Blogia
Panfleto LAETUS

· Libro de réquiems |Mauricio Wiesenthal| ·

· Libro de réquiems |Mauricio Wiesenthal| ·

Maestro no es quien enseña, sino de quien se aprende. Poco importa entonces que la lección la recibamos de un vivo o un muerto, salvo que la admiración de darse en el primer caso se resuelve en el momento mientras que, en el segundo, hace falta un libro como el de Mauricio Wiesenthal. En su magistral Libro de réquiems están las lecciones menos magistrales que se puedan concebir, es decir, las más íntimas y humanas de sus maestros: sus propias vidas, de las que tanto hay que aprender. Escrito con exquisita elegancia debiera leerse con chaqué, guantes y sombrero, pues sería la única forma de hacerlo adecuadamente. Sus palabras refinadas expresan sentimientos de profunda y sincera gratitud. Quién lo lea no podrá evitar pensar que, llegado el momento, al libro le faltará un capítulo: el que el lector agradecido, nosotros, le dedicaría al autor.
 
Oración |Mauricio Wiesenthal| [fragmento]
 
En el cementerio protestante de Capri hay una sepultura con un reloj de sol y una cita de Mazzini, escrita en inglés: THERE IS NO DEATH IN THIS WORLD, ONLY FORGETFULNES (no existe la muerte, sino sólo el olvido).
 
Este Libro de réquiems es también, en cierta manera, un libro de memorias; porque, en sus páginas, he reunido a grandes y pequeños personajes que forman parte de mi vida. Y no se puede rendir homenaje a los maestros, a los amigos y a los recuerdos sin recurrir a las confesiones personales.
 
Después de muchos años de ejercer el oficio de escritor, he llegado a la conclusión de que un libro no tiene interés si no lleva dentro una buena parte del corazón de su autor. Por eso, en los últimos años de mi vida, me dediqué a recuperar los recuerdos que no había llevado a mis libros o que había ido dejando dispersos en artículos, en charlas, en citas... Tengo la idea de que el mundo ha caído en un preocupante estado de amnesia. A los malos políticos y a los grandes productores de basura les conviene que no haya referencias de calidad. Así puede venderse todo en una oferta de «novedad». Y las referencias del buen gusto y de la cultura (maestros y artistas, genios e ingenios) desaparecen devoradas por un torrente de vulgaridades que hoy se promocionan en el negocio, se enaltecen en la propaganda y se estudian en las escuelas.
 
Tuve la suerte de vivir en una época que, culturalmente, era más rica, más exigente, más intensa. Y, guiado por mis maestros, llegué a conocer algunos personajes interesantes. Pero nunca consideré que la cultura pudiera ser un adorno ni una renta útil, esas apariencias que tanto seducen a los burgueses. Aprendí lo mejor en los viajes y en las aventuras, devorando libros que transformaron mi vida, dejándome llevar por los sueños y los deseos, cometiendo y pagando mis propios errores. Por eso creo que tengo una deuda con los jóvenes que hoy se educan, desgraciadamente, en manos de una poderosa industria que les vende lo que quiere: en los libros, en la música, en la televisión, en el cine...
 
Durante muchos años me negué a dar a la imprenta este libro, porque pienso que el mundo sagrado de la edición se ha profanado con la educación de los escritores en la cultura del premio y del best séller. La literatura es justamente lo contrario: el sueño de dar vida a un libro único, a un libro buscado, a un libro irrepetible, no tanto por su valor -cualidad que siempre es relativa- sino porque lleva la traza personal del ser humano que lo escribió. Todo artesano ama sus herramientas. Y el papel, la pluma y la tinta son los fetiches del escritor. Por eso, no hay página tan disfrutada como la que se escribe a mano, en papel limpio, con pluma de tinta y primorosa letra; aunque luego vaya a la papelera.
 
(...)
 
A pesar de que he vivido una época voluntariosa, dominada por la industria y la política, no soy un entusiasta de las epopeyas burguesas de nuestro tiempo. Comprendo que la técnica ha sido la base del progreso. Pero me doy cuenta de que hoy va surgiendo también una idolatría de la técnica, puramente suntuaria y exhibicionista. Se levantan edificios que no son más que un alarde del cálculo de resistencia de los materiales. Se promocionan escritores que no son más que redactores de complicados textos que exigen un gran dominio léxico o gramatical. Y, en la música, cada día encuentro menos artistas y más virtuosos. Por eso, llegados a este exceso, debo confesar que prefiero el barroco en la estética y en la poesía.
 
