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Panfleto LAETUS

Ser japonés |Xavier Rubert de Ventós|

Ser japonés |Xavier Rubert de Ventós| Dice la rata de laboratorio, satisfecha, a su amiga: «¿Ves como tengo al investigador de bata blanca perfectamente amaestrado?: cada vez que presiono la palanca, él obedece y me da un terrón de azúcar.» Es el mismo argumento que le escuché a un tigre que también había amaestrado a su domador.
 
Dice el indicio de Zinacantán, preocupado, a su amigo: «Sí, la verdad es que esos antropólogos se fijan mucho en todo y se pasan el día preguntando sobre nuestros dioses y ceremonias. Pero la verdad es que son algo ceporros y tardones; nunca terminan de aprender lo que les contamos y siguen todavía practicando sus supersticiones cada domingo.»
 
Dice el barcelonés, tan satisfecho como la ratita: «No sé si el edificio o la calle donde vivo son tan importantes, pero tengo un montón de japoneses cada día -clic, clic- vienen a sacarle fotos. Debe ser para copiarlo y hacer réplicas más baratas de nuestras obras, claro, ¡es lo que ellos saben hacer!»
 
Gallardo y condescendiente, como la rata o el indio, el barcelonés se siente superior a esos pobrecillos que de todo se admiran -«son como niños»-, que todo lo fotografían y copian. Perfecto indígena de su cultura, le resulta gracioso el ingenuo interés del oriental. No sabe que él es el conejillo de Indias, y que el japonés es el científico -o el artista- a quien sirve de test o de modelo.
 
El genio japonés se manifiesta desde siempre en su propia leyenda negra: dumping comercial, mimetismo tecnológico, etc. Los productos japoneses entraron en la órbita de la competencia comercial llevando al extremo el viejo principio taoísta de que la victoria no se consigue afirmándose sino cediendo. En el comercio -como en el jiu-jitzu- no se vence imponiendo la propia fuerza, sino absorbiendo la energía del contrario. La habilidad para reproducir a bajo coste la tecnología extranjera culmina así una larga y sofisticada tradición. Los japoneses «copian» tecnología exactamente igual que vienen copiando religiones desde hace siglos. Un secular, sutil y refinado pudor ante los temas de fondo les ha impedido generar los profetas con su Mensaje a cuestas o los genios con su Invención en ristre. Los japoneses no se preocuparon jamás de inventar ni tan sólo una religión nacional: «¡Que inventen ellos!» Ahí estaba Oriente profundo como materia prima para sus necesidades religiosas: budismo hindú, taoísmo chino meridional, confucianismo septentrional, etc. Los contenidos pueden venir, pues, de cualquier lugar; lo que los japoneses han hecho y harán siempre es elaborarlos, conservarlos, estilizarlos y difuminarlos. Hacer, por ejemplo, del naturalismo, arte floral, o del taoísmo, teísmo.
 
Y es precisamente este instinto de recepción y «conservación» lo que les hace en el fondo más invulnerables a la influencia extranjera. Los japoneses han sabido utilizar los mensajes salvíficos o científicos extranjeros como medios, sí, pero para sus fines; han sido capaces de seguir escribiendo su discurso, pero en otro lenguaje, de aprovechar la técnica extranjera... sin importar su estética. Una operación cuyo éxito ha llegado a invertir hoy los propios términos en que puede hablarse del imitador y del imitado.
 
¿Que los japoneses se dedicaron a copiarlo todo? Quizás sí. Hasta los fabricantes de coches europeos, por ejemplo, tuvieron que «copiar a los copiones» bajando el capó de los coches, variando los parabrisas o cambiando el sistema de prestaciones. ¿Que ellos hacían lo mismo que nosotros sólo que todo más barato? Quizás sí. Pero hace quince años, en los almacenes Macy’s de Nueva York, observé con sorpresa que las firmas de prêt-à-porter japonesas costaban diez veces más que cualquier firma francesa -y que de momento, claro está, no vendían prácticamente nada.
 
-¿Por qué ponen estos precios prohibitivos, y aguantan ustedes sin vender? -les pregunté.
 
-Pretendemos invertir esa imagen según la cual «lo japonés» es lo baratito -me respondieron-. Es ésta una imagen que los suizos tratan de recuperar ahora con el Swatch, pero que nosotros la tenemos ya atrás. Ahora queremos que la gente se las vea y se las desee para poder comprar nuestras cosas. De «objeto de consumo» hemos de pasar a ser «objeto de deseo».
 
Y así es como muchos representantes de la «creatividad» europea, mediterránea para más señas, se irán descubriendo como simple materia prima de estos japoneses tan refinados que saben empezar admirándose de todo como paletos para acabar haciéndolo mejor, más eficaz y más bello.
 
Hoy es ya la moda italiana la que imita a la japonesa, ya este paso pronto tendremos que ir a Tokio para ver el mejor Gaudí, mientras que nosotros, provincianos profundos, seguiremos riéndonos o perdonándoles la vida a estos turistas pequeñitos que todo lo fotografían -clic, clic.
 
Justo como se ríe la ratita del investigador, o el indio del antropólogo.
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2 comentarios

Amkiel -

La cultura del trabajo es lamentable, se asocia inevitablemente al sufrimiento y la alienación. Nadie quiere trabajar en nuestra sociedad del ocio y el consumo, mientras se asume como algo inevitable y se soporta como se puede. Se trabaja mucho (que no bien) para descansar (derrochar) mejor, cuando antaño se descansaba bien para trabajar mejor. Por eso, quien adora el trabajo nos crea aversión porque lo vemos como un adorador del diablo, pues el trabajo es el mal. Qué lástima.

Diego Soroa -

Es el mundo al revés. Aquí ser un "feliz" es reprochable, ser un "motivao" nos descalifica, ser un "iluso" es inútil, y además para ser eficaces tenemos que "dejarnos de creatividades" ....
Quizás en el otro lado del mundo tengan todo el sentido.
Gracias una vez más por tus fotos de la realidad.
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