Blogia
Panfleto LAETUS

La sazón y la desazón |Carmen Martín Gaite|

La sazón y la desazón |Carmen Martín Gaite| El incentivo de los amores, como el de los cuentos, radica en su capacidad de sorpresa. Ni al que se pone a querer ni al que se pone a contar les va a servir de nada prefigurar el trance amoroso o narrativo. Mientras no se vean metidos de hoz y coz en él, no están en condiciones de saber cómo les va a ir.
 
Si fuera posible sumar las horas que han consumido los enamorados de todos los tiempos ensayando a solas palabras y actitudes para alcanzar la perfección del encuentro inminente que anhelaban y temían («le diré tal o cual», «le miraré de esta manera o de la otra», «no perderé el aplomo», etc.), tendríamos que concluir que ese ingente caudal de tiempo solamente puede no considerarse baldío con relación a la literatura amorosa que haya podido propiciar, ya que, como es sabido, los mejores poemas de amor se han escrito desde la soledad y la ausencia. Pero ningún enamorado sincero, al comparar luego lo que pensaba hacer y decir con el resultado de lo que hizo y dijo, podría dejar de reconocer el fracaso de aquellos proyectos acariciados de antemano, hechos añicos contra la situación real cuando se llegó a configurar. Ni de sorprenderse ante los cambios que el «cuando» de esa situación imprimió a lo prefigurado, precisamente porque el advenimiento mismo de la sazón amorosa es, de todo, lo más imprevisible. Justamente la desazón amorosa es siempre una consecuencia de no haber sabido aprovechar la sazón. La gran sabiduría del amante consiste en reconocer y apresar esta sazón cuando irrumpe rasgando el velo de lo soñado, en acertar a distinguirla de posibles espejismos. Así viven los buenos amantes, en continua alerta, acechando la configuración de la sazón oportuna, pero renunciando a provocarla, como erradamente les aconseja su deseo, atentos a la trama de lo que va ocurriendo, dispuestos siempre a decir: «ahora», a saltar al estribo de los trenes en marcha. En el caso de los sujetos dogmáticos y testarudos, su impaciente afán por cumplir a ultranza un programa previsto, les lleva a forzar la sazón con remates de aparente brillantez, donde la ciega identificación de lo proyectado con lo conseguido puede semejar un triunfo. Pero son remates de ignorante, que a la postre adolecerán de su atropello y de la desatención a los datos que la situación les invitaba a considerar, triunfos pasajeros de torpes consecuencias. Traiciones a la sazón que se pagarán en desazón.
 
De la misma manera, ningún mediano entendido en toros puede estar conforme con la oreja concedida a un diestro que haya llevado a cabo correcta y cerrilmente la faena que traía pensada desde la habitación del hotel, a despecho de las rectificaciones sugeridas por el talante del toro que tiene delante de los ojos. Y en cambio se aplaudirá con entusiasmo al torero que, menos pendiente de la consecución del trofeo que los sesgos que la lidia misma le vaya aconsejando, se atenga al trato con ese bicho concreto, bueno o malo, que le ha tocado en suerte, se pliegue a él y se aplique a entenderlo y a no perderla la cara.
 
Pues con la narración pasa lo mismo que con los toros y con los amores. Mientras el narrador no se haya embarcado todavía en el viaje narrativo, mal podrá predecir desde la orilla las vicisitudes del itinerario y tiene que arriesgarse a salir del escondite de lo prefigurado, por miedo que le dé. No hay camino -ya lo dijo Machado-; se hace camino al andar. Da miedo emprender ruta precisamente por eso, porque cada paso adelante significa internarse en lo desconocido, enfrentarse con lo imprevisible. Pero no hay más opción que afrontar esos riesgos, los cuales, por otra parte, desazonan más cuando no se han corrido aún.
 
Se da, en efecto, la paradoja de que ese miedo a perdernos, en nombre del cual demoramos una aventura incierta, refuerza el baluarte de un reino estancado donde florecen como hongos las incertidumbres y en el que malvivimos varados y sin brújula, al amparo de vagas ensoñaciones. Los escollos que, desde esa ciénaga, imaginamos corresponden al reino de los fantasmas y sólo en la inactividad encuentran idóneo caldo de cultivo. Una vez emprendida la trama de la narración, los perfiles de los escollos que realmente aparecen crían una urgencia de respuesta a sus señales, y ellos mismos, con su figura, nos van indicando cómo sortearlos, sugiriéndonos, sobre la marcha, el momento de virar, de avanzar, pararse o retroceder, de improvisar, en fin. Y esas improvisaciones que surgen y «vienen a cuento» dentro de la labor misma de estar contando una cosa, al pairo de la necesidad, son las que nos iluminan y hacen entender los asuntos de que estamos tratando. Creíamos tenerlos sabidos de memoria, que no valía la pena de ponerse a contarlos. Pero claro que valía. Desatender las coartadas de la inercia siempre vale la pena.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres