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Panfleto LAETUS

La nostalgia perpetua o una revisión del paradigma creador |Pilar Adón|

La nostalgia perpetua o una revisión del paradigma creador |Pilar Adón| El hombre es un ser eminentemente nostálgico. Ama lo que ya ha concluido y teme lo que está por suceder. Idolatra mitos antiguos, rara vez encuentra en el presente más inmediato algo evocador y, aunque necesite constantemente ejemplos que seguir, siempre hallará dificultades para descubrir modelos contemporáneos. No se trata además de una conducta exclusiva de nuestra época. En el primer capítulo de Una habitación propia (1929) Virginia Wolf ya comentaba: «Con una especie de celos por nuestros tiempos, supongo, por tontas y absurdas que sean estas comparaciones, me puse a pensar si, honradamente, se podía nombrar a dos poetas vivientes tan grandes como Tennyson y Cristina Rossetti lo habían sido en su tiempo».
 
La hermosura perecedera de lo breve tal vez sea la mayor fuente de añoranza y de ese padecimiento que en principio debería resultar dulce y no demasiado penoso. El eco del violín implica un paseo por una pasaje mediterráneo, la lectura de una buena novela, el aprendizaje de un idioma extranjero, el despegue de un avión, la contemplación de una fotografía, la subida a un autobús, el recuerdo de una vida original, la formación de piel nueva, el olor del suelo salvaje, las sombras en los cristales de los trenes nocturnos y la conciencia de que todos vamos a morir porque todo en el hombre es breve. Y esa brevedad avisada produce tal sensación de pérdida constante, tal sensación de que lo mejor se va escapando de las manos sin remedio, que la añoranza por lo ya sucedido crece y crece. ¿Qué efectos produce el hecho de que el hombre sea un ser nostálgico consciente de su propia brevedad? En algunos casos se llega a la creación artística o intelectual como forma efectiva de fijar lo que no se quiere dejar morir. El hombre nostálgico se propone luchar contra su específica temporalidad y comienza a crear. En otros casos simplemente se deja arrastrar y se une a la contemplación aséptica del paso de los días.
 
Es cierto que vivimos un tiempo de prisas, de cambios constantes, en el que resulta demasiado difícil centrarse en algo concreto porque la atención se ve seducida de modo insistente por nuevos y diferentes estímulos. Una época en la que saber qué se quiere conservar y por qué supone realizar una labor mental en ocasiones agotadora. Tal situación produce una imagen tan intensa de confusión que con frecuencia no se opta por nada y es entonces cuando el hombre se deja llevar de un interés a otro convirtiéndose en un ser perdido, inconsciente de su propia finitud y que vive basándose en una impresión de inmortalidad absolutamente ficticia. Es entonces cuando se comporta de manera automática y cuando, gracias al olvido de su temporalidad, produce. Se levanta a la misma hora día tras día para ver las mismas caras y para producir. Un juicio malpensante podría entrever detrás de estos comportamientos comunes e impuestos un proyecto orquestado: si constantemente se recordase lo limitado que es el tiempo y, por lo tanto, lo precioso que resulta, surgiría con toda seguridad algún tipo de evolución. Si cada individuo fuera consciente de su esencia mortal, no sería tan fácilmente dominable, no se dejaría encarrilar y recordaría la nota de violín que sólo dura un exquisito instante. No se permitiría ningún momento de abulia o aburrimiento y saldría a la calle para recibir el sol o el viento en la cara.
 
Es como consecuencia de este avance tan rápido, de esta inventada sensación de perdurabilidad, que surge la perplejidad y la consiguiente duda, casi una desconfianza, hacia los que han elegido la otra opción. En una sociedad como la actual en la que la medida de todo la da el mercado y en la que la filosofía del consumo se está adueñando de la parcela artística que, incluso, se conceptúa como simple ocio o como una extensión del acto productivo, ciertamente parece difícil que todavía existan escritores (por tomar un ejemplo de creador y sabiendo que me refiero tanto a escritores como a escritoras aunque haya optado por lo masculino debido a una mera cuestión de economía en el lenguaje) que se tomen la literatura en serio más allá de promociones, entrevistas ocurrentes y listas de libros más vendidos. Y, por lo tanto, resulta casi imposible imaginar a cualquier escritor, pintor o escultor que alguna vez no haya escuchado la pregunta relativa a por qué escribe, pinta o esculpe. La necesidad de conservar lo transitorio y de huir de lo ordinario podría ser una respuesta tan válida y tan auténtica como cualquiera de esas sentencias aparentemente meditadas pero tan parecidas que sonarán a tópicas, casi institucionalizadas, que se lanzan al aire cada vez que se oye la recurrente pregunta. «Escribo porque no puedo dejar de hacerlo.» O «Escribo porque es lo único que sé hacer. Porque es mi oficio». Lo cierto es que no resulta excesivamente complicado confundir la pregunta del por qué y la pregunta del para qué, del mismo modo que no resulta nada complicado confundir las respuestas. Una buena respuesta a un por qué sería: «Cuando era pequeño no veía muy bien, no era muy sociable y me gustaba demasiado aislarme debajo de las mesas del colegio. Supongo, aunque esto podría explicarlo mejor cualquier psicoanalista con la más mínima profesionalidad, que necesitaba expresarme de algún modo y el papel, al menos al principio, no exige demasiado. Con el tiempo puede llegar a convertirse en el interlocutor más quisquilloso, pero en un primer momento resulta muy afable: no mira, no pregunta, no se asombra...». Y, en cambio, una buena respuesta para un para qué, sería: «Pues mira, yo no quiero morir y soy lo suficientemente ingenuo como para pensar que perviviré gracias a mis escritos». La causa y la finalidad. El arranque y la meta. Conceptos opuestos que tienden a mezclarse en respuestas a veces precipitadas, a veces con poca vocación de aclarar una pregunta tan fatigante. Se procede de uno y se tiende al otro, aunque la mayor parte del tiempo no se sea consciente de ello ni exista una preocupación por separar ambos extremos. Y no existe porque entre ambos límites está la creación y ella es en sí misma lo primordial. La necesidad de agarrar lo que se escapa mediante un escrito, un cuadro o una escultura.
 
¿Un por qué? Por la urgencia de mantener y, al mismo tiempo, desterrar la nostalgia de lecturas anteriores. ¿Un para qué? Para dar cuerpo a esa nostalgia y, de esa manera tan idealista y tan excesivamente pretenciosa, intentar pasar el testigo. Caer en la trampa de sentir que se forma parte de la cadena aunque sea mínimamente. Escribir para pervivir... ¿Qué simposio, reunión o foro de escritores que se precie no ha formulado entre sus propuestas la eterna cuestión de «Vivir o Escribir» en alguna ocasión?
 
Hablaré ahora en primera persona, como he venido haciendo hasta el momento pero de una forma un tanto encubierta, de la nostalgia por los que han sido mis autores. Echo de menos el primer Día del Libro en un gran almacén, hace ya varios años, cuando me regalaron un Victor Hugo por comprar El cielo protector de Paul Bowles. Echo de menos su existencia en Tánger y la oportunidad desaprovechada de ir a verle poco antes de que muriera. La vida de Marguerite Duras en su casa de cuatro habitaciones de la Rue Saint-Benoît. Lamento haber leído todos sus libros y añoro aquella conquista progresiva y algo ofuscada de sus obras porque ahora son palabras e historias que ya he vivido y que jamás serán lo mismo en una relectura. Las mágicas carambolas de unos autores que me llevaron a otros cuando sus nombres eran aún un verdadero misterio y por las que llegué de Marguerite Duras a Raymond Queneau y de Raymond Queneau a Georges Perec. Descubrir Las cosas, leer a Jean Rhys por primera vez, no entender del todo El inmoralista de André Gide a los dieciséis años, forrar con cuidado el primer Maurice de E. M. Forster y luego, poco a poco, perder la virginidad lectora con Faulkner y su Temple Drake. Podría seguir enumerando las obras y los autores que me llenan de añoranza y podría decir ahora que echo de menos la figura modélica de un escritor actual al que admirar, leer y buscar en las estanterías de todas las librerías. Un autor al que enviar cartas, al que recurrir en los momentos bajos, al que hacer alguna consulta por correo electrónico y del que colgar un póster en la pared con el título de su mejor obra. Echo de menos la idolatría al autor y creo que si existe un terrible sentimiento de desamparo en una librería es aquél que se experimenta al querer comprar un libro y no saber cuál. Aquél de llevarse finalmente cualquier título después de, con cierta vergüenza, consultar al librero. Sé que la nostalgia de la que hablo, como casi todas, es incurable. Nunca se puede repetir el deleite de la primera vez, no se le puede pedir a un escritor que haga tantas obras buenas como para tener a un lector satisfecho durante toda su vida y no se puede exigir que no mueran. Y, precisamente por todo esto, porque los escritores no son superhombres, la nostalgia es profunda e irreparable.
 
No es un superhombre. Pero, ¿qué es un escritor?
 
Se podrían aventurar varias respuestas entrelazadas:
 
1. Una persona que escribe.
 
2. Una persona que escribe y además se comporta de una manera especial que no es mejor ni peor que las demás conductas, sino simplemente especial porque hay algo que excita su imaginación y también en cierto modo sus sentidos hasta el punto de frenar en muchas ocasiones cualquier actividad que no esté relacionada con la literatura. Algo que a veces no deja salir de casa, no deja pasear, no deja dormir ni despertar del todo y que puede llegar a convertir al escritor en un ser cruel y egoísta para el que todo lo no relacionado con su escritura deja de tener importancia o en un pobre desperdicio que lo único que quiere es descansar y olvidar que en algún momento de la historia se inventó el concepto libro.
 
