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Panfleto LAETUS

JUAN Y LAS HABICHUELAS (versión políticamente correcta) |James Finn Garner|

JUAN Y LAS HABICHUELAS (versión políticamente correcta) |James Finn Garner|

Érase una vez una pequeña granja en la que habitaban un niño llamado Juan y su madre. Ambos vivían excluidos de los círculos normales de actividad económica, y aquella cruel realidad los mantenía en situación de grave apuro hasta que, un día, la madre dijo a Juan que fuera al mercado con la única vaca que poseían y que la vendiera al mejor precio posible.
 
¡Ni por un momento pensaron en los miles de litros de leche que le habían robado! ¡Ni en las horas de placer que habían obtenido de la compañía de su bovina amiga! ¡Por no hablar del estiércol que se habían apropiado para abonar su jardín! La vaca, de repente, había pasado a ser un objeto de su propiedad como cualquier otro. Juan, aún inconsciente de que los animales no humanos poseen los mismos derechos que los humanos -si no más- obedeció las órdenes de su madre.
 
De camino al pueblo, Juan se cruzó con un viejo brujo vegetariano, quien le previno acerca de los peligros que entraña el consumo de carnes y productos lácteos.
 
-Oh, no tengo ninguna intención de comerme esta vaca -dijo Juan-. La llevo al pueblo para venderla.
 
-Sí, pero al hacerlo no lograrás sino perpetuar el mito cultural de la carne de vacuno, descuidando así el impacto negativo que la industria cárnica ejerce sobre nuestra ecología y los problemas sanitarios y sociales resultantes de la consumición de carne. Sin embargo, jovencito, creo que aún eres demasiado torpe para desarrollar tales razonamientos. Te diré lo que haremos: te ofrezco cambiarte la vaca por estas tres habichuelas mágicas, que contienen tantas proteínas como el animal entero y, en cambio, se hallan desprovistas de grasa y sodio.
 
Juan aceptó el trato de buen grado y regresó a casa con sus tres habichuelas. Cuando detalló a su madre las condiciones del intercambio, ésta se puso furiosa. Hasta entonces, había considerado a su hijo como un ser más cercano al conceptualismo que al pensamiento lineal, pero al oír aquello no le cupo duda de que se trataba claramente de una persona de dotes diferenciadas. Indignada, cogió las tres habichuelas, las arrojó por la ventana y, ese mismo día, asistió a una primera reunión de apoyo en el centro de Madres de Protagonistas de Cuentos Infantiles.
 
A la mañana siguiente, Juan asomó la cabeza por la ventana para comprobar si el sol había vuelto efectivamente a salir por el Este (comenzaba a detectar cierta regularidad en aquel hecho). Advirtió, sin embargo, que las habichuelas habían desarrollado un formidable tallo que se elevaba hasta atravesar las nubes. Dado que ya no había en la casa vaca alguna que ordeñar, Juan decidió trepar hasta el cielo siguiendo el curso del tallo.
 
Al llegar a la cumbre, más allá de la capa de nubes, descubrió un enorme castillo. No sólo era éste de gran tamaño, sino que había sido construido en escala superior a la media, cual si se tratara del domicilio de alguien aquejado de gigantismo. Tan pronto como penetró en el castillo, Juan oyó una música deliciosa que inundaba el ambiente y fue siguiendo su sonido hasta localizar la fuente del mismo: un arpa de oro que sonaba sin que nadie la tocara. Junto a aquella arpa autosuficiente pudo ver una gallina sentada sobre un montón de huevos de oro.
 
Ahora bien, hay que considerar que la perspectiva del enriquecimiento fácil y de la distracción fútil constituía un poderoso reclamo para los aspectos más aburguesados de la sensibilidad de Juan y, así, éste se apropió del arpa y de la gallina y echó a correr en dirección a la puerta. Inmediatamente, oyó unas pisadas atronadoras y una voz tonante que decía:
 
                        «FEE, FIE, FOE, FUM,
                        ¡Huelo a sangre de inglés!
                        ¡Querría conocer su cultura y su estilo de vida!
                        ¡Y compartir con él mis propias perspectivas
                        desde un punto de vista abierto y generoso!»
 
Juan, por desgracia, se hallaba demasiado cegado por la codicia para aceptar el intercambio cultural que le ofrecía el gigante. «No es más que un truco -pensó-, y, además, ¿para qué iba a querer un gigante objetos tan finos y delicados? Sin duda, se los habrá apropiado de alguien, por lo que me asiste todo el derecho del mundo a arrebatárselos.» Sus desesperadas justificaciones -notables en alguien de tan escasos recursos mentales como él- revelaban una terrible falta de sensibilidad hacia los derechos personales del gigante. Aparentemente, Juan era un terrible dimensionista, convencido de que todos los gigantes eran seres torpes, explotables y de perspicacia limitada.
 
Cuando el gigante vio que Juan se había apropiado del arpa mágica y de la gallina, le preguntó:
 
-¿Por qué te llevas lo que me pertenece?
 
Juan sabía que no podía correr más deprisa que el gigante, por lo que se vio obligado a pensar apresuradamente.
 
-No me lo llevo, amigo mío -farfulló-. Simplemente, someto estos objetos a mi tutela de modo que puedan ser administrados correctamente, y aprovechadas al máximo sus posibilidades. Espero que sabréis perdonarme, pero vosotros, los gigantes, poseéis un intelecto demasiado rudimentario e ignoráis cómo administrar vuestros recursos como es debido. Me limito a defender vuestros propios intereses. Ya tendréis tiempo de agradecérmelo.
 
Dicho esto, Juan contuvo el aliento y aguardó para ver si aquel farol le salvaba el pellejo. El gigante dejó escapar un profundo suspiro y dijo:
 
-Sí, tienes razón. Es cierto que los gigantes empleamos nuestros recursos de modo alocado. ¡Con decirte que cada vez que descubrimos una nueva mata de habichuelas nos entusiasmamos tanto que la arrancamos del suelo!
 
Juan sintió que se le caía el alma a los pies. Girando sobre sus talones, asomó la cabeza por la puerta del castillo: efectivamente, el gigante había arrancado los tallos de sus habichuelas. Atemorizado, gritó:
 
-¡Ahora me encuentro atrapado con vos en estas nubes para siempre!
 
El gigante dijo:
 
-No te preocupes, amiguito. Aquí, somos todos unos estrictos vegetarianos, y siempre hay habichuelas en abundancia para comer. Además, no estarás solo. hay otros trece hombrecillos de tu tamaño que ya han trepado por matas de habichuelas para visitarnos y se han quedado con nosotros.
 
Y así, Juan se resignó a su suerte como nuevo miembro de la nubosa comunidad del gigante. No echó demasiado de menos a su madre y a la granja, ya que en el cielo había menos trabajo, y comida más que suficiente. Y, gradualmente, fue aprendiendo a no juzgar nunca más a las personas por su tamaño, con excepción de aquellas que eran más reducidas que él.

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5 comentarios

julissa -

me encanto ya lo hubiera leido pero me encanta leerlo

Amkiel -

Lo siento, no lo sé.

Duberlyn Gaviria Castro -

Buenas...me gustaria saber si esta historia es la misma que JUAN Y LAS HABAS.
Gracias.

Amkiel -

Me alegra saberlo.

ZAYMA -

BUENO PUES A MI ME GUSTO ESTE CUENTO POR QUE ESTA MUY INTERESANTE PARA MI YA QUE ME GUSTA LEER UN POCO Y SE ME HACE MUY INTERESANTE LO QUE DICE Y ME GUSTO MUXO POR LO QUE PASA JUAN CON LAS ABICHUELAS
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