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Las últimas semanas leía como mucho un capítulo cada día, vano intento de alejar el fin que inexorablemente estaba cada vez más cerca. Lo leía despacio, como quien recita una plegaria o lanza un conjuro, paladeando cada frase, recreándome en el escenario descrito, siendo espectador a pie de línea. Pero no es posible eludir el destino de un buen libro: echarlo de menos tan pronto se pasa la última página. Así que les digo que quizás no deberían de leer la novela Autómata de Adolfo García Ortega, porque algún día se acabará y ese día volverán a estar solos. Entonces tampoco deberíamos de enamorarnos ni vivir con ilusión, aunque espero no recomendar jamás tal cosa.
A finales del siglo XX, Oliver Griffin, español de origen irlandés, realiza un viaje por mar hasta Punta Arenas, en el estrecho de Magallanes, con el objetivo de restaurar un hecho histórico que, misteriosa y extrañamente, ha unido su vida a la de los magos praguenses Melvicio y Löw en el siglo XVI.
Para ello, Griffin reproducirá el viaje de novios que, en los años veinte, realizaron sus abuelos. En aquella ocasión conocieron a una mujer, Graciela Pavic, que encontró en el Estrecho un autómata del siglo XVI con forma de guerrero terrible, colocado allí según un plan secreto de Felipe II para fortificar Magallanes con un fingido ejército de autómatas, encargado a su sobrino el rey Rodolfo II de Praga.
Novela sobre los dictados del destino y del azar, pero también novela de aventuras marítimas al mejor estilo de Melville, Autómata es una magistral vuelta de tuerca narrativa donde se mezclan la magia y las leyendas de la corte de Felipe II con una historia de amor imposible. Pura literatura en la que se interrelacionan muchas historias a lo largo de cuatro siglos, siempre teniendo por eje el singular magnetismo del extraño autómata.

El mundo se horrorizó ante la barbarie del nazismo cuando Hitler murió. Es sorprendente que nadie se hubiese dado cuenta antes de lo que era capaz de hacer ese líder fanático y, por tanto, lo denunciase. Pues bien, sí hubo una persona que lo hizo: Kressmann Taylor (pseudónimo de Katherine Kresssmann Taylor), que publicó su breve novela (apenas setenta hojas) el año 1938, antes de la Segunda Guerra Mundial. Da miedo ver cómo nadie está a salvo de que un líder sea capaz de convertirnos tan fácilmente en víctimas o en verdugos, sin términos medios. Dice la contraportada del libro:
Adreça desconeguda va publicar-se per primera vegada el 1938, i en poc temps va ser considerada una obra mestra. Visionària, incisiva i de desenllaç imprevisible, aquest llibre ha estat tot un esdeveniment literari, el senyal d’alarma més estremidor contra el nazisme. Una història escrita sense complaença ni demagògia que descriu la tragèdia íntima i col·lectiva de l’Alemanya nazi.

La felicidad es aquello que nos pasa cuando no nos lo planteamos. Siempre es pretérita pues la felicidad futura no existe (dado que el futuro sólo es posibilidad) y la presente se desvanece al momento en que se nos ocurre pensar en dicha sensación, cuando debiéramos seguir concentrados en lo que nos la provocaba. La novela Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, de Rodrigo Muñoz Avia, es de risa, pero del tipo displicente ante una situación con la que poco cuesta sentirse identificados. Podría calificarse de ligera pues se lee con facilidad y no se pierde en cumbres de racionamientos obtusos ni cae en abismos de dogmática feliciana. ¿Por qué pesa tanto entonces la estela que deja al pasar bajo nuestra mirada? Porque muestra que buscando la felicidad lo más fácil es acabar perdiéndonos a nosotros mismos.
Rodrigo Montalvo Letellier vive con su mujer, sus hijos y su gato, que lo quieren con locura. Tiene un chalet adosado, un buen coche y un trabajo que le gusta. Entregado, como cualquiera de nosotros, a sus hobbies y al consumo de fin de semana, lleva una vida sin sobresaltos. Y, además, es un hombre feliz. O al menos, eso ha creído siempre.
Hasta que un buen día un psiquiatra le hace dudar y el mundo se le viene encima. Nuestro héroe quiere saber qué le pasa, y visita a esos extraños seres empeñados en ocuparse de su cabeza, los psiquiatras, los psicólogos y otros enfermos, que aportan soluciones desternillantes y, por supuesto, no dudan en saquear su cartera.
Con esta novela hilarante que atrapa al lector desde la primera página, Rodrigo Muñoz Avia esconde tras el humor un análisis perturbador del alma moderna, de la imposibilidad social de la felicidad. El autor hurga en el lado más débil de nuestra psicología, cada vez más enfermiza, insaciable e incapaz de olvidarse de sí misma. Porque ¿acaso es posible que nos sintamos infelices por el simple hecho de no sentirnos felices?
No la he entendido pero me tiene enamorado. No me refiero a una mujer sino a la novela de Roberto Bolaño. Su estructura es muy original, aparentemente fragmentaria (seguro que Agustín Fernández Mallo la ha leído mientras untaba Nocilla). La trama se compone de múltiples hilos que, con maestría, se van entrelazando hasta que te notas amarrado irremediablemente a sus páginas, con un nudo de espléndida literatura. Lo que menos importa es el desenlace, si acaso existe, sino el proceso de conocerla y descubrirse emocionado a su vera, vamos, como con una mujer.
Está escrito que algún día llegará el Apocalipsis. Forma parte de un plan inefable desde el origen de los tiempos. También estaba escrito que el 2001 surcaríamos el espacio en compañía de HAL y, sin embargo, aquí estamos en el suelo. Es más, el mundo debería de haberse acabado ya unas cuantas veces (quizá sí haya pasado y no nos demos cuenta). Así que no es tan “tonto el que lo lea” sino el que se “lo crea”.Las Buenas y Ajustadas Profecías de Agnes la Chalada
anuncian que el mundo se acabará en sábado.
El próximo sábado, de hecho.
Justo después de la hora del té...
Dibujar el amor resulta tan pretencioso como querer explicar el silencio. Un corazón atravesado por una flecha, rodeado de múltiples corazoncitos y algún que otro Cupido, es una vulgaridad. Entonces, ¿es posible representarlo? Pues sí, Liz Prince lo consigue en su delicioso cómic ¿Me seguirás queriendo si mojo la cama? (editorial Apa Apa). Porque el amor, si está, se nota; y hasta la acción más cotidiana de la vida en pareja se enriquece con múltiples significados, definiciones del amor.
Si algo he aprendido después de leer Popcorn de Ben Elton es que no soy responsable de lo que mi crítica pueda provocar en las mentes ajenas. Si leéis el libro, allá vosotros, será culpa vuestra el disfrutar con su lectura y olvidar otras tareas quizá más urgentes. Si no lo hacéis, también será culpa vuestra no saber por qué insisto tanto con la responsabilidad y la culpa después de haberlo leído.
Un viejo chiste nos informa que “inteligencia militar” son términos contradictorios. Me río de pena ante esa verdad convertida en chascarrillo. El ejército es necesario para protegernos, dicen, supongo que de los ejércitos equivalentes de otros países que también están para protegerse de nosotros, pues el país está desprotegido y el protector que lo proteja primero, bien protegido se queda, menudo trabalenguas de pena, lo siento. Trampa 22 de Joseph Heller no se merece esta lastimosa crítica que estoy escribiendo, pero mis recuerdos del servicio militar me llevan a despotricar contra ese mundo paralelo en el que la obediencia es el único valor y la cobardía se escuda tras tratamientos de usía o vuecencia. El libro es magistralmente absurdo y belicosamente hilarante. Nadie debería de quedar exento de cumplir con el servicio de leerlo, ni siquiera por tener los pies planos. ¡Es una orden!
La acción se desarrolla durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial y se centra en una escuadrilla de bombarderos estadounidense. El coronel Cathcart, jefe de la escuadrilla, quiere ser ascendido a general. Y no encuentra mejor manera que enviar a sus hombres a realizar las misiones más peligrosas.
Con una lógica siniestra, Yossarian, un piloto subordinado a Cathcart que intenta ser eximido del servicio alegando enfermedad mental, recibe por respuesta que sólo los locos aceptan misiones aéreas y que su disgusto demuestra que está sano y, por tanto, que es apto para volar. La evolución psicológica de Yossarian refleja la aguda crítica que hace Joseph Heller de un patriotismo mal entendido, que exige sacrificios inadmisibles.
