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Panfleto LAETUS

La lucha por la dignidad |José Antonio Marina / María de la Válgoma| [Introducción y fragmentos del último capítulo]

La lucha por la dignidad |José Antonio Marina / María de la Válgoma| [Introducción y fragmentos del último capítulo]

INTRODUCCIÓN

 
En Sierra Leona, los guerrilleros cortan la mano derecha de los habitantes de una aldea antes de retirarse. Una niña, que está muy contenta porque ha aprendido a escribir, pide que le corten la izquierda para poder seguir haciéndolo. En respuesta, un guerrillero le amputa las dos. En Bosnia, unos soldados detienen a una muchacha con su hijo. La llevan al centro de un salón. Le ordenan que se desnude. «Puso al bebé en el suelo, a su lado. Cuatro chetniks la violaron. Ella miraba en silencio a su hijo, que lloraba. Cuando terminó la violación, la joven preguntó si podía amamantar al bebé. Entonces, un chetnik decapitó al niño con un cuchillo y dio la cabeza ensangrentada a la madre. La pobre mujer gritó. La sacaron del edificio y no se la volvió a ver más» (The New York Times, 13-12-1992). Los periódicos están llenos de horrores. La historia también. Hitler, Stalin, Pol Pot y muchos otros deberían formar parte de un retablo maldito que no olvidáramos nunca.
 
Resulta incomprensible que ante tanta maldad, ante tanto comportamiento indigno e indignante, afirmemos que todos los seres humanos están dotados de dignidad, es decir, de un valor intrínseco, independiente de sus actos, de su barbarie, de ese inicuo refinamiento de la crueldad. Resulta incomprensible que no sigamos enarbolando el equilibrado principio del talión, culminación de la justicia conmutativa, que tengamos consideración con quien no la tuvo previamente, que nos empeñemos en librar de la pena capital a quien ha violado y matado a una niña, o en rehabilitar a quien sin razón y sin excusa nos ha destrozado la vida. ¿De dónde hemos sacado una idea tan extraña? ¿Por qué la aceptamos hasta el punto de que está recogida en muchas Constituciones modernas? ¿No va contra el sentido común, contra los sentimientos comunes, contra la sana indignación ante el salvajismo, contra el equilibrio de la justicia?
 
Es contradictorio afirmar la dignidad de los indignos. ¿Por qué lo hacemos? Tal vez nos suceda lo mismo que a Sigmund Freud, que abrumado por su escepticismo y su enfermedad escribía a su amigo: «Durante toda mi vida me he empeñado en ser honrado y en cumplir con mis obligaciones. No sé por qué lo he hecho.» Utilizamos la palabra «dignidad» para fundar en ella nuestra clemencia, cuando en realidad deberíamos justificar primero esa presunta «dignidad» que vamos a utilizar como comodín cada vez que nos encontremos en un atolladero ético.
 
Rorty, un prestigioso filósofo contemporáneo, comenta que la afirmación de la dignidad humana por encima de la dignidad animal no es más que la petulancia injustificada de una especie que sabe hablar. ¿Debemos entonces prescindir de ella? No hay que precipitarse, porque el concepto de dignidad está sirviendo de fundamento a muchas concepciones éticas y jurídicas, y ya vivimos bastante al descampado como para prescindir alegremente de un posible cobijo. Esperamos que al final de nuestro relato el lector sepa a qué atenerse.
 
A pesar del comienzo dramático, éste es un libro sobre la felicidad política. Sobre la Ciudad feliz. Hace unos años, cuando las facultades de psicología estaban inundadas por el conductismo de Skinner, se leía mucho un libro suyo titulado Más allá de la libertad y la dignidad. En él sostenía que el ser humano sólo conseguiría la felicidad cuando se librara de esos dos mitos ensoberbecidos y absurdos. Nosotros, en cambio, consideramos que la dignidad es una invención imprescindible para alcanzar la felicidad.
 
Estamos embarcados en un gran proyecto. No somos ilusos, aunque estemos llenos de ilusiones. Hay que tomarse en serio a Shakespeare: «La vida es un cuento absurdo, contado por un idiota sin gracia, lleno de ruido y furia.» Pero queremos añadir: «que se empeña en escribirlo de otra manera». El hombre es un animal, desdichado por comprender que es un animal, y que aspira a dejar de serlo. Ésta es la patética y parricida historia de la humanización. El hombre nuevo quiere matar al hombre viejo. Es nuestra historia común, en la que todos podemos buscar nuestra identidad. Creemos que la Humanidad navega por un mar azaroso con rumbo pero sin mapas. Su historia es la crónica de múltiples naufragios. Pero como escribió el sentencioso Séneca: «El buen piloto, aun con la vela rota y desarmado y todo, repara las reliquias de su nave para seguir su ruta.» Los autores, convencidos de que vivir navegando, cara al viento, es un bello vivir, han pretendido recuperar el cuaderno de bitácora de la Humanidad, con sus tempestades y bonanzas, mares profundos e islas emergentes, para ver de descubrir los rumbos perdidos y los rumbos logrados.
 
