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Panfleto LAETUS

Farfalla di Dinard |Eugenio Montale| [fragmento]

Farfalla di Dinard |Eugenio Montale| [fragmento]

Paseaba por el corredor, en pantuflas y piyama, superando ocasionalmente montones de ropa sucia. Mi hotel era de primera categoría, porque tenía dos ascensores y un montacarga (casi siempre descompuestos), pero no disponía de un lugar para las sábanas, fundas y toallas en transitorio desuso y las camareras debían amontonarlas aquí y allá, en los ángulos muertos. Entrada la noche yo llegaba a esos ángulos muertos y es por eso que las camareras no me amaban. Sin embargo, después de haber repartido algunas propinas obtuve el permiso tácito de deambular por donde quisiera. Era la media noche pasada. Sonó suave el teléfono. ¿Sería en mi cuarto? Me acerqué con pasos afelpados, pero oí que alguien respondía; era el número 22, la habitación cercana a la mía. Estaba por retirarme cuando la voz que contestaba, una voz de mujer, dijo: «Todavía no vengas, Attilio: en el corredor hay un hombre en piyama. Se pasea en un lado a otro. Y podría verte.»
 
Escuché, del otro lado, un refunfuño confuso: «No», respondió ella, «no sé quién es. Es un desgraciado que siempre hace así. Por favor, no vengas. En todo caso, yo te aviso.» Colgó ruidosamente, oí pasos en el cuarto. Me alejé de prisa, resbalando como sobre dos patines. En el fondo del corredor había un sofá, un segundo montón de ropa sucia y un muro. Oí que se abría la puerta de la habitación 22; por una rendija la mujer me observaba. No podía quedarme allá en el fondo; regresé lentamente. Tenía alrededor de diez segundos antes de pasar frente al 22. Rápidamente examiné las diferentes hipótesis posibles. 1) Volver a mi cuarto y encerrarme adentro. 2) Idem, con una variante, esto es, informando a la señora que había escuchado todo y que mi intención era retirarme y hacerle así un favor. 3) Preguntarle si verdaderamente tenía ganas de recibir a Attilio o si yo era el pretexto elegido por ella para eximirse de un ingrato bullfight nocturno. 4) Ignorar el coloquio telefónico y continuar mi paseo. 5) Preguntarle a la señora si eventualmente pretendía sustituirme al hombre del teléfono, para cuyos fines véase el número tres. 6) Exigir explicaciones sobre la palabra «desgraciado» con la cual se había permitido designarme. 7) ... la séptima se esforzaba por formarse en mi cabeza. Pero ya había llegado frente a la rendija. Dos ojos negros, una liseuse roja sobre un camisón de seda, una cabellera corta, pero más bien rizada. Fue un instante, la rendija se cerró de golpe. El corazón me latía fuerte. Entré a mi cuarto y una vez más oí el teléfono que sonaba en el número 22. La mujer hablaba bajo, no entendía las palabras. Volví al corredor con paso de lobo y entonces logré distinguir algo: «Es imposible, Attilio, te digo que es imposible...» Luego el clic del receptor y sus pasos hacia la puerta. De un salto me precipité hacia el montón de inmundicias número dos, revolviendo en mi corazón las hipótesis 2, 3 y 5. De nuevo se abrió la rendija. Era imposible que me quedara allí parado. Me dije: soy un desgraciado. Pero ella ¿cómo logró saberlo? ¿Y si paseándome la salvara de Attilio? ¿O bien salvara a Attilio de ella? No estoy hecho para ser el árbitro de nada y mucho menos de la vida de los demás. Regresé arrastrando una funda con una pantufla. La rendija era más amplia, la cabeza rizada más hacia afuera. Me encontraba a un metro de esa cabeza. Me coloqué en posición de firme después de haberme liberado de la pantufla con una patada. Luego dije con una voz demasiado fuerte que retumbó en el corredor: «He terminado de pasear, señora. Pero usted, ¿cómo sabe que soy un desgraciado?»
 
«Lo somos todos», dijo ella, y volvió a cerrar la puerta de golpe. Adentro sonó de nuevo el teléfono.

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3 comentarios

Amkiel -

[Wara] Hay que gustar del disgusto para así disfrutar del fruto.

[Emma] Este desgraciado me recuerdo.

Emma -

Este desgraciado me recuerda mucho a José el prota de "Todos los nombres" de J.Saramago. La 1ªde las coincidencias, se encuentran solos; podría seguir pero os lo dejo a vosotros.

Wara -

Si dejáramos de buscar y poner pretextos para evitar lo que nos disgusta, hasta el más desgraciado podría sentirse agraciado alguna vez.
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