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Panfleto LAETUS

Familia |Anthony C. Grayling|

Familia |Anthony C. Grayling| “Gobierna a la familia como cocinarías un pez pequeño”, PROVERBIO CHINO.
 
Los «valores familiares» son el mantra del debate político que representa una suerte de victoria para la derecha religiosa a ambos lados del Atlántico. Pero, cuanto más examina uno las ideas que hay detrás de la «familia tradicional» y los «valores familiares», más turbias y tendenciosas parecen.
 
Por un lado, no hay nada tradicional en la «familia tradicional». El paradigma es el de una pareja varón-mujer legalmente casada, con dos hijos, en una casa con tres dormitorios. Esta «familia nuclear» es un producto de la era industrial y no es anterior al siglo XIX. En todas las sociedades anteriores, y en la mayoría de las sociedades no occidentales actuales, las familias son más extensas, constituidas por grupos más difusos, que incorporan, en general, a más de dos generaciones, y en las cuales el cuidado de los niños está con la misma frecuencia a cargo de parientes como de los padres quienes, por estar en edad económicamente activa, tienen que trabajar todo el día.
 
En estos grupos extensos, las dinámicas de las relaciones personales funcionan de manera muy diferente a las de la claustrofóbica e introvertida familia nuclear moderna, para la cual las presiones dentro y sobre la misma explican su dramático fracaso como unidad social. La mayoría de las familias nucleares fracasan: el cuarenta por ciento de las parejas terminan en divorcio, y uno sólo puede suponer los atrofiantes compromisos y luchas espirituales que constituyen la base sobre al que sobreviven muchas de las restantes.
 
Uno de los comentarios más sorprendente sobre la «familia tradicional» es el de que, tan pronto como sus miembros económicamente activos pueden permitírselo adquieren los elementos de una familia tradicional genuina -con una sirvienta, una niñera, en resumen, miembros adicionales para compartir y disminuir las cargas y para cambiar la naturaleza de las relaciones dentro del grupo. Hasta los tiempos victorianos, la palabra «familia» incluía también a la servidumbre, y es una aseveración cierta decir que no existen hoy familias que, si pueden permitírselo, no tengan alguna «ayuda» de algún tipo, que sustituyan las perdidas estructuras amplias más naturales para las bases de una comunidad doméstica.
 
La otra frase asociada, «valores familiares», es un código para una visión moral predigerida, hostil al sexo, las drogas, el aborto y la homosexualidad, y ansiosa por mantener a los «jóvenes» sexualmente ignorantes e inactivos hasta que lleguen al matrimonio, el cual debe ser monógamo y para toda la vida, y que debe llevarse a cabo solamente entre un hombre y una mujer. La relación entre la «familia tradicional» y los «valores familiares» radica en una concepción sentimental de control social por quienes elogian estos últimos con la esperanza de que sean adoptados por los miembros de la primera.
 
Algunas familias nucleares son, por supuesto, maravillosamente felices, pero sería un error ignorar la verdad opuesta que se encuentra en el ataque de Strindberg a la familia como «el hogar de todos los males sociales» y la creencia pesimista de Butler de que «de esta fuente proviene más infelicidad que de ninguna otra». Al negar que las familias funcionan mejor cuando su naturaleza y su estructura son elegidas libremente por sus integrantes y respetadas por el mundo exterior sea cual sea la forma que adquieran, los defensores de los «valores tradicionales» militan en contra de la felicidad. La gente necesita compañía para compartir cargas y placeres, para darse consuelo y disfrutar de su intimidad, para recibir y expresar amor, y para formar a la generación siguiente. La familia nuclear está lejos de ser la única o la mejor manera de que dichas relaciones puedan florecer; y en la variedad de arreglos alternativos -parejas homosexuales, familias con uno o múltiples progenitores, familias amplias- los «valores familiares» no son siempre, y ni siquiera con frecuencia, el punto en cuestión.
 
Para cualquier familia, sin embargo, el proverbio citado tiene validez; uno hace bien en cuidarla como cocinaría un pez pequeño, lo cual quiere decir, según los chinos, con mucho cuidado.
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5 comentarios

Amkiel -

[Edda] Hoy en día mejor tener hipervínculos.

[jorge antonio moreno reyna] Ah, oh.

jorge antonio moreno reyna -

quiero decir que cañon y muy padre mi consejo seria que sacaran una pelicula en el cine y haci podrian tener mas fama y dinero a y utilizen mas la imaginacion

Edda -

Cierto Amkiel, el valor está en el trato con los demás, las relaciones personales ya son bastante complicadas como para poner vínculos de por medio.
Un Saludo.

Amkiel -

Un familiar mío es alguien con vínculos de sangre pero, ¿quién no lo es si nos remontamos lo suficiente? Por lo tanto, un límite artificial (llámese familia, clan, etc.) nunca será susceptible de un valor, en todo caso de una excusa para excluir. El valor está en el trato con los demás como personas, nada más.

Edda -

Para mí el verdadero valor familiar es la familia en sí, tradicional no tiene porque ser sinónimo de felicidad. Seguro que hay familias "no tradicionales" mucho más felices que algunas familias tradicionales con valores predirigidos. De cualquier modo, estoy de acuerdo con el proverbio chino, la familia debe cocinarse con mucho cuidado, salpimentarla a diario y aderezarla con mucho amor.
Un saludo.
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