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Panfleto LAETUS

La proximidad de la muerte |Norbert Bilbeny| [fragmento]

La proximidad de la muerte |Norbert Bilbeny| [fragmento]

Aunque luzca el sol sobre nuestras cabezas y haya alegría a nuestro alrededor, la muerte está cerca de nosotros. Lo común, no obstante, es pensar que solo se muere el prójimo y que la muerte no atañe ni al que está próximo ni a nosotros mismos. Nada más engañoso. Quien no parece que vaya a morir más pronto de lo previsto, puede que tenga sus días contados, por naturaleza o accidente, y hasta que lo sepa. Nuestra vida da un vuelco cuando se nos comunica la proximidad de la muerte, ajena o propia. Pero nadie puede que no estuviera, de algún modo, «avisado».
 
Nos morimos porque somos seres evolucionados, y tememos que suceda porque somos, además, humanos. Los primeros seres unicelulares nunca «murieron». Se dividieron en dos y continuaban multiplicando su vida. El que un organismo muera definitivamente es el resultado de la complejidad de la vida. Y que se angustie por ello, como el ser humano, es una obra sutil de la cultura. Por eso la madurez de la filosofía clásica, con el estoicismo romano, se dio cuenta de que filosofar era meditar la muerte, con el propósito de consolar la vida. Marco Aurelio escribe: «Vive cada día como si fuera el último». Así no se desaprovecha la vida. Ni siquiera la muerte ha de preocupar, escribió antes Epicuro, si pensamos que cuando nosotros aún estamos ella no está, y cuando ella está, nosotros ya no estamos. No obstante, lo que nos ofrece la filosofía frente a la muerte son sólo «argumentos». También lo dijo Freud: «En mi opinión, los filósofos piensan en este punto demasiado filosóficamente». Es decir, no nos ofrecen «consolaciones», ni menos «experiencias» para afrontar la muerte.
 
¿Por qué? Quizá porque la muerte es siempre como una presencia ausente, mientras que el ser muerto de verdad es como una ausencia presente. Ante esta realidad, la filosofía se detiene. El pensamiento sólo desata sus recursos cuando trata de la muerte, que está siempre ausente, y enmudece frente a los muertos y el morirse uno, que no son una idea, sino una experiencia propia, algo que nos oprime físicamente con su presencia. Aunque otro motivo de este silencio ante el hecho de morir es que nadie ha pasado, en realidad, por la «experiencia» de la muerte. Eso pertenece sólo a los muertos, quienes no pueden decirnos -puede que sea mejor así- «qué» es morir y «cómo» deberíamos hacerlo. Mientras, los vivos no tenemos una base experimental para pensar la muerte. Paul Bowles sostiene que «no hay idea de la muerte que tenga algo en común con la presencia de la muerte». Es evidente que a los que estamos de acuerdo con esto se nos podría replicar: ¿Y usted cómo lo sabe? Porque el hecho es que estamos vivos aún. Pero sólo podría contestar a aquello con una respuesta negativa: porque ningún argumento nos consuela ante la proximidad de la muerte; de la muerte del prójimo o de la cercanía anunciada de nuestra propia muerte.
 
Al margen de esto, lo único que sabemos es que nos hemos de morir y que cada día morimos un poco. El ser humano no sólo es, por condición, mortal o «moridor», sino además «muriente» en su vida. En cierta manera somos predifuntos y, a la vez, agonizantes progresivos. No podemos no saberlo, y eso es lo que nos hace, frente a la muerte, tan distintos de otras especies. Para empezar, vivimos con el constante presentimiento de nuestro fin. No nos consta en otros animales, o por lo menos que «arreglen» su vida conforme a este preanuncio, como hacemos nosotros. Para continuar, el ser humano es aquel que puede, por sí mismo, avanzar su propia muerte. Podría pensarse en el suicidio como la cuestión humana por excelencia. Y, por último, somos aquellos que se atreven a desafiar su propia muerte. A veces no sólo no tememos poner en riesgo la vida, sino que buscamos el peligro de muerte expresamente. Ningún otro animal es «aventurero», ni conoce la máxima aventura que es arriesgar la vida.
 
