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Panfleto LAETUS

Bertrand Russell y el walkman |Juan Carlos Ortega|

Bertrand Russell y el walkman |Juan Carlos Ortega| Estamos en el vagón de un metro, aburridos y cansados de mirar las caras de la gente. De pronto, recordamos que tenemos un walkman guardado en la mochila. Lo sacamos y, después de pelear con el tremendo lío del cable del auricular, pulsamos la tecla PLAY y empieza a sonar una música estupenda. En cuestión de centésimas de segundo, el vagón se ha convertido en otra cosa. Las caras de la gente parecen decirnos algo que, de algún modo misterioso, está relacionado con el sentimiento que esa música nos provoca.
 
Llegamos a nuestra parada. Al levantarnos del asiento comprobamos que el cable de los auriculares se ha liado con un botón de la camisa. Con una vergüenza disimulada nos lo volvemos a poner en la oreja y salimos deprisa del vagón. Subimos las escaleras mecánicas y todo es rematadamente especial. La chica delgadita que tenemos delante, como consecuencia de la música que estamos escuchando, nos parece la mujer de nuestra vida. Un señor vestido de marrón, que en otro momento no nos hubiera provocado el menor interés, se convierte de repente en el depósito de todo lo mejor de la raza humana, un hombre colmado de valores, algo así como la bondad, la inteligencia y la ternura con piernas.
 
QUÉ BONITO ES TODO
 
Por fin empezamos a salir del túnel. Hace buen día. La luz del sol colorea ligeramente las ramas de un árbol. Nunca antes nos habíamos fijado en eso. Pero ahora, esa música arrastra nuestros ojos hasta allí.
 
Estamos fuera. Miramos el cielo, la gente, las tiendas, los coches aparcados, las piernas de las chicas. Todo es profundamente misterioso. Las personas y las cosas se mueven al ritmo de nuestro walkman. Estamos presenciando un milagro.
 
Pero tenemos que cruzar una calle y pensamos que no sería mala idea quitar momentáneamente la música. Es mejor tener los oídos despejados por lo que pudiera pasar. Uno nunca sabe en qué momento puede morir. Pulsamos la tecla STOP y... ¡de nuevo el mundo es vulgar! Cada persona se mueve a su propio ritmo, el ruido de la calle destroza la armonía de las cosas. Ha desaparecido la poesía.
 
QUÉ NORMAL ES TODO
 
¿Por qué ha tenido que ocurrir eso? ¿Por qué juzgamos moralmente el mundo (la bondad del señor de marrón, nuestro repentino amor por la chica delgada, la dulzura de la gente que camina) dependiendo del estado de ánimo que nos provoca la ausencia o presencia de esa tonta melodía en nuestro walkman? Para contestar a esta pregunta detengámonos en uno de los hombres más inteligentes del siglo XX: el filósofo inglés Bertrand Russell.
 
UN INGLÉS MILLONARIO E INTELIGENTE
 
Rusell ha pasado a la historia por ser muchas cosas a la vez, y muy bueno en todas ellas: filósofo, divulgador científico, matemático, pacifista y, según ciertas leyendas, toda una máquina sexual. Uno de sus libros más accesibles se titula "La conquista de la felicidad". En él expone con una sencillez encantadora su visión del dolor, la fragilidad, la alegría y la tristeza de los seres humanos. Para entender su relación con nuestra historia del metro y los walkmans, leamos sus siguientes líneas:
 
"(...) nuestra opinión de las cosas viene determinada por el índice de felicidad que poseemos. La alegría proporciona a los hombres ideales alegres y optimistas, y la tristeza ideales desesperados."
 
El credo de alguien que está triste es pesimista. El credo de alguien que está alegre es optimista. Así de sencillo. Sin embargo, en la vida cotidiana, tendemos a pensar que las cosas funcionan al revés, que nuestra visión del mundo conforma nuestro estado de ánimo.
 
Convencidos de haber alcanzado nuestra filosofía de la vida utilizando sólo la razón, pensamos que nuestro optimismo (o nuestro pesimismo) nos lleva a descubrir de forma racional lo tremendamente hermosa, o lo patéticamente horrenda que es la vida. Pero lo cierto es que una buena noticia en el trabajo, el beso inesperado de una chica o escuchar una determinada música en nuestro walkman consiguen transformar, no sólo nuestra visión del mundo, sino también nuestra filosofía de la vida.
 
Bertrand Russell opinaba que una persona con una vida desgraciada tomará un credo desgraciado. Esto entra en clara contradicción con la idea común que afirma que es una señal de inteligencia ver las cosas profundamente oscuras. El pesimismo no es una señal de inteligencia, sino una prueba de tristeza.
 
PODEMOS DECIDIR EMOCIONARNOS
 
Por tanto, los sentimientos moldean nuestra visión del mundo. La música de nuestro walkman transforma las cosas en otras cosas. El sentimiento que ha entrado a través de nuestros auriculares ha manipulado nuestra visión del mundo por un momento, pero todos los sentimientos "llegan" por algún sitio (oídos, manos, ojos) aunque luego los transformemos y elevemos a otras categorías aparentemente más importantes.
 
Nuestra canción preferida, por un instante, ha convertido la vida en más hermosa. No únicamente nuestra vida sino la Vida (recordemos los coches, las tiendas, la hoja dorada por el sol al salir del metro, las piernas de las chicas). Nuestra teoría sobre la bondad o maldad del mundo es posterior a nuestro estado de ánimo. Primero nos sentimos como nos sentimos y luego nos hacemos optimistas o pesimistas para que todo cuadre.
 
Lo ideal, claro está, sería disponer de una especie de walkman incorporado, una cinta sin fin que nos fuera proporcionando esos momentos intensos que nos hacen ver la vida como algo hermoso. Al ser esto imposible, conformémonos con escuchar, de vez en cuando, dentro de un vagón de metro, nuestra canción preferida.
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11 comentarios

Amkiel -

Aunque me contradiga, te remito al final del panfleto.

Eider -

¿Escapar?
¿Para qué?
B.J.

Amkiel -

Si guiño el ojo no te veo y puedes escapar.

Eider -

Ya la veo. ¿Y guiñarme tu ojo verde fosfo? Parezco una mesa petitoria.
B.J.

Amkiel -

No, pero si quieres te puedo decir la hora.

Eider -

El último párrafo ¿podrías ponerlo en polaco?.

B.J.

Amkiel -

Conforme vamos creciendo y aprendiendo para estar más cerca del saber que no sabemos nada, si lo que se sabe parece cada vez más claramente un sinsentido, no queda más remedio que "decidir racionalmente" otorgárselo.

Eider -

El optimismo duradero tiene un aliado esencial: la razón. Cualquier optimismo que sea poco razonable acabará estrellándose contra la realidad, causando todavía más desdicha. El optimismo, por tanto, siempre tiene que estar iluminado por la luz suave y purgadora de la razón y tiene que tener un fundamento inamovible en la sensatez para que el pesimismo se convierta en una actitud necia y miope. Por consiguiente, teniendo en cuenta que lo razonable nunca deja de ser algo tibio e ignominioso, el optimismo sólo puede surgir de logros pequeños pero innegables.

"La historia de la familia Roccamatio de Helsinki".- Yann Martel

Siento que sea tan extenso. B. J.

Amkiel -

Edda: Minucias, detalles, insignificancias,... son las cosas realmente importantes.

Eider: De Bertrand Russell es muy recomendable su libro "La conquista de la felicidad", fácil de leer y felicidad de sentir.

Eider -

Habrá que poner el libro de Bertrand Russell en la lista de futuribles lecturas.

Edda -

"Nuestra opinión de las cosas viene determinada por el índice de felicidad que poseemos"
Ese índice aumenta o disminuye en función de los estímulos externos. No sólo la música, que puede levantarnos el ánimo en un momento determinado, también el sol cuando nos acompaña cada mañana a trabajar, la sonrisa de una amiga cuando quedas para tomar café o incluso esa luna grande y redonda que guarda nuestros secretos cuando nos vamos a dormir. Todo lo que nos rodea influye en nuestro estado de ánimo y nos moldea el carácter. A unos afecta más, a otros menos, depende de lo que nos dejemos influenciar.
Un saludo.
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