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Panfleto LAETUS

Del primado de la voluntad en la autoconciencia |Arthur Schopenhauer| [fragmento]

Del primado de la voluntad en la autoconciencia |Arthur Schopenhauer| [fragmento] Cuando recorremos la serie gradual de los animales hacia atrás, vemos que el intelecto se hace cada vez más débil e imperfecto: pero en modo alguno observamos una correspondiente degradación de la voluntad. Antes bien, esta conserva en todos los casos su esencia idéntica y se muestra como una gran dependencia de la vida, desvelo por el individuo y la especie, egoísmo y desconsideración hacia todos los demás, así como los afectos que de ahí derivan. La voluntad está presente completa y en su totalidad hasta en el más diminuto insecto: este quiere lo que quiere, tan decidida y completamente como el hombre. La diferencia radica únicamente en lo que quiere, es decir, en los motivos; pero estos son cosa del intelecto. En cuando secundario y vinculado a un órgano corporal, el intelecto posee innumerables grados de perfección y es, en general, esencialmente limitado e imperfecto. En cambio, la voluntad, en cuanto realidad originaria y cosa en sí, no puede nunca ser imperfecta sino que cada uno de sus actos es todo lo que puede ser. Debido a la simplicidad que corresponde a la voluntad como cosa en sí, a lo metafísico del fenómeno, su esencia no admite grados sino que es siempre plenamente ella misma: únicamente su excitación tiene grados, desde la más débil inclinación hasta la pasión, y lo mismo su excitabilidad, o sea, su vehemencia, desde el temperamento flemático al colérico. El intelecto, en cambio, no solo posee grados de excitación, desde la modorra hasta el desvarío y el entusiasmo, sino que tiene también grados en su esencia misma, en su perfección, que ascienden por niveles desde el animal inferior que solo percibe confusamente hasta el hombre; y en este, a su vez, desde el tonto hasta el genio. Solamente la voluntad es siempre plenamente ella misma. Pues su función es de la máxima simplicidad: consiste en querer y no querer, cosa que se efectúa con la mayor facilidad y sin esfuerzo, y no requiere ninguna práctica; mientras que, por el contrario, el conocimiento tiene variadas funciones y nunca se lleva a cabo sin esfuerzo, ya que este se necesita para pensar y reflexionar; por eso es susceptible de un gran perfeccionamiento por medio del ejercicio y la instrucción. Si el intelecto le presenta a la voluntad un simple objeto intuitivo, esta expresa inmediatamente su agrado o desagrado sobre él: y lo mismo ocurre cuando el intelecto ha cavilado y sopesado fatigosamente para, partiendo de numerosos datos y mediante difíciles combinaciones, extraer finalmente el resultado que en mayor medida parece acorde con el interés de la voluntad; porque mientras tanto esta descansa ociosa y, tras obtenerse el resultado, entra igual que el sultán en el diván, para volver a expresar su monótono agrado o desagrado, los cuales pueden resultar diversos en grado pero en esencia siguen siendo siempre los mismos.
 
Esta naturaleza radicalmente distinta de la voluntad y el intelecto, el carácter simple y originario de aquella en oposición a la índole complicada y secundaria de este, se nos hacen más claros si observamos en nuestro interior su peculiar despliegue y contemplamos en los casos individuales cómo las imágenes y pensamientos que ascienden hasta el intelecto ponen en movimiento la voluntad, y qué separadas y diferenciadas están las funciones de ambos. Eso lo podemos percibir ya en los acontecimientos reales que excitan vivamente la voluntad, aunque sean ante todo y en sí mismos meros objetos del intelecto. Solo que, por una parte, aquí no está tan claro que esa realidad como tal no exista primariamente más que en el intelecto; y, por otra parte, la mayoría de las veces el cambio no se produce con tanta rapidez como se precisa para que la cosa sea fácilmente abarcable y así correctamente captada. Sin embargo, ambas cosas ocurren cuando son meros pensamientos y fantasías los que actúan sobre la voluntad. Si, por ejemplo, a solas con nosotros mismos, reflexionamos sobre nuestros asuntos personales y nos representamos vivamente la amenaza de un peligro realmente presente y la posibilidad de un desenlace desdichado, el miedo comprime enseguida nuestro corazón y se nos hiela la sangre en las venas. Pero si luego el intelecto pasa a la posibilidad del desenlace opuesto y deja que la fantasía pinte la dicha largamente esperada y conseguida, enseguida el pulso cobra una alegra marcha y nuestro corazón se siente ligero como una pluma; hasta que el intelecto despierta de su sueño. Acaso algún motivo para ello lo cause el recuerdo de una ofensa o perjuicio sufrido hace mucho tiempo: enseguida la ira y el rencor asaltan el pecho aún tranquilo. Luego asciende, casualmente provocada, la imagen de una persona amada perdida hace tiempo, a la que se asocia toda la aventura con sus mágicas escenas; entonces aquella ira dejará lugar a una profunda nostalgia y melancolía. Si, por último, nos viene a la cabeza algún antiguo suceso vergonzoso, nos encogemos, queremos hundirnos, nos ponemos colorados e intentamos a toda costa apartarnos y evadirnos de él con una sonora exclamación, como ahuyentando los malos espíritus. Se ve que el intelecto toca la música y la voluntad tiene que bailar a su son: incluso aquel le hace a esta representar el papel de un niño al que su niñera pone a placer en los más diversos estados de ánimo al parlotearle y contarle alternativamente cosas alegres y tristes. Todo esto se debe a que la voluntad carece en sí misma de conocimiento y el entendimiento que le acompaña carece de voluntad. Esta se asemeja a un cuerpo que es movido y aquel a las causas que lo ponen en movimiento: pues es el medio de los motivos. Pese a todo, el primado de la voluntad vuelve a hacerse patente cuando ésta, tras dejar gobernar al intelecto, su espejo, le hace sentir en última instancia su supremacía al prohibirle ciertas representaciones y no permitir la evocación de ciertos pensamientos; porque ella sabe, es decir, se entera por ese mismo intelecto, de que caería en alguna de las emociones descritas: entonces refrena el entendimiento y le obliga a dirigirse a otras cosas. Por muy difícil que ello pueda ser, se consigue en cuanto la voluntad se lo toma en serio: pues la resistencia no procede aquí del entendimiento, que siempre permanece indiferente, sino de la voluntad misma, que en un sentido se inclina hacia una representación que en otro sentido rechaza. En sí misma ésta es interesante porque le motiva; pero al mismo tiempo el conocimiento abstracto le dice que la pondría inútilmente en una agitación penosa o que no valiera la pena: conforme a este último conocimiento, ella se decide y obliga al intelecto a obedecer. A esto se le llama «ser dueño de sí»: está claro que aquí el dueño es la voluntad y el servidor el intelecto; pues ella es en última instancia la que siempre ostenta el mando. A este respecto, correspondería a la voluntad el título de lo hegemónico, lo que tiene el mando: pero también parece corresponderle al intelecto en cuanto es el director y el guía, igual que el asalariado que marcha por delante del viajero. Pero en verdad el ejemplo más acertado para la relación entre ambos es el del ciego forzudo que lleva en sus hombros a un paralítico que ve.
 
La relación aquí expuesta entre la voluntad y el intelecto puede además reconocerse en el hecho de que el intelecto es originariamente ajeno por completo a las decisiones de la voluntad. Él le suministra los motivos: pero solo se entera de cómo han actuado sobre ella después, totalmente a posteriori; es igual que quien hace un experimento, pone los reactivos y luego espera el resultado. El intelecto queda excluido de las verdaderas decisiones y las resoluciones ocultas de su propia voluntad hasta tal punto que en ocasiones, igual que si se tratara de una voluntad ajena, solo se puede enterar de ellas espiando por sorpresa, y tiene que atraparla en sus exteriorizaciones para descubrir sus verdaderos propósitos. Por ejemplo, he trazado un plan al que se opone algún escrúpulo y cuya ejecución es totalmente incierta en lo que a su posibilidad respecta, ya que depende de circunstancias externas y aún no resueltas; así que por de pronto no sería necesario adoptar ninguna resolución sobre él; de ahí que deje el asunto en paz de momento. Pero con frecuencia no sé hasta qué punto he confraternizado ya en secreto con aquel plan y cuánto deseo realizarlo pese a los escrúpulos; es decir, mi intelecto no lo sabe. Mas luego llega una noticia favorable a su realización: enseguida nace en mi interior una alegría jubilosa e incontenible que se extiende por todo mi ser y se apropia permanentemente de él, para mi propio asombro. Hasta entonces no llega mi intelecto a saber con qué firmeza había abrazado mi voluntad aquel plan y cómo se había adaptado plenamente a él, mientras que el intelecto sólo lo había adaptado plenamente a él, mientras que el intelecto sólo lo había tomado por algo totalmente problemático y que difícilmente podía hacer frente a aquel escrúpulo. O, en otro caso, he contraído con gran empeño una obligación recíproca que creía altamente acorde con mis deseos. Luego, al proseguir el asunto, se hacen sentir los inconvenientes y las cargas, y caigo en la sospecha de que me arrepiento de aquello que con tanto empeño emprendí: sin embargo, me libro de ella dándome por seguro que, aunque no estuviera obligado, seguiría por el mismo camino. Pero entonces, de manera inesperada, se resuelve el compromiso por el lado opuesto y percibo con asombro que ello se produce con gran alegría y alivio por mi parte. Con frecuencia no sabemos lo que deseamos o lo que tememos. Podemos abrigar durante años un deseo sin confesárnoslo o sin permitir que se nos haga claramente consciente; porque el intelecto no debe enterarse de nada, ya que con ello se resentiría la buena opinión que tenemos sobre nosotros mismos: pero si el deseo se cumple, en nuestra alegría reconocemos, no sin vergüenza, que hemos deseado eso: por ejemplo, la muerte de un familiar cercano al que estamos enterrando. Y a veces no sabemos lo que realmente tememos, ya que nos falta el valor de hacérnoslo claramente consciente. Incluso con frecuencia estamos en un completo error acerca del auténtico motivo por el que hacemos u omitimos algo, hasta que acaso una casualidad nos revela el secreto y nos damos cuenta de que no era un motivo lo que considerábamos como tal, sino otra cosa que no habíamos querido confesar, ya que en modo alguno se corresponde con la buena opinión que abrigamos acerca de nosotros. Por ejemplo, dejamos de hacer algo por razones puramente morales, según creemos; pero luego nos damos cuenta de que fue únicamente el miedo lo que nos retuvo, ya que lo hacemos tan pronto como desaparece cualquier peligro. En casos particulares la cosa puede llegar tan lejos que un hombre no suponga siquiera el verdadero motivo de su acción y hasta se considere incapaz de ser movido por él: y, sin embargo, ese es el verdadero motivo de su actuar. De paso se confirma y explica en todo esto la regla de La Rochefoucauld: L’amour propre est plus habile que le plus habile homme du monde [El amor propio es más hábil que el hombre más hábil del mundo]; e incluso encontramos ahí un comentario al Conócete a ti mismo délfico y su dificultad. Si, por el contrario, tal y como se figuran todos los filósofos, el intelecto constituyera nuestra verdadera esencia y las resoluciones de la voluntad fueran un mero resultado del conocimiento, entonces lo decisivo de cara a nuestro valor moral tendría que ser únicamente el motivo por el que suponemos actuar; del mismo modo que la intención, no el resultado, es aquí lo decisivo. Pero entonces la distinción entre motivos supuestos y reales sería imposible. Así pues, todos los casos aquí expuestos, junto a otros análogos que cualquiera que preste atención puede observar en sí mismo, nos permiten ver cómo el intelecto es tan ajeno a la voluntad, que a veces es incluso mistificado por ella: pues él, ciertamente, le suministra los motivos pero no penetra en los resortes ocultos de sus resoluciones. Es un confidente de la voluntad pero un confidente que no lo sabe todo. Una confirmación de esto nos la ofrece el hecho de que en ocasiones el intelecto no informa correctamente a la voluntad, como casi todos habrán tenido alguna vez la oportunidad de observar en sí mismos. En efecto, cuando hemos concebido una decisión importante y atrevida que en cuanto tal no es en realidad más que una promesa que la voluntad hace al intelecto, en nuestro interior nos queda la duda leve e inconfesa de si la cosa va totalmente en serio, de si al cumplirla no vacilaremos ni nos echaremos atrás sino que tendremos la firmeza y constancia suficientes para llevarla a cabo. Por eso se necesita el hecho para convencernos a nosotros mismos de la sinceridad de la decisión.
 
Todos estos hechos atestiguan la total diversidad de la voluntad y el intelecto, el primado de la primera y la posición subordinada de éste.
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