De modo que sabemos algunas cosas sobre la muerte, pero desconocemos, con todo, las principales, aquellas más ligadas a nuestro fondo personal. Así, no sabemos «cuándo» vamos a morir (Mors certa, hora incerta, una expresión exacta), ni tampoco «cómo» sucederá eso, ni en realidad, insisto en lo ya dicho, en «qué» consistirá nuestra muerte o la de cualquiera. Ningún vivo ha pasado por esta experiencia. Como mucho, conocemos el «morir» de los otros, es decir, los aspectos externos de su muerte, pero no nuestro morir, ni menos la muerte en sí misma, propia o ajena. La muerte nos es desconocida. Más aún, en general es algo que, aunque presentido, «no nos afecta». No hay nada que nos tomemos con mayor disimulo que el constante anuncio de la muerte. En resumen, sabemos que somos mortales, pero ignoramos la muerte misma. Tenemos datos del morir orgánico, pero no de la muerte personal, de uno mismo y de cualquiera. Entonces...
 
Entonces, ¿por qué nos preocupamos tanto de ella? Dice Spinoza que nada le preocupa menos a una persona sabia que su propia muerte. Pero tiene que ser sabia. Alguien así, los filósofos primero, debería renunciar a especular sobre la muerte. Es absurdo hacerse «ideas» sobre ella y de poco sirven los «argumentos» contra ella o a favor de un «buen morir». El afán de un vivir sensato y sin prejuicios sólo nos autoriza a tener una visión pragmática de la muerte, no a darle vueltas como si pudiéramos saber de cierto sobre esta experiencia. Ante ella, de nada vale la teoría y todo se vuelve de repente silencio. Los argumentos, las «razones», nos resultan extraños, no van con nosotros, y el habla, las palabras, retornan a su modesta condición original: signos de entendimiento, no de vida, ni menos que nos devuelvan la vida. Por contra, una visión pragmática de la muerte, no teórica, se limitará a ofrecernos «consuelos», ya no doctrinas ni consejos, para soportar el hecho inevitable de vivir pensando en la muerte. Creo que pueden servir los siguientes.
 
Ante todo, para nosotros no es lo mismo la muerte si la pensamos con prejuicios y falsas informaciones -de pocos asuntos se deben de haber tenido tantas ideas preconcebidas-, que si la enfocamos libres de tales obstáculos mentales, justo lo que más nos hace temer la muerte y el «modo», en especial, con que vendrá nuestro fin. Incluso para los espíritus religiosos, o más dados a la fantasía, es supersticioso pensar que nuestra muerte más o menos próxima es «voluntad de Dios», parte del «destino» o una cruel «mala suerte». Lo es también sobrecargarla de un signo moral, o no querer ver sus causas naturales, cuando proclamamos, respectivamente, el «fracaso» o el «absurdo» que representa la proximidad de nuestro fin. La muerte es un hecho natural o bien accidental, y no podemos atribuirle nada más. Ante lo cual sólo queda llorar por el desaparecido, expresar que lo habríamos querido con nosotros, y recordarlo, que es la manera de no morir del todo. «Morir -dice Séneca- es una ley, no un castigo». Ni el que quiere a la vida de verdad, ni el que la detesta, piensan, cada uno con sus motivos, que la muerte sea un «castigo».
 
Mientras, suele decirse, con acierto, que la muerte causa menos sufrimiento que estar «a la espera» de ella. Por eso, y quizá éste sea un segundo consuelo, no es lo mismo la muerte cuando no hemos aprendido a morir un poco cada día, que si se han aprovechado las enseñanzas de la vida misma para familiarizarnos con ella. En cierta manera se «aprende» a morir con la experiencia del dolor y la enfermedad que nos alcanzan, tarde o temprano, a todos, pero también con la muerte y el morir de los demás, en especial de aquellos más queridos, y hasta con la labor de la imaginación -por ejemplo, a través del cine o de lecturas- y la actividad inconsciente de los sueños, que a veces nos sitúan en peligro de muerte o ante nuestro propio cadáver. Todo eso contribuye a que la proximidad de la muerte nos coja menos desprevenidos. Pero son modos pasivos, aún, de acostumbrarnos a ella. Los hay más activos.
 
Algunos de esos modos vienen con la vida y sus sucesivas edades. «Morimos» al pasar de la infancia a la adolescencia, de la juventud a la madurez, de esta a la ancianidad. Perdimos por el camino al niño que fuimos; al joven; a la mujer o el hombre mayores, pero aún autónomos, y luego dependientes de los demás en la vejez. Son tránsitos de vida y muerte a la vez. Aunque el aprendizaje práctico del morir puede ser también un ejercicio voluntario con método incluido. Se trata, como en los casos anteriores, de adoptar una disposición personal menos angustiada frente a la muerte. Para ello hay que aprender a vivir con lo mínimo y  a valorar lo esencial, no lo superfluo. En gran parte del mundo eso es ir a contracorriente. Supone un «desaprender» para aprender, al fin, a prescindir de aquellas cosas a las que nos hemos habituado y que consideramos «imprescindibles». Especialmente de todo aquello que es motivo de nuestro orgullo o vanidad. Cuanto más apego le tengamos, más dolor nos causará dejarlo. Una habitación sencilla como la del célebre cuadro de Van Gogh es más que suficiente. La mayoría de los objetos que nos rodean, sobran. Casi todos los actos más triviales de cada día son más importantes para el aprecio de la vida, desde el respirar, los saludos habituales o el modo de retirarnos a dormir, que las obras de nuestro trabajo o los placeres por los que hay que pagar. Pero nunca desaprenderemos lo bastante como para saber lo básico y no temer a la muerte.
 