 

XV. HACIA UNA CONSTITUCIÓN UNIVERSAL

 
La historia, como el trigo, ha llenado con sus acontecimientos los trojes de la memoria. Es hora de hacer el pan para alimentar el futuro. Después de tantos datos, después de tantos libros, que expresaban la luz y las tinieblas de este mundo, después de admirar de nuevo el poder creador de la inteligencia, después de haber oído a lo lejos como el grito de un niño la llamada de lo posible, ha llegado el momento de mirarnos al espejo y preguntarnos. ¿Y si creyéramos de verdad que estamos haciendo lo que estamos haciendo? Entonces, nos sentiríamos en periodo constituyente. Oiríamos una vez más la poderosa voz del poeta:
 
          Si arrancaras de ti las cadenas,
          te llamarían constructor de ciudades.
 
En esto estamos empeñados. En construir a trancas y barrancas los cimientos de la Ciudad feliz. Pero lo estamos haciendo con más pena que gloria, sin planos, deshaciendo por la mañana lo que hemos construido por la tarde. Y es difícil pensar que Sísifo sea dichoso.
 
Ahora, en la atardecida de este libro [“La lucha por la dignidad”] que se acaba, con el crepúsculo ya encendido para detener la noche, vamos a hacer al lector nuestra propuesta más sensata, más meditada y más ambiciosa, es decir, más poética. Damos por descontada la risita displicente de los enterados, que están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte. Conocemos muy bien a los profetas de la imposibilidad. Son los que dijeron que era imposible la emancipación de los esclavos, el voto de la mujer, la asistencia médica universal, la alfabetización general, las vacaciones pagadas o el subsidio de desempleo. Afortunadamente, vivimos de esas imposibilidades que se realizaron. Es verdad que somos utópicos, pero no para alejarnos de la realidad, sino para comprender mejor el presente y sus posibilidades. «Porque la utopía», como ha dicho José María Cabodevilla, «más que una visión del futuro, constituye una interpretación del presente.»
 
Los cimientos de la Ciudad dichosa son los derechos individuales, universalmente reconocidos y realizados. Estos derechos innatos, descubiertos en una gigantesca aventura intelectual y metafísica, son la gran creación de la inteligencia para paliar el sufrimiento e instaurar el orbe de la dignidad. Las Declaraciones, fantásticos y humildes documentos a los que tanta importancia hemos dado, han supuesto un paso decisivo en su construcción. Han sembrado sus nobles palabras en la tierra firme aunque a veces engañosa de las Constituciones. Pero no es suficiente porque las palabras sembradas pueden producir sólo palabras, que producen más palabras, y acaban convirtiéndose en significantes sin significados, proliferantes sin sentido. Hay que ir más allá y establecer realmente el contrato que Hobbes imaginó. Necesitamos elaborar una Constitución Universal, que cumpla respecto del universo las funciones que con éxito han cumplido las Constituciones nacionales respecto de la nación. No estamos, pues, proponiendo una solución original, sino ampliando soluciones ya probadas.
 
El mundo ha disminuido de tamaño. Lo que hace unos siglos no era posible lo es ahora. Hasta hace muy poco tiempo, tribus luchaban contra tribus, condados contra condados, ciudades contra ciudades, señores contra señores. El mundo terminaba donde terminaba el aliento de un caballo. Todas aquellas facciones encontradas acabaron uniéndose en Estados, y los intereses permanentemente en lucha, apaciguándose. La inteligencia práctica inventó las Constituciones para permitir que colaboraran los que antes habían sido fuerzas encrespadas y dispersas. No había generosidad sino protección del propio interés, pero ese invento normativo produjo bienes insospechados. Creó un régimen de seguridad jurídica. Impuso solidaridad donde siempre hubo rapiña. Unas villas ayudaron a otras villas antes enemigas. Se consumó una redistribución de los bienes sin guerras ni víctimas.
 
Nos parece sensato aplicar la misma receta ampliando la escala. (...)
 
Estamos reclamando una afirmación constituyente de la especie humana, decidida a instaurarse, mediante un enorme y emocionante acto de creación, como una especie dotada de dignidad.
 
(...) Proponemos como primer artículo de la Constitución Universal el siguiente texto:
 
Nosotros, los miembros de la especie humana, atentos a la experiencia de la historia, confiando críticamente en nuestra inteligencia, movidos por la compasión ante el sufrimiento y por el deseo de felicidad y de justicia, nos reconocemos como miembros de una especie dotada de dignidad, es decir, reconocemos a todos y cada uno de los seres humanos un valor intrínseco, protegible, sin discriminación por edad, raza, sexo, nacionalidad, idioma, color, religión, opinión política, o por cualquier otro rasgo, condición o circunstancia individual o social. Y afirmamos que la dignidad humana entraña y se realiza mediante la posesión y el reconocimiento recíproco de derechos.
 
Sobre estos cimientos podríamos construir la Ciudad feliz.
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