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Panfleto LAETUS

· Un día cualquiera ·

· Un día cualquiera · Suena el despertador y de un manotazo lo tiro al suelo. Al ver el suelo sembrado de cientos de piezas minúsculas me asombro de los avances de la técnica que, particularmente, tanto dinero me habían costado. En cualquier caso se trataba de un despertador y su función la había cumplido; en el manual no especificaba que fuese capaz de resistir un impacto contra el suelo producido por el manotazo de un somnoliento humano especialmente patoso. Para colmo, al poner uno de los dos pies izquierdos en el suelo siento una punzada: la aguja de las horas se me ha clavado en el talón. Miro sorprendido las primeras gotas de sangre asomar, especialmente teniendo en cuenta que el despertador era digital.
 
Salgo hacia la oficina con diez minutos de retraso, pues he tenido que fregar el suelo de la cocina tres veces, tantas como tostadas con mermelada he pretendido comer. Así que con un solitario café con leche, especialmente saltarín entre mis tripas, agarro el maletín, pillo el ascensor y me entretengo durante el camino haciéndole burlas al espejo y repasando el nudo de la corbata, por lo que el nudo parece una burla cuando finalmente llego a la calle. Luce un sol espléndido, o sea, hoy tendré otro día gris por culpa del filtro de estas gafas de sol que compré en el mercadillo.
 
¿Para qué he estado seis años metido en la universidad? ¿Estudiando hasta las tantas? (¿Yéndome también de farra hasta más tarde de las tantas?, pero mejor que no se sepa para la coherencia de mis lamentaciones.) ¿Sufriendo la congoja de cada nuevo examen? Pues para acabar siendo un ingeniero especialista en fotocopias y faxeador profesional: un perfecto papelero, ¡a mí!, que estoy en contra de la tala de árboles y de las mujeres vestidas.
 
Absorto en mis lamentaciones me estampo con la puerta automática de entrada al edificio de oficinas. Cuando consigo estabilizar el balanceo veo con asombro como un compañero llega hasta la puerta y, sin detener su paso, ésta se abre a tiempo. Me acerco nuevamente hasta quedar a un palmo escaso del cristal pero la puerta sigue impertérrita, así que miro con concentración al detector a ver si con eso basta, pero nada; hasta la puerta se ha dado cuenta de que soy una insignificancia, un cero absoluto. Esperaré a que venga otro compañero para entrar.
 
Agotado por una jornada laboral flexible cada vez más extensible, regreso a casa y abro el buzón con desgana. ¡Nada! ¡Esto es imposible! Nadie quiere convencerme de sus fantásticos precios con folletos multicolor y ¡no me ha escrito el banco! Estoy solo.
 
El día ha sido aciago pero tal vez mis lamentos no sean más que un cuento.
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