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Panfleto LAETUS

¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? |Emilio Velasco Bartolomé|

¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? |Emilio Velasco Bartolomé|

“Gran ley y que debe observarse: que nadie hable fuera del negocio.”
Anotaciones de Quevedo a la Retórica de Aristóteles.

 
Es moneda corriente entre las personas informadas sostener que vivimos en una sociedad atomizada y deshumanizada y que esto viene a reflejarse en la falta de comunicación que existe entre sus individuos: ya nadie habla con los demás. Es posible que con ello quieran referirse, si hemos de atender a la realidad que cotidianamente nos circunda, a que a pesar de haber una cantidad desorbitada de información, la verdadera comunicación está impedida, quizá incluso por ese océano de palabras y mensajes en el que nos movemos a diario; existe un exceso de ruido de la máquina que impide la verdadera comunicación, o mejor, los canales de comunicación han terminado por contaminar el contenido de la misma, deshumanizándola, desnaturalizándola, llenándola de malentendidos.
 
No obstante, a nuestro juicio, lo que sucede es justamente lo contrario, es decir: vivimos en una sociedad saturada de relaciones interpersonales y de comunicación personal e íntima; no se trata sino de un exceso de ruido del alma, que, por ese precepto de comunicación interpersonal, se ve legitimada a sacar lo más recóndito de sí.
 
No se trata de buscar culpables porque como dijo el poeta es castigar tierra sorda, pero, por citar alguna genealogía de esta actitud, puede apuntarse que desde el propio psicoanálisis se ha fomentado esta idea de que hablar de lo más privado ayuda a la salud del alma. No obstante, lo que no puede negarse es el lugar privilegiado que el modo oral confesional ocupa en nuestras sociedades; ¿qué son los talk shows sino confesiones?, ¿por qué el género entrevista es, si no, tan omnipresente?, ¿por qué los chats son formas desnaturalizadas de comunicación personal? No es objeto de este ensayo deshacer el malentendido que ronda a esta cuestión, sino denunciar, para merecer su comienzo, la base de esa tópica que legitima no sólo la palabra oral e interpersonal, sino el tono impúdico que suele acompañarla.
 
En efecto, desde los orígenes de la reflexión sobre el lenguaje es posible observar un apego a la palabra oral frente a la palabra escrita, porque en ésta no hay presencia del interlocutor y, en esa medida, existe el riesgo de que la palabra se desborde y diga lo que no se quiere decir y, lo que es peor, lo que no se puede corregir, porque en la escritura no hay un movimiento posterior de rectificación; ella habla en nuestra ausencia, gastando nuestro crédito y endeudándonos con aquéllos a los que ni siquiera conocemos. La escritura actúa fuera del negocio, puede hablar no sólo a los demás, sino a los de más y arruinarnos el negocio por sacarlo de su quicio, la escritura no acepta el desmentido, ella introduce el juego más perverso del arrepentimiento.
 
Se entenderá, por otra parte, que no hay una necesidad inherente a la producción de la palabra escrita. En efecto, uno puede estar en la obligación de hablar porque quiere defender su honor, o porque desea comunicar algo relevante, pero si se escribe es porque se desea evitar la presencia o porque no se puede estar allí donde aquello que uno escribe se lee; escribir siempre implica una distancia. La escritura es nuestro suplente, es una prótesis de nuestra lengua que nunca es tan larga como desearíamos. No hay una justificación de la palabra escrita, de la escritura, y su ingente presencia entre nosotros, en editoriales y librerías, no es más que el espacio ganado por una cuota de mercado; se escribe en tales cantidades no por necesidad de quien lo hace, sino por la existencia de un espacio económico que lo prescribe, la escritura es hoy, en este nivel, un objeto legitimado por la moneda, la escritura está en el negocio.
 
Pero la cuestión se agrava si observamos que, a través de esta preeminencia de lo oral sobre lo escrito, lo que viene a entenderse es que la expresión de determinados sentimientos es sobre todo posible mediante la voz; y es cosa antigua porque así lo explicó Quevedo en los comentarios a la Retórica de Aristóteles: «No hay arte de pronunciar, que es acomodar la voz a las cosas, y a ella las acciones: para que se vea lo que se dice, que mueve, lo que no hace si se oye solamente. Esta arte de la acción, y pronunciación, hace que las voces se oigan y se vean, y que los efectos interiores tomen cuerpo visible». Hay, por tanto, una presencia exigida en la voz, la de mí mismo que confieso algo, que cuento algo privado a otro que también está presente, y esta circunstancia no sólo como un hecho coyuntural, sino como una necesidad social, como una norma social porque, en efecto, en toda confesión hay un cepo, cortesía y educación mandan, que atrapa al oído, hay un tiempo mínimo de escucha que se concede incluso a los mentirosos y a los desconocidos: «el que pide a aquel a quien nunca ha pedido, y espera de él el bien que desea, le obliga con tenerle por bueno y poderoso».
 
Pero el oído no se deja persuadir sin más. La confesión conoce un método implacable para someterlo; el tono plañidero y victimista: «Poeta, dice que en las propias lágrimas hay deleite; y pruébalo con Homero cuando dice: “dijo así, y con la dulzura de su llanto, los movió a todos”. (...) Esto fue mover conmiseración y afectos, con hermosura enternecida». He aquí, por tanto, el modo retórico canónico de la confesión en nuestras sociedades, he aquí el modo en que el oído es atrapado en ese lazo irrevocable del que desprenderse es descortesía, extrañamiento de las normas sociales, extranjería.
 
Por eso; Nos, el hermano mayor de la escucha, el voluntario del silencio, declaramos que existe una impunidad de la oralidad en su modo confesional que, como un cáncer, amenaza con afectar, y de hecho lo hace, a cualquier otra forma de lenguaje, y que ese neo-imperio es perjudicial para el pudor que debe guardarse ante los otros, cuya distancia, reducida, nos uniforma.

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