Trampa 22, que se convirtió en el libro de cabecera del movimiento pacifista de los años sesenta, constituye un modelo de humor negro y absurdo en la literatura estadounidense. Esta historia fue llevada a la gran pantalla en 1970, bajo la dirección de Mike Nichols, con Orson Welles y Anthony Perkins en los papeles protagonistas.
Antes de cerrar la mochila busqué un libro manejable para mi vuelo hasta Sevilla. En la estantería de pendientes estaba La carretera, de Cormac McCarthy, ganadora del premio Pulitzer 2007. Esperaba encontrar doscientas páginas de buena compañía y, ciertamente, la encontré de la mano de un padre y su hijo, sólo dos pero todo un mundo (especialmente teniendo en cuenta que eran de los pocos supervivientes tras un cataclismo). En esta historia donde el suelo está cubierto de ceniza, los árboles calcinados, el cielo es gris y la nieve está sucia, los dos protagonistas luchan por no perder el color y calor humano que, como una llama de cálido fuego, perdura entre los “buenos”. Para todos aquellos que andan perdidos les recomiendo que sigan La carretera hacia el sur.
WATCHMEN es una novela gráfica con guión de Alan Moore y dibujos de Dave Gibbons. Me ha gustado mucho. Bien, ¿y ahora qué? Está muy bien dibujada, vale, pero lo que me ha impulsado a escribir esta crítica es el fascinante y apocalíptico guión de Alan Moore, pero... ¿cómo discutir lo sucedido sin mentarlo?, ¿qué conclusiones extraer sin dejar entrever el final? Evidentemente pienso en los futuros lectores que podrán descubrir la maravilla de la historia por sí mismos. Ellos, con su presencia ausente, me impiden argumentar pese a las muchas ganas que tengo, porque la historia tiene miga, mucha miga, y yo aquí sin poder comentarla, diantre. Así que esta crítica queda abierta a que, algún día en cualquier lugar, la terminemos; eso sí: sin máscaras. Por cierto, quis custodiet ipsos custodes.
Sangre en el hombro de Palas |Daniel Dreiberg|
¿Es posible, me pregunto, estudiar un pájaro tan de cerca, observar y catalogar sus peculiaridades con un detallismo tal, que se vuelva invisible? ¿Es posible que, mientras se mide con tedio la envergadura de sus alas o la longitud de su tarso, perdamos de vista su poesía? ¿Que en nuestras descripciones pedestres de un plumaje marmóreo o vermiculado, dejemos de lado su semejanza a lienzos vivos, las cascadas de delicados tonos marrones y dorados que avergonzarían al propio Kandinsky, las neblinosas explosiones de color que rivalizarían con Monet? Creo que sí. Creo que, al examinar a nuestros animales desde el punto de vista de estadistas y diseccionadores, nos distanciamos cada vez más del maravilloso y mágico mundo de la imaginación, cuya gravedad nos atrajo hasta este campo en un primer momento.
Eso no quiere decir que debamos dejar de establecer hechos y verificar datos; sólo sugiero que a menos que esos hechos se complementen con el fogonazo de una imagen poética, se convertirán en gemas sin tallar; piedras semipreciosas que casi no valdrá la pena coleccionar.
Cuando miramos al ópalo negro y catatónico del ojo del periquito, debemos aprender a vislumbrar la fría locura alienígena que Max Ernst percibió cuando decidió vestir a sus novias desnudas con plumas escarlata y las monstruosas cabezas transplantadas de pájaros exóticos. Cuando capturamos algún milano o alguna golondrina de mar bajo la mirada aguda y azul de nuestras lentes Zeiss, debemos conseguir ver el vuelo detenido de las gaviotas color sepia que aparecen en las primeras fotografías cinéticas de Muybridge, batiendo sus alas blancas que trazan una lenta línea osciloscópica a través del tiempo y del espacio.
Al mirar a un halcón, vemos las minúsculas diferencias en la anchura del cañón de sus plumas, donde antaño los egipcios veían a Horus y al ojo ardiente de la venganza sagrada encarnado. Hasta que transformemos nuestras meras imágenes en visiones genuinas; hasta que nuestro oído haya madurado lo bastante para escuchar una sinfonía entre el pandemonium de un aviario; hasta entonces, puede que tengamos un hobby, pero no tendremos una pasión.
