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Panfleto LAETUS

Jeremiadas |Alain|

Jeremiadas |Alain|

Lo que os deseo para este año que comienza ―es decir, para el tiempo que necesita el sol hasta llegar a su cénit y luego descender hasta su punto más bajo― es que no digáis ni penséis que todo va de mal en peor. «Esa sed de dinero, ese frenesí por los placeres, ese olvido de los deberes, esa insolencia de la juventud, esos robos y crímenes inusitados, esa impudicia de las pasiones y, encima, estas estaciones enloquecidas, que casi nos traen noches tibias en pleno invierno...» Este estribillo, viejo como el mundo de los hombres, significa únicamente una cosa: «Ya no tengo el estómago ni la alegría de mis veinte años».
 
Si por lo menos esta no fuese más que una manera de decir lo que uno experimenta, soportaríamos este discurso como soportamos la tristeza de los enfermos. Pero los discursos tienen por sí mismos una importancia desmesurada; exageran la tristeza, la engordan y cubren con ella todas las cosas como un abrigo, de modo que el efecto se convierte en causa (un niño puede llegar a tener mucho miedo de un compañero de juegos a quien él mismo ha disfrazado de oso o de león).
 
Si un hombre, movido por su tristeza natural, decora su casa como un catafalco, sólo conseguirá sentirse más triste, porque todo lo que le rodea le recordará amargamente su pena. Lo mismo ocurre con nuestras ideas: si a causa de nuestro humor pintamos a los hombres con colores sombríos y los asuntos públicos en descomposición, la contemplación de ese mamarracho, a su vez, nos sumirá en la desesperación. A menudo, el hombre más inteligente es aquel que se engaña a sí mismo lo mejor posible, porque sus declamaciones tienen una lógica y un aire de razón.
 
Lo peor es que esta enfermedad se contrae; es como un cólera de los espíritus. Conozco gente en presencia de quien no puede decirse que los funcionarios sean, en conjunto, más honestos y diligentes que antes. Quienes siguen el impulso de sus pasiones tienen una elocuencia tan natural, una sinceridad tan conmovedora, que se ganan fácilmente al auditorio; quien aspira a ser justo, desempeña entonces el papel de un bobo o de un malasombra. Así, la jeremiada se establece como un dogma y pronto forma parte de las normas de educación.
 
Ayer, un tapicero, con el fin de mantener una conversación de circunstancias, me decía ingenuamente: «Las estaciones se han perdido. ¿Quién creería que estamos en pleno invierno? Y el verano igual: ya no sabemos lo que es». Decía esto después de los fuertes calores de este año que, sin embargo, ha sentido como los otros. Pero el tópico es más fuerte que los hechos. Y vosotros que os reís de mi tapicero, desconfiad de vosotros mismos, puesto que no todos los hechos son tan claros ni tan presentes en el recuerdo como el hermoso verano de mil novecientos once.
 
Mi conclusión es que la alegría no tiene autoridad, porque es muy joven, y que la tristeza está entronizada y goza de un respeto exagerado. De ahí deduzco que hay que resistirse a la tristeza, no sólo porque la alegría es buena ―lo que sería ya una especie de razón― sino porque hay que ser justos, y la tristeza, siempre elocuente, siempre imperiosa, nunca quiere que seamos justos.

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5 comentarios

Amkiel -

[carmenneke] El derecho al pataleo hay que ejercerlo en la intimidad, con zapatillas de suela acolchada para no molestar a los vecinos y tapones en los oídos que impidan escucharnos a nosotros mismos. Desde luego, el panfleto ya no es lo que era ni será lo que fue ni fue lo que será porque si es no será por haber sido sino para ser indefinido. Con Franco se vivía mejor. :-p

[jntkdvr] Has dado una buena definición de la "melancolía alegre", con la que me siento bastante identificado.

[Edda] Mis queridas querubinas, intentaré dar satisfacción a vuestros deseos (los literarios, se entiende), aunque al final siga haciendo con el panfleto lo que se me antoje. :-p

[Malicia Cool] Donde más se nota eso es en el trabajo, donde tienes que poner cara de amargado y parecer agobiado para evitar la envidia malsana de los demás. Por suerte, con los amigos no hay que esconder las alegrías porque, precisamente, están ahí para compartirlas.

Malicia Cool -

A ver; es súper-ultra-mega verdad que en la puta vida actual -y no digo ya en otras- la tristeza está mejor vista, tiene mejor prensa -es decir, quejarse todo el rato, hablar de enfermedades, de calamidades, de padres y madres agonizantes, de crisis, etc.- que la alegría. Yo misma practico la apología de la alegría, hasta de la euforia, si me apuras, y no veas cómo jode esto a un montón de gente. Repito, porque viene a cuento, las palabras de un buen amigo mío, escritor para más señas: "Por alguna extraña razón la gente no suele soportar la alegría de los demás". Y desgraciadamente creo que es así, mientras que los rosarios de penas se suelen acoger con la mayor naturalidad del mundo. Personalmente detesto la trsiteza -aunque reconozco su importante papel en la creación- hasta el punto de que siempre prefiero la rabia o la rebelión a ella.

Un beso muy fuerte, Amkiel, y demás contertulixs.

Alicia XX

Edda -

Las querubinas, como la alegría, no tenemos autoridad aquí, porque somos muy jóvenes, además estamos de muy buen ver, Neke :-P

Sin embargo, comparto contigo la añoranza de los relatos y la poesía del ojo verde, que aunque no se deje ver se le intuye saludable.

Neke, ahora sujétate a la silla y aparta el café, que te espera buena, jaja ;-)

jntkdvr -

Comparto lo que dice, hay sí un "colera de los espíritus". Sin embargo, creo que la tristeza bien expuesta, auténtica y no como una pose, puede generar "alegria" o "gozo" en el alma. Esto es lo que pasa con muchas obras de arte. Con mucha música.
Yo vivo en un lugar donde se respira tristeza. En el Rio de la Plata la tristeza mana por los poros de la tierra y se derrama como el lodo de los grandes ríos en el mar.
Pero, el tango por ejemplo, un género nostálgico de por sí, no deja de generar descubrimiento y baile y por lo tanto también alegría. Creo yo.

carmenneke -

¿Y dónde dejamos el derecho al pataleo, que tanto gusto da y tan bien nos sienta?

Por cierto que el Panfleto ha perdido mucho en la actualidad si lo comparamos con hace unos años, cuando había música, relatos y poemas propios, las querubinas eran mucho más jóvenes y estaban de mejor ver, y el verde del ojo tenía una tonalidad bastante más saludable. :-P
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