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"Razones de sobra", primer día de septiembre de 2008
El humor sirve para muchas cosas: hacernos la vida más alegre, fomentar la reflexión, molestar a los poderosos, etc. Por eso procuro entrenarlo casi a diario, porque un día sin sonrisa ha sido día que no ha valido la pena.
Hace tiempo descubrí la página de irreverendos, en la que participan multitud de humoristas, la mayoría gráficos. Son muchos y muy buenos, pero esta loa está dedicada sólo a una persona: Lola.
Las viñetas de Lola conjugan de manera sublime ideas brillantes con una técnica que les aporta una sensibilidad adicional. La parte gráfica principal suele ser una acuarela, una obra de arte de por sí, que me embelesa. El texto la complementa perfectamente, revelando un atento observar de la realidad cotidiana. Su obra provoca una sonrisa que fomenta nuestra lucidez. Así que ya sabéis, atentos lectores, lo que es bueno.
El regalo más precioso es el inesperado, cualquier otro tiene sospecha de compromiso. Yo tengo el original de la viñeta que acompaña esta loa. Tengo un tesoro.

El monje de Matthew G. Lewis es una novela de terror gótico escrita hace poco más y nada menos que doscientos años. Por aquellos entonces, al no existir todavía la televisión, la moral era el referente cultural por excelencia: Rígida, hipócrita y salvajemente aderezada con terrores religiosos. Una moral donde las mujeres, el sexo débil, eran las únicas responsables de preservarse puras con su entereza; mientras que los hombres, el sexo fuerte, sucumbía a sus propias debilidades. Incluso a mí, que carezco de fe y mis preocupaciones son más bien mundanas, la abyecta historia del monje me pone los pelos de punta.

Érase una vez un tiempo en el que consideraba oro todo lo que tocaba Mark Knopfler. Adoraba sus dIRE sTRAITS y todas las colaboraciones que tuviese a bien perpetrar, que eran muchas por aquellos entonces: bandas sonoras de películas e instrumentista de lujo en otros discos. Entre las primeras supe de La princesa prometida y me la grabé en cassette (¡qué rústico suena hoy en día!), en la misma cinta de Local Hero. Entonces, cuando más tarde la pude ver por televisión, estaba más pendiente de la música que de las imágenes. Sin embargo, esa atención auditiva no fue mucho más allá de los primeros acordes, pues me descubrí absorto en las imágenes y la historia que contaban. Me gustó tanto la película que, cuando supe que estaba basada en un libro de William Goldman, apunté en alguna de las neuronas del fondo, las que reservo para la memoria a largo plazo, el leerme el libro. Pues bien, esta crítica es precisamente para hablar del libro (aunque hable de tantas otras cosas, más que nada para despistar o situaros). En tres días lo he leído y ¡no me ha gustado! ¡Horror!, es la primera vez que me pasa. Otras experiencias previas de película y libro me aportaban el doble de satisfacción, pues nunca las películas son tan fieles al libro como para que el libro no permita vivir de nuevo la historia. Recuerdo ahora un par de casos de doble disfrute: Chocolat de Joanne Harris y El nombre de la Rosa de Umberto Eco. Sin embargo, leer La princesa prometida es descubrir cómo el bello ideal del amor verdadero es algo ridículo. Y eso es triste.

Pone en la contraportada del libro: “Es mentira que ésta sea una novela sobre la muerte, sobre la experiencia de estar muerto o sobre la memoria de los difuntos, aunque algo de eso haya. No es mentira que este simulacro de vida sea una gran novela en la que la realidad y la ficción se entreveran para acercarnos a la verdad, y un relato que reflexiona sobre el arte de narrar el pasado -el arte, el juego de contar mentiras- y una subyugante novela sobre la credulidad, sobre las relaciones humanas y las mentiras que las anudan, sobre los ritos y los mitos, sobre la textura sentimental de la que estamos hechos.” Compré el libro porque me creí todas las mentiras que me contaban en la contraportada; jamás me he sentido tan orgulloso de ser tan crédulo. Mentira, la novela de Enrique de Hériz, es una novela estupenda, magistral, fantástica, y no miento.

Hay dos tipos de cuentos de terror: aquellos que llegar al final supone un agradable alivio después de tanto susto, y aquellos en que el punto final sólo está en el papel, pues la inquietud salta hasta nuestra imaginación para que el cuento continúe con nuevos protagonistas, quizá nosotros mismos. A cuentos del segundo tipo me refiero cuando quiero recomendar fervorosamente el libro de José María Latorre, La noche de Cagliostro y otros relatos de terror (editorial Valdemar, colección El Club Diógenes, nº 239). Copio a continuación el cuento de terror más breve que he leído nunca:
FRENTE A LA TUMBA
El hombre se sentó frente a la tumba y esperó a que ésta se abriera.

