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Panfleto LAETUS

Cultura para transformar |Fundación Contamíname| [fragmento]

Cultura para transformar |Fundación Contamíname| [fragmento] La cuestión de fondo sigue siendo cómo explicarnos el arriba y el abajo, el dentro y el fuera en este mundo, cómo pensamos el orden social y si en esa explicación que se hace propuesta se nos permite a todos un lugar digno bajo el sol.
 
Las tramas culturales son fundamentales para generar la inteligencia social porque en esas redes invisibles se unen personas e instituciones, ideas y decisiones, palabras y hechos. La coordinación social que exige la política no se hace en el vacío sino que se proyecta sobre ese enorme tapiz cultural conformado por valores, sentimientos, actitudes, historias, alegrías, dignidades y miedos. En cada momento histórico, la presión de los de abajo y los de fuera nos pone en la tesitura de abrir o cerrar.
 
(...) La cultura del pueblo y para el pueblo fue perseguida porque los olvidados se mostraban dispuestos a avanzar en su búsqueda de igualdad y reconocimiento. Aprender a leer y a escribir fue un primer paso para levantar la cabeza y ver el mundo. La ceguera impuso la censura, la quema de libros y la persecución de maestros, artistas e intelectuales para evitar la creatividad y la emergencia de un nuevo sentido. Amparándose siempre en la excusa de que sus guerras eran preventivas, impusieron proyectos culturales prepotentes donde la defensa de esencias patrias y de purezas morales adquiría tintes medievales. El objetivo: no reconocer las necesidades de los otros, los diferentes, los excluidos.
 
Cuando las elites dejan de escuchar dictaminan la incapacidad para el diálogo social. En dictadura se culpa a quienes supuestamente nos amenazan de querer cambiar los sacralizados valores de Occidente, pero en realidad lo que quieren es hablar de intereses, generales y particulares, nacionales o globales, legítimos o espurios. En democracia, con el espectáculo publicitario del nuevo contexto mediático, se convoca a la sociedad a asumir su impotencia para explicarse y entenderse a sí misma, y se trata de satisfacer su apatía con cantidades ingentes de fantasía y diversión. Nuevamente, lo importante para las nuevas elites es volver a trazar nuevas distinciones, miedos y espejismos de ilusiones. La Cultura de arriba abona activamente los campos de la banalidad para trazar nuevas fronteras, para alejarse de las voces incómodas que claman ser escuchadas. Antes y ahora, su enferma pretensión es dejarnos sin voz y sin memoria.
 
Pero la historia es tozuda. En cada nuevo ciclo de vida nos vuelve a poner frente a la importancia de las tramas que empujan los de abajo, la necesidad de escuchar sus dolores y sus luchas. La ciudadanía, la democracia, la paz, los derechos y el sentido común sólo prevalecen allí donde se ha logrado ir civilizando el Poder, donde el conflicto ha sido productivo porque logró abrir diálogos, acuerdos y reacomodos. Un largo recorrido siempre amenazado por el atajo de la violencia que sólo puede avanzar si en los márgenes, la gente, a pesar de todo, no ceja en el lento cultivo de nuevas ideas, valores y proyectos.
 
Ante las diversas tensiones de este mundo globalizado son los movimientos sociales -y su producción cultural, hoy amplificada por las nuevas tecnologías- los que nos recuerdan que es necesaria la emancipación en la regulación del Nuevo Orden. Que podemos aspirar a ser iguales cuando la desigualdad nos subordina, y a sentirnos diferentes, cuando la igualdad se presenta como uniformadora. Que hay muchas maneras de entender el mundo, cada una con sus verdades pero con capacidad de compartir sentimientos de justicia y libertad bajo determinadas condiciones de diálogo. Que la democracia es una construcción inacabada, que se democratiza con participantes que cuiden la transparencia pública y reclamen la cercanía de los representantes. Que hay muchas maneras de producir y consumir, unas más justas que otras.
 
Abrir la cultura a la ciudadanía y a la vida significa pensar menos en audiencias y espectadores y más por una paulatina unión entre intelectuales, artistas, educadores, comunicadores y organizaciones sociales. Pensar en cómo reforzar los circuitos que conectan la sociedad con el Estado, ver cuál es la manera de que las preguntas de las voces de los olvidados entren, y se traduzcan, en centros culturales, museos, auditorios, escuelas, universidades, productos culturales y medios de comunicación.
 
Necesitamos una Cultura para entender que el problema no son los otros, sino nuestras pobres creencias. Por eso es tan importate apoyar los diálogos culturales y la cultura de los otros cuando es frágil y no les permite explicarse. Ello nos exige pensar que otra cultura -menos oficial, menos ostentosa, menos espectacular, más participativa, más crítica, más humana- es posible.
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