3. Una persona que escribe, se comporta de una manera peculiar y, además, vive en un permanente estado de añoranza. Esto sucede cuando la única conversación interesante pasa a ser la vinculada a los libros, a los escritores vivos y muertos, buenos y malos; cuando los momentos de ocio se invierten en paseos por librerías o grandes centros de venta de libros y manuales en masa soportando, además, la castrante sensación de estar perdiendo el tiempo.
 
¿Y qué es lo que origina esta horrible sensación de que siempre se está perdiendo el tiempo? Difícil de responder. Hay quien dice que todo se basa en el horror a la mortalidad. La muerte es siempre algo difícil de asumir, pero casi imposible cuando se cree que queda algo por contar, algo por escribir o, aún peor, algo ya escrito que se debe corregir.
 
4. Una persona que escribe, vive en un permanente estado de añoranza, tiene un comportamiento particular y, además, huye, lo que hace que el escritor se encuentre en un constante exilio interior. La necesidad de huir surge cuando, a pesar de la diversidad existente, todo lo que se ofrece resulta ser idéntico: los mismos modelos sociales, una misma moral uniforme, los mismos cuerpos, la misma ropa, los mismos modos de vida y, por qué no, las mismas pautas literarias. Igual que un bosque en ocasiones se incendia a sí mismo cuando está demasiado cubierto por hojas y materia orgánica porque necesita una regeneración, necesita respirar y quitarse de encima todos esos elementos de desecho, así se va notando una necesidad de regeneración personal y se pasa en cuestión de minutos del trabajador profesor -por ejemplo- al trabajador literario que escribe una novela. De este modo encontramos escritores con seudónimo que viajan de un estado de sí mismos a otro en cuanto se sientan delante de una hoja o de su pantalla de ordenador y escritores sin seudónimo que hacen lo mismo.
 
En ocasiones el exilio también debe ser exterior: autores que viajan por el mundo no por razones de ocio o de aprendizaje, sino por fuerza. Para estar a salvo. Pero éste es un asunto de nostalgia desaforada.
 
Supongo que estos cuatro puntos resultan del todo insuficientes. Es imposible aprisionar el alma humana en un frasco y más imposible aún es querer concentrar el alma de un escritor en cuatro apartados. Cerrar un libro es un acto nostálgico como lo fue abrirlo. También lo es comenzar a escribir, memorizar un poema de Auden y qué mayor nostalgia, qué mayor sensación de final, que ser testigo del agotamiento de un siglo.
 
Concluyo con una breve evocación nostálgica:
 
El primer violinista ha tocado suavemente una cuerda de su violín con la destreza de sus muchos años de experiencia y ha surgido una nota corta que va a alojarse en los oídos de su joven audiencia: tres niñas sentadas en un banco alargado de madera que miran al violinista con un gesto entre asombrado y feliz. La nota ha llegado hasta ellas, ha flotado por un instante alrededor y, finalmente, ha desaparecido. Ya ha producido su efecto y las tres niñas, aunque jamás aprendan a tocar el violín, han asumido su esencia. Ahora son tres personas diferentes a las que eran hace tan sólo un momento y, si alguna de ellas resulta especialmente sensible, sentirá incluso años después una punzada de bienestar y, al tiempo, de dolorosa nostalgia, cada vez que recuerde el sonido tranquilo de aquella nota.
 
Los escritores que adoro están muertos y la ilusión de inmortalidad es sólo eso: una ilusión.
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5 comentarios

Amkiel -

No veo motivo para lamentarlo, la soledad puede ser una sensación compatible con la buena compañía, es un hecho inherente a nuestra especie.

Edda -

Lamentaría que eso que dices fuera cierto, prefiero pensar que una de tus bromas. En cualquier caso, aquí estamos unas cuantas personas comunicándonos contigo. Un saludo.

Amkiel -

Malicia Cool: Soy un león, leo mucho, de ahí salen, pero ya no estudio, trabajo, soy de ciencias, nadie es perfecto.

Edda: Escribo para comunicarme y así no sentirme tan solo.

Edda -

De acuerdo, muy interesante. Aunque los escritores mueran, sus escritos son inmortales. Sus sentimientos, sus experiencias, su forma de ver lo que les rodea y como nos lo hacen ver a los que les leemos, estarán siempre ahí en sus libros, esperando ser leídos, ser vividos, porque mientras leemos captamos esos sentimientos y se quedan con nosostros, al menos hasta que cerramos el libro y continúamos con nuestras vidas. Ocurre algo como lo que tu dices en tu mensaje final del panfleto. Pero al día siguiente volvemos y seguimos leyendo.
Y tú, Amkiel, ¿por qué escribes? y ¿para qué escribes?. Sé sincero, no te vayas por las ramas ¿vale? :).

Malicia Cool -

Qué interesante... ¿Cómo haces tus selecciones, Amkiel? ¿Qué estudias? Saludox!
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