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Panfleto LAETUS

Carta de noviembre |Javier Cercas| (A la memoria de D. C.)

Carta de noviembre |Javier Cercas| (A la memoria de D. C.)

Como cada día de este húmedo noviembre, después de llevar a mi hijo al colegio me voy a una tranquila cafetería del centro, y al rato de estar trabajando allí oigo cómo un cliente comenta con el patrón el suicidio del hijo de unos conocidos. “Parece que se mató por amor”, dice el cliente. “Le dejó la chica con que salía y ha acabado tirándose al mar desde un acantilado, justo donde la había conocido. El periódico dice que fue un accidente, pero no es cierto”. “Los periódicos mienten siempre”, dice el patrón. “No sé”, dice el cliente. “A sus padres no les hubiese gustado que se publicase la verdad”. “Claro”, dice el patrón. “Ya todo el mundo acepta la eutanasia, pero suicidarse es un pecado y una vergüenza, aunque sea más libre y más noble que la eutanasia. Tome el caso de ese chico: mejor largarse al otro mundo en el apogeo de una pasión que dejarse pudrir miserablemente por la vida, ¿no le parece?”. El cliente se encoge de hombros. “Noviembre es un mes muy malo”, dice.
 
El patrón es un filósofo, pero el cliente tiene razón. Trato de volver a escribir, pero no puedo, porque acabo de recordarme de un poema titulado Carta de noviembre, un poema que Sylvia Plath escribió el 11 de noviembre de 1962, hace ahora 41 años, un poema hermosísimo donde se lee: “Nadie sino yo / huella esta humedad que llega a la cintura”. Cuando escribió esas palabras, Plath acababa de separarse de su marido, el poeta Ted Hughes; en Londres hacía un frío de pesadilla y las cañerías de su casa se habían helado; no tenía dinero; tenía dos niños. En los días que siguieron la humedad no dejó de subir, y una mañana Plath se levantó muy pronto, llevó al cuarto de los niños la bandeja del desayuno –pan con mantequilla y dos jarritas de leche-, se encerró en la cocina, metió la cabeza en el horno y abrió la llave del gas. Unos albañiles la encontraron tendida en la cocina, muerta. Pocos días antes, el poeta Al Alvarez había ido a visitarla; como de costumbre, bebieron vino y conversaron; como de costumbre, Sylvia le leyó algunos poemas: todos hablaban de la muerte. Alvarez, que había intentado suicidarse el año anterior, se asustó: sabía que debía ayudar a su amiga, pero no sabía cómo; para aliviar la tensión, habló de literatura; luego, antes de lo convenido, se marchó, sabiendo que la dejaba en la estacada. Nunca volvió a verla viva. Y algunos años después, como si quisiera purgar su culpa o ahuyentar el fantasma de su propio suicidio, Alvarez publicó un ensayo magistral sobre el suicidio: El dios salvaje. El libro no puede ser más serio, porque no hay problema más serio que el suicidio –decidir si la vida merece o no ser vivida-, pero yo no pude evitar reírme a ratos leyéndolo, quizá porque sólo nos reímos de verdad cuando nos reímos de lo más serio: me reí cuando leí acerca de los donatistas, una secta católica que floreció en el siglo IV, cuyos acólitos estaban tan ávidos de morir que pagaban a la gente para que los matara; me reí de ese caballero dieciochesco que se ahorcó por puro aburrimiento, para evitarse el constante trastorno de quitarse y ponerse la ropa; me reí de los centenares de jóvenes románticos que, después de leer el Werther de Goethe, se quitaban la vida a imitación del protagonista de la novela. Me reí, me reí muchísimo, me reí para no llorar.
 
En la cafetería el tiempo no pasa. Miro a la calle: el día es frío y gris; la humedad no deja de subir. “Tonterías”, le oigo decir al patrón, que también está mirando a la calle. “La gente no se mata cuando fuera haga mal tiempo. Al contrario: se mata cuando fuera hace buen tiempo y dentro lo hace malo”. La observación me parece exactísima y, para celebrarla, me pongo a leer el último libro de Vila-Matas: París no se acaba nunca. Cuando era joven, Vila-Matas escribió Suicidios ejemplares, pero ahora que ya no lo es escribe un libro en el que –aunque hable mucho de Hemingway, otro suicida- se ríe de cuando era joven y quería ser escritor y creía que para ser escritor había que estar desesperado y ser un suicida, y como se ríe mucho le sale su mejor libro, un libro muy alegre porque en él descubre que la alegría es mucho más profunda que la desesperación. Fuera , en el libro de Vila-Matas, hace buen tiempo; dentro no. Dejo de leer y pienso en los hijos de Sylvia Plath, que no sé si llegaron a tomarse el pan con mantequilla y la leche, y también pienso en mi hijo, que estará jugando al fútbol en el patio del colegio, y entonces, no sé por qué, me entran unas ganas tremendas de rezar, hasta que de pronto comprendo que hace mucho que se me ha olvidado rezar. Así que vuelvo a la profunda alegría de Vila-Matas y en la primera página que abro leo la oración que acaso rezó Hemingway –que no se mató en el apogeo de una pasión, sino en el de la gloria y la fama, porque entendió que la gloria y la fama eran una sola y la misma forma de pudrirse miserablemente- antes de quitarse la vida: “Nada nuestro que estás en la nada, nada es tu nombre, tu reino nada, tú serás nada en la nada como en la nada”. Y entonces me río, me río muchísimo.
 
De repente, no sé por qué, siento unas ganas enormes de rezar, pero descubro que se me ha olvidado, que ya no sé rezar.

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5 comentarios

Amkiel -

Con mi parte de razón y la tuya hemos pergeñado una reflexión completa. Gracias, un beso...

Malicia Cool -

Querido Amkiel; tienes parte de razón en lo que dices, pero hay circunstancias y circunstancias. Por lo que yo sé, el tal Hughes se las traía y le había puesto los cuernos a ella no mucho antes entre otras cosas. Pero, más importante, una mujer sola, deprimida, seguramente mal alimentada, en malas condiciones de vida, sensible (poeta, escritora) y, sobre todo, con niños pequeños a su cargo sufre muy frecuentemente una extrema debilidad física y mental que le produce descompensaciones psicóticas tales que, sin adecuado tratamiento y cuidados, pueden hacer, como este caso, que se suicide y a veces que mate a sus crías también. No estamos solos, no debemos vivir solos y aislados; tiene por narices que haber una red social, familiar, amical, vecinal, que detecte estos casos y proporcione ayuda. Lo que no quita que quien lúcidamente se quiera matar pueda hacerlo, claro.

Besos,

Alicia XX

Amkiel -

[Edda] Reconozco que no había oído hablar de Plath hasta encontrármela en este artículo de Cercas. Y reconozco también que, después, no he intentado enmendar dicha ignorancia. Así que leerte me enriquece, como el Avecrem o un desfalco. En cuanto a los suicidas, todos lo somos aunque no ejerzamos.

[Malicia Cool] ¿Acaso sería mejor haberla encerrado en una habitación acolchada para que no se pudiese dar muerte? Exigir el cariño y la comprensión de los demás para conseguir la propia salvación es querer mullir las paredes de nuestra existencia.

Malicia Cool -

Excelente texto. Ahora sé que la Plath no se suicidó realmente sino que la mataron su ex y sus amigos dejándola sola, sin dinero, con dos niños y todos helados de frío y de humedad. Así que inmediatamente, en lo que a mí respecta, pasa a engrosar las filas de víctimas del sexismo y de la violencia doméstica (no se puede dejar sola a una mujer sensible, poeta, con dos niños pequeños a su cargo; es un crimen y una aberración).

Con cariño,

Alicia XX

Edda -

Es curiso, no he leído su poesía, pero sí he leído sus "Diarios" y "Las cartas a mi madre" y un libro titulado "La mujer en silencio" sobre Ted y Sylvia. Y después de todo lo que he leído sobre ella, pienso que en realidad no quería sucidarse, ya lo había intentado antes, antes incluso de conocer a Ted y tener a sus hijos. Pero siguió viviendo, aunque no fue feliz, siguió adelante. Creo recordar que además junto a su última nota dejó el teléfono del médico. Tal vez mantuvo la esperanza hasta el final.
En fin, no siempre sabemos ver ese grito silencioso pidiendo ayuda, esa señal de alarma en los ojos de los que sufren. Ojalá prestásemos más atención.
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