cuando quiero. Que me levanto de buen humor, me hago coronel; que me levanto con mal sabor de boca, esos días que te despiertas y dices: «Hoy no me encuentro yo muy fino», me desciendo a sargento.
 
La ventaja de trabajar por libre es que te contratas, como yo, con los americanos y no te falta trabajo. Y lo bien que pagan... Yo les cobro ocho dólares el muerto, y devolviéndo el casco, dos dólares más. Los chinos más baratos, porque como hay tantos, yo a los chinos, ni les mato, les hago: «¡Ajjjjjj!», y les meto un susto... El susto no lo pagan, pero cómo te diviertes... Lo malo de los chinos es que como son todos iguales, si no te fijas bien, matas seis veces al mismo.
 
A mí es que las guerras me encantan, porque no es lo mismo que cuando te toca hacer la mili. Como nunca hay una guerra, te aburres, y si hay una guerra, te dicen: «Estás defendiendo a la patria», que yo no digo que a lo mejor algún día haya una guerra, pero te tienen dos años haciendo la instrucción, y ni guerra ni nada, te pasas dos años pelando patatas, fregando perolas y limpiando retretes; sin embargo, con los americanos tienes la guerra asegurada, cuando no es en un país es en otro, pero tu guerra no te falta. Bueno, con permiso de ustedes voy a seguir matando, porque si se enteran en el Pentágono que no mato, me regañan.

ENCARA EL TRAM |Joan Salvat-Papasseit|

ENCARA EL TRAM |Joan Salvat-Papasseit|

Noia del tram, tens l’esguard en el llibre,
i el full s’irisa
                     en veure’s cobejat.
I el cobrador s’intriga si giraràs el full:
sols per veure’t els ulls!
 
Que les cames se’t veuen
                                          i la mitja és ben fina;
                                          i tot el tram ets tu.
Però els ull no se’t veuen.
 
I la teva mà és clara
que fa rosa el teu cos de tafetà vermell,
                                    i el teu mocadoret ha tornat de bugada.
Però els ulls no els sabem!
 
I si jo ara baixés? -Mai no et sabria els ulls...
Té, ara, ja he baixat!

Pasatiempo |Mario Benedetti|

Pasatiempo |Mario Benedetti|

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía
 
luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era océano
la muerte solamente
una palabra
 
ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros
 
ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

Sucedidos |Eduardo Galeano|

Sucedidos |Eduardo Galeano|

En los fogones de Paysandú, el Mellado Iturria cuenta sucedidos. Los sucedidos sucedieron alguna vez, o casi sucedieron, o no sucedieron nunca, pero lo bueno que tienen es que suceden cada vez que se cuentan.
 
Éste es el triste sucedido del bagrecito del arroyo Negro.
 
Tenía bigotes de púas, era bizco y de ojos saltones. Nunca el Mellado había visto un pescado tan feo. El bagre venía pegado a sus talones desde la orilla del arroyo, y el Mellado no conseguía espantarlo. Cuando llegó a las casas, con el bagre como sombra, ya se había resignado.
 
Con el tiempo, le fue tomando cariño. El Mellado nunca había tenido un amigo sin patas. Desde el amanecer, el bagre lo acompañaba a ordeñar y a recorrer campo. A la caída de la tarde, tomaban mate juntos; y el bagre le escuchaba las confidencias.
 
Los perros, celosos, lo miraban con rencor; la cocinera, con malas intenciones. El Mellado pensó ponerle nombre, para tener cómo llamarlo y para hacerlo respetar, pero no conocía ningún nombre de pescado, y ponerle Sinforoso o Hermenegildo podía caerle mal a Dios.
 
No le quitaba un ojo de encima. El bagre tenía una notoria tendencia a las diabluras. Aprovechaba cualquier descuido y se iba a espantar a las gallinas o a provocar a los perros:
 
-Comportesé -le decía Mellado.
 
Una mañana de mucho calor, que andaban las lagartijas con sombrilla y el bagrecito abanicándose a todo dar con las aletas, el Mellado tuvo la idea fatal:
 
-Vamos a bañarnos al arroyo -propuso.
 
Y allá fueron.
 
El bagre se ahogó.

SI PARLO DE LA MORT |Miquel Martí i Pol|

SI PARLO DE LA MORT |Miquel Martí i Pol|

Si parlo de la mort és perquè em moro
i al capdavall més val parlar de coses
que hom coneix intensament. La meva
mort, per exemple, la tinc ben sabuda;
fa molt de temps que convivim i encara
conviurem molt de temps, fins que es resolgui
d’un cop per sempre el plet, que mai no aporta,
malgrat els aldarulls, sengles sorpreses.
Llavors serà el moment de l’elegia
i algú hi haurà per fer-me el panegíric
(en català, si us plau, i en decasíl·labs)
que jo, bo i mort, escoltaré amb respecte.
Mentrestant parlo de la mort, tal volta
perquè és allò que tinc més viu i pròxim,
per no caure en subtils pedanteries
que, fet i fet, no porten a cap banda.
Parlo, doncs, de la mort, i a més em moro.
No es pot pas demanar més honradesa.

El cuento del viejo abuelo y el nieto |Jacob y Wilhelm Grimm|

El cuento del viejo abuelo y el nieto |Jacob y Wilhelm Grimm|

Érase una vez un hombre muy anciano, al que los ojos habían vuelto turbios, sordos los oídos, y las rodillas le temblaban. Cuando estaba sentado a la mesa y ya casi no podía sostener la cuchara, derramaba algo de sopa sobre el mantel, y otro poco de sopa le volvía a salir también de la boca. Su hijo, y la esposa de su hijo, sentían asco de ello, y, en consecuencia, el viejo abuelo hubo de sentarse, finalmente, en la esquina detrás de la estufa. Le daban la comida en un cuenco de barro, y ésta ni siquiera era suficiente para saciarle. Cierto día, sus manos temblorosas no pudieron sujetar el cuenco y éste cayó al suelo y se rompió. La mujer joven le regañó, más él no dijo nada y se limitó a suspirar. Entonces ella le compró por pocas monedas una vasija de madera de la que él habría de comer en adelante. Cuando de esta forma están sentados, el nieto pequeño, de cuatro años comienza a acarrear tablitas y a dejarlas en el suelo. “¿Qué es lo que estás haciendo?”, le preguntó el padre. “Voy a hacer un comedero”, respondió el niño, “para que coman papá y mamá cuando yo sea grande”. Entonces el padre y la madre se miraron un rato de hito en hito, comenzaron finalmente a llorar y se apresuraron a traer el viejo abuelo a la mesa. Desde entonces le dejaron comer siempre junto a ellos, y tampoco dijeron nada si, alguna vez, derramaba un poco de sopa.

