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Un buen narrador no debe querer escribir lo que no va a leerse. Tiene que obligarnos a que no nos saltemos nada, a que nada de lo que pone nos parezca paja. Hay tantos libros desconsideradamente atiborrados de paja que han criado en el lector ese vicio de leer aprisa, de saltarse páginas a ver lo que pasa luego. Y pagan justos por pecadores. Igual en el amor. ¿Por qué van a ser paja los preámbulos, si saben embaucar, si logran hacerte olvidar adónde te llevan? Hay mucha gente que en el amor también anda ciega por saltarse páginas, por matar la gallina de los huevos de oro. La rumia del lector paciente se corresponde con el disfrute del amante delicado. Destrozar una muñeca para sacarle las tripas. Cargarse una historia o un viaje por el afán de quemar etapas, de ir a doscientos por hora. No me destripes el cuento.

Renuévanse los tiempos, se alteran o cambian las costumbres y se introducen novedades que, sin perjuicio de que sobrevivan los antiguos usos y públicos espectáculos, ocasionan nuevos modos de esparcimiento y distracción tales como el llamado “Football”, expresión anglicana, que en nuestro común castellano equivale a que 11 diestros y aventajados atletas compitan en el esfuerzo de impulsar con los pies y la cabeza una bola elástica, con el afán, a veces desmesurado, de introducirla en el lugar solícitamente guardado por otra cuadrilla de 11 atletas, y viceversa. (...) Encarezco a los madrileños que atiendan con particular esmero a nuestros visitantes, conduciendo al perdido, orientando al perplejo, sosegando al inquieto, ayudando al que está en apuros, consolando a quienes la magnitud, complicación o desmesura de esta gran ciudad pueda llevar a la tribulación.

La societat del coneixement és també la societat de la impaciència i de la immediatesa on cada dia que passa tot és a més curt termini: les relacions, la feina o els objectius. Cada vegada més, uns valors com la lleialtat, la fidelitat, la confiança o l’amistat, que demanen una concepció de la vida i del món a llarg termini, resulten incompatibles amb els requisits que perfilen els actors de la nova economia. Se’ns fa difícil de pensar en objectius a llarg termini en una economia lliurada del tot al curt termini. Se’ns fa difícil d’entendre com sostenir la lleialtat, la confiança o el compromís recíproc en institucions o empreses que estan en contínua activitat de fusió, absorció, desintegració o reorganització. Flexibilitat és una de les paraules clau del nou marc però també la flexibilitat és una disparadora dels nivells d’ansietat, ja que per sobreviure en un món que té la flexibilitat com a eix de coordenades, massa sovint cal engegar a rodar la vida interior, desballestar l’equipatge emotiu i esfilagarsar el teixit de les relacions.

Una situación desagradable o embarazosa puede producir angustia, rubor, turbación, agobio o corte, pero nunca sofoco. Un ejercicio atlético vibrante y continuado, sobre todo en los meses caniculares, origina cansancio, agotamiento, debilidad, extenuación, fatiga o agujetas, pero no sofoco. Una tímida y prematura declaración de amor es circunstancia hecha a la medida para el bochorno, el sonrojo, el corte, el pavo, la erubescencia y la mudez definitiva, pero jamás para el sofoco. La permanencia en un habitáculo cerrado y con alta temperatura intranquiliza, debilita, acalora, enciende y combustiona, pero no sofoca. Todo aquel que se sofoca por la causa que sea -como el que se enoja- es bastante ordinario.
El grado mayor de ordinariez del sofoco es el «sofocón». El sofocón, mientras no se demuestre lo contrario, no es otra cosa que el disgusto -«Hija, no le digas a tu padre que te has quedado embarazada porque puede llevarse un sofocón»-. El sofocón, crisis agudizada y mejorada del sofoco, tiene a su vez un grado o categoría culminante: El soponcio -«Hija, no le digas a tu padre que te has quedado embarazada porque del sofocón que se lleva puede darle un soponcio»-. Aquí, irremediablemente aquí, se establece la diferencia que ha degenerado en lo que posteriormente se ha denominado «lucha de clases». La gente «bien» muere de un infarto producido por un disgusto y la gente «mal» de un soponcio originado por un sofocón. Pero no olvidemos que el soponcio y el sofocón son estados de ansiedad procedentes del sofoco, y ahí está la madre del cordero.

Durante una breve escala en Belo Horizonte, en el Estado de Minas Gerais, adonde fui a dar una conferencia incluida en el programa de las conmemoraciones del Centenario de la Ciudad, me narró el alcalde, el médico Célio de Castro, respetadísima figura de político, una instructiva historia. Con estas o semejantes palabras, he aquí lo que oí de su boca: “Cuando el Gobierno de Brasil anunció el denominado ‘paquete económico’, un conjunto de medidas fiscales y administrativas destinadas a aminorar las consecuencias del terremoto financiero mundial provocado por la crisis de la bolsa de Hong Kong y sus efectos en la economía brasileña, una mujer que reside aquí vino a la alcaldía y solicitó hablar conmigo. Y lo que ella me dijo fue lo siguiente: ‘Alcalde, sé muy bien que no está dentro de sus competencias la obligación de resolver estas cuestiones, pero le pido al menos que me explique por qué razón si yo no juego en la bolsa, si no sé siquiera cómo funciona la bolsa, voy a tener que pagar los perjuicios de los que, cuando ganan, no comparten conmigo sus beneficios’. La respuesta que le di fue simple: ‘Señora, lo absurdo no puede ser explicado’. Me he preguntado (conclusión de Célio de Castro) si existirá una respuesta a la pregunta de aquella mujer o si estamos viviendo una pesadilla hecha de pesadillas, cada cual más absurda que las otras”.
Me prometí a mi mismo que repetiría esta historia edificante cuantas veces viniera a propósito, o incluso sin propósito ninguno, añadiéndole, como ahora haré, unas cuantas reflexiones que de algún modo amplían la conversación mantenida después con el alcalde de Belo Horizonte. En primer lugar, la urgencia de reexaminar de arriba abajo, con ojos que vean y un juicio que se esmere en entender, aquello a lo que, abusando de la ingenuidad de unos y con el cinismo de otros, seguimos llamando Democracia. En segundo lugar, como consecuencia no sólo lógica sino necesaria, analizar, con las pinzas de un sentido suficientemente común para que quede al alcance de todo el mundo, la cuestión de la naturaleza del poder y de su ejercicio, identificar quién lo tiene efectivamente, averiguar cómo ha llegado a él, verificar el uso que de él se hace, los medios de que se sirve y los fines a que apunta.
Creo que las cosas aparecen hoy bastantes claras: o el poder económico y el poder financiero (de éstos se trata) consideran que ya no necesitan enmascararse tras una fachada democrática cuyo diseño viene definido en función exclusiva de sus intereses, o es la propia Democracia la que se ha vuelto porosa e inconsistente hasta la casi disgregación de su idea fundadora: la de que el gobierno del pueblo debe ser ejercido por ese pueblo y para ese pueblo. Con palabras más claras, aunque corriendo el riesgo de un no deseado esquematismo: los pueblos no eligen gobiernos para que éstos los conduzcan al Mercado, es el Mercado el que está condicionando a los gobiernos para que le entreguen los pueblos... Si aquí se habla del Mercado como bête noire es por ser el instrumento del auténtico, único e irrefutable poder que nos gobierna, el poder financiero y económico en proceso expansionista, ese poder que no es democrático porque no lo eligió el pueblo, que no es democrático porque no está regido por el pueblo, que finalmente no es democrático porque no pretende ni nunca pretendió el bien del pueblo.
Decir hoy “socialista”, “socialdemócrata”, “conversador” o “neoliberal”, lo entiendo como meras expresiones políticas, y luego llamarles poder, será como nombrar algo que no se encuentra donde parece, sino en otro lugar inalcanzable. La reina que anda paseando desnuda por el mundo es la Democracia. No parece decente hablar de ella en abstracto, sin el estímulo de la presencia, de la participación y de la intervención de los ciudadanos en la vida colectiva; sin la clarificación pública de las fuentes de poder no democráticas; sin el cumplimiento no riguroso del precepto de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley; sin el reconocimiento no sólo formal, sino verificable en los hechos, de que los beneficios y las mejoras sociales, tanto de naturaleza estructural como económica o cultural deberán ser, sin condiciones reductoras, extensibles a toda la comunidad. La reina va desnuda y enferma. Pero, por favor, no la tapen, c&u

| Éste es el plan mensual de mi asistencia a la escuela: tengo tres días libres cada mes; tengo tres fiestas religiosas cada mes; durante veinticuatro días al mes en la escuela tengo que estar. ¡Qué largos son! |

Es el lugar donde se enseña o se aprende. Supone un maestro, el que sabe y enseña, y alumnos, que no saben y que acuden ahí para aprender. La definición misma de escuela parece retrógrada y antidemocrática. Está bien que sea así. Toda escuela representa el pasado, que debe transmitir a aquellos que, más tarde, inventarán el porvenir. Y ninguna podría someterse a la exigencia democrática, que es la de la cantidad y la igualdad, sin perder en ello su alma. En las clases no se vota para saber cómo se escribe una palabra, cuánto hacen tres por ocho, o cuáles son las causas de la primera guerra mundial. Ni para saber si hay que estudiar ortografía, aritmética e historia. El maestro sólo puede transmitir su saber si su autoridad es más o menos reconocida por todos. Por ese motivo, no hay escuela sin disciplina, ni disciplina sin castigos. ¿Una escuela democrática? Es la que somete a la democracia, es decir, al pueblo soberano, que decide los presupuestos, los programas y los objetivos. No aquella que se sometiera, absurdamente, a los sufragios de los alumnos o de los padres. ¿Abrir la escuela a la vida? Sería abrirla al mercado, a la violencia y a los fanatismos de cualquier obediencia. Más vale cerrarla sobre sí misma -lugar de acogida y recogimiento- para abrirla a los saberes y a todos.

Para Jacques Monod, uno de los fundadores de la biología molecular, la vida es una casualidad, imposible de deducir a partir de la naturaleza de las cosas, pero que, una vez ha emergido, evoluciona siguiendo la selección natural de mutaciones aleatorias. La especie humana no se distingue en nada de las demás: no es más que una extracción afortunada en la lotería cósmica.
Ésa es una verdad que nos resulta difícil de aceptar. Como escribe el propio Monod, «las sociedades “liberales” de Occidente enseñan aún, con desdén, como base de su moral, una repugnante mezcla de religiosidad judeocristiana, de progresismo cientista, de creencia en los derechos “naturales” del hombre y de pragmatismo utilitarista». El hombre debe apartar esos errores a un lado y aceptar que su existencia es enteramente accidental. Debe «despertar de su sueño milenario para descubrir su soledad total, su radical foraneidad. Él sabe ahora que, como un zíngaro, está al margen del universo donde debe vivir. Universo sordo a su música, indiferente a sus esperanzas, a sus sufrimientos y a sus crímenes».
Monod tiene razón en cuanto a lo difícil que es aceptar que los humanos no son en nada diferentes del resto de animales. Ni él mismo lo acepta. Desprecia con razón la cosmovisión moderna, pero su propia filosofía constituye otra versión de esa misma mezcolanza sórdida. Para Monod, la humanidad es una especie privilegiada. Es la única que sabe que su existencia es un accidente y sólo ella puede hacerse cargo de su destino. Como los cristianos, cree que el hombre se encuentra en un mundo que le es ajeno e insiste en que debe elegir entre el bien y el mal: «Puede escoger entre el Reino y las tinieblas». En esa fantasía, la humanidad del futuro será diferente no sólo de cualquier otro animal, sino también de cualquier otra cosa que haya sido antes. Los cristianos que se oponían a la teoría de Darwin temían que hiciera que la humanidad pareciera insignificante. No tenían de qué preocuparse. El darwinismo ha sido utilizado para poner a la humanidad de nuevo sobre su pedestal.
Como otros muchos, Monod combina dos filosofías irreconciliables: el humanismo y el naturalismo. La teoría de Darwin muestra la verdad del naturalismo: somos animales como los demás, nuestro destino y el del resto de la vida sobre la Tierra son el mismo. A pesar de eso, una ironía que resulta especialmente exquisita, dado que nadie se ha percatado de ella, el darwinismo es actualmente el pilar central de la fe humanista según la cual nosotros somos capaces de trascender nuestras naturalezas animales y dominar la Tierra.

We hold these truths to be self-evident: that all men are created equal; that they are endowed by their Creator with certain inalienable rights; that among these are life, liberty and the pursuit of happiness.
Consideramos evidentes las siguientes verdades: que todos los hombres han sido creados iguales; que su Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables; entre ellos el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.

Todo lo que pretenda en algún sentido ser realidad tendrá que aparecer de algún modo dentro de mi vida.
Pero la vida humana no es una realidad hacia afuera -quiero decir, la vida de cada uno de ustedes no es lo que, sin más, veo yo de ellas mirándolas desde mi sitio, desde mí mismo-. Al contrario: eso que yo, sin más, veo de ustedes no es la vida de ustedes, sino precisamente una porción de la mía, de mi vida. A mí me acontece ahora tenerlos a ustedes de oyentes, tener que hablarles; los encuentro delante de mí con el variado aspecto que me presentan -muchachos y muchachas que estudian, personas mayores, varones y damas-, y yo al hablar me veo obligado, entre otras cosas, a buscar un modo de expresión que sea comprensible a todos; es decir, que tengo que contar con ustedes, tengo que habérmelas con ustedes, son ustedes ahora, en este momento, un elemento. de mi destino, de mi circunstancia. Pero claro es que la vida de cada uno de ustedes no es lo que cada uno de ustedes es para mí, lo que es hacia mí, por tanto, hacia fuera de cada uno de ustedes- sino que es la que cada uno de ustedes vive por sí, desde sí y hacia sí-. Y en esa vida de ustedes soy yo ahora no más que un ingrediente de la circunstancia en que ustedes viven, soy un ingrediente de su destino. (...)
La realidad de la vida consiste, pues, no en lo que es para quien desde fuera la ve, sino en lo que es para quien desde dentro de ella la es, para el que se la va viviendo mientras y en tanto que la vive. De aquí que conocer otra vida que no es la nuestra obliga a intentar verla no desde nosotros, sino desde ella misma, desde el sujeto que la vive.
(...) El hombre puede siempre dejar de vivir. (...) Esta idea de la posibilidad siempre abierta para el hombre de huir de la vida (...) descubre un carácter principalísimo de nuestra vida, que es éste: no nos la hemos dado a nosotros, sino que nos la encontramos o nos encontramos en ella al encontrarnos con nosotros mismos -pero al encontrarnos en la vida podríamos muy bien abandonarla-. Si no la abandonamos es porque queremos vivir. Pero entonces noten ustedes lo que resulta: si, según hemos visto, nos pasan todas las cosas porque nos pasa vivir, como este esencial pasar lo aceptamos al querer vivir, es evidente que todo lo demás que nos pasa, aun lo más adverso y desesperante, nos pasa porque queremos -se entiende, porque queremos ser-. El hombre es afán de ser -afán en absoluto de ser, de subsistir- y afán de ser tal, de realizar nuestro individualísimo yo.
(...) Bien; pero sólo puede sentir afán de ser quien no está seguro de ser, quien siente constantemente problemático si será o no en el momento que viene, y si será tal o cual, de este o del otro modo. De suerte que nuestra vida es afán de ser precisamente porque es, al mismo tiempo, en su raíz, radical inseguridad.

Se cree, a veces, que consiste en la satisfacción de todos nuestros deseos. Pero, si tal fuera el caso, jamás seríamos dichosos, y nos veríamos obligados, ¡ay!, a ser kantianos: la felicidad sería «un ideal, no de la razón, sino de la imaginación». ¿Cómo podrían satisfacerse todos nuestros deseos si el mundo no nos obedece y, casi siempre, no sabemos desear sino lo que nos falta? Esta felicidad es sólo un sueño, que nos impide alcanzarla.
Otros quieren ver en ella una alegría continua o constante. Pero ¿cómo la alegría -que es paso, brote, turbulencia- podría serlo?
La dicha no es la saciedad (la satisfacción de todas nuestras inclinaciones), ni la felicidad (una alegría permanente), ni la beatitud (una alegría eterna). Implica la duración, como había visto Aristóteles («una golondrina no hace verano, ni un solo día la felicidad»), y en consecuencia también las fluctuaciones, los altos y los bajos, las intermitencias del corazón, como en el amor, o del alma... Ser dichoso no consiste en estar siempre alegre (¿quién puede estarlo?), ni en no estarlo jamás: es poder estarlo, sin que se tenga para ello necesidad de que algo decisivo suceda o cambie. Que se trate de una posibilidad deja lugar a la esperanza y al temor, a la privación, a lo aproximado... que la distinguen de la beatitud. La dicha pertenece al tiempo: es un estado de la vida cotidiana. Estado subjetivo, por supuesto, evidentemente relativo, cuya existencia incluso se puede negar. Pero quien ha conocido la desdicha no comete tales ingenuidades y sabe, al menos por contraste, que también la dicha existe. Confundirla con la felicidad es ponerla en entredicho. Con la beatitud, es renunciar a ella. Pecados de adolescente y de filósofo. El sabio no es tan tonto.
Se puede llamar dicha, en todo caso es la definición que yo propongo, a todo lapso de tiempo en que la alegría se percibe, incluso retrospectivamente, como inmediatamente posible. Y desdicha, a la inversa, a todo lapso de tiempo en que la alegría parece inmediatamente imposible (en que no se podría ser alegre, ése es al menos el sentimiento que se tiene, si ningún acontecimiento decisivo cambiara el curso del mundo).
Porque se trata de una alegría únicamente posible, la dicha es un estado imaginario. ¿Es darle la razón a Kant? No necesariamente. Porque eso no impide ser dichoso (es un estado, no un ideal), ni alegrarse (lo real forma parte de lo posible), e incluso es ya un motivo para ser dichoso (lo imaginario forma parte de lo real) y regocijarse (¡qué dicha no ser desdichado!). Así, la alegría es el contenido -a veces efectivo, a veces imaginario- de la dicha, del mismo modo que la dicha es el lugar natural de la alegría. Es una especie de joyero: el error consiste en buscarla por sí misma, cuando sólo vale por la perla que contiene.
El error consiste incluso en buscarla simplemente. Es esperarla para mañana, donde no estamos, y privarse de vivirla hoy. Ocúpate mejor de lo que verdaderamente cuenta: el trabajo, la acción, el placer, el amor, es decir, el mundo. La dicha, si se da, se dará por añadidura, y, si no se da, la echarás menos en falta. Es más fácil de alcanzar cuando uno ha dejado de ocuparse de ella. «La dicha es una recompensa -decía Alain- que se les da a los que no la habían pretendido.»

El otro día leí un dato que me acabó de corroborar algo curioso. Según un estudio, el 62% de la población opina que si alguien encuentra dos llamadas perdidas del mismo número en su móvil está obligado a devolver la llamada porque se supone ya has contactado con él. Me explico: seis de cada 10 personas creen que si llaman dos veces a alguien y no lo encuentran, en realidad éste sí sabe que le buscas. Sin duda, esto es lo que menos me gusta de los móviles, las presunciones.
A ver, si no te encuentras, no te encuentran. Antes, cuando solo había fijos, no te fiabas del hermano ni de la madre. Llamabas y rellamabas hasta hablar con la persona. Os he de confesar que, a veces, añoro tanto los teléfonos fijos... Sobre todo, aquellos de disco giratorio. (...)
Los teléfonos fijos de disco me encantaban por una única razón. Y tiene que ver con lo complicado que era hacer o no hacer la llamada. Recuerdo lo que costaba marcar cinco números, escuchando el sonido del disco volviendo cada vez. Y al sexto número finalmente colgabas, te dabas cuenta que no te atrevías. Que épicas son las primeras llamadas a alguien.
Necesitabas tanta fuerza y coraje para marcarlos todos. Y aquel ruido del disco era el sonido de la heroicidad. Ahora, si llamas y cuelgas, creen que es una perdida y te la devuelven.
Así que os he de confesar que a veces, aunque tenga el número memorizado, lo marco y mentalmente escucho el crack crack y me vuelvo a sentir un héroe.

Como cada día de este húmedo noviembre, después de llevar a mi hijo al colegio me voy a una tranquila cafetería del centro, y al rato de estar trabajando allí oigo cómo un cliente comenta con el patrón el suicidio del hijo de unos conocidos. “Parece que se mató por amor”, dice el cliente. “Le dejó la chica con que salía y ha acabado tirándose al mar desde un acantilado, justo donde la había conocido. El periódico dice que fue un accidente, pero no es cierto”. “Los periódicos mienten siempre”, dice el patrón. “No sé”, dice el cliente. “A sus padres no les hubiese gustado que se publicase la verdad”. “Claro”, dice el patrón. “Ya todo el mundo acepta la eutanasia, pero suicidarse es un pecado y una vergüenza, aunque sea más libre y más noble que la eutanasia. Tome el caso de ese chico: mejor largarse al otro mundo en el apogeo de una pasión que dejarse pudrir miserablemente por la vida, ¿no le parece?”. El cliente se encoge de hombros. “Noviembre es un mes muy malo”, dice.
El patrón es un filósofo, pero el cliente tiene razón. Trato de volver a escribir, pero no puedo, porque acabo de recordarme de un poema titulado Carta de noviembre, un poema que Sylvia Plath escribió el 11 de noviembre de 1962, hace ahora 41 años, un poema hermosísimo donde se lee: “Nadie sino yo / huella esta humedad que llega a la cintura”. Cuando escribió esas palabras, Plath acababa de separarse de su marido, el poeta Ted Hughes; en Londres hacía un frío de pesadilla y las cañerías de su casa se habían helado; no tenía dinero; tenía dos niños. En los días que siguieron la humedad no dejó de subir, y una mañana Plath se levantó muy pronto, llevó al cuarto de los niños la bandeja del desayuno –pan con mantequilla y dos jarritas de leche-, se encerró en la cocina, metió la cabeza en el horno y abrió la llave del gas. Unos albañiles la encontraron tendida en la cocina, muerta. Pocos días antes, el poeta Al Alvarez había ido a visitarla; como de costumbre, bebieron vino y conversaron; como de costumbre, Sylvia le leyó algunos poemas: todos hablaban de la muerte. Alvarez, que había intentado suicidarse el año anterior, se asustó: sabía que debía ayudar a su amiga, pero no sabía cómo; para aliviar la tensión, habló de literatura; luego, antes de lo convenido, se marchó, sabiendo que la dejaba en la estacada. Nunca volvió a verla viva. Y algunos años después, como si quisiera purgar su culpa o ahuyentar el fantasma de su propio suicidio, Alvarez publicó un ensayo magistral sobre el suicidio: El dios salvaje. El libro no puede ser más serio, porque no hay problema más serio que el suicidio –decidir si la vida merece o no ser vivida-, pero yo no pude evitar reírme a ratos leyéndolo, quizá porque sólo nos reímos de verdad cuando nos reímos de lo más serio: me reí cuando leí acerca de los donatistas, una secta católica que floreció en el siglo IV, cuyos acólitos estaban tan ávidos de morir que pagaban a la gente para que los matara; me reí de ese caballero dieciochesco que se ahorcó por puro aburrimiento, para evitarse el constante trastorno de quitarse y ponerse la ropa; me reí de los centenares de jóvenes románticos que, después de leer el Werther de Goethe, se quitaban la vida a imitación del protagonista de la novela. Me reí, me reí muchísimo, me reí para no llorar.
En la cafetería el tiempo no pasa. Miro a la calle: el día es frío y gris; la humedad no deja de subir. “Tonterías”, le oigo decir al patrón, que también está mirando a la calle. “La gente no se mata cuando fuera haga mal tiempo. Al contrario: se mata cuando fuera hace buen tiempo y dentro lo hace malo”. La observación me parece exactísima y, para celebrarla, me pongo a leer el último libro de Vila-Matas: París no se acaba nunca. Cuando era joven, Vila-Matas escribió Suicidios ejemplares, pero ahora que ya no lo es escribe un libro en el que –aunque hable mucho de Hemingway, otro suicida- se ríe de cuando era joven y quería ser escritor y creía que para ser escritor había que estar desesperado y ser un suicida, y como se rí

El capitalismo clásico explotaba a los asalariados; el neocapitalismo explota a los consumidores. Es necesario que las mayorías acumulen cosas para que las minorías acumulen capital. Ingenioso.

Hoy, la mayoría de las personas creen formar parte de una especie capaz de ser dueña de su destino. Es una cuestión de fe, no de ciencia. Nunca hablamos del día en el que las ballenas o los gorilas se convertirán en amos y señores de sus destinos. ¿Por qué, entonces, los seres humanos?
No necesitamos a Darwin para darnos cuenta de la relación que nos une al resto de animales. Es una conclusión a la que llegamos a poco que observemos nuestras vidas. De todos modos, y dado que la ciencia ostenta actualmente una autoridad con la que la experiencia común no se puede comparar, recordemos que Darwin nos enseña que las especies no son más que conglomerados de genes que interactúan aleatoriamente unos con otros y con sus entornos cambiantes. Las especies no pueden controlar sus destinos. Las especies no existen. Y los seres humanos no son una excepción en ese sentido. Pero siempre se les olvida cuando hablan del «progreso de la humanidad». Han puesto su fe en una abstracción que nadie se tomaría en serio de no ser porque es herencia de antiguas esperanzas cristianas.
Si el descubrimiento de Darwin se hubiera realizado en una cultura taoísta, sintoísta, hindú o animista, se habría convertido, con casi toda probabilidad, en una hebra más del tejido mitológico de cada una de ellas. En todos esos credos, los seres humanos y el resto de animales están emparentados. Sin embargo, el hecho de que surgiera entre cristianos que sitúan a los seres humanos más allá de todas las demás cosas vivientes desencadenó una agria controversia que aún colea en nuestros días. En la época victoriana, el conflicto enfrentaba a cristianos contra no creyentes. Hoy, contrapone a los humanistas con una minoría que entiende que los seres humanos no pueden ser más dueños de su destino que cualquier otro animal.
La palabra humanismo puede tener muchos significados, pero para nosotros significa creencia en el progreso. Creer en el progreso es creer que si usamos los nuevos poderes que nos ha dado el creciente conocimiento científico los seres humanos nos podremos liberar de los límites que circunscriben las vidas de otros animales. Ésa es la esperanza de prácticamente todo el mundo en la actualidad; sin embargo, carece de fundamento. Y es que, si bien es muy probable que el saber humano continúe creciendo (y con él, el poder humano), el animal humano seguirá siendo el mismo: una especie con una gran inventiva que es también una de las más depredadoras y destructivas.
Darwin mostró que los seres humanos son como cualquier otro animal; los humanistas afirman que no. Los humanistas insisten en que si usamos nuestros conocimientos, podemos controlar nuestro entorno y prosperar como nunca antes. Mediante tal aseveración, renuevan una de las promesas más dudosas del cristianismo: la de que la salvación está abierta a todos. La creencia humanista en el progreso no es más que una versión secular de ese artículo de fe cristiano.
En el mundo que nos mostró Darwin, no hay nada a lo que podamos llamar progreso. Sin embargo, para cualquier persona en las esperanzas humanistas eso resulta intolerable. Como consecuencia, las enseñanzas de Darwin han sido subvertidas y ha vuelto a cobrar vida el error esencial del cristianismo: considerar a los seres humanos diferentes al resto de animales.

En la moderna civilización de los medios de comunicación y la moda domina una mezcla atmosférica de cosmética, pornografía, consumismo, ilusión, adición y prostitución para la que son típicos el descubrimiento y la representación de los pechos. En el mundo comercial nada parece marchar sin ellos. Cada uno especula cínicamente con los reflejos de adición de los otros. En todo lo que puede parecer vida y despertar deseos, están presentes como ornamento universal del capitalismo. Todo lo que está muerto, todo lo superfluo y enajenado, llama la atención sobre sí mismo con formas rientes. ¿Sexismo? ¡Si todo fuera tan sencillo! Los anuncios y la pornografía son casos especiales del moderno cinismo, que sabe que el poder tiene que hacer el camino a través de las imágenes desiderativas y que los sueños y las adiciones de los demás se pueden estimular y al mismo tiempo frustrar para conseguir los propios intereses. La política no es sólo el arte de lo posible, como se ha dicho, sino el arte de la seducción. Éste es el lado chocolateado del poder que parte de que, en primer lugar, tiene que existir un orden y, en segundo lugar, de que el mundo quiere ser engañado.
Estos modernos pechos comerciales existen, hablando de una manera filosófica, sólo en sí, como objetos, no para sí como cuerpos conscientes. Sólo significan un poder, una atracción. Pero ¿qué serían los pechos por sí mismos, independientemente de su desnudamiento cínico en el mercado de consumo?, ¿cómo se comportan en relación al poder y la energía que emana de ellos? Muchos desearían no tener nada más que ver con este juego de poder, atracción y deseo. Otros materializan consciente y frívolamente su llamada al otro sexo. Todavía queda algo de su conciencia del poder en el banal lema «armas de mujer». Algunos son incluso infelices porque no se parecen a los pechos ideales de los anuncios. Desnudos no se sienten demasiado bien cuando no tienen de su parte la estética dominante. Sin embargo, algunos poseen la dulzura de las peras maduras, que tan pesada y amablemente han llegado a ser lo que son y que oportunamente caen del árbol en una mano, mano por la que se sienten reconocidos.