Las últimas semanas leía como mucho un capítulo cada día, vano intento de alejar el fin que inexorablemente estaba cada vez más cerca. Lo leía despacio, como quien recita una plegaria o lanza un conjuro, paladeando cada frase, recreándome en el escenario descrito, siendo espectador a pie de línea. Pero no es posible eludir el destino de un buen libro: echarlo de menos tan pronto se pasa la última página. Así que les digo que quizás no deberían de leer la novela Autómata de Adolfo García Ortega, porque algún día se acabará y ese día volverán a estar solos. Entonces tampoco deberíamos de enamorarnos ni vivir con ilusión, aunque espero no recomendar jamás tal cosa.
A finales del siglo XX, Oliver Griffin, español de origen irlandés, realiza un viaje por mar hasta Punta Arenas, en el estrecho de Magallanes, con el objetivo de restaurar un hecho histórico que, misteriosa y extrañamente, ha unido su vida a la de los magos praguenses Melvicio y Löw en el siglo XVI.
Para ello, Griffin reproducirá el viaje de novios que, en los años veinte, realizaron sus abuelos. En aquella ocasión conocieron a una mujer, Graciela Pavic, que encontró en el Estrecho un autómata del siglo XVI con forma de guerrero terrible, colocado allí según un plan secreto de Felipe II para fortificar Magallanes con un fingido ejército de autómatas, encargado a su sobrino el rey Rodolfo II de Praga.
Novela sobre los dictados del destino y del azar, pero también novela de aventuras marítimas al mejor estilo de Melville, Autómata es una magistral vuelta de tuerca narrativa donde se mezclan la magia y las leyendas de la corte de Felipe II con una historia de amor imposible. Pura literatura en la que se interrelacionan muchas historias a lo largo de cuatro siglos, siempre teniendo por eje el singular magnetismo del extraño autómata.

El mundo se horrorizó ante la barbarie del nazismo cuando Hitler murió. Es sorprendente que nadie se hubiese dado cuenta antes de lo que era capaz de hacer ese líder fanático y, por tanto, lo denunciase. Pues bien, sí hubo una persona que lo hizo: Kressmann Taylor (pseudónimo de Katherine Kresssmann Taylor), que publicó su breve novela (apenas setenta hojas) el año 1938, antes de la Segunda Guerra Mundial. Da miedo ver cómo nadie está a salvo de que un líder sea capaz de convertirnos tan fácilmente en víctimas o en verdugos, sin términos medios. Dice la contraportada del libro:
Adreça desconeguda va publicar-se per primera vegada el 1938, i en poc temps va ser considerada una obra mestra. Visionària, incisiva i de desenllaç imprevisible, aquest llibre ha estat tot un esdeveniment literari, el senyal d’alarma més estremidor contra el nazisme. Una història escrita sense complaença ni demagògia que descriu la tragèdia íntima i col·lectiva de l’Alemanya nazi.

La felicidad es aquello que nos pasa cuando no nos lo planteamos. Siempre es pretérita pues la felicidad futura no existe (dado que el futuro sólo es posibilidad) y la presente se desvanece al momento en que se nos ocurre pensar en dicha sensación, cuando debiéramos seguir concentrados en lo que nos la provocaba. La novela Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, de Rodrigo Muñoz Avia, es de risa, pero del tipo displicente ante una situación con la que poco cuesta sentirse identificados. Podría calificarse de ligera pues se lee con facilidad y no se pierde en cumbres de racionamientos obtusos ni cae en abismos de dogmática feliciana. ¿Por qué pesa tanto entonces la estela que deja al pasar bajo nuestra mirada? Porque muestra que buscando la felicidad lo más fácil es acabar perdiéndonos a nosotros mismos.
Rodrigo Montalvo Letellier vive con su mujer, sus hijos y su gato, que lo quieren con locura. Tiene un chalet adosado, un buen coche y un trabajo que le gusta. Entregado, como cualquiera de nosotros, a sus hobbies y al consumo de fin de semana, lleva una vida sin sobresaltos. Y, además, es un hombre feliz. O al menos, eso ha creído siempre.
Hasta que un buen día un psiquiatra le hace dudar y el mundo se le viene encima. Nuestro héroe quiere saber qué le pasa, y visita a esos extraños seres empeñados en ocuparse de su cabeza, los psiquiatras, los psicólogos y otros enfermos, que aportan soluciones desternillantes y, por supuesto, no dudan en saquear su cartera.
Con esta novela hilarante que atrapa al lector desde la primera página, Rodrigo Muñoz Avia esconde tras el humor un análisis perturbador del alma moderna, de la imposibilidad social de la felicidad. El autor hurga en el lado más débil de nuestra psicología, cada vez más enfermiza, insaciable e incapaz de olvidarse de sí misma. Porque ¿acaso es posible que nos sintamos infelices por el simple hecho de no sentirnos felices?
No la he entendido pero me tiene enamorado. No me refiero a una mujer sino a la novela de Roberto Bolaño. Su estructura es muy original, aparentemente fragmentaria (seguro que Agustín Fernández Mallo la ha leído mientras untaba Nocilla). La trama se compone de múltiples hilos que, con maestría, se van entrelazando hasta que te notas amarrado irremediablemente a sus páginas, con un nudo de espléndida literatura. Lo que menos importa es el desenlace, si acaso existe, sino el proceso de conocerla y descubrirse emocionado a su vera, vamos, como con una mujer.
Está escrito que algún día llegará el Apocalipsis. Forma parte de un plan inefable desde el origen de los tiempos. También estaba escrito que el 2001 surcaríamos el espacio en compañía de HAL y, sin embargo, aquí estamos en el suelo. Es más, el mundo debería de haberse acabado ya unas cuantas veces (quizá sí haya pasado y no nos demos cuenta). Así que no es tan “tonto el que lo lea” sino el que se “lo crea”.Las Buenas y Ajustadas Profecías de Agnes la Chalada
anuncian que el mundo se acabará en sábado.
El próximo sábado, de hecho.
Justo después de la hora del té...

Una de las primeras miradas comentada aquí (noviembre del 2006) fue el magnífico concierto de Deine Lakaien. Hoy tengo casi toda su discografía, cuando fui al concierto conocía ya tres discos, y cuando compré las entradas anticipadas sólo tenía uno: Kasmodiah. Si el amor a primera vista existe, como aseguran tantos, ¿por qué no enamorarse de la música a primera escuchada? Me gustan tanto su voz (Alexander Veljanov) y sus manos (Ernst Horn), que cualquier cosa que dijese sobre Kasmodiah podría achacarse a que el amor es ciego... sí, lo es, pero no sordo.

Dibujar el amor resulta tan pretencioso como querer explicar el silencio. Un corazón atravesado por una flecha, rodeado de múltiples corazoncitos y algún que otro Cupido, es una vulgaridad. Entonces, ¿es posible representarlo? Pues sí, Liz Prince lo consigue en su delicioso cómic ¿Me seguirás queriendo si mojo la cama? (editorial Apa Apa). Porque el amor, si está, se nota; y hasta la acción más cotidiana de la vida en pareja se enriquece con múltiples significados, definiciones del amor.
Este cómic es genial, bonito, gracioso y sin todos esos rollos de la autocompasión (parafraseando la introducción de Jeffrey Brown). Recomendable para enamorados o para enamorables, es decir, todos.
En palabras de Paul Hornschemeier: Hay un millón de momentos que hacen que merezca la pena estar enamorado, a pesar de las muchas dificultades que eso supone. Esos lugares y momentos son difíciles de conservar, como la mayoría de cosas importantes. Pero de algún modo, viñeta a viñeta, Liz lo consigue en este cómic: recoge esos momentos y los teje con líneas cálidas y honestas. Estas páginas son un ejemplo perfecto de vulnerabilidad.
Si algo he aprendido después de leer Popcorn de Ben Elton es que no soy responsable de lo que mi crítica pueda provocar en las mentes ajenas. Si leéis el libro, allá vosotros, será culpa vuestra el disfrutar con su lectura y olvidar otras tareas quizá más urgentes. Si no lo hacéis, también será culpa vuestra no saber por qué insisto tanto con la responsabilidad y la culpa después de haberlo leído.
Un viejo chiste nos informa que “inteligencia militar” son términos contradictorios. Me río de pena ante esa verdad convertida en chascarrillo. El ejército es necesario para protegernos, dicen, supongo que de los ejércitos equivalentes de otros países que también están para protegerse de nosotros, pues el país está desprotegido y el protector que lo proteja primero, bien protegido se queda, menudo trabalenguas de pena, lo siento. Trampa 22 de Joseph Heller no se merece esta lastimosa crítica que estoy escribiendo, pero mis recuerdos del servicio militar me llevan a despotricar contra ese mundo paralelo en el que la obediencia es el único valor y la cobardía se escuda tras tratamientos de usía o vuecencia. El libro es magistralmente absurdo y belicosamente hilarante. Nadie debería de quedar exento de cumplir con el servicio de leerlo, ni siquiera por tener los pies planos. ¡Es una orden!
La acción se desarrolla durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial y se centra en una escuadrilla de bombarderos estadounidense. El coronel Cathcart, jefe de la escuadrilla, quiere ser ascendido a general. Y no encuentra mejor manera que enviar a sus hombres a realizar las misiones más peligrosas.
Con una lógica siniestra, Yossarian, un piloto subordinado a Cathcart que intenta ser eximido del servicio alegando enfermedad mental, recibe por respuesta que sólo los locos aceptan misiones aéreas y que su disgusto demuestra que está sano y, por tanto, que es apto para volar. La evolución psicológica de Yossarian refleja la aguda crítica que hace Joseph Heller de un patriotismo mal entendido, que exige sacrificios inadmisibles.
Trampa 22, que se convirtió en el libro de cabecera del movimiento pacifista de los años sesenta, constituye un modelo de humor negro y absurdo en la literatura estadounidense. Esta historia fue llevada a la gran pantalla en 1970, bajo la dirección de Mike Nichols, con Orson Welles y Anthony Perkins en los papeles protagonistas.
Antes de cerrar la mochila busqué un libro manejable para mi vuelo hasta Sevilla. En la estantería de pendientes estaba La carretera, de Cormac McCarthy, ganadora del premio Pulitzer 2007. Esperaba encontrar doscientas páginas de buena compañía y, ciertamente, la encontré de la mano de un padre y su hijo, sólo dos pero todo un mundo (especialmente teniendo en cuenta que eran de los pocos supervivientes tras un cataclismo). En esta historia donde el suelo está cubierto de ceniza, los árboles calcinados, el cielo es gris y la nieve está sucia, los dos protagonistas luchan por no perder el color y calor humano que, como una llama de cálido fuego, perdura entre los “buenos”. Para todos aquellos que andan perdidos les recomiendo que sigan La carretera hacia el sur.
WATCHMEN es una novela gráfica con guión de Alan Moore y dibujos de Dave Gibbons. Me ha gustado mucho. Bien, ¿y ahora qué? Está muy bien dibujada, vale, pero lo que me ha impulsado a escribir esta crítica es el fascinante y apocalíptico guión de Alan Moore, pero... ¿cómo discutir lo sucedido sin mentarlo?, ¿qué conclusiones extraer sin dejar entrever el final? Evidentemente pienso en los futuros lectores que podrán descubrir la maravilla de la historia por sí mismos. Ellos, con su presencia ausente, me impiden argumentar pese a las muchas ganas que tengo, porque la historia tiene miga, mucha miga, y yo aquí sin poder comentarla, diantre. Así que esta crítica queda abierta a que, algún día en cualquier lugar, la terminemos; eso sí: sin máscaras. Por cierto, quis custodiet ipsos custodes.
Sangre en el hombro de Palas |Daniel Dreiberg|
¿Es posible, me pregunto, estudiar un pájaro tan de cerca, observar y catalogar sus peculiaridades con un detallismo tal, que se vuelva invisible? ¿Es posible que, mientras se mide con tedio la envergadura de sus alas o la longitud de su tarso, perdamos de vista su poesía? ¿Que en nuestras descripciones pedestres de un plumaje marmóreo o vermiculado, dejemos de lado su semejanza a lienzos vivos, las cascadas de delicados tonos marrones y dorados que avergonzarían al propio Kandinsky, las neblinosas explosiones de color que rivalizarían con Monet? Creo que sí. Creo que, al examinar a nuestros animales desde el punto de vista de estadistas y diseccionadores, nos distanciamos cada vez más del maravilloso y mágico mundo de la imaginación, cuya gravedad nos atrajo hasta este campo en un primer momento.
Eso no quiere decir que debamos dejar de establecer hechos y verificar datos; sólo sugiero que a menos que esos hechos se complementen con el fogonazo de una imagen poética, se convertirán en gemas sin tallar; piedras semipreciosas que casi no valdrá la pena coleccionar.
Cuando miramos al ópalo negro y catatónico del ojo del periquito, debemos aprender a vislumbrar la fría locura alienígena que Max Ernst percibió cuando decidió vestir a sus novias desnudas con plumas escarlata y las monstruosas cabezas transplantadas de pájaros exóticos. Cuando capturamos algún milano o alguna golondrina de mar bajo la mirada aguda y azul de nuestras lentes Zeiss, debemos conseguir ver el vuelo detenido de las gaviotas color sepia que aparecen en las primeras fotografías cinéticas de Muybridge, batiendo sus alas blancas que trazan una lenta línea osciloscópica a través del tiempo y del espacio.
Al mirar a un halcón, vemos las minúsculas diferencias en la anchura del cañón de sus plumas, donde antaño los egipcios veían a Horus y al ojo ardiente de la venganza sagrada encarnado. Hasta que transformemos nuestras meras imágenes en visiones genuinas; hasta que nuestro oído haya madurado lo bastante para escuchar una sinfonía entre el pandemonium de un aviario; hasta entonces, puede que tengamos un hobby, pero no tendremos una pasión.
De niño, sentía pasión por los búhos. Durante los largos veranos de los 50, mientras medio país miraba hacia el cielo en busca de platillos volantes o misiles soviéticos, yo corría por los campos de Nueva Inglaterra en plena noche, masticando chocolate y mirando mi reloj mientras aguardaba a contemplar un espectáculo diferente, aguzando el oído a la espera del grito que significaría que un viejo pájaro bajaba de las ramas oscuras en busca de alimento, emitiendo un chillido de ermitaño loco, muy diferente del siseo enronquecido de los búhos más jóvenes.
En algún momento de aquellos años, entre los aburridos años posteriores a una guerra merecidamente ganada y el día de hoy, acechaba la ominosa sombra de una guerra imposible de ganar; en algún momento, mi pasión se perdió, convirtiéndose sin que me diera cuenta en un banal y tedioso sistema de clasificación. Aquel cambio me pasó desapercibido hasta que acabó convirtiéndose en un hábito inconsciente. No fue hasta hace muy poco que vislumbré mi antigua pasión, medio oculta entre el polvo acumulado de mi estudio metódico y académico; al visitar a un amigo enfermo en un hospital de Maine por consejo de un conocido común, cuando volvía caminando a través de un aparcamiento oscuro, con mi mente vacua perdida entre los acontecimientos del día, escuché, de repente, el grito de un búho de caza.
Era un ave anciana, y su grito era el de un hombre enloquecido, que resonaba por el oscuro y frío cielo, por entre las andrajosas nubes nocturnas, y que me hizo detener por un momento. Es una falacia suponer que los búhos gritan para asustar a su presa para que así salga de su escondrijo, como algunos han sugerido; el grito del búho de caza es una voz salida del Infierno, y convierte a los pequeños campañoles en estatuas, paraliza por completo a la comadreja. En aquel momento de parálisis, en el brillante macadán, entre los automóviles dormidos, entendí el propósito de aquel grito con una claridad diáfana, tal y como lo había entendido de niño, con la tripa apoyada contra el suelo cálido de verano. En aquel momento eterno, sentí un vínculo de puro miedo animal con todas las demás criaturas mucho más pequeñas y vulnerables que yo, que habían oído el grito igual que yo, y que estaban tan paralizadas como yo. El búho no intentaba atemorizar a su presa para que saliera al descubierto. Posado en una rama con una desconcertante quietud durante horas, bebiendo la oscuridad a través de sus dilatadas y sedientas pupilas, el búho ya había descubierto a su presa. El chillido únicamente servía para petrificar a la víctima elegida, pegándola al suelo con un clavo estremecedor de terror ciego y absoluto. Como yo no sabía a cuál de nosotros había elegido, permanecía helado junto con el resto de roedores, con mi corazón latiendo a toda velocidad mientras aguardaba el toque de sus garras de acero, la primera y única indicación de que la víctima escogida había sido yo. Las plumas del búho son suaves; no emiten ningún sonido mientras el pájaro se precipita a través del cielo. El silencio que precede al ataque del búho es como el que precede a una Bomba V, y nunca llegas a saber qué es lo que te ha atacado.
En algún lugar de la oscuridad crepuscular, más allá de los jardines del hospital, bañados de luz amarilla, me pareció escuchar cómo algún roedor emitía su último sonido. El momento había pasado. Podía moverme otra vez, igual que los demás habitantes invisibles (y ahora aliviados) de la hierba alta. Estábamos seguros. No chillaba por nosotros, no en esa ocasión. Podíamos continuar con nuestros asuntos nocturnos, con nuestras vidas, buscar una comida, o un compañero. No nos estremeceríamos nerviosamente en la apestosa oscuridad, no estábamos siendo devorados por aquel horror volante, nuestras colas no colgarían patéticamente de aquel violento pico en forma de cimitarra durante horas antes de que nuestros cuartos traseros y nuestra pelvis fueran devorados, y nuestra piel vuelta del revés en el proceso.
Aunque había recuperado mi capacidad motriz una vez el búho había finalizado su grito, me di cuenta de que no era tan fácil recuperar mi equilibrio. Alguna faceta de aquella experiencia había tocado una cuerda en mi interior, había creado una conexión entre mi personalidad adulta, monótona y aburrida, y el niño que se echaba en el suelo bajo la luz de las estrellas mientras los grandes cazadores nocturnos representaban grandes dramas de furia y muerte en el opaco cielo por encima mío. Un ansia por experimentar en vez de registrar volvió a avivarse en mi interior, activando los procesos mentales, el autoexamen que me llevó a escribir este artículo.
Como he dicho anteriormente, no pretendo que se abandonen por completo todas las actividades académicas y de investigación para salir corriendo desnudos a vivir una existencia primordial en los bosques. Al contrario: yo reemprendí el estudio de los pájaros con mayor fervor, pues ahora podía ver los hechos y las descripciones con la misma luz mágica y transformadora que me bañaba cuando era joven. La comprensión científica del hermoso, sincronizado y articulado movimiento de las plumas del búho durante su vuelo no nos impide apreciar la poesía del mismo fenómeno. Más bien, los dos se complementan entre sí, y la mirada lírica proporcionará a los fríos datos un romanticismo del que llevan demasiado tiempo apartados.
Al sumergirme ávidamente en los polvorientos libros de referencia, abandonados hace tiempo, me tropecé con pasajes olvidados que casi me quitaron el aliento, con tomos de aspecto ominoso que se revelarían como verdaderas tesorerías de maravillas iridiscentes. Volvía a descubrir gemas olvidadas entre las telarañas, antiguas frases en prosa descriptiva que expresaban sin esfuerzo la esencia terrible y violenta de su tema principal.
Volví a tropezarme con la absorbente narración de T.A. Coward de su encuentro con un búho águila: “En Noruega vi un pájaro que había sido atrapado al salir de su nido, pero sólo asumió su habitual conducta amenazadora, sino que también se debatió furiosamente entre las redes, golpeándolas con las garras. Sacudió sus plumas, metió la cabeza entre sus alas y emitió una serie de fuertes graznidos con su pico. Pero lo que más me llamó la atención fue el resplandor brillante de sus grandes ojos anaranjados.”
Y por supuesto, la descripción de Hudson de un búho águila de Magallanes al que había herido en la Patagonia: “Los iris eran de un intenso color naranja, pero cada vez que intentaba acercarme al pájaro, se convertían en globos de llamas amarillas, y las pupilas negras se veían rodeadas de una luz carmesí resplandeciente que llenaba el aire de chispas amarillas.” En palabras enterradas, semejantes a las que acabo de reproducir, capturé algo de la intensidad apocalíptica que había sentido en el aparcamiento de Maine.
Hoy en día, cuando observo algún espécimen de Carine noctua, intento ver más allá del color gris de sus garras, de las líneas de manchas blancas que le recorren la frente como fuegos artificiales. Intento ver al pájaro cuya imagen los griegos tallaron en sus monedas, sentado paciente junto a los oídos de Palas Atenea, compartiendo en silencio su sabiduría inmortal.
Quizás, en lugar de medir el plumaje que rodea sus oídos, deberíamos especular sobre lo que esos oídos han escuchado. Quizás cuando nos fijemos en cómo sus garras se aferran a la rama, con los dos pulgares por delante y el espolón trasero agarrándola por detrás, debamos pararnos a pensar un momento y reconocer que esas mismas garras debieron hacer sangrar antaño los hombros de Palas.

La belleza tiene mala fama y la envidia nos lleva a pensar que tras una hermosa fachada sólo hay idiotez. También los regalos con el mejor envoltorio suelen ser los que más decepcionan. Sin embargo, hay honrosas excepciones cuando quizá la excepción sería que no las hubiese, es decir, al no haber relación entre continente y contenido (que eso es así no admite duda), tampoco hay regla ni excepción. Entonces, ¿qué tiene que ver esta disquisición con el disco que nos ocupa? Pues bien, la portada del disco throwing copper de Live es preciosa (reproducción del cuadro “sisters of mercy” de Peter Howson), la bandeja del CD es rojo translúcido y el disco verde oliva. Mi opinión sería superficial si me quedase sólo en estos detalles, pero las honduras de su música rock son las que verdaderamente me han llevado a escribir estas alabanzas que aquí terminan, el resto depende de ustedes.
Maestro no es quien enseña, sino de quien se aprende. Poco importa entonces que la lección la recibamos de un vivo o un muerto, salvo que la admiración de darse en el primer caso se resuelve en el momento mientras que, en el segundo, hace falta un libro como el de Mauricio Wiesenthal. En su magistral Libro de réquiems están las lecciones menos magistrales que se puedan concebir, es decir, las más íntimas y humanas de sus maestros: sus propias vidas, de las que tanto hay que aprender. Escrito con exquisita elegancia debiera leerse con chaqué, guantes y sombrero, pues sería la única forma de hacerlo adecuadamente. Sus palabras refinadas expresan sentimientos de profunda y sincera gratitud. Quién lo lea no podrá evitar pensar que, llegado el momento, al libro le faltará un capítulo: el que el lector agradecido, nosotros, le dedicaría al autor.
el disc 1 de pomada es una rareza que sólo se podía comprar por correo, en los conciertos o gracias a un golpe de suerte. Pero dado que fue autoeditado sin el apoyo de una discográfica y que el grupo ya ha desaparecido, quizá haya otros imposibles más probables, como erradicar las guerras. Por lo tanto, aparte del propio valor, indudable, hay que añadir el del “artista muerto”.
Pomada eran un dúo de cuatro: a la vista, Carles Belda y Helena, y, en la trastienda, Oriol Casas y Xavier Batllés. Su música es festiva (aquí retomo el presente pues el viento sólo se lleva las palabras, que la música permanece, afortunadamente), profesionalmente casera y ejemplo de buena onda. El resto es historia, es decir, ya forma parte de mí.
Quisiera Pepe Carvalho llegar a un lugar del que no quisiera regresar, pero como lo suyo es el léxico y no la satisfacción de los anhelos, se quedó para protagonizar las novelas negras de Manuel Vázquez Montalbán. Y donde primero lo he conocido, aunque no hayamos sido presentados ni soy causa de su investigación (menos mal), es en la estupenda Los mares del Sur. El que ganase el Premio Planeta del año 1979 sólo demuestra que es lo suficientemente buena como para superar el desprestigio de dicho premio interesado y poco interesante, pues también ganó el Prix International de Littérature Policière del año 1981 en París, del que desconozco su prestigio pero suena infinitamente mejor. En conclusión, no lo utilizaré para encender la chimenea el próximo invierno.
Los Pilares de la Tierra de Ken Follett, en edición de bolsillo, es un mamotreto de más de mil páginas que ha gustado a casi todo el mundo. Para tener un “casi” basta sólo una voz disonante y, en este caso, reclamo el humilde derecho a la disidencia, sin ánimo de ofender. Veamos, el libro se lee con facilidad pasmosa (roza lo insulso) y tiene 1.350 páginas como podría haber tenido perfectamente 700 o 2.300 (sorprende el primer contraste de prosperidad/desgracia, pero después de repetirlo varias veces ya cansa). Los comportamientos de los personajes son anacrónicos, especialmente en los lances amorosos, y la ambientación de época bastante escasa (faltan detalles). Las enseñanzas que se extraen del libro son más bien pocas y la corriente subterránea que lo mueve es la típica americanada del “tú puedes”, “just do it”. Además, la edición de bolsillo no cabe en ningún bolsillo. Sin embargo, pese a todo lo dicho con ánimo de demolición, el libro es muchísimo mejor que cualquiera del Dan Brown de las narices. Gracias por vuestra atención y no me lo tengáis en cuenta.
He terminado de leer TOKIO BLUES (Norwegian Wood), de Haruki Murakami, antes de suicidarme. Temía morir antes de llegar al final, lo cual sería una pérdida irremediable, desconocer el final, claro. Pero aquí estoy y, la verdad, tampoco me tienta mucho ahora eso de cortarme un árbol o colgarme las venas, o algo así, que no domino mucho esas técnicas, más que nada por falta de práctica. Y hablando de árboles, me estoy yendo por las ramas en lugar de comentar que este libro me ha gustado mucho, demasiado, aunque recordarlo me pone triste, qué se le va a hacer, no es precisamente un libro que deje indiferente. En cualquier caso leedlo teniendo alguien querido al lado para que os pueda abrazar cuando sea preciso.Norwegian Wood (This Bird Has Flown) |The Beatles| |
Madera Noruega (Esta chica ha volado) |