Prisioneros |Salomón de la Selva|

Prisioneros |Salomón de la Selva|

Son gente.
De eso no cabe duda.
Gente como nosotros,
que come, que duerme, que se entume, que suda,
que odia, que ama.
Gente como toda la gente,
y sin embargo ― diferente.
 
Como les hemos arrancado
todos los botones,
caminan agarrándose
los pantalones,
y llevan el cuerpo doblegado.
 
Pudiera ser cansancio,
pero no es eso.
Pudiera ser vergüenza...
En fin, qué nos importa:
¡Son nuestros prisioneros!
 
Está prohibido darles cigarrillos.
Bien. Se los daré a escondidas.
Alguno de ellos debe de haber leído
a Goethe; o será de la familia de Beethoven
o de Kant; o sabrá tocar el violoncelo...

El caracol y el rosal |Hans Christian Andersen| [fragmento]

El caracol y el rosal |Hans Christian Andersen| [fragmento]

―Nada ha cambiado ―dijo―. No se advierte el más insignificante progreso. El rosal sigue con sus rosas, y eso es todo lo que hace. Pasó el verano y vino el otoño, y el rosal continuó dando capullos y rosas hasta que llegó la nieve. El tiempo se hizo húmedo y hosco. El rosal se inclinó hacia la tierra; el caracol se escondió bajo el suelo. Luego comenzó una nueva estación, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lo mismo.
 
―Ahora ya eres un rosal viejo ―dijo el caracol―. Pronto tendrás que ir pensando en morirte. Ya has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si era o no de mucho valor, es cosa que no he tenido tiempo de pensar con calma. Pero está claro que no has hecho nada por tu desarrollo interno, pues en ese caso tendrías frutos muy distintos que ofrecernos. ¿Qué dices a esto? Pronto no serás más que un palo seco... ¿Te das cuenta de lo que quiero decirte?
 
―Me asustas ―dijo el rosal―. Nunca he pensado en ello.
 
―Claro, nunca te has molestado en pensar en nada. ¿Te preguntaste alguna vez por qué florecías y cómo florecías, por qué lo hacías de esa manera y de no de otra?
 
―No ―contestó el rosal―. Florecía de puro contento, porque no podía evitarlo. ¡El sol era tan cálido, el aire tan refrescante!... Me bebía el límpido rocío y la lluvia generosa; respiraba, estaba vivo. De la tierra, allá abajo, me subía la fuerza, que descendía también sobre mí desde lo alto. Sentía una felicidad que era siempre nueva, profunda siempre, y así tenía que florecer sin remedio. Tal era mi vida; no podía hacer otra cosa.
 
―Tu vida fue demasiado fácil ―dijo el caracol.
 
―Cierto ―dijo el rosal―. Me lo daban todo. Pero tú tuviste más suerte aún. Tú eres una de esas criaturas que piensan mucho, uno de esos seres de gran inteligencia que se proponen asombrar al mundo algún día.
 
―No, no, de ningún modo ―dijo el caracol―. El mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yo que ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de mí mismo y en mí mismo.
 
―¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo mejor de nosotros, no deberíamos ofrecerles cuanto pudiéramos? Es cierto que no te he dado sino rosas; pero tú, en cambio, que posees tantos dones, ¿qué has dado tú al mundo? ¿Qué puedes darle?
 
―¿Darle? ¿Darle yo al mundo? Yo lo escupo. ¿Para qué sirve el mundo? No significa nada para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; es para lo único que sirves. Deja que los castaños produzcan sus frutos, deja que las vacas y las ovejas den su leche; cada uno tiene su público, y yo también tengo el mío dentro de mí mismo. ¡Me recojo en mi interior, y en él voy a quedarme! El mundo no me interesa.
 
Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su casa y la selló.
 
―¡Qué pena! ―dijo el rosal―. Yo no tengo modo de esconderme, por mucho que lo intente. Siempre he de volver otra vez, siempre he de mostrarme otra vez en mis rosas. Sus pétalos caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez vi, cómo una madre guardaba una de mis flores en su libro de oraciones, y cómo una bonita muchacha se prendía otra al pecho, y cómo un niño besaba otra en la primera alegría de su vida. Aquello me hizo bien, fue una verdadera bendición. Tales son mis recuerdos, mi vida.
 
Y el rosal continuó floreciendo en toda su inocencia, mientras el caracol dormía allá dentro de su casa. El mundo nada significaba para él. Y pasaron los años. El caracol se había vuelto tierra en la tierra, y el rosal tierra en la tierra, y la memorable rosa del libro de oraciones había desaparecido... Pero en el jardín brotaban los rosales nuevos, y los nuevos caracoles se arrastraban dentro de sus casas y escupían al mundo, que no significaba nada para ellos. ¿Empezamos otra vez nuestra historia desde el principio? No vale la pena; siempre sería la misma.

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Miraba los otoñales |Andrés Trapiello|

Miraba los otoñales |Andrés Trapiello|

MIRABA los otoñales
goterones resbalar.
¿Irán, me decía, al mar
los ríos de los cristales?
 
Tras las gotas, el camino
encharcado se perdía
en una vuelta. Había
un cierto color de vino
 
en la tranquila arboleda
y desgastados azules
velados como entre tules
de una cansada humareda.
 
Yo miraba la mañana
como a través de las gotas
y me parecían rotas
estampas de la ventana.
 
¿Irán al mar, me decía?
Y el eco me respondía
como acostumbra la muerte:
todo es cuestión de suerte.

El insigne cohete |Oscar Wilde|

El insigne cohete |Oscar Wilde|

El hijo del rey iba a casarse, así es que los regocijos eran generales. Había esperado un año entero a la novia, y por fin había llegado. Era una princesa rusa, y había hecho todo el camino desde Finlandia en un trineo tirado por seis renos. El trineo tenía la forma de un gran cisne dorado, y entre las alas del cisne iba la princesa misma. Su largo manto de armiño le caía hasta los pies y en la cabeza llevaba un gorrito diminuto de tisú de plata. Era tan pálida como el palacio de nieve en el que había vivido siempre. Tan pálida era que al recorrer las calles toda la gente se quedaba admirada.
 
―Es como una rosa blanca ―exclamaba la gente.
 
Y le arrojaban flores desde los balcones.
 
A la entrada del castillo estaba esperando el príncipe para recibirla. Tenía ojos soñadores color violeta y cabellos como oro fino. Cuando la vio hincó una rodilla en tierra y le besó la mano.
 
―Vuestro retrato era hermoso ―musitó―, pero sois más hermosa que vuestro retrato.
 
Y la princesita se ruborizó.
 
―Antes parecía una rosa blanca ―dijo un joven paje al que tenía más próximo―, pero ahora parece una rosa roja.
 
Y toda la corte estaba complacida.
 
Durante los tres días que siguieron todo el mundo iba diciendo:
 
―Rosa blanca, rosa roja; rosa roja, rosa blanca.
 
Y el rey dio orden de que doblaran la paga del paje. Como no recibía paga alguna esto no le sirvió de mucho, pero se consideró un gran honor, y se publicó debidamente en la Gaceta de la Corte.
 
Transcurridos tres días se celebraron las bodas. Fue una ceremonia magnífica, y los novios iban de la mano andando bajo un palio de terciopelo púrpura bordado con pequeñas perlas. Luego se celebró un banquete oficial que duró cinco horas. El príncipe y la princesa se sentaron a la cabecera del gran salón y bebieron en copa de claro cristal. Sólo los verdaderos enamorados podían beber en esa copa, pues si la tocaran labios falaces se empañaría, tornándose gris y turbia.
 
―Está claro que se aman ―dijo el pajecillo―, ¡tan claro como el cristal!
 
―¡Qué honor! ―exclamaron todos los cortesanos.
Después del banquete iba a haber un baile. La novia tenía que bailar la danza de la rosa con el novio, y el rey había prometido tocar la flauta. La tocaba muy mal, pero nadie se había atrevido a decírselo nunca, porque era el rey. En verdad, sólo sabía dos melodías, y nunca estaba completamente seguro de cuál de las dos estaba tocando, pero daba lo mismo, pues hiciera lo que hiciera todo el mundo exclamaba:
 
―¡Encantador!, ¡encantador!
 
El final del programa era una gran quema de fuegos artificiales, que debían dispararse exactamente a medianoche. La princesita no había visto nunca fuegos artificiales, así es que el rey había ordenado que el pirotécnico de palacio estuviera de servicio en el día de la boda.
 
―¿Cómo son los fuegos artificiales? ―había preguntado ella al príncipe una mañana cuando paseaba por la terraza.
 
―Son como la aurora boreal ―dijo el rey, que siempre respondía a las preguntas que se hacían a los demás―, sólo que mucho más naturales. Yo los prefiero a las estrellas, pues siempre se sabe cuándo van a aparecer, y son tan deliciosos como las melodías que yo toco con mi flauta. Ciertamente, debéis verlos.
 
Así es que al fondo de los jardines reales habían levantado un gran tablado. Y tan pronto como el pirotécnico de palacio hubo puesto cada cosa en su sitio, los fuegos artificiales empezaron a charlar.
 
―El mundo es ciertamente muy hermoso ―exclamó un pequeño buscapiés―. Y si no, mirad esos tulipanes amarillos; si fueran petardos de verdad, no podrían ser más bonitos de lo que son. Me alegro mucho de haber viajado; viajar desarrolla el espíritu de un modo asombroso, y acaba con todos los prejuicios.
 
―El jardín del rey no es el mundo, necio buscapiés ―dijo una gran candela romana―; el mundo es un lugar enorme y tardarías tres días en verlo del todo.
 
―Cualquier lugar que se ame es el mundo para uno ―exclamó una girándula taciturna, que de jovencita había estado muy unida a un viejo cajón de madera de pino, y hacía alarde de tener el corazón hecho pedazos―; pero el amor ya no está de moda, lo han matado los poetas. Han escrito tanto sobre él, que nadie les cree, y a mí no me sorprende. El amor verdadero sufre y guarda silencio. Yo recuerdo que una vez... Pero no importa ahora. Lo romántico pertenece al pasado.
 
―¡Qué tontería! ―dijo la candela romana―, lo romántico nunca muere. Es como la luna, y vive siempre. Los recién casados, por ejemplo, se aman tiernamente. Se lo oí decir esta mañana a un cartucho de papel de estraza, que estaba casualmente en el mismo cajón que yo, y que sabía las últimas noticias de la corte.
 
Pero la girándula negó con la cabeza:
 
―Lo romántico ha muerto, lo romántico ha muerto, lo romántico ha muerto ―musitaba.
 
Era una de esas que piensan que si se dice la misma cosa una y otra vez repitiéndolo muchísimas veces acaba siendo verdad.
De pronto, se oyó una tos fuerte y seca, y todos miraron a su alrededor.
 
Procedía de un cohete alto y de porte arrogante, que estaba atado al extremo de una larga varilla. Siempre tosía antes de hacer alguna observación, con el fin de llamar la atención.
 
―¡Ejem!, ¡ejem! ―dijo.
 
Y todo el mundo se puso a escuchar, excepto la pobre girándula, que estaba todavía meneando la cabeza y murmurando:
 
―Lo romántico ha muerto.
 
―¡Orden!, ¡orden en la sala! ―gritó un petardo.
 
Tenía algunas cualidades de político, y siempre había desempeñado un papel relevante en las elecciones locales, de modo que sabía usar las expresiones parlamentarias convenientes.
 
―Muerto y bien muerto ―susurró la girándula; y se quedó dormida.
 
En cuanto hubo un completo silencio, el cohete tosió por tercera vez y empezó a hablar. Hablaba con voz muy clara y lenta, como si estuviera dictando sus memorias, y siempre miraba por encima del hombro a la persona a quien se dirigía. Realmente tenía unos modales sumamente distinguidos.
 
―¡Qué afortunado es el hijo del rey ―observó―, que va a casarse el mismo día en que me van a disparar a mí! Verdaderamente, ni aunque lo hubieran dispuesto de antemano hubiera podido resultar mejor para él; pero es que los príncipes siempre tienen suerte.
 
―¡Válgame Dios! ―dijo el pequeño buscapiés―, yo creía que era justo lo contrario, y que nos iban a disparar en honor del príncipe.
 
―Puede que sea ese tu caso ―respondió―; a decir verdad, no me cabe duda de que es así, pero en el mío es diferente. Yo soy un cohete extraordinario, y desciendo de padres insignes. Mi madre fue la girándula más célebre de su tiempo, y era famosa por su grácil danza. Cuando hizo su gran aparición en público giró diecinueve veces antes de dispararse, y cada vez que lo hacía lanzaba al aire siete estrellas de color de rosa. Tenía tres pies y medio de diámetro, y estaba cargada con pólvora de primera calidad. Mi padre era un cohete, como yo, y de origen francés. Voló tan alto que la gente temía que no volviera a bajar. Bajó, sin embargo, pues era amable por naturaleza, e hizo un descenso muy brillante, en una cascada de lluvia de oro. Los periódicos dieron cuenta de su actuación en términos muy halagüeños; de hecho, la Gaceta de la Corte lo llamó un triunfo del arte pilotécnico.
 
―Pirotécnico, pirotécnico, querrás decir ―corrigió una bengala―. Sé que se dice pirotécnico porque lo he visto escrito en mi caja de hojalata.
 
―Bien, pilotécnico es lo que he dicho ―respondió el cohete en tono severo.
 
Y la bengala se sintió tan humillada que al punto empezó a intimidar a los pequeños buscapiés, para mostrar que era todavía una persona de cierta importancia.
 
―Estaba diciendo ―prosiguió el cohete―, estaba diciendo... ¿Qué estaba yo diciendo?
 
―Estabas hablando de ti mismo ―replicó la candela romana.
 
―Naturalmente; ya sabía yo que estaba tratando de algún asunto interesante cuando fui tan descortésmente interrumpido. Detesto la descortesía y cualquier falta de educación, pues soy sensible en extremo. No hay nadie en el mundo entero tan sensible como yo, estoy completamente seguro de ello.
 
―¿Qué es una persona sensible? ―preguntó el petardo a la candela romana.
 
―Una persona que porque tiene ella callos siempre pisa a los demás ―respondió la candela romana en un susurro apenas audible.
 
Y el petardo casi explotó de risa.
 
―Haz el favor de decirme de qué te ríes ―preguntó el cohete―; yo no me estoy riendo.
 
―Me río porque soy feliz ―replicó el petardo.
 
―Esa es una razón muy egoísta ―dijo el cohete airadamente―. ¿Qué derecho tienes a ser feliz? Debieras pensar en los demás; de hecho, debieras estar pensando en mí. Yo siempre pienso en mí, y espero que todos los demás hagan lo mismo, eso es lo que se llama simpatía. Es una hermosa virtud, y yo la poseo en alto grado. Supón, por ejemplo, que me ocurriera algo esta noche, ¡qué desgracia sería para todos! El príncipe y la princesa no volverían a ser felices, toda su vida matrimonial se echaría a perder; y en cuanto al rey, yo sé que no lo soportaría. Realmente, cuando me pongo a reflexionar sobre la importancia de mi posición social me conmuevo hasta casi derramar lágrimas.
 
―Si quieres agradar a los demás ―exclamó la candela romana―, harías bien en mantenerte seco.
 
―Ciertamente ―corroboró la bengala, que estaba ya de mejor humor―; eso es de sentido común.
 
―¡Sentido común!, ¡vaya cosa! ―dijo el cohete indignado―; olvidas que yo no soy común, sino extraordinario. Cualquiera puede tener sentido común, con tal de que no tenga imaginación, pero yo sí tengo imaginación, pues no pienso nunca en las cosas como son en realidad; siempre pienso en ellas como si fueran completamente diferentes. En cuanto a mantenerme seco, evidentemente no hay nadie aquí que pueda apreciar en absoluto un carácter emotivo. Por fortuna para mí, me tiene sin cuidado. Lo único que le sostiene a uno en la vida es el ser consciente de la inmensa inferioridad de todos los demás, y este es un sentimiento que yo he cultivado siempre. Pero ninguno de vosotros tiene corazón, aquí estáis riéndoos y divirtiéndoos precisamente como si los príncipes no acabaran de casarse.
 
―Bueno, en realidad, ¿y por qué no? ―exclamó un pequeño globo de fuego―. Es una ocasión del mayor regocijo, y cuando yo me remonte en el aire tengo la intención de contárselo a las estrellas. Veréis cómo parpadean cuando yo les hable de la linda novia.
 
―¡Ah, qué modo tan trivial de considerar la vida! ―dijo el cohete―; pero es justo lo que yo me esperaba. No hay nada dentro de vosotros, estáis huecos y vacíos. ¡Cómo!, tal vez el príncipe y la princesa se vayan a vivir a un país en que haya un río profundo, y acaso tengan sólo un hijo, un niño de cabello rubio y ojos violeta como los del príncipe, y quizá un día salga a pasear con la niñera; y tal vez la niñera se quede dormida al pie de un gran saúco; y quizá el niño se caiga al río profundo y se ahogue. ¡Qué desgracia tan terrible! ¡Pobre gente!, ¡perder a su único hijo! ¡Es verdaderamente demasiado terrible! Yo nunca podré soportarlo.
 
―Pero no han perdido a su hijo único ―dijo la candela romana―; no les ha ocurrido ninguna desgracia.
 
―Yo nunca dije que les hubiera ocurrido―replicó el cohete―; dije que pudiera ocurrirles. Si hubieran perdido a su hijo único, no serviría de nada hablar más sobre el asunto. Detesto a la gente que llora por el cántaro roto, como en el cuento de la lechera. Pero cuando pienso que pudieran perder a su único hijo, ciertamente me siento muy afectado.
 
―¡Ciertamente, afectado lo eres! ―exclamó la bengala―. En realidad eres la persona más afectada que he visto en mi vida.
 
―Y tú eres la persona más grosera que he visto yo en la mía ―dijo el cohete―, y no puedes entender mi amistad con el príncipe.
 
―¡Cómo, si ni siquiera le conoces! ―rezongó la candela romana.
 
―Yo nunca dije que le conociera ―respondió el cohete―. Me atrevo a decir que si le conociera no sería amigo suyo de ningún modo. Es muy peligroso conocer a los amigos.
 
―Realmente, sería mejor que no te mojaras ―dijo el globo de fuego―. Eso es lo importante.
 
―Muy importante para ti, no me cabe duda ―replicó el cohete―, pero yo lloraré si me place.
 
Y, en efecto, rompió a llorar con auténticas lágrimas que rodaban por su varilla como gotas de lluvia, y casi ahogaron a dos pequeños escarabajos que estaban precisamente pensando en crear un hogar, y buscaban un bonito lugar seco para vivir.
 
―Debe ser verdaderamente romántico por naturaleza ―dijo la girándula―, pues llora cuando no hay nada por que llorar.
 
Y lanzó un hondo suspiro, y pensó en el cajón de madera de pino.
 
Pero la candela romana y la bengala estaban muy indignadas, y no hacían más que decir lo más alto que podían:
 
―¡Paparruchas!, ¡paparruchas!
 
Eran extremadamente prácticas, y siempre que tenían algo que objetar llamaban a las cosas paparruchas.
 
Entonces salió la luna, semejante a un maravilloso escudo de plata; y comenzaron a brillar las estrellas, y llegó del palacio el sonido de la música.
 
El príncipe y la princesa dirigían el baile. Danzaban de un modo tan hermoso que los esbeltos lirios blancos se asomaban a verlos por la ventana, y las grandes amapolas rojas movían la cabeza llevando el compás.
 
Luego dieron las diez, y después las once, y más tarde las doce, y a la última campanada de medianoche todo el mundo salió a la terraza, y el rey mandó llamar al pirotécnico de palacio.
 
―¡Que empiecen los fuegos artificiales! ―dijo el rey.
 
Y el pirotécnico de palacio hizo una profunda reverencia y fue al fondo del jardín. Le acompañaban seis ayudantes, cada uno de los cuales llevaba una antorcha encendida al extremo de una larga vara.
 
Fue ciertamente un espectáculo magnífico.
 
―¡Ssss! ¡Ssss! ―silbó la girándula, mientras giraba y giraba.
 
―¡Bum! ¡Bum! ―tronó la candela romana.
 
Luego los buscapiés danzaron por todas partes, y las bengalas hicieron que todo pareciera escarlata.
 
―¡Adiós! ―gritó el globo de fuego, mientras se remontaba dejando caer diminutas chispas azules.
 
―¡Bang! ¡Bang! ―respondieron los petardos, que estaban divirtiéndose muchísimo.
 
Todos tuvieron un gran éxito, menos el cohete insigne. Estaba tan mojado por el llanto que no pudo dispararse. Lo mejor de él era la pólvora, y ésta estaba tan húmeda por las lágrimas que era inservible. Todos sus parientes pobres, a quienes nunca dirigía la palabra si no era con desdén, se dispararon al cielo como maravillosas flores de oro con corazón de fuego.
 
―¡Bravo! ¡Bravo! ―gritaba la corte.
 
Y la princesa reía de placer.
 
―Supongo que me reservan para alguna gran ocasión ―dijo el cohete―; indudablemente, eso es lo que esto significa.
 
Y tomó un aire más arrogante que nunca.
 
Al día siguiente fueron los obreros a limpiar y a ordenar las cosas.
 
―Esto es evidentemente una comisión ―se dijo el cohete―; les recibiré con la dignidad que conviene.
 
Irguió, pues, la cabeza, y empezó a fruncir el entrecejo con aire grave, como si estuviera pensando en algún asunto muy importante. Pero no le prestaron atención alguno hasta que no estaban a punto de irse. Entonces uno de ellos se fijó en él.
 
―¡Caramba! ―exclamó―, ¡aquí tenemos un mal cohete!
 
Y lo tiró por encima del muro a la acequia.
 
―¿Mal cohete?, ¿mal cohete? ―se dijo, mientras daba vueltas vertiginosas por el aire―; ¡imposible! ¡Gran cohete!, eso es lo que ha dicho el hombre. Mal y gran suenan muy parecido, y, a decir verdad, con frecuencia son la misma cosa.
 
Y cayó en el lodo.
 
―No se está cómodo aquí ―observó―, pero indudablemente es algún balneario de moda, y me habrán enviado a recobrar la salud. Tengo los nervios destrozados, y necesito descanso.
 
Entonces llegó hasta él nadando una ranita de ojos como joyas brillantes y vestida con un verde manto jaspeado.
 
―¡Recién llegado, ya veo! ―dijo la rana―. ¡Bueno!, después de todo no hay nada como el barro. ¡Dadme un tiempo lluvioso y una acequia y soy completamente feliz! ¿Crees que va a ser una tarde de agua? Yo no he perdido las esperanzas de que sea así; pero el cielo está enteramente azul y despejado. ¡Qué lástima!
 
―¡Ejem!, ¡ejem! ―dijo el cohete airadamente, poniéndose a toser.
 
―¡Qué voz tan deliciosa tienes! ―exclamó la rana―. Realmente parece como si croaras, y desde luego el sonido que se hace al croar es el más musical del mundo. Ya oirás nuestro orfeón esta noche. Nos instalamos en el viejo estanque de los patos, muy cerca de la casa de labranza, y en cuanto sale la luna empezamos. Es tan delicioso que todo el mundo se queda despierto para escucharnos. De hecho, ayer mismo oí a la mujer del labrador decir a su madre que no había podido pegar un ojo en toda la noche por causa nuestra. Es muy agradable saberse tan popular.
 
―¡Ejem!, ¡ejem! ―dijo el cohete airadamente.
 
Estaba muy molesto por no poder decir una palabra.
 
―Una voz deliciosa, ciertamente –prosiguió la rana―. Espero que vengas a vernos al estanque de los patos. Me voy en busca de mis hijas. Tengo seis bellas hijas, y me da mucho miedo que las encuentre el lucio; es un verdadero monstruo, y no vacilaría en comérselas para desayunar. Bueno, ¡adiós!; he disfrutado mucho con nuestra conversación, te lo aseguro.
 
―Conversación ―dijo el cohete―. Si has estado tú hablando todo el tiempo. Eso no es conversación.
 
―Alguien tiene que escuchar ―respondió la rana―, y a mí me gusta decirlo todo, eso ahorra tiempo y evita las discusiones.
 
―Pero a mí me gustan las discusiones ―dijo el cohete.
 
―Confío en que no ―repuso la rana con aire satisfecho―. Las discusiones son extremadamente vulgares, pues toda la gente de la buena sociedad tiene exactamente las mismas opiniones. Adiós por segunda vez; estoy viendo a mis hijas allá lejos.
 
Y la ranita se fue nadando.
 
―Eres una persona irritante ―dijo el cohete―, y muy mal educada. Odio a la gente que habla de sí misma, como haces tú, cuando uno quiere hablar de sí mismo, como me ocurre a mí. Eso es lo que yo llamo egoísmo, y el egoísmo es algo absolutamente detestable, en especial para alguien que tenga mi temperamento, pues yo soy muy conocido por ser amable por naturaleza. De hecho, deberías tomarme como ejemplo; no podrás tener un modelo mejor. Ahora que se te presenta la ocasión harías bien en aprovecharla, pues me voy a volver a la corte casi inmediatamente. Soy un gran favorito de la corte; de hecho, los príncipes se casaron ayer en honor mío. Naturalmente tú no sabes nada de estas cosas, pues eres una provinciana.
 
―Es inútil que hables con ella ―dijo una libélula, que estaba posada en lo alto de una elevada espadaña parda―, absolutamente inútil, pues se ha ido.
 
―Bueno, peor para ella, no para mí ―respondió el cohete―. No voy a dejar de hablarle meramente porque no preste atención. Me gusta escucharme cuando hablo; es uno de mis grandes placeres. A menudo sostengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una sola palabra de lo que me digo.
 
―Entonces debieras dar conferencias sobre filosofía, ciertamente ―dijo la libélula.
 
Y extendió un par de hermosas alas de gasa y se remontó en el cielo.
 
―¡Qué tonta es no quedándose aquí! ―dijo el cohete―. Estoy seguro de que no tiene a menudo la ocasión de cultivar su mente. Sin embargo, no me importa nada; un genio como el mío ha de apreciarse algún día, con toda seguridad.
 
Y se hundió un poco más en el cieno.
 
Al cabo de un rato llegó nadando hasta él una gran pata blanca. Tenía patas amarillas y pies palmeados, y se la consideraba una gran belleza por su modo de andar contoneándose.
 
―¡Cuac!, ¡cuac!, ¡cuac! ―dijo―. ¡Qué tipo tan curioso tienes! ¿Puedo preguntarte si es de nacimiento o es el resultado de un accidente?
 
―Es evidente que has vivido siempre en el campo ―respondió el cohete―, de otro modo sabrías quién soy. Sin embargo, disculpo tu ignorancia. No sería justo esperar que los demás fueran tan extraordinarios como uno mismo. Sin duda te sorprenderá oír que puedo subir volando al cielo y bajar en una cascada de lluvia dorada.
 
―No me parece nada extraordinario ―dijo la pata―, pues no veo de qué le sirve eso a nadie. Ahora bien, si supieras arar los campos, como el buey, o tirar de un carro, como el caballo, o cuidar de las ovejas, como el perro pastor, eso sí que sería algo.
 
―¡Pero criatura ―exclamó el cohete en un tono de voz muy altanero―, veo que perteneces a las clases más bajas! Una persona de mi rango no es nunca útil. Tenemos ciertas dotes y eso es más que suficiente. En cuanto a mí, no tengo simpatía por el trabajo de ninguna clase, y mucho menos por la clase de trabajos que parece que recomiendas. A decir verdad, yo he opinado siempre que los trabajos de carga son simplemente el refugio de la gente que no tiene otra cosa que hacer.
 
―Bueno, bueno ―repuso la pata, que era de carácter muy pacífico, y nunca reñía con nadie―, cada cual tiene sus gustos. Espero, de cualquier modo, que fijes tu residencia aquí.
 
―¡Oh, no! ―exclamó el cohete―; soy solamente un visitante, un visitante distinguido. La verdad es que encuentro este lugar bastante aburrido. Aquí no hay ni sociedad ni soledad. De hecho, es un lugar esencialmente suburbano. Volveré probablemente a la corte, pues sé que estoy destinado a causar sensación en el mundo.
 
―Yo tuve una vez pensamientos de entrar en la vida pública ―observó la pata―. ¡Hay tantas cosas que necesitan reforma! Por cierto, presidí una asamblea hace algún tiempo, y aprobamos resoluciones condenando todo lo que no nos gustaba. Sin embargo, no parece que hayan tenido mucho efecto. Ahora me he metido en casa, y cuido a mi familia.
 
