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Panfleto LAETUS

El insigne cohete |Oscar Wilde|

El insigne cohete |Oscar Wilde|

El hijo del rey iba a casarse, así es que los regocijos eran generales. Había esperado un año entero a la novia, y por fin había llegado. Era una princesa rusa, y había hecho todo el camino desde Finlandia en un trineo tirado por seis renos. El trineo tenía la forma de un gran cisne dorado, y entre las alas del cisne iba la princesa misma. Su largo manto de armiño le caía hasta los pies y en la cabeza llevaba un gorrito diminuto de tisú de plata. Era tan pálida como el palacio de nieve en el que había vivido siempre. Tan pálida era que al recorrer las calles toda la gente se quedaba admirada.
 
―Es como una rosa blanca ―exclamaba la gente.
 
Y le arrojaban flores desde los balcones.
 
A la entrada del castillo estaba esperando el príncipe para recibirla. Tenía ojos soñadores color violeta y cabellos como oro fino. Cuando la vio hincó una rodilla en tierra y le besó la mano.
 
―Vuestro retrato era hermoso ―musitó―, pero sois más hermosa que vuestro retrato.
 
Y la princesita se ruborizó.
 
―Antes parecía una rosa blanca ―dijo un joven paje al que tenía más próximo―, pero ahora parece una rosa roja.
 
Y toda la corte estaba complacida.
 
Durante los tres días que siguieron todo el mundo iba diciendo:
 
―Rosa blanca, rosa roja; rosa roja, rosa blanca.
 
Y el rey dio orden de que doblaran la paga del paje. Como no recibía paga alguna esto no le sirvió de mucho, pero se consideró un gran honor, y se publicó debidamente en la Gaceta de la Corte.
 
Transcurridos tres días se celebraron las bodas. Fue una ceremonia magnífica, y los novios iban de la mano andando bajo un palio de terciopelo púrpura bordado con pequeñas perlas. Luego se celebró un banquete oficial que duró cinco horas. El príncipe y la princesa se sentaron a la cabecera del gran salón y bebieron en copa de claro cristal. Sólo los verdaderos enamorados podían beber en esa copa, pues si la tocaran labios falaces se empañaría, tornándose gris y turbia.
 
―Está claro que se aman ―dijo el pajecillo―, ¡tan claro como el cristal!
 
―¡Qué honor! ―exclamaron todos los cortesanos.
Después del banquete iba a haber un baile. La novia tenía que bailar la danza de la rosa con el novio, y el rey había prometido tocar la flauta. La tocaba muy mal, pero nadie se había atrevido a decírselo nunca, porque era el rey. En verdad, sólo sabía dos melodías, y nunca estaba completamente seguro de cuál de las dos estaba tocando, pero daba lo mismo, pues hiciera lo que hiciera todo el mundo exclamaba:
 
―¡Encantador!, ¡encantador!
 
El final del programa era una gran quema de fuegos artificiales, que debían dispararse exactamente a medianoche. La princesita no había visto nunca fuegos artificiales, así es que el rey había ordenado que el pirotécnico de palacio estuviera de servicio en el día de la boda.
 
―¿Cómo son los fuegos artificiales? ―había preguntado ella al príncipe una mañana cuando paseaba por la terraza.
 
―Son como la aurora boreal ―dijo el rey, que siempre respondía a las preguntas que se hacían a los demás―, sólo que mucho más naturales. Yo los prefiero a las estrellas, pues siempre se sabe cuándo van a aparecer, y son tan deliciosos como las melodías que yo toco con mi flauta. Ciertamente, debéis verlos.
 
Así es que al fondo de los jardines reales habían levantado un gran tablado. Y tan pronto como el pirotécnico de palacio hubo puesto cada cosa en su sitio, los fuegos artificiales empezaron a charlar.
 
―El mundo es ciertamente muy hermoso ―exclamó un pequeño buscapiés―. Y si no, mirad esos tulipanes amarillos; si fueran petardos de verdad, no podrían ser más bonitos de lo que son. Me alegro mucho de haber viajado; viajar desarrolla el espíritu de un modo asombroso, y acaba con todos los prejuicios.
 
―El jardín del rey no es el mundo, necio buscapiés ―dijo una gran candela romana―; el mundo es un lugar enorme y tardarías tres días en verlo del todo.
 
―Cualquier lugar que se ame es el mundo para uno ―exclamó una girándula taciturna, que de jovencita había estado muy unida a un viejo cajón de madera de pino, y hacía alarde de tener el corazón hecho pedazos―; pero el amor ya no está de moda, lo han matado los poetas. Han escrito tanto sobre él, que nadie les cree, y a mí no me sorprende. El amor verdadero sufre y guarda silencio. Yo recuerdo que una vez... Pero no importa ahora. Lo romántico pertenece al pasado.
 
―¡Qué tontería! ―dijo la candela romana―, lo romántico nunca muere. Es como la luna, y vive siempre. Los recién casados, por ejemplo, se aman tiernamente. Se lo oí decir esta mañana a un cartucho de papel de estraza, que estaba casualmente en el mismo cajón que yo, y que sabía las últimas noticias de la corte.
 
Pero la girándula negó con la cabeza:
 
―Lo romántico ha muerto, lo romántico ha muerto, lo romántico ha muerto ―musitaba.
 
Era una de esas que piensan que si se dice la misma cosa una y otra vez repitiéndolo muchísimas veces acaba siendo verdad.
De pronto, se oyó una tos fuerte y seca, y todos miraron a su alrededor.
 
Procedía de un cohete alto y de porte arrogante, que estaba atado al extremo de una larga varilla. Siempre tosía antes de hacer alguna observación, con el fin de llamar la atención.
 
―¡Ejem!, ¡ejem! ―dijo.
 
Y todo el mundo se puso a escuchar, excepto la pobre girándula, que estaba todavía meneando la cabeza y murmurando:
 
―Lo romántico ha muerto.
 
―¡Orden!, ¡orden en la sala! ―gritó un petardo.
 
Tenía algunas cualidades de político, y siempre había desempeñado un papel relevante en las elecciones locales, de modo que sabía usar las expresiones parlamentarias convenientes.
 
―Muerto y bien muerto ―susurró la girándula; y se quedó dormida.
 
En cuanto hubo un completo silencio, el cohete tosió por tercera vez y empezó a hablar. Hablaba con voz muy clara y lenta, como si estuviera dictando sus memorias, y siempre miraba por encima del hombro a la persona a quien se dirigía. Realmente tenía unos modales sumamente distinguidos.
 
