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Panfleto LAETUS

Admirar sin vocación |Xavier Rubert de Ventós|

Admirar sin vocación |Xavier Rubert de Ventós| Basta con haber sentido admiración o gratitud ante la finura de un acto, la candidez de una actitud, la perfección de un texto, la exactitud de una definición, la expresión de un rostro, la belleza de un cuerpo... Basta con ello para saber lo que es la felicidad pura y desinteresada.
 
Admiración y gratitud son los sentimientos que mayor placer procuran -mayor euforia incluso. Se trata, además, de sentimientos en cierto modo impersonales: admiración y gratitud no ya por lo que algo o alguien me da, sino por el simple hecho de que ese algo exista, ocurra, se produzca. Ese algo puede ser un gesto, un pensamiento, un cuerpo o cualquier otra cosa. Una cosa para la que no disponía en mi mente de un modelo anticipado, ni en mi lenguaje de un adjetivo preparado; algo que me parece real y eficaz cuando yo no había barruntado ni tan sólo que fuera posible. Por lo demás, éstos son -admiración y gratitud- los únicos ingredientes de los que ningún amor puede hurtarse. Admiración -decía ya Platón- por algo mejor que yo, que me rebasa. Y gratitud por el hecho de que ese algo esté ahí y me sea dado presenciarlo. Volo ut suis, dice la sentencia clásica. Amo ut suis, «amo que seas», dice -y dice sólo- esa pura gratitud que yo he sentido leyendo a Aristóteles o el Tao, contemplando un friso griego, viendo unos ojos que se abren cándidos al mundo o una inteligencia que todo lo penetra y acaricia a un tiempo, que comprende sin exprimir ni magullar las cosas.
 
No es fácil, desde luego, llegar al éxtasis de este egoísmo desinteresado. Es necesaria antes una ascesis que nos libere de nuestras fantasías de grandeza y nos permita reposar confiados en lo que somos. Sólo entonces la belleza, el gesto o la inteligencia ajena generan hombres agradecidos, y no acomplejados o resentidos; hombres que sienten la plusvalía de que les dota contemplar lo magnífico («Lo más próximo al mérito de las propias obras», decía Schopenhauer, «es el verdadero aprecio y reconocimiento de las ajenas») y no la minusvalía de compararse y acongojarse ante ello. Sólo entonces podemos experimentar sin resquemor alguno el favor que alguien nos hace por el solo hecho de existir, sin experimentar su excelencia como índice de nuestra inepcia, su favor como muestra de nuestra dependencia. ¿Para qué andar buscándole defectos al prójimo si, como reconocía Kant, «incluso la apariencia del bien ha de sernos estimable en los otros»? También la pose o la afectación pueden ser así un tributo que se rinde a la virtud en general -y a nuestros conciudadanos en particular.
 
Es cierto que muchas personas no pueden defenderse de «ese maldito yo» que se siente rebajado por todo lo que rebasa y que se expresa en aquel si quelqu’un excelle parmi nous, qu’il aille exceller ailleurs! Pero el pecado de este maldito yo trae consigo su propia penitencia: la de no conocer ni experimentar uno de los placeres más intensos, puros y, en el límite, más egoístas que podemos llegar a sentir. Pues la gratitud es algo así como el sexo, sólo que levemente más espiritual. Y de eso, en el fondo, está resentido el resentido: de su impotencia afectiva -de su incapacidad de «andar salido» también alma adentro.
 
* * *
 
Se habla a menudo de una incompetencia para llegar a ser aquello que somos, para estar a la altura de nosotros mismos, para escuchar y seguir esa voz interior que nos llama o interpela. Desde Sócrates -lo hemos visto- no se han dejado de oír consejos en este sentido: «Sé aquello que eres», «alcanza el ideal de ti mismo», «haz crecer la semilla que llevas dentro», «construye la propia estatua», «sé fiel a tu vocación»...
 
El consejo parece inapelable, ya que nos llega de los dos lados: tanto del griego como del cristianismo; tanto de aquellos que querían idealizar lo real como de los que pretendieron realizar lo ideal. Pero el hecho es que ese mandato de «ser yo mismo» me separa de mí, me pone por encima de mí mismo, me quiere «realizar» y hacer de mí «algo», una generalidad cualquiera (Espíritu, Amor, Hijo de Dios, Ciudadano, etc.). La respuesta que dio Stirner a tal pretensión me parece justa y clara: «Yo soy hombre exactamente como la tierra es astro; y no es menos ridículo imponerse como misión ser verdaderamente hombre de lo que sería hacer un deber de la tierra el ser un verdadero astro... Los primeros que tuvieron el honor de pasar por Mí -decía aun-, fueron el sol, la luna, las estrellas o los gatos; después fueron Yahvé o Alá; después las familias o las tribus usurparon el título, y al final llegaron la Humanidad, la Iglesia o Estado, todos con la misma pretensión de ser yo.» O más exactamente: todos con la pretensión de encarnar un yo del cual ya llevo la semilla, es cierto, pero que ellos me han de enseñar a cultivar, regar e injertar para que dé sus verdaderos frutos.
 
Pienso con Stirner que es necesario darle la vuelta (o completar) a este clásico sé lo que eres con un nuevo sé como eres, en el que no te consideres ya punto de partido ni punto de llegada de nada, medio ni medida de nada. Sólo en tu individualidad fatal puede radicar tu excelencia. Sólo eres aquello que te ha hecho y te ha sido dado. Y sólo serás realmente piadoso si, en vez de poner esta herencia al servicio de algún predicador, tratas de interpretarla en el sentido musical del término: ver cómo suena y resuena en ti el abanico de peculiaridades que han venido a encontrarse y precipitar en the thing you are, en «esa cosa que eres tú». Y si en el capítulo anterior defendíamos el imperativo de Mamet «sé lo que quieres parecer», en éste podríamos añadirle el de Almodóvar «parécete a lo que has soñado de ti mismo». Nada puede ser ni gratuito ni indiferente en esta herencia ni en las fantasías «freudianas» que propicia. Ninguna carencia, ninguna debilidad ni perversión que ella nos aporte puede ser por principio rechazada, ni tan siquiera menospreciada. Las mentes más lúcidas siempre lo han visto así, aunque no siempre han extraído de ello todas sus consecuencias. Aristóteles y Darwin, por ejemplo, estaban perfectamente de acuerdo: si el hombre se hubiera dotado de unas buenas garras, no se habría convertido en un animal social y, con ello, en humano. Su incompetencia combativa está exactamente en el origen de su evolución cultural. Y así con tantas de nuestras «incapacidades» o defectos por los que -estos sí-debemos alabar cada día al señor.
 
Dejadles, pues, repetir cuantas veces quiera su sé lo que eres. Pero escucha y sigue mi consejo: sé como eres. Tú no eres una esencia, una vocación que has de realizar. Tú eres una peculiaridad que has de reconocer, respetar y religiosamente transmitir a los otros eslabones de la cadena. Hic tu incompetencia, hic también tu excelencia.
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