Las respuestas más difíciles son las evidencias, y la mirada más ciega la que dirigimos conscientemente.
Asirme a un precipicio de locura para divisar un final al que poder llegar sin esfuerzo, sin matar la ansiedad, que es fruto de la felicidad, de esos sueños inalcanzables que tenemos al alcance de nuestra mano pero que rechazamos para tener algo que añorar y lamentar. Seguir las estrellas que nos conducen a ningún lugar, donde la ausencia se hace certera y sólo es asesinada por recuerdos que hieren los ojos, haciendo de un rostro un cauce a la melancolía, un cauce por el que discurrir toda sonrisa, ahogándola en su amargura, y resurgiendo de su asesinato la esperanza de volver a sentir lo que jamás nos perteneció, y lo que deseamos conservar en nuestra alma sin que pierda su pureza y brillo. El deseo de haber tenido en alguna ocasión un corazón, aunque fuese el nuestro, de sentir un beso, aunque fuese venenoso, de refrenar un momento para que su llama perdure en nuestra impaciencia por realizarlo y que, cuando se escurra entre el olvido y la imposibilidad, sea una duda certera que carcoma el pensamiento y haga de nuestra inocencia la lenta agonía que distancia nuestra realidad de los sueños.
Sentir, al fin y al cabo, un ápice de vida en nuestras venas con el dolor, y lamentar su ausencia con la felicidad que obtenemos cuando lo perdido es querido, pero no añorado. Porque con el sufrimiento logramos encauzar los segundos en una cadena de sucesos tan previsibles que el gris es un color brillante para quien no desea arriesgarse a caminar por ese precipicio de locura sabiendo que, al final, sólo hay la consecución de todo lo que nos pertenece.
Ser nuestro propio verdugo es nuestra opción, incluso ser víctima es deseado, pero jamás acusemos a la vida de negarnos nuestro regalo, pues lo que se otorga siempre está escondido tras temores e incertidumbres, y el único precio que debemos pagar es el valor que debemos aportar, una simple sonrisa ante toda adversidad que vencerá siempre que lo deseemos.
Miénteme, vida, y dime que jamás fui nadie; entonces, en esa ignorancia seré feliz.

Es hablar con otro, sin intentar convencerle ni vencerle: el propósito es entenderse, no ponerse de acuerdo. Por eso, se distingue de la discusión (que supone una discrepancia y el deseo de ponerle fin) y del diálogo (que tiende hacia una verdad común). La conversación no tiende hacia nada o no tiene otro objetivo que ella misma. Su gratuidad forma parte de su encanto. Es uno de los placeres de la existencia, especialmente entre amigos: disfrutan de sus propias diferencias; ¿qué motivos podrían tener para suprimirlas?
Una tercera parte, más o menos, de toda la pena que la persona que creo ser debe soportar, es inevitable. Es la pena inherente a la condición humana, el precio que debemos pagar por ser organismos sensibles y conscientes de sí mismos, aspirantes a la liberación, pero sometidos a las leyes de la naturaleza, y sometidos a la orden de continuar marchando, a través del tiempo irreversible, a través de un mundo absolutamente indiferente a nuestro bienestar, hacia la decrepitud y la certidumbre de la muerte. Los dos tercios restantes de toda la pena son caseros y, por lo que se refiere al universo, innecesarios.
Debiera enseñarse a los niños el arte de ser feliz. No el arte de ser feliz cuando os cae encima la desgracia -eso lo dejo a los estoicos- sino el arte de ser feliz cuando las circunstancias son pasables y toda la amargura de la vida se reduce a pequeñas dificultades y pequeñas indisposiciones.
Casi nunca dejamos que un pensamiento nos habite por completo y que llegue en ramificaciones a donde tenga que ir. Siempre de un modo más o menos consciente lo vamos nosotros mismos guiando y amurallando; y al querer encauzarlo y poseerlo le quitamos su fuerza. Yo siento, casi físicamente a veces, las barreras que levanto contra los pensamientos, a los que pocas veces dejo el campo libre. Hay continuas tensiones nerviosas que les impiden su fluir adecuado.
Es contar a alguien, a propósito de uno mismo (sin lo cual ya no sería confidencia, sino indiscreción), lo que no se contaría a cualquiera: prueba de confianza, de amor o de intimidad. Se distingue de la declaración, porque no supone ninguna culpabilidad. De la confesión, porque no espera ningún perdón. Es la manera de hablar privilegiada de los amigos, que se aman demasiado para juzgarse.
Señor presidente, éste es el momento y el lugar para debatir esta cuestión. Nos enfrenta ahora. Se acerca cada vez más. (...) Señor presidente, en los anales de la experiencia humana, en docenas de civilizaciones y culturas de distintos sistemas de valores, la humanidad ha descubierto que la relación permanente entre hombres y mujeres es una piedra angular para la estabilidad, la fortaleza y la salud de la sociedad humana, una relación que amerita el reconocimiento legal y la protección judicial (...).
[Luego de leer una larga lista de pasajes bíblicos que mencionan el matrimonio] Pobre de aquella sociedad, señor presidente, que no honre esa herencia y comience a desdibujar esa tradición establecida por el Creador en el comienzo (...).
[Luego de describir un viaje a la antigua ciudad de Babilonia] Estuve en el lugar o al menos se me dijo que estaba en el lugar en que Belsasar, hijo de Nabucodonosor, organizó un banquete para mil de sus lores. Belsasar tomó las copas que habían sido robadas del templo por Nabucodonosor. Él, su esposa, sus concubinas y sus colegas bebieron de esos recipientes y Belsasar vio la mano de un hombre escribiendo en el estuco del muro, cerca del candelabro, y la mano escribió “me’ne, me’ne, te’kel, uphar’sin” y cambió el rostro de Belsasar, se le aflojaron las rodillas y temblaron sus piernas. Llamó a sus astrólogos, videntes y magos y dijo: “Díganme qué significa esa escritura”, pero ellos estaban desconcertados. No podían interpretar la escritura (...). Daniel interpretó la escritura: “Dios ha medido tu reino y lo ha acabado. Se te ha pesado en las balanzas y se te encontró en falta. Tu reino será dividido y dado a los medos y los persas”.
Esa noche, Belsasar fue muerto por Darío, el Medo, y su reino fue dividido.
Señor presidente: Estados Unidos está siendo juzgado. Si se acepta el matrimonio entre personas del mismo sexo, el anuncio será oficial, los Estados Unidos habrán dicho que los niños no necesitan una madre y un padre; servirán igualmente dos madres o dos padres.
Esto sería una catástrofe. Gran parte de los Estados Unidos ha perdido sus amarras. Las normas ya no existen. Hemos perdido el rumbo con una rapidez que apabulla. Lo que llevó miles de años construir está siendo desmantelado en una generación.
Digo a mis colegas, adoptemos una postura clara. Ha llegado el momento. El tema es relevante. Defendamos la más antigua de las instituciones, la institución del matrimonio entre el hombre y la mujer, como lo establece la Santa Biblia. De otro modo, también nosotros seremos juzgados y se nos encontrará en falta.
Robert Byrd
La verdad que todos conocemos, y que en la práctica de hoy se ignora, es que los matrimonios se separan en los Estados Unidos, no porque los hombres y las mujeres estén sitiados por un movimiento masivo de hombres que se casan con hombres y mujeres con mujeres. Los matrimonios se deshacen porque los hombres y las mujeres no permanecen casados. La verdadera amenaza proviene de las actitudes de muchos hombres y mujeres casados entre sí, y de las relaciones de personas de sexo opuesto, no del mismo sexo. (...) Si ésta fuera realmente una ley de defensa del matrimonio, expandiría la experiencia de aprendizaje para aspirantes a maridos y a esposas. Proveería asesoramiento para matrimonios con problemas, no sólo para quienes pueden pagarlo. Proveería tratamiento a pedido para quienes tienen problemas por el abuso de alcohol y sustancias tóxicas, o por las perniciosas e interminables intrusiones con las que se abusó de ellos siendo niños y de las que nunca pueden despegarse. Expandiría la ley de defensa de las mujeres contra la violencia. Garantizaría el cuidado de los niños en guarderías para toda familia que lo necesita y no puede pagarlo. Expandiría los programas en las escuelas para mostrar a los estudiantes de escuela media un mayor conjunto de opciones en la vida práctica. Garantizaría que nuestros niños fueran capaces de leer cuando salen de la escuela media. Expandiría las oportunidades de adopción, así como la protección de niños maltratados. Ayudaría a los niños a realizar actividades después de la escuela, distintas a tener embarazos adolescentes no deseados. Ayudaría a fortalecer los Clu
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En todas las épocas se ha dicho y repetido que hay que aspirar a conocerse a sí mismo. Se trata de un requerimiento extraño, al que hasta ahora nadie ha respondido y al que, en realidad, nadie debería responder. El hombre, con todos sus esfuerzos y afanes, siempre depende de lo exterior, del mundo que le rodea, y bastante le cuesta conocerlo y servirse de él en la medida en que lo necesita para sus objetivos. De sí mismo lo único que sabe es si está disfrutando o sufriendo, de modo que son sólo las alegrías y los sufrimientos los que le instruyen sobre lo que debe buscar y lo que debe evitar. Sin embargo, aparte de esto, el ser humano es una criatura oscura que no sabe de dónde viene ni adónde va, conoce muy poco del mundo y aún menos de sí mismo. Tampoco yo me conozco a mí mismo, y ¡que Dios me guarde de ello!
Vaig començar a escriure contes fantàstics durant una època difícil de la meva vida. Necessitava evadir-me del meu sofriment. Jo passava una època molt, però molt dolenta, i escriure’ls va ser, com si diguéssim, una fugida de la realitat. Que jo sempre sostinc que, per a un narrador o per a un poeta, una fugida de la realitat és encarar-se amb la seva realitat més profunda.
La cuestión de fondo sigue siendo cómo explicarnos el arriba y el abajo, el dentro y el fuera en este mundo, cómo pensamos el orden social y si en esa explicación que se hace propuesta se nos permite a todos un lugar digno bajo el sol.
La amistad encierra maravillosas satisfacciones si nos damos cuenta de que la alegría es contagiosa. Resulta suficiente que mi presencia procure a mis amigos un poco de alegría auténtica para que el espectáculo de esta alegría me haga experimentar, a mi vez, una alegría. De este modo, alegría que cada uno proporciona le es devuelta, y se ponen en libertad verdaderos tesoros de alegría. Los dos amigos se dicen: tenía en mí una felicidad que no usaba para nada.
Ismael Dalramy perdió las manos en 1996 a consecuencia de dos rápidos hachazos. No recordaba -o no podía recordar- el dolor de los hachazos. Pero sí recordaba cómo le ordenaron a punta de pistola que pusiera las muñecas sobre un tocón en el que chorreaba la sangre de sus vecinos, que se retorcían en el suelo a su alrededor tratando de contener la hemorragia de sus brazos, o se alejaban tambaleantes.
Aurora nació en España en la segunda mitad del siglo XIX; pertenecía a la clase burguesa, tenía ideas radicalmente feministas y estaba chiflada, pero de esto no se dieron cuenta a tiempo. Decidió crear-criar a la Primera Mujer Libre, se acostó una sola vez con un hombre para conseguirlo y, en efecto, en 1915 parió a Hildegart, a quien educó obsesivamente como quien educa a un animal de circo. Feota y rolliza, a los 14 años Hilde hablaba cuatro idiomas, sabía filosofía y colaboraba en los más importantes periódicos españoles. A los 17 había terminado la carrera de Derecho, estaba estudiando Medicina y era una célebre escritora. A los 18, en 1933, Hilde decidió marcharse a vivir a Londres animada por el famoso escritor H. G. Wells, con quien se carteaba. Tres días antes de su partida, por la noche, mientras dormía, Aurora le pegó cuatro tiros. Mató a la Primera Mujer Libre justamente porque quería liberarse.
El mucho amor a nuestra lengua no nos debe llevar a aborrecer las novedades que con el tiempo se introdujeron en ella para designar con justeza cosas y comportamientos que no gozaban anteriormente de vocablo singular y adecuado. Así ha ocurrido con los que viajan por curiosidad o placer, que llámanse ahora turistas, sin que la consulta de muchas, copiosas y autorizadas fuentes del castizo decir nos haya permitido encontrar palabra en nuestro natural castellano que signifique propia y ajustadamente lo que el nuevo vocablo expresa. Séanos, pues, lícito decir que el turismo o, lo que es igual, la concurrencia cuidadosamente ordenada de viajeros que, conducidos por la curiosidad y el placer, visitan nuestra patria es hoy provechoso e indiscutible caudal de abundantes bienes. (...) Ocurre también el caso insólito que en nuestra ciudad una parte considerable de los vecinos tiran papeles y objetos menudos al suelo, y el Ayuntamiento paga a otros vecinos para que los recojan. De seguir en incremento esta sorprendente conducta pudiera ocurrir que la mitad de los vecinos arrojase papeles y otros objetos a la vía pública y la otra mitad los recogiesen.
Coltan es una contracción de columbita-tantalita, la mayor fuente mineral de tantalio, un metal gris plateado, muy duro, del grupo Vb de la tabla periódica, caracterizado por su alta densidad (16,6 g/cm3), punto de fusión muy elevado (2.696 ºC) y gran resistencia a todos los ácidos, por debajo de 150 ºC, con la excepción del clorhídrico. El tantalio se extrae del coltan, donde se halla mezclado con niobio, y se prepara mediante técnicas de metalurgia de polvos. El uso más importante del tantalio en la actualidad se halla en la producción de condensadores electrolíticos, comúnmente denominados tantálicos, los de mayor capacitancia por unidad de volumen entre los que se fabrican y elementos básicos en la circuitería miniaturizada de la que están repletos los teléfonos móviles y todo tipo de equipos electrónicos portátiles, como este ordenador en el que estoy pretendiendo iniciar esta historia desde mi casa.
Basta con haber sentido admiración o gratitud ante la finura de un acto, la candidez de una actitud, la perfección de un texto, la exactitud de una definición, la expresión de un rostro, la belleza de un cuerpo... Basta con ello para saber lo que es la felicidad pura y desinteresada.
El incentivo de los amores, como el de los cuentos, radica en su capacidad de sorpresa. Ni al que se pone a querer ni al que se pone a contar les va a servir de nada prefigurar el trance amoroso o narrativo. Mientras no se vean metidos de hoz y coz en él, no están en condiciones de saber cómo les va a ir.
Jóvenes sin escrúpulos, que gustan de ostentar prepotencia y mostrarse a sí mismos y los demás superiores a cualquier norma y acatamiento, vociferan con tal estruendo o producen tales ruidos con las máquinas de correr, que llaman motocicletas, que impiden el sueño apacible y reposado que el trabajo cotidiano de nuestros vecinos requiere. Agavíllanse en ocasiones estos jóvenes (...) para que el número aumente el estruendo y fortalezca la impunidad de su deplorable conducta.
Nuestra historia, nuestras realizaciones y nuestros proyectos nacen con la lucha contra la impunidad y contra las consecuencias de las prácticas represivas que sufrió Argentina durante la vigencia del Terrorismo de Estado, entre 1976 y 1983.
Es el amor desinteresado por el prójimo. Que sea desinteresado cae por su propio peso: el prójimo no siempre es interesante.
En el recorrido de la vida hay unos tramos para la pasión y otros para la razón, pero todos pasan por el cauce de la emoción, de la que en un grado u otro dependen y sacan partido. Lamentablemente, para muchos la «madurez» consiste en reprimir las emociones y la pasión, y quien no lo hace es acusado de «inmaduro» o «adolescente». Pero sólo estos, los de la sinceridad a contracorriente, son los que más cerca habrán estado de la felicidad. Ahí está, en la emoción, toda el alma humana y lo que nos hace humanos, porque las diferencias genéticas y funcionales del homo sapiens con los otros primates no son muy destacadas.
Al llarg de la meva vida he pogut veure una evolució semàntica molt interessant a l'hora de referir-nos a la festa, que demanaria l'anàlisi d'algú que fos expert en la matèria per treure'n tot el suc. Per dir-ho curt: primer es va passar del ser festa al fer festa i, darrerament, a l'anar de festa. La idea que sostinc és que aquests canvis en la manera de dir il·lustren canvis en les maneres de fer sobre els quals no sé si tenim una consciència prou clara. Fa anys -dit de manera imprecisa, durant la meva infància- simplement hi havia festes. En majúscula, la majoria de guardar, que volia dir que tocava anar a missa. El calendari era farcit de festes, la majoria amb una significació religiosa cristiana que ja era l'evolució posterior d'una antiga festa pagana i, encara abans, de festes lligades als cicles del treball al camp. La particularitat és que les festes existien, al marge de si hom les celebrava poc o molt. En un cert sentit, hi havia una fatalitat festiva, en la mesura que no depenien de la nostra voluntat particular, cosa que no té res a veure amb el fet que en general fossin molt benvingudes per a tothom. Quan jo era petit, doncs, ara era Nadal, ara era Sant Josep, ara era Pasqua, i naturalment, les aprofitàvem totes.
No hay duda de que el ordenador personal es uno de los símbolos de nuestra época: ha revolucionado el trabajo, la comunicación y el entretenimiento. Permite estar en todas partes y que cualquier lugar sea el centro del mundo, que no es otro que ser el centro de todas las relaciones posibles. Las consecuencias que supone su uso y su democratización son tan inconmensurables que apenas podemos imaginarnos cómo se llegará a transformar, aún más, nuestra consideración del mundo y de nuestra incidencia sobre él. Si el ordenador es símbolo de nuestra época, el Apple Macintosh es el mito que ocupa el cenit de todas las mitologías, por su ligereza, su transparencia, su ductibilidad y su constante dominio de todos los parámetros que pretende alcanzar y que siempre llega a superar con creces.