―¡Qué afortunado es el hijo del rey ―observó―, que va a casarse el mismo día en que me van a disparar a mí! Verdaderamente, ni aunque lo hubieran dispuesto de antemano hubiera podido resultar mejor para él; pero es que los príncipes siempre tienen suerte.
 
―¡Válgame Dios! ―dijo el pequeño buscapiés―, yo creía que era justo lo contrario, y que nos iban a disparar en honor del príncipe.
 
―Puede que sea ese tu caso ―respondió―; a decir verdad, no me cabe duda de que es así, pero en el mío es diferente. Yo soy un cohete extraordinario, y desciendo de padres insignes. Mi madre fue la girándula más célebre de su tiempo, y era famosa por su grácil danza. Cuando hizo su gran aparición en público giró diecinueve veces antes de dispararse, y cada vez que lo hacía lanzaba al aire siete estrellas de color de rosa. Tenía tres pies y medio de diámetro, y estaba cargada con pólvora de primera calidad. Mi padre era un cohete, como yo, y de origen francés. Voló tan alto que la gente temía que no volviera a bajar. Bajó, sin embargo, pues era amable por naturaleza, e hizo un descenso muy brillante, en una cascada de lluvia de oro. Los periódicos dieron cuenta de su actuación en términos muy halagüeños; de hecho, la Gaceta de la Corte lo llamó un triunfo del arte pilotécnico.
 
―Pirotécnico, pirotécnico, querrás decir ―corrigió una bengala―. Sé que se dice pirotécnico porque lo he visto escrito en mi caja de hojalata.
 
―Bien, pilotécnico es lo que he dicho ―respondió el cohete en tono severo.
 
Y la bengala se sintió tan humillada que al punto empezó a intimidar a los pequeños buscapiés, para mostrar que era todavía una persona de cierta importancia.
 
―Estaba diciendo ―prosiguió el cohete―, estaba diciendo... ¿Qué estaba yo diciendo?
 
―Estabas hablando de ti mismo ―replicó la candela romana.
 
―Naturalmente; ya sabía yo que estaba tratando de algún asunto interesante cuando fui tan descortésmente interrumpido. Detesto la descortesía y cualquier falta de educación, pues soy sensible en extremo. No hay nadie en el mundo entero tan sensible como yo, estoy completamente seguro de ello.
 
―¿Qué es una persona sensible? ―preguntó el petardo a la candela romana.
 
―Una persona que porque tiene ella callos siempre pisa a los demás ―respondió la candela romana en un susurro apenas audible.
 
Y el petardo casi explotó de risa.
 
―Haz el favor de decirme de qué te ríes ―preguntó el cohete―; yo no me estoy riendo.
 
―Me río porque soy feliz ―replicó el petardo.
 
―Esa es una razón muy egoísta ―dijo el cohete airadamente―. ¿Qué derecho tienes a ser feliz? Debieras pensar en los demás; de hecho, debieras estar pensando en mí. Yo siempre pienso en mí, y espero que todos los demás hagan lo mismo, eso es lo que se llama simpatía. Es una hermosa virtud, y yo la poseo en alto grado. Supón, por ejemplo, que me ocurriera algo esta noche, ¡qué desgracia sería para todos! El príncipe y la princesa no volverían a ser felices, toda su vida matrimonial se echaría a perder; y en cuanto al rey, yo sé que no lo soportaría. Realmente, cuando me pongo a reflexionar sobre la importancia de mi posición social me conmuevo hasta casi derramar lágrimas.
 
―Si quieres agradar a los demás ―exclamó la candela romana―, harías bien en mantenerte seco.
 
―Ciertamente ―corroboró la bengala, que estaba ya de mejor humor―; eso es de sentido común.
 
―¡Sentido común!, ¡vaya cosa! ―dijo el cohete indignado―; olvidas que yo no soy común, sino extraordinario. Cualquiera puede tener sentido común, con tal de que no tenga imaginación, pero yo sí tengo imaginación, pues no pienso nunca en las cosas como son en realidad; siempre pienso en ellas como si fueran completamente diferentes. En cuanto a mantenerme seco, evidentemente no hay nadie aquí que pueda apreciar en absoluto un carácter emotivo. Por fortuna para mí, me tiene sin cuidado. Lo único que le sostiene a uno en la vida es el ser consciente de la inmensa inferioridad de todos los demás, y este es un sentimiento que yo he cultivado siempre. Pero ninguno de vosotros tiene corazón, aquí estáis riéndoos y divirtiéndoos precisamente como si los príncipes no acabaran de casarse.
 
―Bueno, en realidad, ¿y por qué no? ―exclamó un pequeño globo de fuego―. Es una ocasión del mayor regocijo, y cuando yo me remonte en el aire tengo la intención de contárselo a las estrellas. Veréis cómo parpadean cuando yo les hable de la linda novia.
 
―¡Ah, qué modo tan trivial de considerar la vida! ―dijo el cohete―; pero es justo lo que yo me esperaba. No hay nada dentro de vosotros, estáis huecos y vacíos. ¡Cómo!, tal vez el príncipe y la princesa se vayan a vivir a un país en que haya un río profundo, y acaso tengan sólo un hijo, un niño de cabello rubio y ojos violeta como los del príncipe, y quizá un día salga a pasear con la niñera; y tal vez la niñera se quede dormida al pie de un gran saúco; y quizá el niño se caiga al río profundo y se ahogue. ¡Qué desgracia tan terrible! ¡Pobre gente!, ¡perder a su único hijo! ¡Es verdaderamente demasiado terrible! Yo nunca podré soportarlo.
 
―Pero no han perdido a su hijo único ―dijo la candela romana―; no les ha ocurrido ninguna desgracia.
 
―Yo nunca dije que les hubiera ocurrido―replicó el cohete―; dije que pudiera ocurrirles. Si hubieran perdido a su hijo único, no serviría de nada hablar más sobre el asunto. Detesto a la gente que llora por el cántaro roto, como en el cuento de la lechera. Pero cuando pienso que pudieran perder a su único hijo, ciertamente me siento muy afectado.
 
―¡Ciertamente, afectado lo eres! ―exclamó la bengala―. En realidad eres la persona más afectada que he visto en mi vida.
 
―Y tú eres la persona más grosera que he visto yo en la mía ―dijo el cohete―, y no puedes entender mi amistad con el príncipe.
 
―¡Cómo, si ni siquiera le conoces! ―rezongó la candela romana.
 
―Yo nunca dije que le conociera ―respondió el cohete―. Me atrevo a decir que si le conociera no sería amigo suyo de ningún modo. Es muy peligroso conocer a los amigos.
 
