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Panfleto LAETUS

A la cola |Quim Monzó|

A la cola |Quim Monzó| Es fácil observar que cuando se forma una cola -para sacar dinero del cajero automático, para facturar la maleta antes de subir al avión, para comprar una entrada de cine...-, a menudo hay alguien que se desmarca de la línea.
 
Es evidente que las colas no son nunca completamente regulares, pero cuando se hacen se intenta que quede claro quién está en ella y quién no. Las personas que, aun haciendo cola, se desmarcan mucho rompen esa claridad, y lo saben. Por eso lo hacen. Se sitúan suficientemente distanciados de la fila como para que quien se añada a ella dude de si forman parte o no. Si ése que llega les pregunta: “¿Está usted en la cola ¿”, lo normal es que lo miren de través. Las respuestas verbales pueden ir desde “pues claro” a un “sí” en voz baja y apresurada.
 
¿Por qué actúan de esa forma? Pues porque quieren dejar constancia de que, a pesar de verse obligados a estar en una cola, ellos son rebeldes porque el mundo los hizo así. Las colas han formado siempre parte de una imaginería triste y militarista. Desfilan en perfecta fila los soldados, y en las escenas que nos llegaban del mundo comunista abundaban las colas ante las tiendas estatales: colas lánguidas, grises y lentas, para conseguir alimentos mínimos. Hay colas en los comedores para pobres, cuando reparten la sopa y un trozo de pan, y los mayores recordarán que, aquí, había colas frente a los economatos, en la época del racionamiento.
 
Por eso, cuando se ven obligados a hacer cola, los rebeldes-porque-el-mundo-los-hizo-así se desmarcan unos pasos. Hacia la derecha o hacia la izquierda, tanto da. El caso es que entre ellos y la cola quede un espacio en blanco. Aunque a veces lo que hacen es guardar algo así como metro o metro y medio de distancia con la persona que les precede. Esa es también una forma de decir: “Cuidado, que yo me lo tomo con calma. Hago cola porque no tengo otro remedio, pero, a mí, las colas me la sudan”.
 
Lo de mantener gran distancia con quien te precede es relativamente reciente, de apenas unas décadas. Cuando sólo había cajeros humanos -incluso al principio de aparecer los automáticos-, era habitual que, en la cola, la gente estuviese tan apretujada que a menudo quien ingresaba o sacaba dinero encontraba encima de su hombro la nariz chafardera del individuo o la individua que estaba detrás de él. De manera que a los bancos y las cajas de ahorros se les ocurrió marcar una línea en el suelo con la indicación: “Rogamos esperen su turno detrás de esta línea”, o términos semejantes. Pero -extremistas como son los humanos- hasta tal punto han asumido ahora que hay que dejar una distancia para la intimidad de quien les precede en el cajero o en la ventanilla, que a veces entras en una caja de ahorros y no hay nadie sobre la marca del suelo. Un hombre en la ventanilla, otro junto a la puerta de entrada, y una mujer junto al ficus benjamina. De forma que realmente parece que no haya cola: simplemente el hombre al que atienden en la ventanilla abierta. Pero ay de ti si te sitúas sobre la línea del suelo, iniciando tú la cola. “Eh, oiga, ¡que yo estoy antes!” es lo más suave que te dirán. Una posible respuesta sería: “¿Ah, sí?, pues no se nota”.
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