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Panfleto LAETUS

Mi hombre |Rosa Montero|

Mi hombre |Rosa Montero|

Me he casado con un descuartizador de aguacates. Ya comprenderán que mi matrimonio es un fracaso. Cuando conocí a mi marido yo tenía diecinueve años. Por entonces estaba convencida de que el día más hermoso en la vida de una muchacha era el día de su boda, y cada vez que veía una novia me ponía a moquear de emoción como una tonta. Ahora tengo cuarenta y tres años y no me divorcio porque me da miedo vivir sola.
 
Él es un hombre muy bueno. Es decir, no me pega, no se gasta nuestros sueldos en el juego, no apedrea a los gatos callejeros. Por lo demás, es de un egoísmo insoportable. Viene de la oficina y se tumba en el sofá delante de la tele. Yo también vengo de mi oficina, pero llego a casa dos horas más tarde y cargada como una mula con la compra del hiper. Que me ayudes, le digo. Que ahora voy, responde. Nunca dice que no directamente. Pero yo termino de subir todas las bolsas y él no ha meneado aún el culo del asiento. Voy a la sala, le grito, le insulto, manoteo en el aire, me rompo una uña. Él ni se inmuta. Entonces me siento en una silla de la cocina y me pongo a llorar. Al ratito aparece él, en calcetines. “¿Qué hay de cena?”, pregunta con su voz más inocente. Hago acopio de aire para soltarle una parrafada venenosa, pero él me intercepta con una habilidad nacida de años de práctica: “Ya sé, te voy a preparar una ensalada que te vas a chupar los dedos”, exclama con cara de pillín. Esa ensalada de aguacates y nueces y manzana que tanto le gusta. Así que yo me amanso porque soy idiota y, aunque refunfuñando, le ayudo a sacar los platos, la fruta, los cuchillos, y le ato a la espalda el delantal mientras él mantiene los brazos pomposamente estirados ante sí como si fuera un cirujano a punto de realizar una operación magistral a corazón abierto.
 
Entonces él empieza a pelar los aguacates y yo, por hacer algo, lavo y corto la lechuga, pico la cebolla, casco y parto las nueces, convierto dos manzanas en pequeños cubitos. Le miro por el rabillo del ojo y él sigue pelando. De modo que saco las patatas, las mondo, las lavo, las corto finitas, que es como a él le gustan; cojo la sartén, echo el aceite, enciendo el fuego, frío primero las patatas bien doradas y luego hago también un par de huevos. El aceite chisporrotea y salta, y, como no tengo puesto el delantal, me mancho de grasa la pechera de la blusa. Le miro: él continúa impertérrito, manipulando morosamente su aguacate. Tan torpe, tan lento y tan inútil que más que cortar el fruto se diría que está haciéndole una meticulosa autopsia. “No sirves para nada”, le gruño. Y él me mira con cara de dignidad ofendida. “¡Y encima no me mires así!”, chillo exasperada. Él frunce el ceño y se desanuda el delantal con parsimonia. Después se va a la sala y se deja caer en el sofá, frente al televisor, mientras se chupa el pringoso verdín que el aguacate ha dejado en sus dedos. Yo sé que ahora pondré la mesa como todas las noches y cenaremos sin decirnos nada.
 
Lo más terrible es que, en nuestro fracaso como pareja, apenas si hay batallas de mayor envergadura que estos sórdidos conflictos domésticos. Y no es que me importe mucho hacerme cargo de las labores de la casa. No me gustan, pero si hay que hacerlas, pues se hacen. No, lo que me amarga la vida es su presencia. Porque me encanta cocinar para mi hija, por ejemplo, aunque, por desgracia, viene muy poco a vernos; pero servirle a él me desespera. Será que le odio. Hay momentos en los que no soporto ni su manera de abrir el periódico: estira los brazos y sacude el diario delante de sí, antes de darle la vuelta a la hoja, como quien orea una pieza de tela. Hace muchos años ya que, si no es para discutir, apenas si hablamos.
 
No siempre fue así. Al principio todo era distinto. Él estudiaba dibujo lineal por las noches. Y soñaba con hacerse arquitecto. Quería ser alguien. Es más, yo creía que él era alguien. Pero nunca se atrevió a dejar la gestoría. No sé cuándo le perdí la confianza, pero sé que me decepcionó hace ya mucho. No era ni más listo ni más trabajador ni más capaz que yo. Tampoco era más fuerte, me refiero a más fuerte por dentro; por ejemplo, no me sirvió de nada cuando creíamos que la niña tenía la meningitis. Y yo, para estar enamorada, necesito admirar al que ha de ser mi hombre. Me has decepcionado, le he dicho muchas veces. Y él se calla y se pone a orear el periódico.
 
Claro que quizá yo también he cambiado. Antes la vida me parecía un lugar lleno de aventuras, y por las noches, mientras me dormía, la cabeza se me llenaba de imágenes felices: nosotros dos con nuestra hija pequeña, envidiados por todos; él trabajando en un estudio de arquitectura y envidiado por todos; nosotros dos viajando en avión por medio mundo y envidiados por todos. Eran estampas quietas, como las de los álbumes de cromos de mi infancia. Después dejé de pensar en esas cosas, porque estaba siempre tan cansada que me dormía nada más acostarme. Y luego se me pasó la juventud. Llega un día en el que te despiertas y te dices: así que en esto consistía la vida. Poca cosa.
 
Le he engañado en dos ocasiones. Con dos compañeros de la oficina. Fue un desastre. Yo buscaba el amor a través de ellos y me temo que ellos sólo me buscaban a mí. Los dos estaban casados. Me sentí ridícula. Entre unos y otros, entre estas cosas y todas las demás, se me ha agriado el carácter. Yo de joven era muy alegre. Él me lo decía siempre: me encanta tu vitalidad. Y de novios me llamaba Cascabelito. Ahora que lo pienso, quizá para él también haya sido una decepción: últimamente no hago otra cosa que gruñir, protestar y estar de morros todo el día.
 
A veces, sin embargo, me despierto de madrugada sin saber dónde estoy. Me rodea la oscuridad, me acosa el vértigo, me encuentro sola e indefensa en la inmensidad de un mundo hostil. Entonces mi brazo tropieza con una espalda blanda y cálida. Y el rítmico sonido de una respiración muy conocida cae en mis oídos como un bálsamo. Es él, durmiendo a mi lado; reconozco su olor, su tacto, su tibieza. Poco a poco, las tinieblas dejan de ser tinieblas y la habitación comienza a reconstruirse a mi alrededor: la mesilla, el despertador, la pared del fondo, la blusa manchada de grasa que me quité anoche y que descansa ahora sobre la silla. La cotidianidad triunfa una vez más sobre el vacío. Me abrazo a su espalda y, medio dormida, contemplo cómo el alba pone una línea de luz sobre el tejado de las casas vecinas. Y entonces, sólo entonces, me digo: es mi hombre.

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15 comentarios

ARIEL TRIANA -

am am.... en lo personal esta es una historia que me encanto. es mi favorita dentro de su libro que se llama amantes y enemigos. me encanta por que es muy realista y tiene un afacilidad para narar y hacerte imaginar. rosa monetero es uno de mis escritores favoritos y he leido vavrios libros de ella. y en cada uno le pone ese toque que es rosa montero..

Amkiel -

Algunas dan ganas de volverse republicano.

Fernando -

Se que muchos hombres podemos ser asi... Pero gracias a que he leido este cuento puedo yo aprender y ser un mejor hombre para la mujer que tengo a mi lado. Las que hayan pasado o esten pasando por esta situacion o una peor pues les digo que busquen al hombre que merecen por que toda mujer merece a un hombre que las trate como lo que es: UNA PRINCESA

Amkiel -

Quizá no sea amor sino cariño.

Joel -

Sinceramente, creo que eso es amor...

Amkiel -

Ah, oh.

yanel -

HOLA ESA FRASE DE "MI HOMBRE"LA CONCIDERO COMO PARA EL TIEMPO DE LOS VILLISTAS Y ADEMAS CONCIDERO QUE NO ES TU HOMBRE SI ASI FUESE TU SERIAS SU MUJER Y DEFINITIVAMENTE EL TRATO SERIA DIFERENTE APENDE A QUERERTE Y NI ESPERES QUE TE QUIERAN O QUE TE TOMEN EN CUENTA EMPIZA POR TI

Amkiel -

Apenas serían indicios, pero tengo la leve sospecha de que la foto te ha parecido horrorosa.

AlmaLeonor -

¡Hola!
Bueno, ya lo he leído. Repito, la foto es horrorosa. Del texto no comparto nada más que una cosa: yo también tengo 43 años. Lo demás está muy lejos de mi y de nuestra (ahora hablo de mi y de "mi" hombre) manera de ver y hacer las cosas.
Repito, la foto es horrorosa.
Besos.AlmaLeonor

Amkiel -

Los roles no sólo se pueden invertir sino también travestir.

Amanda Sue -

Lo peor de todo, (y me avergüenzo de mí misma), es que creo que en mi caso, esta historia la contaría al revés: yo sería "el hombre" de los aguacates y él sería "la mujer". No entiendo por qué no se pueden invertir los roles...

Amkiel -

Nuska: Como solemos creernos únicos es fácil sorprenderse cuando otro parece expresar lo que somos y no podemos explicar. Aunque dudo que “tu hombre” tenga dificultades con el aguacate pues la “ensalada” le sale genial.

AlmaLeonor: ¿Horrorosa? Pues tiene un culete precioso.

Amanda Sue: Le conozco poco pero “tu hombre” me cae muy bien y te creo cuando dices sentirte afortunada. Seguro que pela los aguacates en un plis-plas.

Amanda Sue -

AFORTUNADAMENTE no es para nada mi caso. A pesar de llevar media vida juntos, le sigo admirando, respetando y queriendo, lo cual no quiere decir que a veces sus defectos me saquen de quicio como a él los míos (lo digo en voz baja...). Lo peor que le puede pasar a una pareja, creo yo, es perder el respeto y la comunicación. Si se pierde eso, nos desquiciamos y la violencia puede llegar a nuestras vidas igual que el tedio y la rutina.
DESAFORTUNADAMENTE también conozco casos como los del texto, que me hacen apreciar más lo que tengo pero que me desesperan porque no hay nada peor que el desamor. Sólo puedes estar ahí y apoyar a los que quieres en los malos momentos. Esos momentos en que necesitan apoyarse en alguien que no eres tú, pero que les sirve de desahogo y para poder seguir adelante. Muchos ánimos desde aquí a tod@s!

AlmaLeonor -

¡Hola!
Aun no lo he leído, prometo hacerlo pero.......¡¡¡que foto tan "horrorosa" ¿no?!!!
Besos.AlmaLeonor

Nuska -

Me he sentido tan identificada que hasta me ha dado miedo!!!!
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