Blogia
Panfleto LAETUS

El mito de Ícaro |André Comte-Sponville| [fragmentos de la Introducción]

El mito de Ícaro |André Comte-Sponville| [fragmentos de la Introducción] La desesperanza, no la tristeza. E incluso: la desesperanza contra la tristeza. Pues la tristeza nunca es sino la decepción por una esperanza previa. Y no hay esperanza que no se vea frustrada, que no tenga su cuota de tristeza e inquietud. Trampas del tiempo. Laberinto de vivir. Mientras que la verdadera desesperanza -si es que es posible- no podría ser triste: si lo fuera, no podría sino esperar el fin de su tristeza y se anularía en esta contradicción. Si la tristeza es un estado negativo, la desesperanza, en el sentido en el que yo la tomo aquí, es un estado neutro. Es el grado cero de esperanza. Nada más; nada menos. Es una suerte de estado sin porvenir (puesto que no hay porvenir que no incorpore esperanza), en el que precisamente se trata de evaluar la posibilidad y las consecuencias. La desesperanza es el presente mismo. Dicho de otra forma: la eternidad de vivir. La palabra, sin embargo, me incomoda un poco, lo confieso, por lo que en apariencia evoca de negativo o triste, por sus connotaciones melancólicas, de nostalgia o, para decirlo todo, de romanticismo. Si sintiera atracción por los neologismos, voluntariamente habría utilizado el de inesperanza, como hacía Mounier en un sentido, por lo demás, bastante próximo: «no el luto de la esperanza sino la constatación de su ausencia...». Pues bien, es un poco eso -esta constatación- lo que en definitiva querría pensar; hasta el final, si es posible, es decir, también hasta su límite y hasta ese extremo en el que la felicidad se convierte por su parte en algo pensable. Pero esta palabra de inesperanza no ha conseguido imponerse. Y además es de justicia. Pues la desesperanza, incluso la más neutra, nunca es un estado original. Supone siempre la fuerza previa de un rechazo. La esperanza es lo primero; por tanto, hay que perderla. La des-esperanza indica esta pérdida que no es en principio un estado sino una acción. La desesperanza viene siempre después. Es el búho de Minerva del alma, y su comienzo. Algo así como en la historia de los números la invención final del cero. El niño cree al principio en Papa Noel...
 
(...) Feliz es aquel al que, como se suele decir, «nada le cabe esperar», y Gide tenía razón al querer morir «totalmente desesperado»; eso sería morir feliz. La famosa frase que Dante inscribiera a las puertas de su Infierno -«¡Quien entre aquí abandone toda esperanza!»- debería servir más bien para dar entrada al Paraíso: no a un condenado que espera una salvación imposible, sino al bienaventurado que todo lo ha conseguido -y sólo a él- nada ya le cabe esperar. La esperanza es la espera de la felicidad -lo cual supone tanto como que uno aún no la tiene-. Sabemos que no se la puede esperar mucho tiempo, toda vez que la esperamos ya desde hace mucho. Madame Bovary soy en realidad yo mismo, todos nosotros: «De esta manera no vivimos nunca, pero esperamos vivir; y preparándonos siempre a ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca». Tener esperanza es esperar; la felicidad comienza cuando ya no se espera. El desesperado quiere ser feliz inmediatamente, y tiene razón: su sabiduría es impaciente -y no tiene paciencia sino para la sabiduría-. Dios tiene razón al apreciar tanto la esperanza: ella es la que le hace vivir. Pero para el hombre, vivir de esperanza es tanto como vivir de ilusiones. De ahí la religión. De ahí también la tristeza. «Los tristes tienen dos razones para serlo: ignoran o esperan». Y muy a menudo esperan porque ignoran. Frente a ello, la verdad sin esperanza (puesto que es la verdad) es siempre verdad del presente, verdad eternamente presente. (...)
 
Ésa es también la lección de Epicuro: «Nacemos una sola vez y dos no nos es dado nacer y es preciso que la eternidad no nos acompañe ya. Pero tú, que no eres dueño del día de mañana, retrasas tu felicidad y, mientras tanto, la vida se va perdiendo lentamente por ese retraso, y todos y cada uno de nosotros, aunque por nuestras ocupaciones no tengamos tiempo para ello, morimos». Frente a todo ello, la desesperanza le hace un sitio al placer presente -este placer que es «principio y fin de la vida dichosa»-. Si se quiere, no es más que el cigarrillo del condenado, pero toda la vida puede estar condensada en este cigarrillo, hermoso y único, que se halla suspendido sobre la nada. «Debemos reír a la vez que buscar la verdad», dice Epicuro, «y cuidar de nuestro patrimonio y sacar fruto a las demás propiedades». Es Sísifo feliz. Por lo demás, aquí no  hay roca o, si la hay, se trata sólo de una imaginaria. Lucrecio lo vio con claridad: la roca es la esperanza misma, y el temor. La una no se da sin la otra, y aquello que uno empuja ante sí, siempre vuelve a caer. Es esto lo que resulta absurdo, y triste, y trágico: siempre el peso de nuestros deseos insatisfechos, de nuestros temores vanos. Sísifo es Tántalo. Lo que desea «no es sino ilusión y jamás le será concedida». Y lo mismo con respecto a lo que teme. Todo eso no está sino «vacío», y queda reemplazado por la sola imaginación. Este vacío no es una carga tan pesada como el peso mismo de nuestros fantasmas. La roca está en nosotros, y es esto lo que la desesperanza anula, volviendo a darle al vacío la ligereza que le es propia. Es el comienzo de la paz. «La ambición y los dioses mueren juntos; juntos la esperanza y el dolor...». (...)
 
Vémonos muy lejos de la «desesperanza» siniestra en que se quiere ver el clima espiritual de nuestra época, y que no se halla tejido sino por caídas en falso y ascensiones abortadas. Movimiento propio de una pulga, no de un pájaro... Lo que ocurre es que no se desciende lo suficiente, porque nunca se dejan de esperar miles y miles de cosas. No es desesperanza; se trata de una sucesión indefinida de esperanzas frustradas. Nuestra época no es la de la desesperanza; es la de la decepción. Y la de la decepción suprema: la que resulta de no ser inmortales. Lo que ocurre es que esperamos demasiado, siempre demasiado. Empujamos nuestras rocas y he aquí que una y otra vez estas rocas vuelven a caer... ¿Pero cómo podrían no hacerlo? Rocas son al fin... Y nosotros volvemos a descender con ellas, llorando por nuestras ilusiones perdidas y soñando ya con las siguientes... «Mientras que el objeto de nuestros deseos permanece alejado, nos parece superior a todo lo demás; para nosotros es para quienes deseamos otra cosa, y la misma sed de la vida sostiene siempre nuestro aliento...». (...) Este libro [“El mito de Ícaro”] tratará de pensar bajo la invocación de Ícaro una ascensión de otro tipo, sin rocas ni montañas -sí, sin más rocas que las imaginarias y sin más montañas que las soñadas-, una ascensión de la cual me parece, por hablar sólo de Occidente, que Epicuro y Spinoza -además de otros- no han hecho sino indicar el camino. Mi locura, si es tal, consiste en creer aún en él.
 
Cada uno tiene sus alas y su viaje, decía, cada uno la inmensidad de su cielo... Azar de las vidas y de las capacidades: las alas que yo conozco son las del pensamiento. Filosofar es mi viaje; la sabiduría, el cielo al que yo tiendo. Hay otros caminos, sin duda, y quizá más hermosos o más cortos. Pero uno no elige. O, más bien (pues la voluntad tiene aquí algo que decir: ¿quién más podría decirlo?), uno no elige su elección, sino sólo su respuesta. Y la alternativa fijada por mí fue: desesperanza o filosofía. Azar de los días... Sucesivamente he elegido una cosa o la otra, según los momentos y las circunstancias de la vida, según las intermitencias del corazón y las dudas de la razón, antes de darme cuenta al fin de que los dos caminos se reúnen, puesto que la una no era sino el conocimiento verdadero de la otra. La sabiduría constituye el feliz punto de encuentro entre ambas, del que evidentemente no hablo por una experiencia personal (de haberla alcanzado, por otra parte, no sentiría la necesidad de hablar de ella), sino simplemente por haber tomado en serio, en lo que ella apunta como su fin propio, una tradición filosófica que es la nuestra. Se me dirá que esta tradición está superada, que es anacrónica, ilusoria... Tal vez, pero después de todo no importa, pues al fin y al cabo no hay ninguna otra cosa. En resumen, la dicha, si no la felicidad, no está al final del camino, sino en la marcha misma. Epicuro lo dice, Spinoza lo dice, y de esto al menos yo he podido tener experiencia. Lo confesaré de un modo ingenuo: me gusta la filosofía por la felicidad -aunque sea fugaz- que ella me procura.
 
Me preguntarán entonces qué es la filosofía. Y sin duda no es algo que esté claro ya para un buen número de personas ante el extraño disparate que hoy día ha llegado a esconderse tras esta palabra, y que a menudo no consiste sino en mera erudición y juego de espíritu o, en general, en charlatanería de la razón. Pues en ocasiones también la razón habla por hablar... A decir verdad, no discutiré sobre las palabras y dejo a cada uno que le dé el nombre que prefiera. Lo importante es ponerse de acuerdo sobre las definiciones. La mía tiene más de dos mil años y me resulta grato tomarla prestada de Epicuro, sin tener que cambiar en ella una sola palabra, ni hallar nada que retocar en aquella insuperable formulación: «La filosofía es una actividad que, mediante el uso del discurso y del razonamiento, nos procura una vida feliz». Habrá que subrayar que no se hace referencia con ello a ese monstruo proteico que frecuenta nuestras bibliotecas, gran devorador de ofrendas y sacrificios (tesis, memorias, coloquios...), con sus misas y sus grandes sacerdotes, sus vestales y sus inquisidores, con sus libros sagrados, sus profetas y sus mártires que he llamado historia de la filosofía -disciplina estimable, bien lo sé, pero que un día acabará, si no estamos en guardia, por devorar a la filosofía misma, y que yo por mi parte abandono a manos de los historiadores-. Es hoy cuando hemos de vivir. Es hoy cuando hemos de pensar. Y Epicuro o el Buda, Lucrecio o Pascal, Marx o Spinoza sólo cuentan por lo que puedan -hoy- ayudarnos a ello. Y poco me importa que entre ellos difieran en tantos puntos. Lo que me interesa es lo que pueden en conjunto ayudarnos a pensar. Mi problema no es de eclecticismo sino de estrategia.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

6 comentarios

Augustjin -

confunden la esperanza, la desesperanza y la inesperanza. Para entender a Sponville hay que leer a Camus, para entender a Camus hay que leer a Nietzsche, para entender a Nietzsche hay que saber de hinduismo y budismo...algo más????

Lo que debe existir es la inesperanza, mismo sponville utiliza ese término en lugar de desesperanza

Amkiel -

NOTA: Para más información...

+ Crítica del libro homónimo:
http://laetus.blogia.com/2007/012701--el-mito-de-icaro-124-andre-comte-sponville-124-.php

+ Fragmentos del Prólogo:
http://laetus.blogia.com/2007/012901-el-mito-de-icaro-124-andre-comte-sponville-124-fragmentos-del-prologo-.php

Amkiel -

Si esperamos a que aparezca alguien que nos saque, no podemos esperar sentados, hay que estar saliendo cuando llegue.

Daynus -

hola buenoo estar triste es una estanciaa de soledad o otras cosas qe pueden causartee ese sentimiento de tristeza abandonamientoo como me siento ahora mi casoo es qe todo se olvidan de mi y nadie me recuerda porqe soy yo cuando esta en reemplazante y me mata y me encuentro en este estadoo pero no se venzar vienen muchas cosas mejores podemos salir de estos estados aunque duelan mucho mucho al fin a kado es un sentimiento de dolor peroo cuando alguien aparescaa nos ayudara a salir en ese posos depresiboo

Amkiel -

Uno puede estar alegre o ser feliz, lo primero es un estado y lo segundo una esencia. Resulta mucho más fácil reconocer cómo se está a cómo se es. Conocer la esencia requiere introspección y análisis. De ahí que la felicidad suela recordarse en lugar de notarse, pues lo que de verdad se nota es la alegría. Y creo que ése debe de ser realmente nuestro objetivo: estar alegres.

Un beso.

AlmaLeonor -

¡Hola!
¿no te estas mostrando ultimamente con un cierto grado de "desesperanza"?

"Los tristes tienen dos razones para serlo: ignoran o esperan. Y muy a menudo esperan porque ignoran".

Si la esperanza resulta tan triste, tan ignorante, tal vez la acción de Pandora no resultó tan benéfica.

"La esperanza es lo primero; por tanto, hay que perderla. La des-esperanza indica esta pérdida que no es en principio un estado sino una acción".

Si la acción es el camino, yo me quedo con una de las últimas frases:

"La dicha, si no la felicidad, no está al final del camino, sino en la marcha misma".

Creo que algo parecido te dije una vez y me contestaste que no estabas de acuerdo con ello. "La felicidad es un estado que se recuerda" me dijiste.

Besos.AlmaLeonor
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres