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Panfleto LAETUS

· WATCHMEN |Alan Moore; Dave Gibbons| ·

· WATCHMEN |Alan Moore; Dave Gibbons| ·

WATCHMEN es una novela gráfica con guión de Alan Moore y dibujos de Dave Gibbons. Me ha gustado mucho. Bien, ¿y ahora qué? Está muy bien dibujada, vale, pero lo que me ha impulsado a escribir esta crítica es el fascinante y apocalíptico guión de Alan Moore, pero... ¿cómo discutir lo sucedido sin mentarlo?, ¿qué conclusiones extraer sin dejar entrever el final? Evidentemente pienso en los futuros lectores que podrán descubrir la maravilla de la historia por sí mismos. Ellos, con su presencia ausente, me impiden argumentar pese a las muchas ganas que tengo, porque la historia tiene miga, mucha miga, y yo aquí sin poder comentarla, diantre. Así que esta crítica queda abierta a que, algún día en cualquier lugar, la terminemos; eso sí: sin máscaras. Por cierto, quis custodiet ipsos custodes.
 
Sangre en el hombro de Palas |Daniel Dreiberg|
 
¿Es posible, me pregunto, estudiar un pájaro tan de cerca, observar y catalogar sus peculiaridades con un detallismo tal, que se vuelva invisible? ¿Es posible que, mientras se mide con tedio la envergadura de sus alas o la longitud de su tarso, perdamos de vista su poesía? ¿Que en nuestras descripciones pedestres de un plumaje marmóreo o vermiculado, dejemos de lado su semejanza a lienzos vivos, las cascadas de delicados tonos marrones y dorados que avergonzarían al propio Kandinsky, las neblinosas explosiones de color que rivalizarían con Monet? Creo que sí. Creo que, al examinar a nuestros animales desde el punto de vista de estadistas y diseccionadores, nos distanciamos cada vez más del maravilloso y mágico mundo de la imaginación, cuya gravedad nos atrajo hasta este campo en un primer momento.
 
Eso no quiere decir que debamos dejar de establecer hechos y verificar datos; sólo sugiero que a menos que esos hechos se complementen con el fogonazo de una imagen poética, se convertirán en gemas sin tallar; piedras semipreciosas que casi no valdrá la pena coleccionar.
 
Cuando miramos al ópalo negro y catatónico del ojo del periquito, debemos aprender a vislumbrar la fría locura alienígena que Max Ernst percibió cuando decidió vestir a sus novias desnudas con plumas escarlata y las monstruosas cabezas transplantadas de pájaros exóticos. Cuando capturamos algún milano o alguna golondrina de mar bajo la mirada aguda y azul de nuestras lentes Zeiss, debemos conseguir ver el vuelo detenido de las gaviotas color sepia que aparecen en las primeras fotografías cinéticas de Muybridge, batiendo sus alas blancas que trazan una lenta línea osciloscópica a través del tiempo y del espacio.
 
Al mirar a un halcón, vemos las minúsculas diferencias en la anchura del cañón de sus plumas, donde antaño los egipcios veían a Horus y al ojo ardiente de la venganza sagrada encarnado. Hasta que transformemos nuestras meras imágenes en visiones genuinas; hasta que nuestro oído haya madurado lo bastante para escuchar una sinfonía entre el pandemonium de un aviario; hasta entonces, puede que tengamos un hobby, pero no tendremos una pasión.
 
De niño, sentía pasión por los búhos. Durante los largos veranos de los 50, mientras medio país miraba hacia el cielo en busca de platillos volantes o misiles soviéticos, yo corría por los campos de Nueva Inglaterra en plena noche, masticando chocolate y mirando mi reloj mientras aguardaba a contemplar un espectáculo diferente, aguzando el oído a la espera del grito que significaría que un viejo pájaro bajaba de las ramas oscuras en busca de alimento, emitiendo un chillido de ermitaño loco, muy diferente del siseo enronquecido de los búhos más jóvenes.
 
