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Panfleto LAETUS

· Under cover ·

· Under cover · Apaciblemente tumbado en la cama, mirando la gotera del techo, me aborda un pensamiento incierto, ¿es este mundo sólo para aquellos que progresan a costa de hundir en la desgracia a los demás? Es cierto, el techo necesita una reparación urgente, llamaré mañana mismo al albañil amigo de mi padre que se caso con la cuñada de mi tío Eufrasio. En la guerra civil mi tío luchó en el bando republicano por no salir de su pueblo, así que cuando ganaron los otros no tuvo ningún reparo en cambiar de bando. Sin embargo, por necesidad tuvo que emigrar a Alemania para ejercer su profesión de carpintero. Allí conoció a Hildegarda, la que más tarde sería su esposa y mi tía. Ella le dio dos hijos y una hija: Fulgencio, Melitón y Radegunda.
 
Desde mi horizontalidad cavilo sobre la posibilidad de que el éxito sólo se consigue cuando otros fracasan, al igual que no puede haber ricos si no hay pobres. Sin embargo, la vida de mi tío en Alemania no era muy holgada. Parte de su sueldo lo mandaba a su pueblo para costear los gastos del tratamiento médico de mi abuela. Así que Hildegarda se dedicó a criar a los hijos de los opulentos de la ciudad en donde vivían, mientras que Eufrasio hacía tantas horas extra que prácticamente sólo iba a casa para dormir. De esta forma pudieron costear los estudios de sus tres hijos.
 
Comienza a oscurecer y lentamente se desvanece en la penumbra la mancha del techo. En la oscuridad de la habitación creo encontrar una luz a mi pensamiento. El problema de triunfar a costa de los demás radica en no reconocerlo, en despreciar a aquellos que nos han servido de plataforma para continuar avanzando. Así que cuando mis primos acabaron sus estudios no les fue difícil encontrar un buen puesto de trabajo. Fulgencio se dedicó con éxito a la abogacía, Melitón se convirtió en la mano derecha del ingeniero jefe de una consultoría técnica, y Radegunda triunfó como analista financiera en un periódico de prestigio internacional. Mientras tanto, mi tío Eufrasio y su mujer Hildegarda, muy desmejorados para la edad que tenían, veían como el éxito de sus hijos se transformaba en una barrera para comunicarse con ellos. No tardó muchos años en desaparecer por completo la relación. ¿Es qué mis tíos habían cambiado? Ellos reconocían su culpa, ya no eran dignos para sus hijos.
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4 comentarios

Amkiel -

Soy de ideas fijas, pero siempre después de cada uno de mis frecuentes cambios de opinión.

Amanda Sue -

Bueno, en realidad es un problema de edad. Tú tienes la tuya y yo la mía: como ya somos personas mayores, de ideas fijas y tozudos, cuesta cambiar. Suelo ser solidaria, para apoyar a mis amigos, pero reconozco que da gusto discutir cuando no es en serio: te acabas riendo y te sientes comprendido y respaldado. Un beso muy fuerte.

Amkiel -

Este cuento tiene sus añitos: lo escribí cuando estaba en la universidad para recordarme que, ante todo, somos personas aunque pueda haber circunstancias diferentes.

Me honra que, al menos por una vez única y solitaria, estés de acuerdo conmigo. Aunque es más divertido cuando nos discrepamos mutuamente.

Amanda Sue -

Por una vez estoy totalmente de acuerdo contigo (no te acostumbres...). Lo he vivido de cerca y es tristemente cierto. La separación física y mental acaba pasando factura: la ambición de los padres no es la misma de los hijos.
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