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Panfleto LAETUS

De lo que no hay (I) |Fernando Savater| [fragmento]

De lo que no hay (I) |Fernando Savater| [fragmento]

A mi modo de ver, el problema de cualquier filosofía, que no se dedique al mero juego erudito o a la consolación de quienes nunca se han parado de veras a saber por qué están desconsolados, es que resulta aterradora. Para quien la soporta desde una relativa inconsciencia, empleando sólo su fuerza intelectual en resolver meras dificultades instrumentales, la realidad es bronca, alarmante en ocasiones, pero a fin de cuentas tolerable si las circunstancias no son totalmente adversas; para quien se dedica a pensarla sin subterfugios, la realidad es literalmente espantosa. No espantosa en sí misma, lo cual no tiene ningún sentido, sino espantosa precisamente para nosotros, los pensantes... y porque la pensamos. De aquí que el pensamiento filosófico suela tomar antes o después el abrigo de la religión: para arroparse un poco, para no temblar a la intemperie. “Pensar la vida, ésa es la tarea”, decía Hegel: claro que sí, pero ¿cómo puede soportarla realmente un ser mortal, que envejece y desfallece, rodeado por la injusticia de los hombres y las intemperancias de la naturaleza, que va perdiendo cuanto ama en el torbellino del tiempo? Hacen falta nervios de acero para no reclamar lo que aquel personaje femenino de Bernard Shaw llamaba “el soborno del cielo”. Decir que los males del mundo no son nada en sí mismos, que sólo nos parecen malos a nosotros por lo inadecuado de nuestras ideas (Spinoza) ni nos alivia ni nos rescata: porque precisamente ese “para nosotros” es el comienzo de la exigencia filosófica, que no se aviene salvo retóricamente a un punto de vista meramente objetivo, suprahumano, au dessus de la mélee. La filosofía es pensar la realidad con nosotros dentro, la realidad para nosotros, a la que nosotros respondemos, “nuestra” realidad. Y esa tarea tropieza enseguida con el obstáculo de nuestra negación, de nuestra frustración, de nuestra inconsistencia constitutiva. El que ya se ha asomado a esa ventana trata enseguida de velar el desolado paisaje a los que vienen detrás, contarles algo más o menos edificante, tónico, positivo. Lo cierto es que la filosofía mínimamente digna de ese nombre siempre es positivamente... negativa. Hay que llegar hasta lo más hondo que se pueda en esa negación para atisbar lo que debe ser afirmado y en lo que nos afirmamos. Y tal afirmación ―la indecible, la ininteligible alegría― es siempre trágica: en el mejor de los casos tan alegre como trágica, pero nunca más.

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