En algún momento de aquellos años, entre los aburridos años posteriores a una guerra merecidamente ganada y el día de hoy, acechaba la ominosa sombra de una guerra imposible de ganar; en algún momento, mi pasión se perdió, convirtiéndose sin que me diera cuenta en un banal y tedioso sistema de clasificación. Aquel cambio me pasó desapercibido hasta que acabó convirtiéndose en un hábito inconsciente. No fue hasta hace muy poco que vislumbré mi antigua pasión, medio oculta entre el polvo acumulado de mi estudio metódico y académico; al visitar a un amigo enfermo en un hospital de Maine por consejo de un conocido común, cuando volvía caminando a través de un aparcamiento oscuro, con mi mente vacua perdida entre los acontecimientos del día, escuché, de repente, el grito de un búho de caza.
 
Era un ave anciana, y su grito era el de un hombre enloquecido, que resonaba por el oscuro y frío cielo, por entre las andrajosas nubes nocturnas, y que me hizo detener por un momento. Es una falacia suponer que los búhos gritan para asustar a su presa para que así salga de su escondrijo, como algunos han sugerido; el grito del búho de caza es una voz salida del Infierno, y convierte a los pequeños campañoles en estatuas, paraliza por completo a la comadreja. En aquel momento de parálisis, en el brillante macadán, entre los automóviles dormidos, entendí el propósito de aquel grito con una claridad diáfana, tal y como lo había entendido de niño, con la tripa apoyada contra el suelo cálido de verano. En aquel momento eterno, sentí un vínculo de puro miedo animal con todas las demás criaturas mucho más pequeñas y vulnerables que yo, que habían oído el grito igual que yo, y que estaban tan paralizadas como yo. El búho no intentaba atemorizar a su presa para que saliera al descubierto. Posado en una rama con una desconcertante quietud durante horas, bebiendo la oscuridad a través de sus dilatadas y sedientas pupilas, el búho ya había descubierto a su presa. El chillido únicamente servía para petrificar a la víctima elegida, pegándola al suelo con un clavo estremecedor de terror ciego y absoluto. Como yo no sabía a cuál de nosotros había elegido, permanecía helado junto con el resto de roedores, con mi corazón latiendo a toda velocidad mientras aguardaba el toque de sus garras de acero, la primera y única indicación de que la víctima escogida había sido yo. Las plumas del búho son suaves; no emiten ningún sonido mientras el pájaro se precipita a través del cielo. El silencio que precede al ataque del búho es como el que precede a una Bomba V, y nunca llegas a saber qué es lo que te ha atacado.
 
En algún lugar de la oscuridad crepuscular, más allá de los jardines del hospital, bañados de luz amarilla, me pareció escuchar cómo algún roedor emitía su último sonido. El momento había pasado. Podía moverme otra vez, igual que los demás habitantes invisibles (y ahora aliviados) de la hierba alta. Estábamos seguros. No chillaba por nosotros, no en esa ocasión. Podíamos continuar con nuestros asuntos nocturnos, con nuestras vidas, buscar una comida, o un compañero. No nos estremeceríamos nerviosamente en la apestosa oscuridad, no estábamos siendo devorados por aquel horror volante, nuestras colas no colgarían patéticamente de aquel violento pico en forma de cimitarra durante horas antes de que nuestros cuartos traseros y nuestra pelvis fueran devorados, y nuestra piel vuelta del revés en el proceso.
 
Aunque había recuperado mi capacidad motriz una vez el búho había finalizado su grito, me di cuenta de que no era tan fácil recuperar mi equilibrio. Alguna faceta de aquella experiencia había tocado una cuerda en mi interior, había creado una conexión entre mi personalidad adulta, monótona y aburrida, y el niño que se echaba en el suelo bajo la luz de las estrellas mientras los grandes cazadores nocturnos representaban grandes dramas de furia y muerte en el opaco cielo por encima mío. Un ansia por experimentar en vez de registrar volvió a avivarse en mi interior, activando los procesos mentales, el autoexamen que me llevó a escribir este artículo.
 
Como he dicho anteriormente, no pretendo que se abandonen por completo todas las actividades académicas y de investigación para salir corriendo desnudos a vivir una existencia primordial en los bosques. Al contrario: yo reemprendí el estudio de los pájaros con mayor fervor, pues ahora podía ver los hechos y las descripciones con la misma luz mágica y transformadora que me bañaba cuando era joven. La comprensión científica del hermoso, sincronizado y articulado movimiento de las plumas del búho durante su vuelo no nos impide apreciar la poesía del mismo fenómeno. Más bien, los dos se complementan entre sí, y la mirada lírica proporcionará a los fríos datos un romanticismo del que llevan demasiado tiempo apartados.
 
