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Panfleto LAETUS

Bichos |Javier Sagarna|

Bichos |Javier Sagarna|

Lo cierto es que no sé por qué me dio por pegarles fuego. A la culebra, a las hormigas, tampoco al alacrán. Me dio el punto, pero yo no soy así. Aunque quemara a los bichos. Me puse nervioso, se retorcían y me puse nervioso. Joder, estaban matándose. Y el brazo me dolía una burrada. Y para colmo el imbécil de Antón no paraba con aquello de “te has pasado, Javi”, y lagrimeaba, eso es lo que hacía, lagrimeaba, “eres un bestia”, decía, “pobres bichos”, y no paraba de lagrimear. Hay que ser imbécil, por eso se le llena la piscina de bichos, por imbécil y por llorón.
 
Estábamos en su casa. Sí, yo estaba en casa de ese imbécil, en su jardín, me dejaba probar la bicicleta nueva que le han regalado. No está mal, pero a mí me dolía horrores lo que mi padre me había hecho en el brazo. Casi no podía llevarla. Y andaban por allí las gemelas, arrastrándose por el suelo de grava. Por todas partes, como si hubiera muchas. Las dos igual de enanas e igual de negras. Eso negras, eso es lo que parecen. Arrastrándose por todas partes. Había que andarse con ojo para no pasarles por encima.
 
Nos llamó su padre.
 
―Mirad, chicos, hay una culebra en la piscina ―eso dijo.
 
Fuimos. Era una culebra de más de un palma y nadaba retorciéndose. El agua estaba muy azul y el bicho se retorcía dentro. Recuerdo que lo primero que pensé es si sería venenosa. El padre de Antón quería pescarla con la red de sacar las hojas del agua. Es un tipo ágil el padre de Antón, muy delgado, uno de esos tipos que no paran en todo el fin de semana, de los que siegan el césped y hacen paellas en una hoguera. Me cae bien, siempre me ha caído bien, pero me puso nervioso que cogiera aquella cosa. Echó la mano dentro de la red y cogió la culebra por la cabeza. El bicho se retorcía y luego le enroscó la cola hasta la muñeca.
 
―Mirad ―decía―, no es venenosa, sólo es una culebra.
 
Y abrazaba a Antón con el brazo libre. Era para vomitar. La culebra enroscada en aquel tipo y él enroscado en Antón.
 
―Vamos a matarla ―dije.
 
No sé por qué lo dije. Simplemente se me ocurrió.
 
―A ti sí que habría que matarte ―escuché detrás de mí. Y una mano me revolvió el pelo.
 
Allí estaba Lalita, detrás de mí. Lalita es su madre, la madre de Antón y yo sé que me odia, aunque supongo que aquello lo había dicho en broma. Sonreía como siempre, una sonrisa falsa, y fue a enroscarse también con Antón. Hacían una bonita foto, los tres abrazados sonriéndole a la culebra. Como si no les diera ningún asco. Para vomitar.
 
Lalita la cogió y dejó que se le enroscara en la mano. Tiene las manos finas, los dedos largos como aguijones.
 
―Mira ―me dijo―, puedes tocarla. ¿Ves como no hace nada?
 
No quería tocarla. De ninguna manera quería tocarla, pero ellos estaban abrazados, y me miraban, y sonreían, y acabé por alargar el brazo. Le rocé la cabeza al bicho. Entonces ella me vio la herida.
 
―¿Qué te ha pasado? ―preguntó.
 
―Nada.
 
Y tiré de la manga del niki.
 
―Ha sido él, ¿verdad?
 
Él es mi padre. Creo que no he oído su nombre desde que se largó mamá. No contesté.
 
―Anda ven que te cure.
 
Y no paró hasta que me lavó la herida y me la untó con alcohol. Me dolió, me dolió una burrada. Pero no le conté lo que había pasado.
 
―Lo que podéis hacer es meterla en un bote y soltarla en el río ―dijo el padre de Antón cuando salimos.
 
Todavía tenía la culebra en la mano. Enroscada, Retorciéndose. Daba asco. Cualquiera sabe por qué se casó con la tía venenosa esa. Venenosa, eso es lo que es.
 
―Pero antes te tomas un vaso de leche, ¿vale cariño? ―dijo Lalita. Se lo dijo al imbécil. Y le besuqueaba. A mí también quería darme. Me puso un vaso―. Y me tenéis que prometer que vais a tener cuidado.
 
Antón se bebió la leche y Lalita terminó por darnos un bote de mermelada vacío y se fue a dar de comer a las gemelas. Las dos enanas se habían puesto a llorar al tiempo, berreaban como diez, estaban frenéticas. Chillaban y les caían mocos de la nariz.
 