―Yo estoy hecho para la vida pública ―dijo el cohete―, lo mismo que todos mis parientes, incluso los más humildes. Siempre que aparecemos atraemos una gran atención. Yo en realidad no he hecho todavía mi aparición, pero cuando la haga será un espectáculo magnífico. En cuanto a meterse en casa, le hace a uno envejecer rápidamente, y distrae la mente de cosas más altas.
 
―¡Ah, las cosas más altas de la vida, qué bellas son! ―dijo la pata―, y eso me recuerda qué hambre tengo.
 
Y se fue nadando corriente abajo, diciendo:
 
―¡Cuac!, ¡cuac!, ¡cuac!
 
―¡Vuelve, vuelve! ―gritó el cohete―; tengo muchas cosas que decirte.
 
Pero la pata no le prestó atención.
 
―Me alegro que se haya ido ―se dijo para sí―, tiene una mentalidad claramente de clase media.
 
Y se hundió un poco más aún en el cieno. Y estaba empezando a pensar en la soledad de los genios cuando, de pronto, dos niños vestidos con delantal blanco llegaron corriendo por la orilla, con una marmita y algo de leña.
 
―Esta debe de ser la comisión ―dijo el cohete, e intentó adoptar un porte muy digno.
 
―¡Eh! ―gritó uno de los niños―, ¡mira este palo viejo! Me pregunto cómo ha venido a para aquí.
 
Y cogió el cohete sacándolo de la acequia.
 
―¡Palo viejo! ―dijo el cohete―, ¡imposible! ¡Palo egregio!, eso es lo que dijo. Palo egregio es un cumplido. ¡Realmente me confunde con uno de los dignatarios de la corte!
 
―¡Echémoslo al fuego! ―dijo el otro muchacho―, ayudará a que hierva la marmita.
 
Así que apilaron la leña y pusieron el cohete en lo alto, y encendieron el fuego.
 
―Esto es magnífico ―exclamó el cohete―, van a dispararme a plena luz del día, para que pueda verme todo el mundo.
 
―Vamos a echarnos a dormir ahora ―dijeron los niños―, y cuando despertemos habrá hervido la marmita.
 
Y se tendieron en la hierba y cerraron los ojos.
 
El cohete estaba muy mojado, así es que tardó mucho tiempo en arder. Por fin, sin embargo, le prendió el fuego.
 
―¡Ahora me voy a disparar! ―gritó.
 
Y se puso muy tieso y derecho.
 
―Sé que voy a subir mucho más alto que las estrellas, mucho más alto que la luna, mucho más alto que el sol. Sí, subiré tan alto que...
 
―¡Fiss! ¡Fiss! ¡Fiss! ―silbó, y se fue derecho por los aires.
 
―¡Delicioso! ―gritó―, seguiré así para siempre. ¡Qué éxito el mío!
Pero no le vio nadie.
 
Entonces empezó a sentir una sensación extraña de hormigueo por todo el cuerpo.
 
―Ahora voy a explotar ―gritó―. Incendiaré el mundo entero, y haré tal ruido que nadie hablará de otra cosa durante todo un año.
 
Y ciertamente explotó.
 
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!, hizo la pólvora.
 
No cabía ninguna duda.
 
Pero nadie lo oyó, ni siquiera los dos niños, pues estaban profundamente dormidos.
 
Luego, todo lo que quedó de él fue la varilla, y esta le cayó encima a una oca que estaba dando un paseo a lo largo de la acequia.
 
―¡Cielo santo! ―gritó la oca―. Van a llover palos.
 
Y se metió precipitadamente en el agua.
 
―Sabía que iba a causar una gran sensación ―dijo el cohete dando las últimas bocanadas.
 
Y se apagó.

Com goses? |Mesclat| [cançó]

Com goses? |Mesclat| [cançó]

Si tens un déu que és jueu
i gastes gas algerià.
Si menges pasta italiana
i et fumes un havà.
Si agafes una turca
bevent whisky escocès
i te’n vas a fer l’indi
amb el teu cotxe japonès.
 
Ja em diràs com goses dir
estranger al teu veí.
 
Si plantes la canadenca
tot fumant costo afganès.
Si menges cols de Brussel·les
mentre et fan un francès.
Si a casa tens un canari,
i el teu rellotge és suís.
Si utilitzes la i grega
per escriure el teu país.
 
Ja em diràs com goses dir
estranger al teu veí.
 
Tant si duus americana
com mocador palestí.
Si beus aigua de Colònia
quan se t’ha acabat el vi.
Si t’enganyen com un xino
i has d’acabar fent-te el suec.
Si fas moros al teu pare
i és primavera al corteinglès.
 
Ja em diràs com goses dir
estranger al teu veí.

EL PROFETA ERMITAÑO |Gibrán Jalil Gibrán|

EL PROFETA ERMITAÑO |Gibrán Jalil Gibrán|

En cierta ocasión hubo un profeta ermitaño que cada tres lunas bajaba a la ciudad y en las plazas del mercado predicaba el hecho de dar y de compartir. Y era elocuente, y su fama se extendía por la tierra.
 
Cierta tarde, tres hombres se acercaron a la ermita y lo saludaron: «Tú predicas el dar y el compartir. Y enseñas a quienes poseen mucho que den a los que apenas poseen nada; y estamos seguros de que tu fama te ha dado riquezas. Ahora ven y danos tus riquezas, porque somos necesitados.»
 
Y el ermitaño contestó: «Amigos míos: sólo tengo esta cama, esta estera y este jarro de agua. Si lo queréis, lleváoslo. No tengo ni oro ni plata.»
 
Entonces le miraron desdeñosos y le dieron la espalda; pero el último hombre se detuvo en la puerta un instante y le gritó: «¡Impostor! Nos engañas. Enseñas y predicas lo que tú mismo no haces.»

El recuerdo |José Agustín Goytisolo|

El recuerdo |José Agustín Goytisolo|

Me asomo al miedo escucho
las voces que aún resuenan
que suben de la tierra
gritando nombres fechas
lugares de traición
crímenes sordos
y sin querer lo temo
por mi vida por mí
pedazo de bandera
por mi casa por todo
lo que fui rescatando
de aquel montón de ruinas
que dejaste al partir
hacia ese mar oscuro
en donde permaneces
tan espantosamente
callada todavía.

La vida según Quino |Quino|

La vida según Quino |Quino|

Pienso que la forma en la que la vida fluye está mal. Debería ser al revés: Uno debería morir primero, para salir de eso de una vez.
 
Luego, vivir en un asilo de ancianos hasta que te saquen cuando ya no eres tan viejo para estar ahí. Entonces empiezas a trabajar, trabajar por cuarenta años hasta que eres lo suficientemente joven para disfrutar de tu jubilación. Luego fiestas, parrrandas, drogas, alcohol. Diversión, amantes, novios, novias, todo, hasta que estás listo para entrar a la secundaria...
 
Después pasas a la primaria, y eres un niño(a) que se la pasa jugando sin responsabilidades de ningún tipo...
 
Luego pasas a ser un bebé, y vas de nuevo al vientre materno, y ahí pasas los mejores y últimos 9 meses de tu vida flotando en un líquido tibio, hasta que tu vida se apaga en un tremendo orgasmo...
 
¡¡¡ESO SÍ ES VIDA!!!

1964 |Jorge Luis Borges|

1964 |Jorge Luis Borges|

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
 
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
 
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
 
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.
 
* * *
 
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
 
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
 
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
 
Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

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Lo que creemos ser |Derek Parfit| [fragmento]

Lo que creemos ser |Derek Parfit| [fragmento]

Entro en el teletransportador. Ya he estado antes en Marte, pero nada más que por el viejo método, un viaje en nave espacial que dura varias semanas. Esta máquina me enviará a la velocidad de la luz. Sólo tengo que apretar el botón verde. Como otros en mi situación, estoy nervioso. ¿Funcionará? Repaso lo que me han dicho que va a pasar. Cuando apriete el botón, perderé la conciencia y luego despertaré con la impresión de que sólo ha transcurrido un momento. En realidad habré estado inconsciente durante casi una hora. El escáner aquí en la Tierra destruirá mi cerebro y mi cuerpo, mientras registra los estados exactos de todas mis células. Entonces transmitirá esta información por radio. Viajando a la velocidad de la luz, el mensaje tardará tres minutos en llegar al replicador en Marte. Éste creará entonces, partiendo de materia nueva, un cerebro y un cuerpo exactamente como los míos. Será en ese cuerpo donde me despertaré.
 
Aunque creo que esto es lo que va a ocurrir, todavía vacilo. Pero entonces recuerdo cómo se reía mi mujer cuando, hoy al desayuno, le manifesté mi nerviosismo. Como me recordó, ella ha sido teletransportada a menudo, y nada va mal con ella. Aprieto el botón. Como se me pronosticó, pierdo la conciencia y aparentemente la recobró enseguida, pero en un cubículo diferente. Examinando mi nuevo cuerpo, no encuentro ningún cambio en absoluto. Hasta está todavía en su sitio el corte que me hice en el labio superior esta mañana al afeitarme.
 
Pasan varios años durante los que soy teletransportado con frecuencia. Estoy otra vez en el cubículo, listo para otro viaje a Marte. Pero esta vez, cuando aprieto el botón verde, no pierdo la conciencia. Se escucha un zumbido, y luego el silencio. Salgo del cubículo y le digo al asistente: «No funciona. ¿Qué hice mal?»
 
«Sí que funciona», contesta, y me da una tarjeta impresa. Leo: «El nuevo escáner graba un cianotipo de usted mismo sin destruir su cerebro ni su cuerpo. Esperamos que sepa apreciar las oportunidades que este avance técnico ofrece».
 
El asistente me cuenta que soy una de las primeras personas que usan el nuevo escáner. Añade que si me quedo una hora podré usar el intercomunicador para verme y hablar conmigo en Marte.
 
«Un momento», contesto, «Si estoy aquí no puedo estar también en Marte».
 
Alguien tose con mucha cortesía, un hombre de bata blanca que me pide hablar en privado conmigo. Nos vamos a su despacho, me dice que me siente, y hace una pausa. Luego dice: «Me temo que tenemos problemas con el nuevo escáner. Graba su cianotipo con la misma perfección y exactitud, ya lo podrá comprobar cuando se vea y hable consigo mismo en Marte. Pero parece que resulta nocivo para el sistema cardiaco cuando lo explora. A juzgar por los resultados que hemos tenido hasta ahora, aunque estará usted en Marte con una salud perfecta, aquí en la Tierra tiene que esperarun ataque cardíaco en los próximos días».
 
Después me llama el asistente por el intercomunicador. En la pantalla me veo a mí mismo justo igual que en el espejo por las mañanas. Pero hay dos diferencias. En la pantalla no aparece mi imagen invertida de derecha a izquierda. Y mientras que aquí estoy sin decir palabra, puedo ver y oír cómo empiezo a hablar, en el estudio de Marte.
 
Como mi Réplica sabe que estoy a punto de morir, trata de consolarme con los mismos pensamientos con los que hace poco intenté consolar a un amigo moribundo. Es triste darse cuenta, cuando a uno le llega el fin, de lo poco que consuelan estos pensamientos. Mi Réplica entonces me asegura que seguirá con mi vida donde yo la dejé. Ama a mi mujer, y entre los dos cuidarán de mis hijos. Y terminará el libro que estoy escribiendo. Además de tener todos mis borradores, tiene todas mis intenciones. Tengo que admitir que puede terminar mi libro tan bien como podría yo. Todas estas cosas me consuelan un poco. Morir cuando sé que tendré una Réplica no es tan malo como morir, simplemente. Aun así, pronto perderé la conciencia, para siempre.

Corazón coraza |Mario Benedetti|

Corazón coraza |Mario Benedetti|

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza
 
porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro
 
porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.

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