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Panfleto LAETUS

LA MADRE |Italo Svevo|

LA MADRE |Italo Svevo|

En un valle cerrado por colinas boscosas, que convergían con los colores de la primavera, se alzaban, una junto a otra, dos grandes casas sin adornos: piedra y cal. Parecían hechas por la misma mano y también los jardines, cerrados por setos y situados delante de cada una de ellas, eran de las mismas dimensiones y forma, pero quienes vivían en ellas no tenían el mismo destino.
 
En uno de los jardines, mientras el perro dormía encadenado y el campesino se afanaba en torno al huerto, algunos polluelos, apartados en un rincón, hablaban de sus grandes experiencias. Había otros mayores en el jardín, pero los pequeñines, cuyo cuerpo conservaba aún la forma del huevo del que habían salido, gustaban de examinar entre sí la vida en la que habían caído, porque aún no estaban tan habituados a ella como para no verla. Y habían sufrido y gozado, porque la vida de pocos días es más larga de lo que puede parecer a quien la ha padecido durante años, y sabían mucho, en vista de que una parte de la gran experiencia la habían traído consigo del huevo. En efecto, nada más llegar a la luz, habían sabido que habían de examinar bien las cosas -primero con un ojo y después con el otro- para ver si se debían comer o no.
 
Y hablaron del mundo y de su vastedad, con aquellos árboles y aquellos setos que lo cerraban y aquella casa tan vasta y tan alta, cosas, todas ellas, que ya se veían, pero mejor aún comentándolas.
 
Pero uno de ellos, de pelusa amarilla, saciado -y, por tanto, desocupado- no se contentó con hablar de las cosas que se veían, sino que la tibieza del sol le trajo un recuerdo, que se apresuró a expresar: «Desde luego, estamos bien, porque hay sol, pero he sabido que en este mundo se puede estar aún mejor, cosa que me desagrada mucho, y os lo digo para que os desagrade también a vosotros. La hija del campesino dijo que somos desdichados porque nos falta la madre. Lo dijo con un tono de tan intensa compasión, que no pude por menos de echarme a llorar».
 
Otro, más blanco y unas horas más joven que el primero, por lo que recordaba aún con gratitud la dulce atmósfera de la que había nacido, protestó: «Nosotros hemos tenido una madre. Es ese armarito siempre caliente, incluso cuando hace el frío más intenso, del que salen los polluelos bonitos y hechos».
 
El amarillo, que desde hacía tiempo llevaba grabadas en el ánimo las palabras de la campesina, por lo que había tenido tiempo de hincharlas soñando con aquella madre hasta imaginársela tan grande como todo el jardín y buena como el pienso, exclamó, con un desprecio destinado tanto a su interlocutor como a la madre a la que éste se refería: «Si se tratara de una madre muerta, todos la tendrían, pero la madre está viva y corre mucho más que nosotros. Tal vez tenga ruedas como el carro del campesino. Por eso, puede venir junto a ti sin que necesites llamarla, para calentarte, cuando estás a punto de morir con el frío de este mundo. Qué hermoso debe de ser tener al lado, de noche, una madre semejante».
 
Intervino un tercer polluelo, hermano de los otros, porque había salido de la misma incubadora, si bien ésta lo había forjado un poco diferente: con pico más largo y patitas más cortas. Lo llamaban el polluelo maleducado, porque, cuando comía, se oía golpear su piquito, cuando, en realidad era un anadón, al que en su pueblo habrían considerado de lo más cumplido. También delante de él había hablado la campesina de la madre. Había ocurrido en aquella ocasión en que había muerto un polluelo que se había desplomado en la hierba, exhausto de frío y rodeado de los demás polluelos, que no lo habían socorrido, porque no sentían el frío que afecta a los otros, y el anadón, con la expresión ingenua de su carita invadida por la amplia base de su piquito, afirmó incluso que, cuando estaba la madre, los polluelos no podían morir.
 
El deseo de la madre no tardó en infectar a todo el gallinero y se volvió más vivo, más inquietante, en la mente de los polluelos mayores. Muchas veces las enfermedades infantiles atacan a los adultos y les resultan más peligrosas y a veces también las ideas. La imagen de la madre, tal como se había formado en aquellas cabecitas calentadas por la primavera, se desarrolló desmesuradamente y todo el bien se llamó «madre», el buen tiempo y la abundancia, y, cuando sufrían, polluelos, anadones y pavitos pasaban a ser auténticos hermanos, porque suspiraban por la misma madre.
 
Uno de los de más edad juró un día que encontraría a la madre, porque no quería seguir privado de ella. Era el único del gallinero que estaba bautizado y se llamaba Curra, porque, cuando la campesina con el pienso en el delantal, llamaba: «curra, curra», él era el primero en llegar corriendo. Era ya vigoroso, un gallito en cuyo generoso ánimo alboreaba la combatividad. Fino y largo como una cuchilla, exigía la madre ante todo para que lo admirara: la madre de la que se decía que sabía procurar toda clase de dulzura y, por tanto, también la satisfacción de las ambiciones y la vanidad.
 
Un día, Curra, muy decidido, se escabulló fuera del tupido seto que circundaba el jardín nativo. Fuera, se detuvo de pronto, aturdido. ¿Dónde encontrar a la madre en la inmensidad de aquel valle sobre el que se cernía un cielo aún más extenso? A él, tan pequeño, no le era posible rebuscar en aquella inmensidad. Por eso, no se alejó demasiado del jardín nativo, el mundo que conocía, y recorrió, pensativo, su contorno. Casi fue a encontrarse delante del seto del otro jardín.
 
“Si la madre estuviera ahí dentro”, pensó, “la encontraría en seguida”. Tras substraerse al azoramiento inspirado por el espacio infinito, no tuvo más vacilaciones. De un salto atravesó también aquel seto y se encontró en un jardín similar a aquel del que procedía.
 
También allí había un enjambre de polluelos jovencísimos que se debatían en la espesa hierba, pero había también un animal que faltaba en el otro jardín. Un polluelo enorme, tal vez diez veces mayor que Curra, descollaba en medio de los animalillos cubiertos con su pelusa, que consideraban -se veía al instante- al grande y poderoso animal su jefe y protector y éste se ocupaba de todos ellos. Lanzaba advertencias a quien se alejaba demasiado, con sonidos muy semejantes a los que la campesina del otro jardín usaba para llamar a sus polluelos, pero también hacía algo más. A cada momento, se agachaba sobre los más débiles y los cubría con todo su cuerpo, para comunicarles su propio calor, desde luego.
 
“Ésa es la madre”, pensó Curra con alegría. “La he encontrado y ahora ya no me separo más de ella y, además, me resultará fácil ser obediente, porque ya la amo. ¡Qué bella y majestuosa es! Yo ya la amo y quiero someterme a ella. La ayudaré también a proteger a todos estos insensatos”.
 
Sin mirarlo, la madre llamó. Curra se acercó creyendo que lo llamaba precisamente a él. La vio ocupada removiendo la tierra con golpes rápidos de sus poderosas garras y se quedó contemplando, curioso, aquella labor que presenciaba por primera vez. Cuando se detuvo, un pequeño gusanillo se retorcía delante de ella en el terreno desprovisto de hierba. Ahora cloqueaba, mientras los polluelos en derredor no comprendían y la miraban arrobados.
 
“¡Qué tontos!”, pensó Curra. “Ni siquiera entienden que quiere que se coman el gusanillo”. E, impulsado también por su entusiasmo con la obediencia, se precipitó, rápido, sobre la presa y se la tragó.
 
Y entonces -¡pobre Curra!- la madre se lanzó sobre él furiosa. No entendió en seguida, porque creyó que ella, como acababa de descubrirlo, quería acariciarlo con gran vehemencia. Habría aceptado agradecido todas las caricias de las que no sabía nada y que, por tanto, podían -lo reconocía- hacer daño, pero los golpes del duro pico, que llovieron sobre él, no eran, desde luego, besos y le disiparon todas las dudas. Quiso huir, pero la gran ave lo golpeó y, tras tumbarlo, le saltó encima y le hincó las garras en el vientre.
 
Con un esfuerzo descomunal, Curra se levantó y corrió hasta el seto. En su loca carrera, derribó a otros polluelos, que se quedaron ahí, con las patitas al aire y piando desesperados. Por eso, pudo salvarse, porque su enemiga se quedó un instante junto a los caídos. Al llegar al seto, Curra, de un salto, pese a las muchas ramas, sacó su pequeño y ágil cuerpo al aire libre.
 
En cambio, la madre quedó detenida por una tupida maraña de frondas y ahí se quedó, majestuosa, mirando como desde una ventana al intruso que, exhausto, se había detenido también. Lo miraba con terribles ojos redondos, rojos de ira. «¿Quién eres tú, que te has apropiado la comida que con tanto esfuerzo había yo extraído del suelo?»
 
«Soy Curra», dijo, humilde, el polluelo, «pero, ¿quién eres tú y por qué me has hecho tanto daño?»
 
A las dos preguntas ella dio una sola respuesta: «Yo soy la madre», y le volvió, desdeñosa, la espalda.
 
Algún tiempo después, Curra, que ya era un magnífico gallo de raza, se encontraba en un gallinero muy diferente y un día oyó hablar a todos sus nuevos compañeros con afecto y añoranza de su madre.
 
Asombrado ante su atroz destino, dijo con tristeza: «En cambio, mi madre fue un animalazo horrendo y habría sido mejor para mí no haberla conocido nunca».

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13 comentarios

Amkiel -

Siento contradecirte, Xuan, pero en la edición de la editorial Gadir del año 2006 pone lo que está puesto.

Xuan -

Donde pone "para ver si se debían comer o no." debe ser:
"para ver si se debían comer o mirar".
Buen relato.

Amkiel -

[Edda] Si se dan con alegría son como una inversión que incrementa su valor. Sólo son un despilfarro cuando se dan a disgusto o hipócritamente.

[Wara] Pues ya le va siendo hora de terminar los estudios, ponerse a trabajar e independizarse.

[AlmaLeonor] Esta mañana he leído “Amor de madre” tatuado en el brazo de mi nuevo compañero de celda. Le cayeron treinta años porque le quitó a su madre la posibilidad de lograr más hazañas.

AlmaLeonor -

¡Hola!
Ayer leí lo siguiente en el libro "El Déspota Adolescente" de Lorenzo Silva que acabo de terminar:

"Casi todos olvidan que es una hazaña de la madre lo que se conmemora con el cumpleaños"

A partir de ahora veré mi cumpleaños de una forma diferente.

Besos.AlmaLeonor

Wara -

Amkiel, acabo de leer un fragmento de una carta que Otero Pedrayo escribe a su madre: “Mi adorada mamá: tu carta eres tú. Maravillosa, única. La conservaré como una joya”.
El, catedrático en Santiago de Compostela, tenía 62 años; ella, la madre, había cumplido 91.

Edda -

Sí, vas a tener razón, los besos se dan tan con tanta alegría hoy que, tristemente, están perdiendo su valor.

AlmaLeonor -

¡Hola!
Debí suponer que sería algo de eso, Amkiel, jajajajaja
Lo has "clavao", jajajaja
Besos.AlmaLeonor

Amkiel -

[carmenneke] Menos mal, entonces, que las madres son incapaces de comprender su responsabilidad.

[Mía] Algo le queda: una habitación amueblada y vacía.

[Wara] Sí, a las madres, porque muchos de los hijos no suelen merecer ni respeto ni admiración.

[Edda] El índice de besuqueos no es buen indicador de logros maternales, especialmente en estos tiempos de crisis.

[AlmaLeonor] Le ordenó que no se metiese en su ausencia, y se ausentó.

AlmaLeonor -

¡Hola!
Yo quiero preguntarle a la gallina como hizo para meter a su "hijo" en un plato de sopa. Y de paso que me de la receta....

(Edda, cuando son adolescentes dejan de dar besos)

Besos.AlmaLeonor

Edda -

No es fácil ser una buena madre, pero se intenta, ¿se consigue?, umm... si dentro de otros diez años me siguen dando tantos besos como ahora, sabré que lo he conseguido.

carmenneke -

Si realmente comprendiéramos la terrible responsabilidad que supone ser madre, la raza humana se extinguiría por completo. Nada ni nadie te prepara para esa labor, pero cuando lo comprendes ya es demasiado tarde para echarse atrás. Y cuando tus hijos te echen en cara todos tus fallos como madre, ya no será posible remediarlos.

Wara -

Mi respeto y admiración hacia todas las madres, por su paciencia, por su amor, por el dolor, la aceptación o la rebelión contra la pérdida...

Mía -

La maternidad...ese instinto

esa trampa biológica donde

la mujer lo da todo

para quedarse sin nada...

♥♥♥besos♥♥♥

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