En vez de al río fuimos a mi casa. Antón no quería venir, pero yo llevaba el bote de la culebra en la cesta de mi bicicleta. El muy imbécil tuvo que sudar para seguirme. Y eso que el brazo me dolía. Luego no quería entrar. No lo dice, pero sé que tiene miedo de papá. Todos lo tienen. Yo sólo pensaba en encontrar un hormiguero y entrar allí dentro la bicha. Para que se la comieran. Sí, eso quería, que se la comieran las hormigas. Pero no se lo dije a Antón y acabó por seguirme. Nos pusimos a levantar piedras en la parte del jardín más alejada de la casa. Levantábamos piedras y debajo siempre olía a humedad y había bichos. Bichos de bola, lombrices, de todo menos hormigas. Al levantar una grande salió el alacrán. Eso dijo Antón que era. Saltó hacia atrás gritando que son venenosos, que sacan un aguijón largo y te pican. Se me ocurrió que sería estupendo meterlo con la culebra y ver qué pasaba. Me extrañó que Antón estuviera de acuerdo.
 
Lo cogí con dos palos y lo metí en el bote. Durante un rato vimos cómo luchaban allí dentro, la culebra se había abrazado al alacrán que trataba de morderla. Se retorcían. Era asqueroso.
 
Luego seguimos levantando piedras hasta que encontramos el hormiguero. Las hicimos salir metiendo palos. Eran hormigas negras, pequeñas, todas iguales. De las que más muerden. Había millones arrastrándose por el suelo. Estaban frenéticas cuando abrí la tapa del bote y les eché los otros bichos. La culebra y el alacrán, enroscados, mordiéndose mientras las hormigas se los comían. Era asqueroso, asqueroso de verdad. Estaban matándose, se retorcían. Me dieron unas ganas horribles de vomitar. Sentía pinchazos en la herida.
 
―Páralo, Javi, páralo de una vez ―decía Antón entre gemidos.
 
Pero yo sólo quería largarme. Y sobre todo quería vomitar. Y que el condenado brazo dejara de dolerme.
 
―No se te ocurra tocarlos o te mato ―le dije a Antón.
 
Y salí corriendo hasta la casa. Mi padre estaba tirado en el sofá, retorcido, roncaba. Había dejado la navaja encima de la mesa. Toda la habitación apestaba a sudor y a ginebra.
 
Me metí corriendo en el baño. Se me habían quitado las ganas de vomitar, pero el brazo me dolía, me dolía cada vez más. Entonces pensé en el alcohol. Había un bote de plástico casi lleno en el armario. Alcohol etílico, ponía en letras rojas. Lo cogí, también las cerillas de la cocina y volví al hormiguero. Antón seguía embobado, mirando cómo se mataban los bichos. Lloriqueaba.
 
Lo quité de en medio y rocié a los bichos con el alcohol. Les pegué fuego, eso es lo que hice. Los abrasé a todos. A la culebra, a las hormigas y al alacrán. Seguían mordiéndose mientras ardían. Retorciéndose todos.
 
Antón lloriqueaba a mi lado. “Te has pasado, Javi”, decía, “pobres bichos, pobres bichos”, y no paraba de lagrimear el imbécil, y se le caían los mocos, y tenía toda la pinta de estar a punto de vomitar. Me dieron verdaderas ganas de meterle la cabeza allí, en el fuego, con los bichos.

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14 comentarios

Amkiel -

El saco sin carga no rompe.

Emma -

!!!Cuidado!!! que el saco de carga se puede romper.

Amkiel -

Con la modestia no se carga, se arrastra.

Emma -

Modestia aparte.

Amkiel -

Cada uno debe cargar con los castigos que le trae la Señora, perdón, el Señor.

Emma -

Te quieres poco? pero eres capaz de lidiar con tanta "fiera" suelta? je,je,je.

Amkiel -

Lo dudo, no tengo nada que ver con la esperanza.

Emma -

Fué un error, no te puedo llamar bicho no sé que cara tienes, aunque pensándolo bien tu mirada y el color de tu piel puede que diga algo de ti no?

Amkiel -

Dices "No me gustas los bichos"... no analizaré el desliz porque, en cualquier caso, salgo mal parado. :-p

Emma -

No me gustas los bichos y menos aún las culebras, las odio y al mismo tiempo son mis peores pesadillas. Aunque me duela decirlo prefiero un poema de Gala que un bicho de esos.

Amkiel -

Voy a llamar ahora mismo a Gala para darle la buena noticia: ¡tiene al menos dos seguidores en el mundo! (aunque yo tampoco quiero un hijo suyo).

Wara -

Yo no quiero un hijo de Gala, pero recuerdo que hace unos años leía con interés sus artículos y de algunos hasta sacaba provecho. Creo que tengo por ahí una recopilación de esos artículos... En fin.

Amkiel -

La próxima vez que os metáis con él, se lo pienso decir para que os incluya en la lista negra y se niegue a firmaros libros o daros un hijo, por mucho que le roguéis.

carmenneke -

Amkiel, qué nos espera la próxima vez que nos atrevamos a meternos con Gala? Arañas peludas??? :-O
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