Por otra parte, tampoco es lo mismo la proximidad del final si la persona no ha acertado en «saber vivir», o de hacerlo con cierto cuidado de sí misma, que si hemos tratado bien el cuerpo y el alma, e incluso obtenido un «provecho de la vida». Pienso que el mayor de estos rendimientos consiste en haber amado, y por tanto en que nos hayan amado también, así como en haber sido de algún modo creativos, con lo cual el mundo se habrá vuelto creador a nuestros ojos. Hace falta amar para que «la vida de los muertos» esté, como dice Cicerón, en «el recuerdo de los vivos». Y hay que haber aportado algo al mundo para que se pueda creer, con Horacio: «No moriré todo yo». Desde luego, para poder acercarse a estos dos logros, el del amor y la creación -y todo pequeño aporte a la vida ya es creativo-, es necesario no tener una muerte demasiado prematura. Pero supuesta esta ventaja, esos dos consuelos de base tan personal contra los primeros lamidos de la muerte están, más o menos, al alcance de casi todos.
 
Puede que sirva también de consolación el admitir que muchos otros han muerto antes que nosotros y que no somos los primeros en presentir un final cercano. Van a ser muchos más los desaparecidos -unos ochenta mil millones hasta ahora- que los que nos sobrevivan. Tengamos en cuenta, además, que nos han precedido individuos más grandes, muchos de ellos mejores que nosotros, o si se quiere, desde una perspectiva egoísta, muchísimos a una edad más temprana que la nuestra. Sin tantos cálculos, recordemos a los que quisimos de todo corazón, parientes y amigos que partieron también más pronto. Y aún otro posible consuelo. No es lo mismo la muerte cuando sólo vemos en ella algo totalmente negativo que cuando reconocemos que tiene alguna parte positiva y la sentimos incluso como una «liberación». Morir nos evita ser inmortales, una condena superior a la de ser mortal. Ella pondrá fin, por otro lado, al dolor y a las carencias de nuestro ser que continuarían, de otra forma, atormentándonos. Y con la muerte acaban, en suma, las «responsabilidades» y todas las dobles «reglas de juego» de la vida. Acta est fabula: la comedia se ha acabado, dijo al morir el emperador Augusto. Con la muerte pasamos a ser tan «inconscientes» como habíamos deseado a menudo, y en todo caso, «descansamos», porque estar vivo ya es un trabajo.

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6 comentarios

Amkiel -

Es lo que se llamaría una muerte lateral amanotrófica.

Emma -

Por que somos, ella está siempre a nuestro lado, lo jodido del día es cuando decide cogernos de la mano.

Amkiel -

[carmenneke] Estamos vivos sin por qué y habría que morir sin por qué no.

[Edda] La muerte no se merece nuestro temor sino nuestro consuelo, está muerta.

[Eider] Si te divides, ¿qué hacemos con el resto?

Eider -

Como ser unineuronal y poco evolucionado es posible pues que me divida y continue así multiplicándome indefinidamente.
Ahora voy a pensar si me seduce la perspectiva.

Besos

Edda -

No hay consuelo, no cuando llega y se lleva lo que más quieres. La temes pero también la odias. ¿Recuedas la foto de la chica en la cama del hospital esperando a la muerte?, pues así la espero yo, con una sartén en la mano.
Hoy te traigo yo una guinda:
"Escribo para que la muerte no tenga la última palabra" Odysseus Elytis.

...y ahora sonrío, cierro el panfleto y me voy a vivir. ;)

carmenneke -

Me temo que los consuelos ante la muerte que propone el autor van a ser poco efectivos para la mayoría: lo que más nos aterra de la muerte es que con ella se acaba la vida. Ni la promesa de un más allá nos puede compensar de esta pérdida. Ni siquiera la promesa de un sueño eterno, mucho más atractiva para mi gusto personal.
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