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Panfleto LAETUS

El hijo del latero de Balboa |Magín López Alba| [capítulo 3]

El hijo del latero de Balboa |Magín López Alba| [capítulo 3]

Fue por los ocres tiempos del otoño cuando veía desde mi lecho de enfermo las hojas de los árboles cambiar de color, y te pregunté:
 
-Madre, ¿es que ya florecen los árboles?
-No, hijo, amarillean.
 
Tus ojos estaban tristes. Tu voz, lejana.
 
Amarilleaban las hojas de los árboles y se les caían una a una y muchas a muchas al roce del viento. ¡Pobres árboles desnudos en las noches escarchadas! ¡Pobres árboles desnudos!...
 
Mi madre rezaba desde el alba a las estrellas por mi salud y hacía violencia al cielo con los ojos en llanto. Cuando, al fin, dejé la cama y otra vez los árboles tuvieron hojas y flores, me ordenó:
 
-Irás descalzo al Cebrero. Te ofrecí si curabas.
 
Até, pues, los zapatos uno con el otro por los cordones, les metí dentro los calcetines y me los eché de alforjas al hombro.
 
A más de mitad de camino, en un prado de corta hierba y poca agua pastaba un borriquillo.
 
-Con tal de ir descalzo -pensé- igual valdrá hacerlo a pie que a caballo.
 
Monté a pelo y proseguí hacia el Santo Milagro del Cebrero (en castellano, o del Cebreiro en galego), altísimo lugar, no sólo por santo, sino por sus elevadas cumbres de lobos, nieves, ventiscas, nieblas y fríos que en los inviernos azotan el rostro y encogen los ánimos.
 
Cuanto más subíamos, más aumentaban los devotos confluyendo por caminos y senderos.
 
Aún no muy lejos de donde cogí el burro, antes del pueblo de La Faba, tres labriegos se nos cruzaron con las hachas y las azadas al hombro.
 
-¿No es el burro de Anselmo? -murmuró uno, volviéndose a mirarnos.
-Lo parece -asintió otro.
-¡Lo vendería! -el tercero se encogió de hombros- ¡O no lo será!
 
Pero lo que más le llamaba la atención era verme descalzo y cabalgando.
 
En el santuario, al que llegué sin gran esfuerzo, me dispuse a pasar unas horas festivas entre tantos devotos y mercaderes, con la tranquilidad que da el deber cumplido. Después emprendí el camino de regreso, a caballo de mi borrico, hasta cerca de donde lo había tomado y donde ya venían a buscarme dos mocetones que viéndome llegar, gritaron:
 
-¡Ladrón!
 
Corrían detrás de mí tirándome piedras y aún corría yo más esquivándolas. Tropecé, caí, desgarré la piel y me quedé sin un zapato. A mi casa llegué con el pie izquierdo maltrecho. Mi madre me puso agua con sal y mientras me lavaba los pies decía:
 
-¡Pero hijo, ni que hubieras andado por el monte buscando los sitios peores!
-Fui por atajos de cabras.
-¡Yo te ofrecí a ir por el camino!
-Así regresé antes. ¿No ves qué pronto he vuelto?
-Te faltó tiempo para rezar un Padrenuestro.
-Poco recé al ir, cierto, pero lo compensé al volver. ¡Si supieras con cuánta emoción me acordaba de todos los santos de la parroquia!... ¡Hasta del Ángel de Parajís!

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5 comentarios

Amkiel -

La mejor forma es visitar el pueblo y entablar conversación con un lugareño, si acaso queda alguno para entonces.

eduardo -

me gustaria saber mas sobre el demonio de parajis, donde me puedo informar,gracias

Amkiel -

Aunque no suelo responder a los “Anónimo”, haré una excepción: Dichosa no es esa tierra sino la persona que la camina y así se siente. Desde luego el entorno ayuda, pese a los malditos coches.

Anónimo -

recuerdo con cariño esa tierra dichosa por la que pasee en mis tardes de verano. Solo los coches perturban la paz de tan santo lugar.

Amkiel -

NOTA: Parajís es una pequeña aldea de los Ancares leoneses, con una ermita en la que hay una antigua talla de madera que los habitantes del lugar respetan escrupulosamente (existe la leyenda de que esa imagen es indestructible, además de maldito el que se atreva). Se trata del Ángel caído: el demonio.
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