El mayor inconveniente de la historia reciente es que uno suele haber participado, aunque no se haya conseguido suficiente renombre como para aparecer en las crónicas. Esta fama tampoco sería necesaria pues la mayoría de las veces ni siquiera las víctimas son recordadas como es debido, y para ser verdugo mejor no haber sido jamás. En cualquier caso, formar parte de la historia nos permite andar menos desnudos que al nacer y tener un pasado sirve para tener cuerda en conversaciones nostálgicas. Así que se comprenderá que escuchar el estupendo wave of mutilation, recopilatorio de los Pixies, es para mí lo más parecido a un viaje en el tiempo: universidad, rock alternativo y cervezas. En fin, qué tiempos aquellos, cuántos momentos memorables que no volverán ni falta que hace.

Las manos sirven para acariciar y para dar puñetazos, para hacer música y para disparar, para tantas cosas que para contarlas no bastan los dedos de las mismas. Qué terrible infortunio tener entonces unas tijeras ocupando su lugar, no se me ocurre nada peor, mejor sería nada en su lugar. Así vive Edward Scissorhands, recluído de nuevo en su soledad, al margen de una sociedad que no supo tenderle una mano. La película de Tim Burton es de una belleza arrebatadora cuyo filo no corta sino que hiela.
La banda sonora compuesta por Danny Elfman es lo más parecido a oír nevar, los copos son las melodías que se depositan lentamente sobre nuestro cuerpo. Al final, cuando el disco deja de girar, somos muñecos de nieve cuyos ojos se han derretido.

Darse de bruces con una puerta cerrada cuando se pretende escapar de nuestro pasado, porque no quisiéramos convertirlo en futuro continuo, duele. Ver los lazos que se cierran como sogas al cuello, cada vez más cortos, cada vez más tensos, duele. Intentar huir y no poder, palmear el aire como quien espanta fantasmas, arañar las paredes sin alcanzar a sentir la luz del otro lado, librar batallas en la conciencia donde todos los muertos son propios, duele. Pero más duele encontrarse la puerta cerrada cuando en vez de escapar se quiere entrar, ser aceptado, querido.
La novela El elfo oscuro (trilogía: La morada, El exilio y El refugio) de R. A. Salvatore es doblemente fantástica: por su temática y por su calidad. Un mundo tan ajeno que resulta propio, un lugar donde el huir y el buscar son dos caras de la misma moneda, la que los dioses lanzan para dirimir nuestro destino.
Además, al igual que el drow reclama la mágica presencia de Guenhwyvar, este libro necesita una banda sonora que, sin duda, es el disco Liod de Helium Vola: tierna oscuridad que se insinúa en el quicio de una puerta encantada.

Las imágenes resultan inquietantes y las manchas evolucionan intentando saltar fuera. El libreto del disco Liod de Helium Vola da aprehensión y el proceso de colocar el disco en el reproductor se hace con respeto. Entonces comienza el embrujo de sus canciones en latín, alemán, inglés y francés. La música y la voz modifican el continuo espacio-temporal y las dimensiones paralelas se muestran ajenas a las elucubraciones físico-matemáticas, bienvenidos al mundo onírico de la música. Cuando termina de sonar da miedo abrir la bandeja, quién puede predecir las consecuencias de romper un encantamiento.
Al igual que un volcán, resulta interesante ver a un erudito en erudición, pero no es recomendable. Leí Salidas de caverna de Hans Blumenberg sin comprender gran parte de lo que ahí se explica, y eso que por la contraportada sabía que giraba entorno a interpretaciones del mito de la caverna de Platón. Dice así: Todo cuanto la imaginación de la caverna haya podido lograr alguna vez está aquí reunido para una historia de salida y ascenso a la realidad plena, una realidad aliada con aquello que, justamente en este punto, Platón parece haber olvidado en su monumental caverna: el recuerdo. Terminarlo ha sido un alivio y tengo la extraña satisfacción de sentir que por mis manos ha pasado una muestra clara de humanidad, pues de nosotros es hacer cosas inútiles.
La voz maligna de Vernon Lee (pseudónimo masculino de la escritora Violet Paget, 1856-1935) es un cuento y, actualmente, un libro breve que incluye sólo tres cuentos: La muñeca, Amour Dure y, claro, La voz maligna. Comencé a leer con aprensión en vista de la espantosa portada con la cabeza cortada de Medusa pintada por Caravaggio. El primer cuento me encantó por su buena narración, su in crescendo que te lleva irremediablemente a un final que, por imprevisto, satisface el doble. Pensé: “Qué chulo este libro, tendré que hacer una crítica para que lo sepan los demás” (suelo comentar sólo los libros que me gustan). El segundo se refería a una influencia maléfica más allá de la muerte, evidentemente femenina, cof-cof, bien escrito pero tan parecido a tantos cuentos posteriores con una historia similar que resultaba completamente previsible. Quizá fuese ella la primera en relatarlo, no lo sé, pero no fue la primera que leí diciendo lo mismo y, claro, me decepcionó bastante. Pensé: “Bueno, a ver si el último cuento vale la pena o me temo que pasaré de recomendarlo”. Y llegué al último cuento, el de título homónimo al libro, por lo que debería de ser el no va más. Y fue el no va menos. Un rollo acerca de un músico muerto que no daba miedo ni leyéndolo dentro de un cementerio a las doce de la noche. Así que pensé: “Pues vaya, paso de escribir una crítica de este libro, menudo bodrio”, pero cuando me di cuenta ya la estabas leyendo.
Tampoco son tantos a los que queremos, se podrían contar con los dedos de una mano; en cambio nuestra vida tiene miles de días. La operación es sencilla: tiempo disponible / tiempo dedicado a esas personas. Para unos será mucho y para otros ridículo. La estupenda novela de Siri Hustvedt desarrolla la operación anterior ante nuestros ojos y demuestra que el resultado, por más que nos esforcemos, siempre será aproximado.
Aunque todos los discos tienen forma redonda no todos son así. La discografía de Lacrimosa se caracteriza por su esbelta redondez apenas alterada por alguno que pueda ser ligeramente elíptico o algún otro que pueda tener alguna punta que pinche. Su música arropa como la oscuridad cierra los ojos del cansado de esperar una luz que nunca llega, una suavidad áspera y una dureza acariciadora. Entonces llega el momento de querer destacar alguno y renuncio a ello para simplemente tomar una muestra: Stille. Un disco redondo. Porque la vida es como el teatro: quien la contempla ve un espectáculo asombroso, quien está en el escenario sólo ve oscuridad delante y, al final, a nadie.
Cualquier artefacto trae consigo un libro de instrucciones. Sin embargo, al nacer venimos con un pan debajo del brazo, ¡ni siquiera un mísero manual abreviado del sobrevivir! Entonces debemos de aprender sobre la marcha e ir recopilando informaciones que nos servirán para redactar nuestra propia guía de uso, la cual terminaremos cuando desgraciadamente ya no nos haga falta.
Los discos suelen ser planos y redondos, por lo que los reproductores presentan una bandeja plana y estrecha en la que colocarlos. Pero spiritchaser de Dead Can Dance tiene, además, raíces que se hunden en la riqueza de los ancestros y los sonidos de la tierra, y ramas que llegan hasta el cielo de las armonías. Para colocarlo en el reproductor lo más aconsejable es olvidarse momentáneamente de estas características especiales (aquello que se olvida deja de existir), hasta que las arborescencias que aparezcan por los altavoces e invadan la habitación nos recuerden que hay músicas tan de este mundo que nos llevan más allá de él.
Harmonies of heaven and earth |Joscelyn Godwin|
In most musical instruments the resonator is made of wood while the actual sound generator is of animal origin. In cultures where music is still used as a magical force, the making of an instrument always involves the sacrifice of a living being. That being's soul then becomes part of the instrument and in the tones that come forth, the 'singing dead', who are ever present with us, make themselves heard.
Explicar la idiosincrasia de la ciudad de Ilhéus y sus habitantes provoca que los primeros capítulos de Gabriela, clavo y canela resulten un poco indigestos, además de que acceder con pretensiones de mucho calado provocaría el encallamiento en las arenas de su puerto. La novela se comienza a disfrutar cuando Jorge Amado nos presenta a su protagonista indiscutible, Gabriela, mujer de la clase de ciertas flores que se marchitan en los jarrones. Una preciosa historia de amor con olor a clavo, sabor a canela y tacto cálido.
¿Existe la magia? Menuda tontería, claro que no, eso creía yo... Me han regalado mi primer disco de Tom Waits, su último orphans, formado con canciones alborotadoras, boceantes y bastardas, es decir, descartadas de discos anteriores. Con semejantes antecedentes la decepción está al acecho en espera de su oportunidad. Hasta que descubres que colocarlo en el reproductor es meter la mano en una chistera de la que saldrán sonidos sorprendentes rodeados de recitaciones hipnóticas, es dejarse serrar por su voz áspera y recomponerse milagrosamente cuando el disco deja de girar, es hundirse en la tierra y es levitar,... es magia que se ha podido grabar.
Hay libros que nada más empezarlos sabes que la despedida será triste, no por el contenido en sí sino por el hecho de decirles adiós y enterrarlos en la estantería de los pretéritos. Es el caso. Resulta vano haberse limitado a un capítulo por día, como si de un tratamiento homeopático de felicidad se tratase, pues los días pasan y las capítulos son finitos. La última página llega y la última vuelta de hoja suena a final no sólo del libro. Entonces me imagino lo difícil que será encontrar otro que me haga sentir algo similar, y me pongo triste antes de tiempo pues vasto es el mundo y muchos los talentos.
Encontrar buenos libros no es fácil y eso obliga a remover mucha paja antes de dar con la aguja que nos pinche con su lucidez. Por suerte, de tanto en tanto el esfuerzo se ve recompensado con un buen libro, novela en este caso, que nos pincha haciéndonos brincar del sillón de las ideas consolidadas, precisamente porque demuestra que lo que nos debería unir no son precisamente las ideas sino los sentimientos. Estoy hablando de Incerta Glòria de Joan Sales, ambientada en la guerra civil donde ganase quién ganase todos perdimos.
Copio a continuación la Confessió de l’autor del año 1956 que aparece en el libro a modo de prólogo:
The uncertain glory of an april day... Tot devot de Shakespeare coneix aquestes paraules —i si jo hagués de resumir la meva novel·la en una sola ratlla, no ho faria pas d’altra manera.
Hi ha un moment de la vida que sembla com si ens despertéssim d’un somni. Hem deixat de ser joves. Bé es veia que no ho podríem ser eternament; ¿i què era, ser joves? Ma jeunesse ne fut qu’un ténébreux orage, diu Baudelaire; potser tota joventut ho ha estat, ho és, ho serà. Una tempesta tenebrosa travessada de llampecs de glòria —d’incerta glòria—, un dia d’abril...
Un fosc afany ens mou durant aquells anys turmentats i difícils; busquem, conscientment o no, una glòria que no sabríem definir. La busquem en moltes coses, però sobretot en l’amor —i en la guerra, si la guerra se’ns entravessa. Tal va ser el cas de la meva generació.
La set de glòria es fa, en certs moments de la vida, dolorosament aguda; tant més aguda és la set com més incerta és la glòria de què estem assedegats; vull dir, més enigmàtica. La meva novel·la tracta precisament de copsar algun d’aquests moments en algun dels seus personatges. ¿Amb quin resultat? No sóc pas jo qui ho ha de dir.
Però sé que molt li serà perdonat a qui molt hagi estimat. En altre temps hi havia més devoció a sant Dimas i a santa Maria Magdalena; és que no corria tanta pedanteria com ara i la gent no tractava de dissimular amb tesis, missatges ni teories abstractes el fons apassionat que tots portem a dintre.
Som pecadors amb una gran set de glòria. I és que la glòria és el nostre fi.