Al sumergirme ávidamente en los polvorientos libros de referencia, abandonados hace tiempo, me tropecé con pasajes olvidados que casi me quitaron el aliento, con tomos de aspecto ominoso que se revelarían como verdaderas tesorerías de maravillas iridiscentes. Volvía a descubrir gemas olvidadas entre las telarañas, antiguas frases en prosa descriptiva que expresaban sin esfuerzo la esencia terrible y violenta de su tema principal.
 
Volví a tropezarme con la absorbente narración de T.A. Coward de su encuentro con un búho águila: “En Noruega vi un pájaro que había sido atrapado al salir de su nido, pero sólo asumió su habitual conducta amenazadora, sino que también se debatió furiosamente entre las redes, golpeándolas con las garras. Sacudió sus plumas, metió la cabeza entre sus alas y emitió una serie de fuertes graznidos con su pico. Pero lo que más me llamó la atención fue el resplandor brillante de sus grandes ojos anaranjados.”
 
Y por supuesto, la descripción de Hudson de un búho águila de Magallanes al que había herido en la Patagonia: “Los iris eran de un intenso color naranja, pero cada vez que intentaba acercarme al pájaro, se convertían en globos de llamas amarillas, y las pupilas negras se veían rodeadas de una luz carmesí resplandeciente que llenaba el aire de chispas amarillas.” En palabras enterradas, semejantes a las que acabo de reproducir, capturé algo de la intensidad apocalíptica que había sentido en el aparcamiento de Maine.
 
Hoy en día, cuando observo algún espécimen de Carine noctua, intento ver más allá del color gris de sus garras, de las líneas de manchas blancas que le recorren la frente como fuegos artificiales. Intento ver al pájaro cuya imagen los griegos tallaron en sus monedas, sentado paciente junto a los oídos de Palas Atenea, compartiendo en silencio su sabiduría inmortal.
 
Quizás, en lugar de medir el plumaje que rodea sus oídos, deberíamos especular sobre lo que esos oídos han escuchado. Quizás cuando nos fijemos en cómo sus garras se aferran a la rama, con los dos pulgares por delante y el espolón trasero agarrándola por detrás, debamos pararnos a pensar un momento y reconocer que esas mismas garras debieron hacer sangrar antaño los hombros de Palas.

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9 comentarios

Amkiel -

Especie, Orden y Familia; el Misterio de la Santísima Pajarinidad.

AlmaLeonor -

¡Hola!
Especie:Búho Real (bubo bubo)
Orden: Strigiformes
Familia: Strigidae
Besos. AlmaLeonor

Amkiel -

Por cierto, claro que hay marcas de patos: “Pato WC” sería una, ¿no?

Amkiel -

Si es que soy un pajarignorante. Por eso cuando voy por el campo, para quedar bien señalo a lo alto y digo a quien me acompaña: “Mira, un ave”. Suena más entendido que pájaro, ¿verdad? :p

AlmaLeonor -

¡Hola!
...Pues en Babia (precioso lugar de León por cierto) estarías pensando tu, porque no se dice ni "salsa" ni "raza", sino "especie", jejejejeje. Me acuerdo de una anecdota ahora. Paseando con un amigo pasamos por un estanque con varios patos, muchos diferentes. Entonces mi amigo preguntó a mi marido "¿de que marca son?", jejejejejeje
Besos.Alma Leonor

Amkiel -

¿He dicho “salsa”?, quería decir “raza”, en qué estaría yo pensando...

Edda -

jajajaja, yo os regalo el Avecrem, pero por favor no me invitéis a comer. Prefiero verlos volar.

Amkiel -

A mí también me encantan, no importa la salsa.

AlmaLeonor -

¡Hola!
Me encantan los pajaros. He visto todas esas cosas que aquí se dicen: el silencio en el vuelo de un buho, la certeza en la mirada de un halcon, la fuerza en las garras de un águila, el ansia de la vida en el piar de una cria....
Me encantan los pajaros.
Besos.AlmaLeonor
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