―Realmente, sería mejor que no te mojaras ―dijo el globo de fuego―. Eso es lo importante.
 
―Muy importante para ti, no me cabe duda ―replicó el cohete―, pero yo lloraré si me place.
 
Y, en efecto, rompió a llorar con auténticas lágrimas que rodaban por su varilla como gotas de lluvia, y casi ahogaron a dos pequeños escarabajos que estaban precisamente pensando en crear un hogar, y buscaban un bonito lugar seco para vivir.
 
―Debe ser verdaderamente romántico por naturaleza ―dijo la girándula―, pues llora cuando no hay nada por que llorar.
 
Y lanzó un hondo suspiro, y pensó en el cajón de madera de pino.
 
Pero la candela romana y la bengala estaban muy indignadas, y no hacían más que decir lo más alto que podían:
 
―¡Paparruchas!, ¡paparruchas!
 
Eran extremadamente prácticas, y siempre que tenían algo que objetar llamaban a las cosas paparruchas.
 
Entonces salió la luna, semejante a un maravilloso escudo de plata; y comenzaron a brillar las estrellas, y llegó del palacio el sonido de la música.
 
El príncipe y la princesa dirigían el baile. Danzaban de un modo tan hermoso que los esbeltos lirios blancos se asomaban a verlos por la ventana, y las grandes amapolas rojas movían la cabeza llevando el compás.
 
Luego dieron las diez, y después las once, y más tarde las doce, y a la última campanada de medianoche todo el mundo salió a la terraza, y el rey mandó llamar al pirotécnico de palacio.
 
―¡Que empiecen los fuegos artificiales! ―dijo el rey.
 
Y el pirotécnico de palacio hizo una profunda reverencia y fue al fondo del jardín. Le acompañaban seis ayudantes, cada uno de los cuales llevaba una antorcha encendida al extremo de una larga vara.
 
Fue ciertamente un espectáculo magnífico.
 
―¡Ssss! ¡Ssss! ―silbó la girándula, mientras giraba y giraba.
 
―¡Bum! ¡Bum! ―tronó la candela romana.
 
Luego los buscapiés danzaron por todas partes, y las bengalas hicieron que todo pareciera escarlata.
 
―¡Adiós! ―gritó el globo de fuego, mientras se remontaba dejando caer diminutas chispas azules.
 
―¡Bang! ¡Bang! ―respondieron los petardos, que estaban divirtiéndose muchísimo.
 
Todos tuvieron un gran éxito, menos el cohete insigne. Estaba tan mojado por el llanto que no pudo dispararse. Lo mejor de él era la pólvora, y ésta estaba tan húmeda por las lágrimas que era inservible. Todos sus parientes pobres, a quienes nunca dirigía la palabra si no era con desdén, se dispararon al cielo como maravillosas flores de oro con corazón de fuego.
 
―¡Bravo! ¡Bravo! ―gritaba la corte.
 
Y la princesa reía de placer.
 
―Supongo que me reservan para alguna gran ocasión ―dijo el cohete―; indudablemente, eso es lo que esto significa.
 
Y tomó un aire más arrogante que nunca.
 
Al día siguiente fueron los obreros a limpiar y a ordenar las cosas.
 
―Esto es evidentemente una comisión ―se dijo el cohete―; les recibiré con la dignidad que conviene.
 
Irguió, pues, la cabeza, y empezó a fruncir el entrecejo con aire grave, como si estuviera pensando en algún asunto muy importante. Pero no le prestaron atención alguno hasta que no estaban a punto de irse. Entonces uno de ellos se fijó en él.
 
―¡Caramba! ―exclamó―, ¡aquí tenemos un mal cohete!
 
Y lo tiró por encima del muro a la acequia.
 
―¿Mal cohete?, ¿mal cohete? ―se dijo, mientras daba vueltas vertiginosas por el aire―; ¡imposible! ¡Gran cohete!, eso es lo que ha dicho el hombre. Mal y gran suenan muy parecido, y, a decir verdad, con frecuencia son la misma cosa.
 
Y cayó en el lodo.
 
―No se está cómodo aquí ―observó―, pero indudablemente es algún balneario de moda, y me habrán enviado a recobrar la salud. Tengo los nervios destrozados, y necesito descanso.
 
Entonces llegó hasta él nadando una ranita de ojos como joyas brillantes y vestida con un verde manto jaspeado.
 
―¡Recién llegado, ya veo! ―dijo la rana―. ¡Bueno!, después de todo no hay nada como el barro. ¡Dadme un tiempo lluvioso y una acequia y soy completamente feliz! ¿Crees que va a ser una tarde de agua? Yo no he perdido las esperanzas de que sea así; pero el cielo está enteramente azul y despejado. ¡Qué lástima!
 
―¡Ejem!, ¡ejem! ―dijo el cohete airadamente, poniéndose a toser.
 
―¡Qué voz tan deliciosa tienes! ―exclamó la rana―. Realmente parece como si croaras, y desde luego el sonido que se hace al croar es el más musical del mundo. Ya oirás nuestro orfeón esta noche. Nos instalamos en el viejo estanque de los patos, muy cerca de la casa de labranza, y en cuanto sale la luna empezamos. Es tan delicioso que todo el mundo se queda despierto para escucharnos. De hecho, ayer mismo oí a la mujer del labrador decir a su madre que no había podido pegar un ojo en toda la noche por causa nuestra. Es muy agradable saberse tan popular.
 
―¡Ejem!, ¡ejem! ―dijo el cohete airadamente.
 
Estaba muy molesto por no poder decir una palabra.
 
―Una voz deliciosa, ciertamente –prosiguió la rana―. Espero que vengas a vernos al estanque de los patos. Me voy en busca de mis hijas. Tengo seis bellas hijas, y me da mucho miedo que las encuentre el lucio; es un verdadero monstruo, y no vacilaría en comérselas para desayunar. Bueno, ¡adiós!; he disfrutado mucho con nuestra conversación, te lo aseguro.
 
―Conversación ―dijo el cohete―. Si has estado tú hablando todo el tiempo. Eso no es conversación.
 
―Alguien tiene que escuchar ―respondió la rana―, y a mí me gusta decirlo todo, eso ahorra tiempo y evita las discusiones.
 
―Pero a mí me gustan las discusiones ―dijo el cohete.
 
―Confío en que no ―repuso la rana con aire satisfecho―. Las discusiones son extremadamente vulgares, pues toda la gente de la buena sociedad tiene exactamente las mismas opiniones. Adiós por segunda vez; estoy viendo a mis hijas allá lejos.
 