De niño, sentía pasión por los búhos. Durante los largos veranos de los 50, mientras medio país miraba hacia el cielo en busca de platillos volantes o misiles soviéticos, yo corría por los campos de Nueva Inglaterra en plena noche, masticando chocolate y mirando mi reloj mientras aguardaba a contemplar un espectáculo diferente, aguzando el oído a la espera del grito que significaría que un viejo pájaro bajaba de las ramas oscuras en busca de alimento, emitiendo un chillido de ermitaño loco, muy diferente del siseo enronquecido de los búhos más jóvenes.
En algún momento de aquellos años, entre los aburridos años posteriores a una guerra merecidamente ganada y el día de hoy, acechaba la ominosa sombra de una guerra imposible de ganar; en algún momento, mi pasión se perdió, convirtiéndose sin que me diera cuenta en un banal y tedioso sistema de clasificación. Aquel cambio me pasó desapercibido hasta que acabó convirtiéndose en un hábito inconsciente. No fue hasta hace muy poco que vislumbré mi antigua pasión, medio oculta entre el polvo acumulado de mi estudio metódico y académico; al visitar a un a
Maestro no es quien enseña, sino de quien se aprende. Poco importa entonces que la lección la recibamos de un vivo o un muerto, salvo que la admiración de darse en el primer caso se resuelve en el momento mientras que, en el segundo, hace falta un libro como el de Mauricio Wiesenthal. En su magistral Libro de réquiems están las lecciones menos magistrales que se puedan concebir, es decir, las más íntimas y humanas de sus maestros: sus propias vidas, de las que tanto hay que aprender. Escrito con exquisita elegancia debiera leerse con chaqué, guantes y sombrero, pues sería la única forma de hacerlo adecuadamente. Sus palabras refinadas expresan sentimientos de profunda y sincera gratitud. Quién lo lea no podrá evitar pensar que, llegado el momento, al libro le faltará un capítulo: el que el lector agradecido, nosotros, le dedicaría al autor.
Quisiera Pepe Carvalho llegar a un lugar del que no quisiera regresar, pero como lo suyo es el léxico y no la satisfacción de los anhelos, se quedó para protagonizar las novelas negras de Manuel Vázquez Montalbán. Y donde primero lo he conocido, aunque no hayamos sido presentados ni soy causa de su investigación (menos mal), es en la estupenda Los mares del Sur. El que ganase el Premio Planeta del año 1979 sólo demuestra que es lo suficientemente buena como para superar el desprestigio de dicho premio interesado y poco interesante, pues también ganó el Prix International de Littérature Policière del año 1981 en París, del que desconozco su prestigio pero suena infinitamente mejor. En conclusión, no lo utilizaré para encender la chimenea el próximo invierno.
Los Pilares de la Tierra de Ken Follett, en edición de bolsillo, es un mamotreto de más de mil páginas que ha gustado a casi todo el mundo. Para tener un “casi” basta sólo una voz disonante y, en este caso, reclamo el humilde derecho a la disidencia, sin ánimo de ofender. Veamos, el libro se lee con facilidad pasmosa (roza lo insulso) y tiene 1.350 páginas como podría haber tenido perfectamente 700 o 2.300 (sorprende el primer contraste de prosperidad/desgracia, pero después de repetirlo varias veces ya cansa). Los comportamientos de los personajes son anacrónicos, especialmente en los lances amorosos, y la ambientación de época bastante escasa (faltan detalles). Las enseñanzas que se extraen del libro son más bien pocas y la corriente subterránea que lo mueve es la típica americanada del “tú puedes”, “just do it”. Además, la edición de bolsillo no cabe en ningún bolsillo. Sin embargo, pese a todo lo dicho con ánimo de demolición, el libro es muchísimo mejor que cualquiera del Dan Brown de las narices. Gracias por vuestra atención y no me lo tengáis en cuenta.
He terminado de leer TOKIO BLUES (Norwegian Wood), de Haruki Murakami, antes de suicidarme. Temía morir antes de llegar al final, lo cual sería una pérdida irremediable, desconocer el final, claro. Pero aquí estoy y, la verdad, tampoco me tienta mucho ahora eso de cortarme un árbol o colgarme las venas, o algo así, que no domino mucho esas técnicas, más que nada por falta de práctica. Y hablando de árboles, me estoy yendo por las ramas en lugar de comentar que este libro me ha gustado mucho, demasiado, aunque recordarlo me pone triste, qué se le va a hacer, no es precisamente un libro que deje indiferente. En cualquier caso leedlo teniendo alguien querido al lado para que os pueda abrazar cuando sea preciso.Norwegian Wood (This Bird Has Flown) |The Beatles| |
Madera Noruega (Esta chica ha volado) |
Darse de bruces con una puerta cerrada cuando se pretende escapar de nuestro pasado, porque no quisiéramos convertirlo en futuro continuo, duele. Ver los lazos que se cierran como sogas al cuello, cada vez más cortos, cada vez más tensos, duele. Intentar huir y no poder, palmear el aire como quien espanta fantasmas, arañar las paredes sin alcanzar a sentir la luz del otro lado, librar batallas en la conciencia donde todos los muertos son propios, duele. Pero más duele encontrarse la puerta cerrada cuando en vez de escapar se quiere entrar, ser aceptado, querido.
Al igual que un volcán, resulta interesante ver a un erudito en erudición, pero no es recomendable. Leí Salidas de caverna de Hans Blumenberg sin comprender gran parte de lo que ahí se explica, y eso que por la contraportada sabía que giraba entorno a interpretaciones del mito de la caverna de Platón. Dice así: Todo cuanto la imaginación de la caverna haya podido lograr alguna vez está aquí reunido para una historia de salida y ascenso a la realidad plena, una realidad aliada con aquello que, justamente en este punto, Platón parece haber olvidado en su monumental caverna: el recuerdo. Terminarlo ha sido un alivio y tengo la extraña satisfacción de sentir que por mis manos ha pasado una muestra clara de humanidad, pues de nosotros es hacer cosas inútiles.
La voz maligna de Vernon Lee (pseudónimo masculino de la escritora Violet Paget, 1856-1935) es un cuento y, actualmente, un libro breve que incluye sólo tres cuentos: La muñeca, Amour Dure y, claro, La voz maligna. Comencé a leer con aprensión en vista de la espantosa portada con la cabeza cortada de Medusa pintada por Caravaggio. El primer cuento me encantó por su buena narración, su in crescendo que te lleva irremediablemente a un final que, por imprevisto, satisface el doble. Pensé: “Qué chulo este libro, tendré que hacer una crítica para que lo sepan los demás” (suelo comentar sólo los libros que me gustan). El segundo se refería a una influencia maléfica más allá de la muerte, evidentemente femenina, cof-cof, bien escrito pero tan parecido a tantos cuentos posteriores con una historia similar que resultaba completamente previsible. Quizá fuese ella la primera en relatarlo, no lo sé, pero no fue la primera que leí diciendo lo mismo y, claro, me decepcionó bastante. Pensé: “Bueno, a ver si el último cuento vale la pena o me temo que pasaré de recomendarlo”. Y llegué al último cuento, el de título homónimo al libro, por lo que debería de ser el no va más. Y fue el no va menos. Un rollo acerca de un músico muerto que no daba miedo ni leyéndolo dentro de un cementerio a las doce de la noche. Así que pensé: “Pues vaya, paso de escribir una crítica de este libro, menudo bodrio”, pero cuando me di cuenta ya la estabas leyendo.
Tampoco son tantos a los que queremos, se podrían contar con los dedos de una mano; en cambio nuestra vida tiene miles de días. La operación es sencilla: tiempo disponible / tiempo dedicado a esas personas. Para unos será mucho y para otros ridículo. La estupenda novela de Siri Hustvedt desarrolla la operación anterior ante nuestros ojos y demuestra que el resultado, por más que nos esforcemos, siempre será aproximado.
Cualquier artefacto trae consigo un libro de instrucciones. Sin embargo, al nacer venimos con un pan debajo del brazo, ¡ni siquiera un mísero manual abreviado del sobrevivir! Entonces debemos de aprender sobre la marcha e ir recopilando informaciones que nos servirán para redactar nuestra propia guía de uso, la cual terminaremos cuando desgraciadamente ya no nos haga falta.
Explicar la idiosincrasia de la ciudad de Ilhéus y sus habitantes provoca que los primeros capítulos de Gabriela, clavo y canela resulten un poco indigestos, además de que acceder con pretensiones de mucho calado provocaría el encallamiento en las arenas de su puerto. La novela se comienza a disfrutar cuando Jorge Amado nos presenta a su protagonista indiscutible, Gabriela, mujer de la clase de ciertas flores que se marchitan en los jarrones. Una preciosa historia de amor con olor a clavo, sabor a canela y tacto cálido.
Hay libros que nada más empezarlos sabes que la despedida será triste, no por el contenido en sí sino por el hecho de decirles adiós y enterrarlos en la estantería de los pretéritos. Es el caso. Resulta vano haberse limitado a un capítulo por día, como si de un tratamiento homeopático de felicidad se tratase, pues los días pasan y las capítulos son finitos. La última página llega y la última vuelta de hoja suena a final no sólo del libro. Entonces me imagino lo difícil que será encontrar otro que me haga sentir algo similar, y me pongo triste antes de tiempo pues vasto es el mundo y muchos los talentos.
Encontrar buenos libros no es fácil y eso obliga a remover mucha paja antes de dar con la aguja que nos pinche con su lucidez. Por suerte, de tanto en tanto el esfuerzo se ve recompensado con un buen libro, novela en este caso, que nos pincha haciéndonos brincar del sillón de las ideas consolidadas, precisamente porque demuestra que lo que nos debería unir no son precisamente las ideas sino los sentimientos. Estoy hablando de Incerta Glòria de Joan Sales, ambientada en la guerra civil donde ganase quién ganase todos perdimos.
Copio a continuación la Confessió de l’autor del año 1956 que aparece en el libro a modo de prólogo:
The uncertain glory of an april day... Tot devot de Shakespeare coneix aquestes paraules —i si jo hagués de resumir la meva novel·la en una sola ratlla, no ho faria pas d’altra manera.
Hi ha un moment de la vida que sembla com si ens despertéssim d’un somni. Hem deixat de ser joves. Bé es veia que no ho podríem ser eternament; ¿i què era, ser joves? Ma jeunesse ne fut qu’un ténébreux orage, diu Baudelaire; potser tota joventut ho ha estat, ho és, ho serà. Una tempesta tenebrosa travessada de llampecs de glòria —d’incerta glòria—, un dia d’abril...
Un fosc afany ens mou durant aquells anys turmentats i difícils; busquem, conscientment o no, una glòria que no sabríem definir. La busquem en moltes coses, però sobretot en l’amor —i en la guerra, si la guerra se’ns entravessa. Tal va ser el cas de la meva generació.
La set de glòria es fa, en certs moments de la vida, dolorosament aguda; tant més aguda és la set com més incerta és la glòria de què estem assedegats; vull dir, més enigmàtica. La meva novel·la tracta precisament de copsar algun d’aquests moments en algun dels seus personatges. ¿Amb quin resultat? No sóc pas jo qui ho ha de dir.
Però sé que molt li serà perdonat a qui molt hagi estimat. En altre temps hi havia més devoció a sant Dimas i a santa Maria Magdalena; és que no corria tanta pedanteria com ara i la gent no tractava de dissimular amb tesis, missatges ni teories abstractes el fons apassionat que tots portem a dintre.
Som pecadors amb una gran set de glòria. I és que la glòria és el nostre fi.

| De Almudena Grandes he leído Los aires difíciles, Las edades de Lulú y Malena es un nombre de tango, en este orden. El primero me pareció una novela magistral, con un estilo sobrio capaz de crear una ambientación completa con una sola frase (“Una soledad como una noche sin luna en el páramo llano donde se encuentran todos los vientos”). El segundo era un exceso incontrolable que costaba creer que fuese de la misma autora. ¿Cómo podía haber tanta diferencia entre una y otra? Al acabar ahora Malena es un nombre de tango me doy cuenta de que he encontrado el eslabón perdido: El origen fue una novela sexual (Lulú), después vino una visceral (Malena) y, finalmente, una cerebral (Juan y Sara). La novela es amarga (también la bilis lo es) y dulce (también los besos lo son). Malena muestra su vida y, sobretodo, sus motivos al lector en un intento de que éste le comprenda. Y el lector que se hace confidente no puede menos que sentirse satisfecho. |
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.