| Se inventó el DVD porque se decía que en un CD cabía poca cosa. Cada vez que escucho el CD con el álbum Disintegration de the Cure pienso que inventar el DVD era innecesario: bastaba con ser capaces de rellenar de música el espacio disponible y dejarse de canciones pobres que se pierden en el viento de un mal estornudo. En las canciones de este disco no cabe ningún instrumento más, no quedan vacíos que llenar, es simplemente perfecto. |

| De Almudena Grandes he leído Los aires difíciles, Las edades de Lulú y Malena es un nombre de tango, en este orden. El primero me pareció una novela magistral, con un estilo sobrio capaz de crear una ambientación completa con una sola frase (“Una soledad como una noche sin luna en el páramo llano donde se encuentran todos los vientos”). El segundo era un exceso incontrolable que costaba creer que fuese de la misma autora. ¿Cómo podía haber tanta diferencia entre una y otra? Al acabar ahora Malena es un nombre de tango me doy cuenta de que he encontrado el eslabón perdido: El origen fue una novela sexual (Lulú), después vino una visceral (Malena) y, finalmente, una cerebral (Juan y Sara). La novela es amarga (también la bilis lo es) y dulce (también los besos lo son). Malena muestra su vida y, sobretodo, sus motivos al lector en un intento de que éste le comprenda. Y el lector que se hace confidente no puede menos que sentirse satisfecho. |
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.