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Panfleto LAETUS

Defender sexo, tabaco y chocolate |Xavier Rubert de Ventós|

Defender sexo, tabaco y chocolate |Xavier Rubert de Ventós|

Los especialistas no perdonan a los
aficionados el haber descubierto algo
que ellos no habían podido encontrar.
J. Steinbeck


La asociación era de tiempos conocida: el cura mojando los melindros en su «suizo», la señora de cierta edad incorporada en la cama con su caja de bombones, el niño con la pastilla de chocolate en ristre. Y el común denominador de los tres colectivos no era menos evidente: se trataba de personas que no practicaban aún, o que no tenían ya, una actividad sexual normalizada y convencional. ¿Cómo sorprenderse, pues, cuando ahora nos cuentan que la «química» del chocolate se parece a la del sexo y estimula los mismos sectores del cerebro? No conocíamos el nombre de la sustancia en cuestión, pero la propia experiencia nos permitía ya adivinar que el chocolate tenía algo de sucedáneo, de erzatz del sexo.
 
A menudo, la simple y estricta observación nos permite anticipar este tipo de conexiones antes de que la ciencia venga a descubrir en qué consiste exactamente. El profesor de física y aforista George Lichtenberg descubrió en 1977, y con la sola ayuda de su sensibilidad hipocondríaca, algo que la medicina de su tiempo rechazaba y que es hoy un lugar común: que el beber mucha agua sienta bien entre comidas y mal en ellas. Yo mismo, sin ir más lejos, he tenido alguna experiencia de este género con mis amigos. La que sigue es una de ellas.
 
Un día, Ricardo Bofill me llamó por teléfono a una hora tan intempestiva como las ocho de la mañana. Hacía tres o cuatro meses que no nos habíamos visto, y comenzó a explicarme con todos los pormenores el proyecto en que estaba trabajando. El primer minuto no entendí nada, el segundo comencé a entenderlo todo, el tercero le interrumpí en seco:
 
-Ricardo, has vuelto a fumar -dije.
 
-Sí, pero ¿cómo lo sabes?
 
Era evidente. Hablaba con claridad, precisión y contundencia. Había desaparecido el deje confuso o reiterativo que le había oído en los últimos tiempos. Y reconocí esta diferencia porque la había antes experimentado en mí mismo. En los catorce meses que pasé sin fumar, las ideas se me habían hecho espesas y romas, como si le hubiera salido barriga a mi cerebro. Habían perdido la chispa, la punta, esa última vuelta de tuerca que transforma un pensamiento en una iluminación, o que convierte una suma de palabras en algo vivo que nos sorprende en el acto mismo de emitirlo. Y también aquí, como antes con el chocolate, la analogía con la «química del amor» resultaba pertinente, de modo que respondí a Ricardo:
 
-Sé que fumas porque el tono y tino con que hablas me hace pensar que andas otra vez con dopamina en la sangre.
 
Y, al parecer, así era. O eso por lo menos es lo que sugieren Michael Liebowitz del N. Y. Psychiatric Institute y Helen Fisher, autora de La anatomía del amor (Anagrama, 1994). Según ellos, tanto la dopamina como la serotonina estimulan las sinapsis o conexiones entre las neuronas, especialmente en el sistema límbico que gobierna las emociones básicas como la alegría, la tristeza, el amor o el odio. La dopamina es una amina endógena que nos prepara y estimula para la emoción de igual modo que otra de ellas, la adrenalina, nos prepara y estimula para la acción. Ahora bien, Liebowitz sugiere que la descarga de esta anfetamina natural, que produce la excitación y euforia del enamoramiento, va siendo luego sustituida, a los dos o tres años de relación matrimonial, por la serotonina. Es ésta una amina que tiene efectos más parecidos al Prozac, la morfina y otros opiáceos, es decir, que reduce la ansiedad y produce el plácido bienestar asociado a una relación sexual estable sin grandes sobresaltos ni altibajos.
 
Hoy parece comprobado que también la nicotina actúa estimulando los neurotransmisores, tal como sospechaba yo tras mi conversación telefónica con Ricardo Bofill o luego de mi propia recuperación al volver a fumar. Pero hay aún dos cosas, pienso ahora, que hacen del tabaco una droga sin parangón, mucho más versátil y eficaz que las anteriores. En primer lugar, la posibilidad de administrarse la nicotina como en cuentagotas, de calada en calada, según la desazón o la ansiedad que produce una llamada telefónica, un encuentro comprometido o una página en blanco.
 
Todas las sustancias mencionadas y sus efectos están siendo hoy analizados. Pero antes del descubrimiento de los científicos está a menudo la experiencia de los aficionados -en este caso, de los colgados-, que sólo luego se verifica en los laboratorios. Antonio Escohotado nos ha dado muchos ejemplos de ello, y yo mismo, más modestamente, hace ya tiempo sospechaba que sexo, tabaco y chocolate eran parientes próximos -y ciertamente parientes míos.

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5 comentarios

Amkiel -

Al respecto avisaba Jack Warner: “Guárdate de un hombre que fuma en pipa. Podría estar pensando.”

dosdedos -

Pues si.

:-)

Amkiel -

[dosdedos] Me has recordado la canción de Sara Montiel:

Fumar es un placer
genial, sensual.

Fumando espero
al hombre a quien yo quiero,
tras los cristales
de alegres ventanales.

Y mientras fumo,
mi vida no consumo
porque flotando el humo
me suelo adormecer...

Tendida en la chaisse longue
fumar y amar...

Ver a mi amante
solícito y galante,
sentir sus labios
besar con besos sabios,
y el devaneo
sentir con más deseos
cuando sus ojos veo,
sedientos de pasión.

Por eso estando mi bien
es mi fumar un edén.

Dame el humo de tu boca.
Anda, que así me vuelvo loca.

Corre que quiero enloquecer
de placer,
sintiendo ese calor
del humo embriagador
que acaba por prender
la llama ardiente del amor.


[Edda] Parecen las normas de una vida neuronal sana: Comer (chocolate), beber (café) y ejercicio (postural).

Edda -

Yo llevo 8 años sin fumar y creo que es un buen logro y no pienso volver. Pero soy adicta al chocolate y al café y como tampoco voy a dejar de practicar sexo, pues te puedes imaginar como andan mis neuronas ¿no? :))).

dosdedos -

Cosas que uno sabe si se sabe mirar el ombligo.

Yo fumo pero poco. Porque ya que no estoy dispuesta a dejarlo, quiero que al menos sea algo que disfrute. Por eso nunca enciendo un cigarrillo cuando voy caminando, ni cuando tengo prisa.

Si cuando me maquillo para salir, si en un cafe a sola con mi libreta, si con amigos y con vino.

Y que no nos falten momentos...
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