Y la ranita se fue nadando.
 
―Eres una persona irritante ―dijo el cohete―, y muy mal educada. Odio a la gente que habla de sí misma, como haces tú, cuando uno quiere hablar de sí mismo, como me ocurre a mí. Eso es lo que yo llamo egoísmo, y el egoísmo es algo absolutamente detestable, en especial para alguien que tenga mi temperamento, pues yo soy muy conocido por ser amable por naturaleza. De hecho, deberías tomarme como ejemplo; no podrás tener un modelo mejor. Ahora que se te presenta la ocasión harías bien en aprovecharla, pues me voy a volver a la corte casi inmediatamente. Soy un gran favorito de la corte; de hecho, los príncipes se casaron ayer en honor mío. Naturalmente tú no sabes nada de estas cosas, pues eres una provinciana.
 
―Es inútil que hables con ella ―dijo una libélula, que estaba posada en lo alto de una elevada espadaña parda―, absolutamente inútil, pues se ha ido.
 
―Bueno, peor para ella, no para mí ―respondió el cohete―. No voy a dejar de hablarle meramente porque no preste atención. Me gusta escucharme cuando hablo; es uno de mis grandes placeres. A menudo sostengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una sola palabra de lo que me digo.
 
―Entonces debieras dar conferencias sobre filosofía, ciertamente ―dijo la libélula.
 
Y extendió un par de hermosas alas de gasa y se remontó en el cielo.
 
―¡Qué tonta es no quedándose aquí! ―dijo el cohete―. Estoy seguro de que no tiene a menudo la ocasión de cultivar su mente. Sin embargo, no me importa nada; un genio como el mío ha de apreciarse algún día, con toda seguridad.
 
Y se hundió un poco más en el cieno.
 
Al cabo de un rato llegó nadando hasta él una gran pata blanca. Tenía patas amarillas y pies palmeados, y se la consideraba una gran belleza por su modo de andar contoneándose.
 
―¡Cuac!, ¡cuac!, ¡cuac! ―dijo―. ¡Qué tipo tan curioso tienes! ¿Puedo preguntarte si es de nacimiento o es el resultado de un accidente?
 
―Es evidente que has vivido siempre en el campo ―respondió el cohete―, de otro modo sabrías quién soy. Sin embargo, disculpo tu ignorancia. No sería justo esperar que los demás fueran tan extraordinarios como uno mismo. Sin duda te sorprenderá oír que puedo subir volando al cielo y bajar en una cascada de lluvia dorada.
 
―No me parece nada extraordinario ―dijo la pata―, pues no veo de qué le sirve eso a nadie. Ahora bien, si supieras arar los campos, como el buey, o tirar de un carro, como el caballo, o cuidar de las ovejas, como el perro pastor, eso sí que sería algo.
 
―¡Pero criatura ―exclamó el cohete en un tono de voz muy altanero―, veo que perteneces a las clases más bajas! Una persona de mi rango no es nunca útil. Tenemos ciertas dotes y eso es más que suficiente. En cuanto a mí, no tengo simpatía por el trabajo de ninguna clase, y mucho menos por la clase de trabajos que parece que recomiendas. A decir verdad, yo he opinado siempre que los trabajos de carga son simplemente el refugio de la gente que no tiene otra cosa que hacer.
 
―Bueno, bueno ―repuso la pata, que era de carácter muy pacífico, y nunca reñía con nadie―, cada cual tiene sus gustos. Espero, de cualquier modo, que fijes tu residencia aquí.
 
―¡Oh, no! ―exclamó el cohete―; soy solamente un visitante, un visitante distinguido. La verdad es que encuentro este lugar bastante aburrido. Aquí no hay ni sociedad ni soledad. De hecho, es un lugar esencialmente suburbano. Volveré probablemente a la corte, pues sé que estoy destinado a causar sensación en el mundo.
 
―Yo tuve una vez pensamientos de entrar en la vida pública ―observó la pata―. ¡Hay tantas cosas que necesitan reforma! Por cierto, presidí una asamblea hace algún tiempo, y aprobamos resoluciones condenando todo lo que no nos gustaba. Sin embargo, no parece que hayan tenido mucho efecto. Ahora me he metido en casa, y cuido a mi familia.
 
―Yo estoy hecho para la vida pública ―dijo el cohete―, lo mismo que todos mis parientes, incluso los más humildes. Siempre que aparecemos atraemos una gran atención. Yo en realidad no he hecho todavía mi aparición, pero cuando la haga será un espectáculo magnífico. En cuanto a meterse en casa, le hace a uno envejecer rápidamente, y distrae la mente de cosas más altas.
 
―¡Ah, las cosas más altas de la vida, qué bellas son! ―dijo la pata―, y eso me recuerda qué hambre tengo.
 
Y se fue nadando corriente abajo, diciendo:
 
―¡Cuac!, ¡cuac!, ¡cuac!
 
―¡Vuelve, vuelve! ―gritó el cohete―; tengo muchas cosas que decirte.
 
Pero la pata no le prestó atención.
 
―Me alegro que se haya ido ―se dijo para sí―, tiene una mentalidad claramente de clase media.
 
Y se hundió un poco más aún en el cieno. Y estaba empezando a pensar en la soledad de los genios cuando, de pronto, dos niños vestidos con delantal blanco llegaron corriendo por la orilla, con una marmita y algo de leña.
 
―Esta debe de ser la comisión ―dijo el cohete, e intentó adoptar un porte muy digno.
 
―¡Eh! ―gritó uno de los niños―, ¡mira este palo viejo! Me pregunto cómo ha venido a para aquí.
 
Y cogió el cohete sacándolo de la acequia.
 
―¡Palo viejo! ―dijo el cohete―, ¡imposible! ¡Palo egregio!, eso es lo que dijo. Palo egregio es un cumplido. ¡Realmente me confunde con uno de los dignatarios de la corte!
 
―¡Echémoslo al fuego! ―dijo el otro muchacho―, ayudará a que hierva la marmita.
 
Así que apilaron la leña y pusieron el cohete en lo alto, y encendieron el fuego.
 
―Esto es magnífico ―exclamó el cohete―, van a dispararme a plena luz del día, para que pueda verme todo el mundo.
 
―Vamos a echarnos a dormir ahora ―dijeron los niños―, y cuando despertemos habrá hervido la marmita.
 
Y se tendieron en la hierba y cerraron los ojos.
 
El cohete estaba muy mojado, así es que tardó mucho tiempo en arder. Por fin, sin embargo, le prendió el fuego.
 
―¡Ahora me voy a disparar! ―gritó.
 
Y se puso muy tieso y derecho.
 
―Sé que voy a subir mucho más alto que las estrellas, mucho más alto que la luna, mucho más alto que el sol. Sí, subiré tan alto que...
 
―¡Fiss! ¡Fiss! ¡Fiss! ―silbó, y se fue derecho por los aires.
 
―¡Delicioso! ―gritó―, seguiré así para siempre. ¡Qué éxito el mío!
Pero no le vio nadie.
 
Entonces empezó a sentir una sensación extraña de hormigueo por todo el cuerpo.
 
―Ahora voy a explotar ―gritó―. Incendiaré el mundo entero, y haré tal ruido que nadie hablará de otra cosa durante todo un año.
 
Y ciertamente explotó.
 
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!, hizo la pólvora.
 
No cabía ninguna duda.
 
Pero nadie lo oyó, ni siquiera los dos niños, pues estaban profundamente dormidos.
 
Luego, todo lo que quedó de él fue la varilla, y esta le cayó encima a una oca que estaba dando un paseo a lo largo de la acequia.
 
―¡Cielo santo! ―gritó la oca―. Van a llover palos.
 
Y se metió precipitadamente en el agua.
 
―Sabía que iba a causar una gran sensación ―dijo el cohete dando las últimas bocanadas.
 
Y se apagó.

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De lo que no hay (II) |Fernando Savater| [fragmento]

De lo que no hay (II) |Fernando Savater| [fragmento]

Lo fascinante para nosotros, de Parménides hasta hoy, es que siempre que pensamos, tenemos que pensar que hay algo. Que lo llamemos “ser” o “nada” es lo mismo, como bien señaló Hegel al comienzo de su lógica: si pensamos, pensamos en lo que hay, pero sobre todo en que algo hay. ¡Ay, ese maldito “hay”! Nunca puede dejar de haber... si no hay, es que ya no pienso. Todas las búsquedas y las especulaciones se estrellan en la misma palabrita infranqueable: si queremos buscar detrás de lo que hay, será para encontrar que hay algo... y que por tanto aún no estamos “detrás”. Recuerda el verso de Borges, en su poema “Ajedrez”: “¿Qué Dios, detrás de Dios, la trama empieza / de tiempo y polvo y sueño y agonía...?”. “Dios” es “hay”: el que hay detrás de todos los hay... pero que también es un “hay” como los demás. O sea, creer en Dios es reconocer que no se puede dejar de decir “hay”, pero que tampoco se puede ir nunca más allá de ese “haber algo”. En ese sentido, todos somos creyentes, ¿no? Las personas ingenuas y bondadosas, cuando uno hace impertinente profesión de ateísmo ante ellas, reconocen que en efecto el antropomorfo Dios personal de los cristianos o cualquier otro son entidades notablemente inverosímiles (por lo evidentemente que nos convienen) pero de inmediato añaden: “Y sin embargo, yo creo que debe de haber algo...”. En eso aciertan de modo incontrovertible: siempre debe de haber algo. La alarma que despierta la imposible noción de nuestra muerte es que dejaremos de ser... pero siempre habrá algo. ¡Qué fastidio y que horror, constatar que siempre hubo, hay y habrá algo pero que no siempre hubo y no siempre habrá “yo”, el cronista de cuanto hay! El sueño metafísico es alcanzar el punto en que uno sorprenda el no haber convirtiéndose en “hay”, el “hay” tan adelgazado y replegado sobre sí mismo que está reuniendo fuerzas para decidirse a “haber”... Y nada de nada: eso es lo que hay.

Com goses? |Mesclat| [cançó]

Com goses? |Mesclat| [cançó]

Si tens un déu que és jueu
i gastes gas algerià.
Si menges pasta italiana
i et fumes un havà.
Si agafes una turca
bevent whisky escocès
i te’n vas a fer l’indi
amb el teu cotxe japonès.
 
Ja em diràs com goses dir
estranger al teu veí.
 
Si plantes la canadenca
tot fumant costo afganès.
Si menges cols de Brussel·les
mentre et fan un francès.
Si a casa tens un canari,
i el teu rellotge és suís.
Si utilitzes la i grega
per escriure el teu país.
 
Ja em diràs com goses dir
estranger al teu veí.
 
Tant si duus americana
com mocador palestí.
Si beus aigua de Colònia
quan se t’ha acabat el vi.
Si t’enganyen com un xino
i has d’acabar fent-te el suec.
Si fas moros al teu pare
i és primavera al corteinglès.
 
Ja em diràs com goses dir
estranger al teu veí.

EL PROFETA ERMITAÑO |Gibrán Jalil Gibrán|

EL PROFETA ERMITAÑO |Gibrán Jalil Gibrán|

En cierta ocasión hubo un profeta ermitaño que cada tres lunas bajaba a la ciudad y en las plazas del mercado predicaba el hecho de dar y de compartir. Y era elocuente, y su fama se extendía por la tierra.
 
Cierta tarde, tres hombres se acercaron a la ermita y lo saludaron: «Tú predicas el dar y el compartir. Y enseñas a quienes poseen mucho que den a los que apenas poseen nada; y estamos seguros de que tu fama te ha dado riquezas. Ahora ven y danos tus riquezas, porque somos necesitados.»
 
Y el ermitaño contestó: «Amigos míos: sólo tengo esta cama, esta estera y este jarro de agua. Si lo queréis, lleváoslo. No tengo ni oro ni plata.»
 
Entonces le miraron desdeñosos y le dieron la espalda; pero el último hombre se detuvo en la puerta un instante y le gritó: «¡Impostor! Nos engañas. Enseñas y predicas lo que tú mismo no haces.»

De lo que no hay (I) |Fernando Savater| [fragmento]

De lo que no hay (I) |Fernando Savater| [fragmento]

A mi modo de ver, el problema de cualquier filosofía, que no se dedique al mero juego erudito o a la consolación de quienes nunca se han parado de veras a saber por qué están desconsolados, es que resulta aterradora. Para quien la soporta desde una relativa inconsciencia, empleando sólo su fuerza intelectual en resolver meras dificultades instrumentales, la realidad es bronca, alarmante en ocasiones, pero a fin de cuentas tolerable si las circunstancias no son totalmente adversas; para quien se dedica a pensarla sin subterfugios, la realidad es literalmente espantosa. No espantosa en sí misma, lo cual no tiene ningún sentido, sino espantosa precisamente para nosotros, los pensantes... y porque la pensamos. De aquí que el pensamiento filosófico suela tomar antes o después el abrigo de la religión: para arroparse un poco, para no temblar a la intemperie. “Pensar la vida, ésa es la tarea”, decía Hegel: claro que sí, pero ¿cómo puede soportarla realmente un ser mortal, que envejece y desfallece, rodeado por la injusticia de los hombres y las intemperancias de la naturaleza, que va perdiendo cuanto ama en el torbellino del tiempo? Hacen falta nervios de acero para no reclamar lo que aquel personaje femenino de Bernard Shaw llamaba “el soborno del cielo”. Decir que los males del mundo no son nada en sí mismos, que sólo nos parecen malos a nosotros por lo inadecuado de nuestras ideas (Spinoza) ni nos alivia ni nos rescata: porque precisamente ese “para nosotros” es el comienzo de la exigencia filosófica, que no se aviene salvo retóricamente a un punto de vista meramente objetivo, suprahumano, au dessus de la mélee. La filosofía es pensar la realidad con nosotros dentro, la realidad para nosotros, a la que nosotros respondemos, “nuestra” realidad. Y esa tarea tropieza enseguida con el obstáculo de nuestra negación, de nuestra frustración, de nuestra inconsistencia constitutiva. El que ya se ha asomado a esa ventana trata enseguida de velar el desolado paisaje a los que vienen detrás, contarles algo más o menos edificante, tónico, positivo. Lo cierto es que la filosofía mínimamente digna de ese nombre siempre es positivamente... negativa. Hay que llegar hasta lo más hondo que se pueda en esa negación para atisbar lo que debe ser afirmado y en lo que nos afirmamos. Y tal afirmación ―la indecible, la ininteligible alegría― es siempre trágica: en el mejor de los casos tan alegre como trágica, pero nunca más.

El recuerdo |José Agustín Goytisolo|

El recuerdo |José Agustín Goytisolo|

Me asomo al miedo escucho
las voces que aún resuenan
que suben de la tierra
gritando nombres fechas
lugares de traición
crímenes sordos
y sin querer lo temo
por mi vida por mí
pedazo de bandera
por mi casa por todo
lo que fui rescatando
de aquel montón de ruinas
que dejaste al partir
hacia ese mar oscuro
en donde permaneces
tan espantosamente
callada todavía.

La vida según Quino |Quino|

La vida según Quino |Quino|

Pienso que la forma en la que la vida fluye está mal. Debería ser al revés: Uno debería morir primero, para salir de eso de una vez.
 
Luego, vivir en un asilo de ancianos hasta que te saquen cuando ya no eres tan viejo para estar ahí. Entonces empiezas a trabajar, trabajar por cuarenta años hasta que eres lo suficientemente joven para disfrutar de tu jubilación. Luego fiestas, parrrandas, drogas, alcohol. Diversión, amantes, novios, novias, todo, hasta que estás listo para entrar a la secundaria...
 
Después pasas a la primaria, y eres un niño(a) que se la pasa jugando sin responsabilidades de ningún tipo...
 
Luego pasas a ser un bebé, y vas de nuevo al vientre materno, y ahí pasas los mejores y últimos 9 meses de tu vida flotando en un líquido tibio, hasta que tu vida se apaga en un tremendo orgasmo...
 
¡¡¡ESO SÍ ES VIDA!!!

La desmemoria |Eduardo Galeano|

La desmemoria |Eduardo Galeano|

Estoy leyendo una novela de Louise Erdrich.
 
A cierta altura, un bisabuelo encuentra a su bisnieto.
 
El bisabuelo está completamente chocho (sus pensamientos tienen el color del agua) y sonríe con la misma beatífica sonrisa de su bisnieto recién nacido. El bisabuelo es feliz porque ha perdido la memoria que tenía. El bisnieto es feliz porque no tiene, todavía, ninguna memoria.
 
He aquí, pienso, la felicidad perfecta. Yo no la quiero.

· Bramatopin |Centre Artesà Tradicionàrius| [27/02/09] ·

· Bramatopin |Centre Artesà Tradicionàrius| [27/02/09] ·

Yo hablo catalán, no precisamente ahora en esto que escribo (puntualizo para aquellos que no lo hablaban, no sea que teman haber adquirido un don de lenguas repentino). El catalán de Cataluña (puntualizo la ubicación geográfica para que los valencianos no se ofendan) tiene varios dialectos mutuamente comprensibles, salvo uno: el aranés, que se habla en la Vall d’Aran (puntualizo que "aranés" viene de "Aran", que si viniera de "Vall" sería "vallès", que es una comarca). Pues bien, ayer viernes estuve en el concierto del grupo Bramatopin (no puntualizo de dónde son porque supongo que quien me lee es suficientemente perspicaz) y no les entendía cuando hablaban en aranés. Pero no importa, porque la música es un lenguaje universal y Bramatopin se hacen entender sin necesidad de comprenderlos (puntualizo que fue un concierto sensacional y que mientras escribo esto, en castellano, como ya puntualicé antes, voy por la quinta vez seguida que escucho su genial disco Sarabat d’Aran adquirido ayer).

1964 |Jorge Luis Borges|

1964 |Jorge Luis Borges|

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
 
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
 
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
 
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.
 
* * *
 
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
 
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
 
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
 
Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

· dixit XLII ·

El panfleto atraviesa momentos difíciles. Apenas puede respirar prisionero de la lentitud del servidor de Blogia que le ha tocado en suerte. Ante semejante panorama, últimamente se ha extendido por la red, permaneciendo latente pero avizor... hasta hoy: ha nacido el suplemento imprecisiones panfletistas. Espero que os guste.

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Lo que creemos ser |Derek Parfit| [fragmento]

Lo que creemos ser |Derek Parfit| [fragmento]

Entro en el teletransportador. Ya he estado antes en Marte, pero nada más que por el viejo método, un viaje en nave espacial que dura varias semanas. Esta máquina me enviará a la velocidad de la luz. Sólo tengo que apretar el botón verde. Como otros en mi situación, estoy nervioso. ¿Funcionará? Repaso lo que me han dicho que va a pasar. Cuando apriete el botón, perderé la conciencia y luego despertaré con la impresión de que sólo ha transcurrido un momento. En realidad habré estado inconsciente durante casi una hora. El escáner aquí en la Tierra destruirá mi cerebro y mi cuerpo, mientras registra los estados exactos de todas mis células. Entonces transmitirá esta información por radio. Viajando a la velocidad de la luz, el mensaje tardará tres minutos en llegar al replicador en Marte. Éste creará entonces, partiendo de materia nueva, un cerebro y un cuerpo exactamente como los míos. Será en ese cuerpo donde me despertaré.
 
Aunque creo que esto es lo que va a ocurrir, todavía vacilo. Pero entonces recuerdo cómo se reía mi mujer cuando, hoy al desayuno, le manifesté mi nerviosismo. Como me recordó, ella ha sido teletransportada a menudo, y nada va mal con ella. Aprieto el botón. Como se me pronosticó, pierdo la conciencia y aparentemente la recobró enseguida, pero en un cubículo diferente. Examinando mi nuevo cuerpo, no encuentro ningún cambio en absoluto. Hasta está todavía en su sitio el corte que me hice en el labio superior esta mañana al afeitarme.
 
Pasan varios años durante los que soy teletransportado con frecuencia. Estoy otra vez en el cubículo, listo para otro viaje a Marte. Pero esta vez, cuando aprieto el botón verde, no pierdo la conciencia. Se escucha un zumbido, y luego el silencio. Salgo del cubículo y le digo al asistente: «No funciona. ¿Qué hice mal?»
 
«Sí que funciona», contesta, y me da una tarjeta impresa. Leo: «El nuevo escáner graba un cianotipo de usted mismo sin destruir su cerebro ni su cuerpo. Esperamos que sepa apreciar las oportunidades que este avance técnico ofrece».
 
El asistente me cuenta que soy una de las primeras personas que usan el nuevo escáner. Añade que si me quedo una hora podré usar el intercomunicador para verme y hablar conmigo en Marte.
 
«Un momento», contesto, «Si estoy aquí no puedo estar también en Marte».
 
Alguien tose con mucha cortesía, un hombre de bata blanca que me pide hablar en privado conmigo. Nos vamos a su despacho, me dice que me siente, y hace una pausa. Luego dice: «Me temo que tenemos problemas con el nuevo escáner. Graba su cianotipo con la misma perfección y exactitud, ya lo podrá comprobar cuando se vea y hable consigo mismo en Marte. Pero parece que resulta nocivo para el sistema cardiaco cuando lo explora. A juzgar por los resultados que hemos tenido hasta ahora, aunque estará usted en Marte con una salud perfecta, aquí en la Tierra tiene que esperarun ataque cardíaco en los próximos días».
 
Después me llama el asistente por el intercomunicador. En la pantalla me veo a mí mismo justo igual que en el espejo por las mañanas. Pero hay dos diferencias. En la pantalla no aparece mi imagen invertida de derecha a izquierda. Y mientras que aquí estoy sin decir palabra, puedo ver y oír cómo empiezo a hablar, en el estudio de Marte.
 
Como mi Réplica sabe que estoy a punto de morir, trata de consolarme con los mismos pensamientos con los que hace poco intenté consolar a un amigo moribundo. Es triste darse cuenta, cuando a uno le llega el fin, de lo poco que consuelan estos pensamientos. Mi Réplica entonces me asegura que seguirá con mi vida donde yo la dejé. Ama a mi mujer, y entre los dos cuidarán de mis hijos. Y terminará el libro que estoy escribiendo. Además de tener todos mis borradores, tiene todas mis intenciones. Tengo que admitir que puede terminar mi libro tan bien como podría yo. Todas estas cosas me consuelan un poco. Morir cuando sé que tendré una Réplica no es tan malo como morir, simplemente. Aun así, pronto perderé la conciencia, para siempre.

Un suceso inesperado lo cambia todo |Douglas R. Hofstadter| [fragmento]

Un suceso inesperado lo cambia todo |Douglas R. Hofstadter| [fragmento]

En diciembre de 1993, cuando apenas había transcurrido la primera cuarta parte de mi año sabático en Trento, Italia, mi esposa Carol falleció repentina e inesperadamente de un tumor cerebral. Aún no había cumplido los 43 años y nuestros hijos, Danny y Monica, no tenían más que cinco y dos, respectivamente. Quedé destrozado de un modo que nunca podría haber imaginado antes de nuestro matrimonio. Aquella brillante luz que iluminaba sus ojos se había eclipsado de repente. Su alma se había apagado para siempre.
 
(...)
 
El nombre «Carol» significa, para mí, mucho más que un mero cuerpo, que ya no existe; representa un inmenso patrón, un estilo, un conjunto de cosas entre las que se hallan recuerdos, esperanzas, sueños, creencias, gustos, reacciones frente a la música, humores, dudas, generosidad, compasión... Esas cosas son, hasta cierto punto, objetivas, compartibles y susceptibles de ser duplicadas, un poco como el software de un disquete. Y mi obsesiva costumbre de anotar mis vivencias, las muchas cintas de vídeo en las que ella aparece y los recuerdos que, colectivamente, guardamos todos de Carol en nuestros cerebros, hacen que ese patrón sobreviva, aunque ahora sea de una forma dispersa, repartido en muchas cintas de vídeo, en los cerebros e sus parientes y amigos, en las páginas de muchos cuadernos, etcétera. En definitiva, existe un patrón disperso de «Carolidad», claramente perceptible, en el mundo físico. Y en este sentido, la Carolidad sigue viva.
 
Con la expresión «la Carolidad sigue viva» quiero decir que incluso la gente que no llegó a conocerla puede ver qué significaba estar cerca de ella, a su alrededor o a su lado; puede experimentar su ingenio, ver cómo sonreía, escuchar su voz y su risa, saber de sus aventuras cuando era joven, enterarse de cómo nos conocimos ella y yo, verla jugar con sus hijos...
 
Sigo intentando, no obstante, descifrar hasta qué punto, gracias a los recuerdos que atesoro de ella (tanto en papel como en mi cerebro) y a los que guardan otras personas, algo de la consciencia de Carol, de su interioridad, permanece en este planeta. Como ferviente partidario del carácter no centralizado de la consciencia, tiendo a pensar que, aunque la consciencia de cualquier individuo resida ante todo en un cerebro concreto, está de algún modo presente también en otros cerebros y, así, cuando el cerebro principal desaparece, diminutos fragmentos de ese individuo continúan vivos.
 
Como partidario también de la tesis de que la memoria externa es una parte muy real de nuestra propia memoria, creo que una fracción diminuta de la consciencia de Carol reside incluso en las páginas en las que recogí algunas de sus frases más agudas y que una parte algo mayor (aunque minúscula aún) permanece en los cuadernos de líneas amarillas en los que registré, durante aquellos últimos y dolorosos meses, tantas experiencias que vivimos juntos. Seguramente, esas experiencias estaban codificadas ya en mi cerebro, pero el hacerlas explícitas permitirá que algún día sean compartidas por otras personas que la conocieron y que, en cierta manera, Carol «resucite» un poco. En este sentido, hasta una representación estática sobre papel puede contener elementos de una Carol «viva», de la consciencia de Carol.

Corazón coraza |Mario Benedetti|

Corazón coraza |Mario Benedetti|

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza
 
porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro
 
porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.

El bufón |Alejandro Jodorowsky|

El bufón |Alejandro Jodorowsky|

―Maestro, lo más bello que hay en el mundo es la diferencia. Por eso creo que Dios se desespera: todo es igual a él.
 
―Para su felicidad estás tú que no te le pareces en nada.

Entrevista a Pilar Rahola [fragmento]

Entrevista a Pilar Rahola [fragmento]

Deme la receta para ligar mucho, quizá la pueda patentar.
Ser tú misma, quererte, pisar fuerte, amar y entregarte amando, tener libertad de pensamiento y capacidad de riesgo, porque el amor es riesgo.
 
¡Uff! pero esta mezcla asusta a los hombres.
Sí, claro, pero también es un filtro y, además, tiene la ventaja de que los hombres tontines ya no se acercan. Sólo se aproximan los que merecen la pena.

D'AQUESTA MORT |Miquel Martí i Pol|

D'AQUESTA MORT |Miquel Martí i Pol|

D’aquesta mort que moro en moriran
tant aquells que em llegeixen com els altres,
que no llegir-me no eximeix ningú,
vingut el cas i el lloc, de fer clucaina.
No he volgut mai una mort personal,
ostentosa, terrible i agressiva,
una mort que se’n parli com d’un fet
exemplar i potser digne d’estudi.
En tinc prou de morir-me decentment,
sobretot ara que ja sé que em moro
i el veïnatge de la mort no em fa,
per dir-ho clar, ni poc ni gens de nosa.
D’aquesta mort que visc, en canvi, en pot
participar només el que em llegeixi
assossegadament, amb el mateix
posat tranquil que jo prenc en escriure.
La mort que visc és la deixa que faig
als meus lector; una deixa que porta
segells i proves d’autenticitat
i que tothom pot considerar seva.

· Normalización ·

· Normalización ·

-Soy una persona normal.
-Sí, lo sabemos, Sr. Sánchez.
-Su respuesta es condescendiente, le digo que soy una persona normal.
-Sí, sí, muy normal.
-Lo ha dicho con retintín, ¡lo ha dicho con retintín!
-No, Sr. Sánchez, usted es una persona normal.
-¡Ya!, ¡porque usted lo diga!, ¿no?
-Vamos, vamos, no se sulfure.
-¿Sabe qué le digo? Que normal ¡lo será la madre de usted!

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En busca de la mortalidad |John Gray|

En busca de la mortalidad |John Gray|

Buda buscó la salvación en la extinción del yo, pero si no hay un yo, ¿qué es lo que hay que salvar?
 
El nirvana es el final del sufrimiento; pero con eso no se promete otra cosa que lo que ya logramos todos, sin gran esfuerzo normalmente, siguiendo el curso de la naturaleza. La muerte nos proporciona a todos la paz que Buda prometía tras vidas de esfuerzo.
 
Buda buscaba la liberación de la rueda de la reencarnación. Según escribe E. M. Cioran:
 
La búsqueda de la liberación está justificada únicamente si creemos en la transmigración, en el vagar indefinido del yo, y si aspiramos a ponerle fin. Pero para quienes no creemos en todo esto, ¿a qué habría que poner fin? ¿A nuestra existencia de duración única e infinitesimal? Resulta obviamente demasiado breve como para merecer el esfuerzo de abandonarla.
 
¿Por qué los demás animales no buscan la liberación del sufrimiento? ¿Es que nadie les ha dicho que deben volver a vivir? ¿O acaso es porque, sin necesidad de pensar en ello, saben que eso no ocurrirá? Cyril Connolly escribió: «Imagínense una vaca o un cerdo que renunciaran al cuerpo por un “noble óctuple sendero de autoconocimeinto”. Uno no podría por menos que tener la sensación de que el animal habría cometido un error de cálculo».
 
El budismo es una búsqueda de la mortalidad. Buda prometió a sus seguidores la liberación de la aflicción que supone el no tener que volver a vivir. Para quienes se saben mortales, lo que Buda buscaba está siempre al alcance de la mano. Puesto que tenemos la liberación garantizada, ¿por qué negarnos el placer de la vida?

Carta abierta a una mujer de 90 años |Luis del Val| [radiada el 20/04/04]

Carta abierta a una mujer de 90 años |Luis del Val| [radiada el 20/04/04]

Querida nonagenaria:
 
El propio término ordinal nonagésimo me resulta exótico, como si procediera de otros ámbitos, esa taumaturgia de los números, que es una convención, pero también es una convención el cumpleaños y tantas otras cosas de las que nos rodeamos. Quizás sea menos convencional tu biografía, a caballo de dos siglos, que comienza un poco antes de que en Sarajevo un anarquista asesine al archiduque y comience la I Guerra Mundial, y está llena de quehaceres ajenos a esas circunstancias. La monarquía, la Dictadura de Primo de Rivera, otra vez la monarquía, la República, la Dictadura de Franco, la Democracia, todo ello te pilla trabajando, dentro y fuera de casa, que no tengo memoria de inactividad o de holganza, como si el destino hubiera dispuesto el esfuerzo asociado a tu existencia. Perteneces a una generación que se ha pasado la vida trabajando, pero trabajando siempre y a todas horas, con una asumida mansedumbre que, hoy, al escuchar quejas de pertenecientes a generaciones más jóvenes, no sólo me llena de asombro, sino que me pasma.
 
Sabes de la vida rural y de la urbana. De las heladas orillas de los ríos, adonde había que acudir a limpiar las ollas ennegrecidas y de las dificultades del transporte público. Nadie te tiene que contar la evolución de la plancha de carbón de la cocina económica a la plancha eléctrica de vapor, o del lavadero público a la lavadora programada, porque has sido testigo, víctima y beneficiaria de esas transformaciones. Y, como es posible que te preguntes, desde la altura de tus noventa años, qué es lo que has hecho, te puedo responder que has hecho feliz a la gente que ha estado a tu lado, y que esa es la labor más importante que puede realizar una persona, porque no hay descubrimiento u obra artística que se le pueda comparar. Hoy espero compartir contigo el pan de la celebración y el soplo de una vela simbólica, que noventa serían demasiadas incluso para los pulmones de un atleta. Así que, hasta dentro de un rato, con permiso de la audiencia, felicidad mi querida nonagenaria, felicidades, mamá.

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