El mundo de mi infancia y de mi juventud estaba lleno de personajes pintorescos. Los seres humanos tenían personalidad, estilo, carácter. Poco tiempo después de nacer ya tenían cara de lo que eran o iban a ser: militares, bailarinas, contables, violinistas, cocineras, médicos. Ahora, quizás arrastrados por la estética de las rebajas, el mundo se ha llenado de clones anónimos, reproducidos en serie, multiplicados en masa. Y cuando conoces a un individuo que demuestra ser absolutamente un paleto, te da una tarjeta de visita que dice: MÁSTER POR LA UNIVERSIDAD DE CINCINATTI.
 
Pero no culpemos al atuendo, porque falta algo más importante: el espíritu, el empaque, la personalidad individual. Preocupados sólo por el atuendo están todos estos narcisos posmodernos que se presentan hoy en sociedad como profesores de estética, diseñadores de sillas, poetas terribles, figurines tristes o filósofos del tercer milenio... ¡Qué estupidez gastar tanto dinero en adornar tanto hueco y en peinar tanta muñeca!
 
(...)
 
Recuerdo que Henry Miller tenía un amigo que saludaba siempre al pasar delante de una estatua de Shakespeare. Y el propio Miller se acercaba una y otra vez a la misma librería de Nueva York para ver un retrato de Dostoievski que estaba expuesto en el escaparate. Era una época en que los hombres apreciábamos todavía las cosas insignificantes y sabíamos coleccionar objetos viejos, recomponerlos, cuidarlos, acariciarlos y hablarles como si fuesen gatos. El amor a los objetos rotos es el amor de la diáspora: los emigrantes, los gitanos, los judíos, que aprovechan las cosas que los otros ya no quieren. (...)
 
Lo último que va quedando vivo en las ciudades son sus muertos: los pobres, los marginados, los emigrantes, los mendigos. Todavía encuentro, de tarde en tarde, un loco que parece pintado por el Greco, una vieja que podría freír huevos en un bodegón de Velázquez, un borracho que canta con buena voz de bajo, un negro elegante que parece salido de un figurín art déco, una gitana angelical que me recuerda a las vírgenes de Andalucía, un dandi que pasea con bastón y sombrero; o un perro vagabundo que lleva la cola en alto, como si fuese a citarse con una dama. Debe de ser que el alma es cosa de pobres muy pobres, o locos muy locos. Hay que nacer con ella, o inventarse una. Los ricos se compran, a veces, un sucedáneo; aunque se les ve la trampa.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

6 comentarios

Amkiel -

Todavía no he empezado a leer “El esnobismo de las golondrinas”, pues tengo entre manos otros libros. Sin embargo, leer tu entusiasta crítica me lleva a no querer demorarlo más.

Bienvenido y enhorabuena por tu página.

julian bluff -

A aquellos a los que les pique la curiosidad de saber lo que se cuenta en "El Snobismo de los Snobistas" pueden averiguarlo a través de este link:
http://www.lacoctelera.com/el_clavadista_solitario/post/2008/01/30/el-snobismo-los-snobistas
Espero que lo que descubran sea de su agrado. Julian Bluff

Amkiel -

Eso espero, en el lapso entre comentarios he comprado “El esnobismo de las golondrinas”. No tardaré en hincarle el diente.

marta farreras -

uno de los mejores libros escritos en prosa junto con el esnobismo de las golondrinas magnifico...

Amkiel -

Por lo que he leído en los periódicos, “El esnobismo de las golondrinas” trata más de lugares que de personas. Ya tengo la escopeta a punto para salir a cazarlo tan pronto pueda.

Edda -

Fantástico, lo leí este verano, a ratos, sin mezclar las historias, conociendo a los personajes. Siempre me gustó saber lo que hay detrás de ... de todo en general y en este libro he conocido a autores que aunque no he leído lo que escriben, ahora creo que los conozco mucho más gracias a Mauricio Wiesenthal. Me gusta como escribe, como tú dices es un maestro y deberíamos darle las gracias por los buenos ratos que nos ha brindado su libro.
"El esnobismo de las golodrinas" creo que no tardará en caer en mis manos.
Un saludo.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres