Blogia
Panfleto LAETUS

Normas matusalénicas |Julio Camba|

Normas matusalénicas |Julio Camba|

Un repórter, falto de asuntos, se fue un día a ver un centenario.
 
―¿Ha sido usted fumador? ―le preguntó―. ¿Ha trasnochado? ¿Ha bebido mucho alcohol en su vida? ¿A qué atribuye usted su avanzada edad?
 
―He sido fumador ―le respondió el centenario―, he trasnochado, he bebido en mi vida bastante alcohol, y si actualmente paso de los cien años sólo puedo atribuirlo al hecho de haber nacido en el 1840...
 
Generalmente se cree que todos los centenarios han sido siempre hombres de costumbres muy morigeradas, pero, si se tiene en cuenta que ninguno de ellos obtuvo el título de centenario hasta que no cumplió los cien años, se le perdonará fácilmente cualquier exceso que haya podido cometer en los primeros noventa y nueve, cuando aún no había ingresado ni sabía si iba a ingresar en el gremio. Durante su juventud y su edad madura, los centenarios son hombres como los demás y no es nada extraño el que de vez en cuando se tomen unas copitas, que fumen alguna tagarnina que otra, que hagan una partida de tute con los amigos o que se acuesten con cualquier pretexto a las mil y quinientas. A ciertas personas una conducta así quizá les acortase un tanto la vida, pero a otras, por el contrario, parece que se la prolonga de un modo considerable y el candidato a centenario carecerá siempre de normas fijas a qué atenerse.
 
Se dice que el buen carácter es una de las cosas que más desarrollan la longevidad, pero, así como hay centenarios de un natural dulce y ecuánime, que no pillaron un berrinche en toda su vida, así los hay también tan irascibles y cascarrabias que le dan a uno la impresión de estar conservados en vinagre, igual que los pepinillos. Tampoco es cierto el que todos los centenarios se hayan pasado la vida en comunión con la naturaleza respirando los aires salutíferos del campo o de la montaña. Los centenarios rústicos habrán podido hacerlo así, pero los urbanos no tuvieron más remedio que adaptar su aparato respiratorio a la atmósfera de los cafés, en donde se pasaban todos los días horas y más horas.
 
No. No existen las que pudiéramos llamar normas matusalénicas y ni siquiera la buena salud constituye una garantía de longevidad, porque hay organismos muy fuertes y robustos que se desmoronan como un castillo de naipes al primer resfriado, y hay quien llega a los cien años en fuerza de toser y carraspear. Ahora, el que haya tenido unos padres centenarios, parece que está, por herencia biológica, en mejores condiciones que otros para llegar a su vez a la centena, y esto, que sostiene con gran acopio de datos el profesor Raymond Pearl, le da nueva luz al cuento del centenario y los turistas.
 
―No. Nunca he tomado una gota de alcohol ―decía el centenario―. Nunca he fumado. Nunca he trasnochado.
 
Y, cuando los turistas estaban más firmes en su convicción de que no hay longevidad posible fuera de la moderación y el método, se oyó una gran trapatiesta en medio de la calle.
 
―¿Qué pasa? ―preguntaron.
 
―No se alarmen ustedes ―les respondió el centenario de buenas costumbres―. Seguramente es mi padre que, como todas las noches, ha bebido más de la cuenta y andará escandalizando por ahí...

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres