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Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Llegué a Bluefields, en la costa de Nicaragua, al día siguiente de un ataque de la contra. Había muchos muertos y heridos. Yo estaba en el hospital cuando uno de los sobrevivientes del tiroteo, un muchacho, despertó de la anestesia: despertó sin brazos, miró al médico y le pidió:
-Máteme.
Me quedé con un nudo en el estomago.
Esa noche, noche atroz, el aire hervía de calor. Yo me eché en una terraza, solo, cara al cielo. No lejos de allí, sonaba fuerte la música. A pesar de la guerra, a pesar de todo, el pueblo de Bluefields estaba celebrando la fiesta tradicional del Palo de Mayo. El gentío bailaba, jubiloso, en torno del árbol ceremonial. Pero yo, tendido en la terraza, no quería escuchar la música ni quería escuchar nada, y estaba tratando de no sentir, de no recordar, de no pensar: en nada, en nada de nada. Y en eso estaba, espantando sonidos y tristezas y mosquitos, con los ojos clavados en la alta noche, cuando un niño de Bluefields, que yo no conocía, se echó a mi lado y se puso a mirar al cielo, como yo, en silencio.
Entonces cayó una estrella fugaz. Yo podía haber pedido un deseo; pero ni se me ocurrió.
Y el niño me explicó:
-¿Sabes por qué se caen las estrellas? Es culpa de Dios. Es Dios, que las pega mal. Él pega las estrellas con agua de arroz.
Amanecí bailando.

A diferencia de lo que afirman los ingenuos (todos lo somos una u otra vez), no basta decir la verdad. De poco servirá en el trato de la gente si no es creíble, y tal vez hasta debiera ser ésa su primera cualidad. La verdad es sólo medio camino, la otra mitad se llama credibilidad. Por eso hay mentiras que pasan por verdades, y verdades que son tenidas por mentiras.
Esta introducción, por su tono de sermón de cuaresma, prometería una grave y aguda definición de verdades relativamente absolutas y de mentiras absolutamente relativas. No es así. Es sólo un modo de sangrarme en salud, de esquivar acusaciones, pues, desde el anuncio, la verdad que hoy traigo no es creíble. Vamos a ver ahora si ésta es historia que se pueda creer.
La cosa ocurre en un sanatorio. (...)
Me decía aquel amigo que, allá en el sanatorio, había un enfermo, hombre de unos cincuenta años, que tenía grandes dificultades para andar. La enfermedad pulmonar que padecía nada tenía que ver con el sufrimiento que se reflejaba en su cara, ni con los suspiros de dolor, ni con las contorsiones del cuerpo. Un día apareció incluso con dos toscos bastones en los que se apoyaba al andar, como un inválido. Pero siempre con ayes, gemidos, quejándose de los pies, que aquello era un martirio, que ya no aguantaba más.
Mi amigo le dio un consejo obvio: que mostrara los pies al médico, que tal vez fuese reuma. El otro movía la cabeza, casi llorando, lleno de una inmensa pena por sí mismo, como si pidiera que lo llevaran a hombros. Entonces, mi amigo, que tenía también sus calladas amarguras, y con ellas iba viviendo, se impacientó y fue áspero con él. La actitud dio resultado. Al cabo de dos días, el enfermo de los pies lo llamó y le dijo que iba a mostrárselos al médico. Pero que antes le gustaría enseñárselos a él, su buen consejero.
Y se los mostró. Las uñas, amarillas, se curvaban hacia abajo, contorneaban la punta de los dedos y se prolongaban hacia dentro como punteras o dedales córneos. El espectáculo era repelente, revolvía el estómago. Y cuando le preguntaron a este hombre adulto por qué no se cortaba las uñas, que su mal era sólo éste, respondió: «No sabía que había que hacerlo».
Le cortaron las uñas. Con alicates. Entre ellas y los cascos de los animales no era mucha la diferencia. A fin de cuentas, se precisa mucho trabajo para mantener todas las diferencias, para irlas ampliando poco a poco, a ver si al fin la gente llega a ser humana. (¿No es verdad acaso?)
Pero, de pronto, acontece algo así y nos vemos ante un semejante que no sabe que es preciso defendernos todos los días de la degradación. Y no es en uñas en lo que en estos momentos estoy pensando.

Se iba muriendo, como mueren los enfermos del pecho. Le veía sentarse cada día, hacia las dos, bajo las ventanas del hotel, frente al mar tranquilo, en un banco del paseo. Permanecía algún tiempo inmóvil al calor del sol, contemplando con una mirada triste el Mediterráneo. A veces volvía los ojos hacia la alta montaña con cumbres difusas que encierra la ciudad de Menton; luego cruzaba, con un movimiento muy lento, sus largas piernas tan delgadas que parecían dos huesos, alrededor de las que flotaba el paño del pantalón, y abría un libro, siempre el mismo.
Entonces ya no se movía; leía, leía con la mirada y el pensamiento; todo su pobre cuerpo moribundo parecía leer, toda su alma se hundía, se perdía, desaparecía en aquel libro hasta la hora en que el aire ya más fresco le hacía toser un poco. Entonces se levantaba y volvía al hotel.
Era un alemán alto, de barba rubia, que almorzaba y cenaba en su habitación, y no hablaba con nadie.
Una vaga curiosidad me atrajo hacia él. Un día me senté a su lado, tras haber cogido yo también, para disimular, un volumen de las poesías de Musset.
Y me puse a recorrer Rolla.
Mi vecino me dijo de pronto, en buen francés:
-¿Sabe alemán, señor?
-En absoluto, señor.
-Lo lamento. Ya que el azar nos pone al lado uno de otro, le hubiera prestado, le hubiera hecho ver algo inestimable: este libro que tengo aquí.
-¿Y qué es?
-Es un ejemplar de mi maestro Schopenhauer, anotado de su mano. Todos los márgenes, como ve, están cubiertos con su letra.
Cogí el libro con respeto y contemplé aquellas formas incomprensibles para mí, pero que revelaban el inmortal pensamiento del mayor saqueador de sueños que haya pasado por la tierra.
Y los versos de Musset estallaron en mi memoria:
¿Duermes contento, Voltaire, y tu horrorosa sonrisa
revolotea aún sobre tus huesos descarnados?
Y comparaba involuntariamente el sarcasmo infantil, el sarcasmo religioso de Voltaire con la irresistible ironía del filósofo alemán cuya influencia es para siempre indeleble.
Aunque protestemos y nos enfademos, aunque nos indignemos o nos exaltemos, Schopenhauer ha marcado a la humanidad con el sello de su desprecio y su desencanto.
Gozador desengañado, ha invertido las creencias, las esperanzas, las poesías, las quimeras, destrozado las aspiraciones, devastado la confianza de las almas, matado el amor, derribado el culto ideal de la mujer, reventado las ilusiones del corazón, realizado la tarea de escéptico más gigantesca que se haya hecho nunca. Ha atravesado todo con su burla y lo ha vaciado todo. E incluso hoy, los que le execran parecen tener, a su pesar, en su mente, parcelas de su pensamiento.
Dije al alemán: -¿Usted conoció personalmente a Schopenhauer?
Sonrió tristemente: -Hasta su muerte, señor.
Y me habló de él; me contó la impresión casi sobrenatural que aquel ser extraño causaba en todos aquellos que se le acercaban.
Me contó la entrevista que tuvo el viejo demoledor con un político francés, republicano doctrinario, que quiso ver al hombre y lo encontró en una cervecería tumultuosa, sentado en medio de discípulos, seco, arrugado, riendo con una risa inolvidable, mordiendo y desgarrando las ideas y creencias con una sola palabra, como un perro desgarra de un mordisco las telas con las que juega.
Me repitió las palabras de aquel francés, cuando se fue pasmado, espantado, y gritando: «¡He creído pasar una hora con el diablo!» Luego añadió: -Efectivamente, señor, tenía una sonrisa horrorosa que nos dio miedo, incluso después de su muerte. Es una anécdota casi desconocida que puedo contarle si le interesa.
Y se puso a ello, con una voz cansada, interrumpida a ratos por ataques de tos: -Schopenhauer acababa de morir y decidimos velarle por turnos de dos, hasta la mañana.
»Estaba acostado en una habitación muy sencilla, amplia y oscura. Dos velas ardían en la mesita de noche.
»Eran las doce cuando empecé la guardia, con uno de nuestros compañeros. Lo

Érase una vez una joven llamada Cenicienta cuya madre natural había muerto siendo ella muy niña. Pocos años después, su padre había contraído matrimonio con una viuda que tenía dos hijas mayores. La madre política de Cenicienta la trataba con notable crueldad, y sus hermanas políticas le hacían la vida sumamente dura, como si en ella tuvieran a una empleada personal sin derecho a salario.
Un día, les llegó una invitación. El príncipe proyectaba celebrar un baile de disfraces para conmemorar la explotación a la que sometía a los desposeídos y al campesinado marginal. A las hermanas políticas de Cenicienta les emocionó considerablemente verse invitadas a palacio, y comenzaron a planificar los costosos atavíos que habrían de emplear para alterar y esclavizar sus imágenes corporales naturales con vistas a emular modelos irreales de belleza femenina. (Especialmente irreales en su caso, dado que desde el punto de vista estético se hallaban lo bastante limitadas como para parar un tren.) La madre política de Cenicienta también planeaba asistir al baile, por lo que Cenicienta se vio obligada a trabajar como un perro (metáfora tan apropiada como desafortunadamente denigratoria de la especie canina).
Cuando llegó el día del baile, Cenicienta ayudó a su madre y hermanas políticas a ponerse sus vestidos. Se trataba de una tarea formidable: era como intentar apelmazar cuatro kilos y medio de carne animal no humana en un pellejo con capacidad para contener apenas la mitad. A continuación, vino la colosal intensificación cosmética, proceso que resulta preferible no describir aquí en absoluto. Al caer la tarde, la madre y hermanas políticas de Cenicienta la dejaron sola con órdenes de concluir sus labores caseras. Cenicienta se sintió apenada, pero se contentó con la idea de poder escuchar sus discos de canción protesta.
Súbitamente, surgió un destello de luz y Cenicienta pudo ver frente a ella a un hombre ataviado con holgadas prendas de algodón y un sombrero de ala ancha. Al principio, pensó que se trataba de un abogado del Sur o de un director de banda, pero el recién llegado no tardó en sacarla de su error.
-Hola, Cenicienta, soy el responsable de tu padrinazgo en el reino de las hadas o, si lo prefieres, tu representante sobrenatural privado. ¿Así que deseas asistir al baile, no es cierto? ¿Y ceñirte, con ello, al concepto masculino de la belleza? ¿Apretujarte en un estrecho vestido que no hará sino cortarte la circulación? ¿Embutir los pies en unos zapatos de tacón alto que echarán a perder tu estructura ósea? ¿Pintarte el rostro con cosméticos y productos químicos de efectos previamente ensayados en animales no humanos?
-Oh, sí, ya lo creo -repuso ella al instante.
Su representante sobrenatural dejó escapar un profundo suspiro y decidió aplazar la educación política de la joven para otro día. Recurriendo a su magia, la envolvió de una hermosa y brillante luz y la transportó hasta el palacio.
Frente a sus puertas, podía verse aquella noche una interminable hilera de carruajes: aparentemente, a nadie se le había ocurrido compartir su vehículo con otras personas. Y llegó Cenicienta en un pesado carruaje dorado que arrastraba con enorme esfuerzo un tiro de esclavos equinos. La joven iba vestida con una ajustada túnica fabricada con seda arrebatada a inocentes gusanos, y llevaba los cabellos adornados con perlas producto del saqueo de laboriosas ostras indefensas. Y en los pies, por arriesgado que ello pueda parecer, llevaba unos zapatos labrados en fino cristal.
Al entrar Cenicienta en el salón de baile, todas las cabezas se volvieron hacia ella. Los hombres admiraron y codiciaron a aquella mujer que tan perfectamente había sabido satisfacer la estética de muñeca Barbie que unos y otros aplicaban a su concepto de atractivo femenino. Las mujeres, por su parte, adiestradas desde su más tierna edad en el desprecio de sus propios cuerpos, contemplaron a Cenicienta con envidia y rencor. Ni siquiera su propia madre y hermanas políticas, consumidas por los celos, fueron capaces de reconocerla.
Cenicienta no tardó en captar la mirada errante del príncipe, quien se encontraba en aquel momento ocupado discutiendo acerca de torneos y peleas de osos con sus amigotes. Al verla, el príncipe se sintió temporalme

Un día la Belleza y la Fealdad se encontraron a orillas del mar. Y se dijeron: «Bañémonos en el mar.»
Se desnudaron entonces, y nadaron en el agua. Luego Fealdad volvió a la playa y se puso las ropas de Belleza, y se marchó.
También Belleza salió del mar: al no encontrar su ropa, como era demasiado tímida para estar desnuda se puso la ropa de Fealdad, y siguió su camino.
Y hasta el día de hoy hombres y mujeres confunden a una con otra.
Pero hay algunos que contemplan el rostro de la Belleza y saben que no lleva sus ropas. Y otros que conocen el rostro de la Fealdad, y sus ropas no les engañan.

En medio de una tremenda tempestad, un barco zozobró cerca de la costa. Un hombre quiso lanzarse a salvar a los náufragos, pero sus compañeros se lo impidieron para evitar que el mar embravecido también lo devorara. Tiempo más tarde estalló otra tormenta. Nuestro hombre, sin que nadie lo viera, se lanzó entre las olas gigantescas, luchó durante horas y al fin, al borde del agotamiento, alcanzó la playa, feliz de haber, por fin, salvado a alguien.

Un joven era muy querido por la gente de su pueblo porque, hacia la hora del crepúsculo, todos se reunían a su alrededor, le hacían preguntas y él contaba las muchas cosas extrañas que había visto durante el día.
-Contemplé tres sirenas en el mar -decía-, que cepillaban sus cabellos verdes con un peine dorado.
Y cuando lo urgían a contar más decía algo así:
-A través de una piedra hueca espié a un centauro. Al encontrarse nuestras miradas, se giró lentamente para retirarse y me observó con tristeza, por encima del hombro.
Y si ellos insistían ansiosamente:
-Dinos ¿qué más has visto?
Él les contaba:
-En un bosquecillo, un joven fauno tocaba su flauta para los habitantes del bosque, que bailaban al ritmo de su música.
Sin embargo, un día que salió de paseo vio surgir entre las olas a tres sirenas que alisaban sus cabellos con un peine dorado, y cuando se hubieron ido, un centauro lo miró a través de un risco hueco, y más tarde, al pasar junto a un bosquecillo, contempló a un fauno que tocaba su caramillo para los habitantes del bosque.
Esa noche, cuando la gente del pueblo se reunió bajo el crepúsculo y le espetaron:
-Dinos ¿qué has visto hoy?
Él respondió con tristeza:
-Hoy no he visto nada.

No te he dado, Adán, ninguna morada ni forma que te sea exclusiva, ni ninguna función peculiar, con el fin de que, de acuerdo con tu deseo y con tu juicio, puedas tener y poseer la morada, la forma y las funciones que tú mismo escojas. La naturaleza de todos los otros seres es limitada y está constreñida por las leyes que Nosotros hemos prescrito. Tú, sin límites que te compelan, de acuerdo con tu propio libre albedrío, en cuyas manos te he puesto, ordenarás por ti mismo los límites de tu naturaleza. Te he situado en el centro del mundo para que puedas desde allí observar más fácilmente todo lo que hay en él. No te he hecho ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, de modo que, con libertad de elección y con honor, como árbitro y artífice de ti mismo, te des la forma que prefieras.

Hora crepuscular en la bohemia radical del mundo finito. Fran Gomar ha muerto sobre la mesa de tragos cortos, en el rincón más húmedo del bar de la Gertru. Nadie se ha dado cuenta. Gomar siempre finge morirse los viernes de tempestad, no hay por qué extrañarse de que su cabeza haya caído en seco sobre un mal juego de naipes. A su lado, Lina Calavera sonríe indefinidamente mientras acaricia sus cartas con los dedos.
Las sirenas no han parado de sonar en toda la noche, y eso que el sobrino de la Gertru se ha marcado media docena de tangos españoles y un mix de Vivaldi con la máquina de “tus canciones favoritas”. Han sido unas horas muy agitadas para el retén de policía que hay en la esquina. Gertru sabe que hoy los agentes harán buena caja en su bar. Todos los viernes ocurre lo mismo: un par de accidentes de tráfico, tres violaciones mixtas, un robo... y el cuartelillo al completo regresa a torpes horas para ahogar su sensibilidad en el carajillo especial de la Gertru.
Mientras aguarda a la tropa, el local permanece embadurnado de humo y conversaciones macedónicas. Como Gomar está roncando, Lina Calavera ha dejado los naipes sobre la mesa, eso sí, boca abajo, para buscar a alguien que quiera terminar el juego con ella. Está irritada porque Gomar siempre la deja a medias, y porque no hay nada más cruel y villano que abandonar a la prójima en estado de suma excitación. En la mesa de al lado hay dos jóvenes: uno calvo y desaliñado, otro con una larga melena publicitaria y corbata de seda... o de nylon. Lina se sienta con ellos y les cuenta su desdicha. Los muchachos parecen prestarle mucha atención. Han pedido otra jarra de espuma, y quizá luego pidan más.
Gertru está encantada porque le encanta estar rodeada de personas encantadoras que hablen mucho y de vez en cuando digan algo interesante. A veces, se pasa horas sentada en la proa de su barra, escuchando y observando conversaciones y caras ajenas. Con ella, apenas nadie habla. Tuvo la desgracia de ser demasiado hermosa en su juventud, y de ser demasiado horrible ahora, en su madurez, tanto ayer y hoy, que nadie se atrevió nunca a intimar con ella, porque creían que no era de este mundo o que lo era demasiado. Pero ella se ha acostumbrado a vivir de este modo, sin decir palabra y hablando sólo con la presencia. Es por eso que le gusta tanto observar a Lina, a la que conoce de años, porque es tan normal, tan vulgar, que parece caerle bien a todo el mundo, aunque su padre gustara de nombrarla “Calavera”.
En estos momentos, parece que Lina ha convencido a los muchachos para que continúen la partida con ella, y el grupo intenta sacar las cartas de debajo de la cabeza de Fran Gomar. Lina da saltitos de júbilo y corre a pedirle a la Gertru un chupito de algo que la estimule para enfrentar bien el juego. A Gomar lo han corrido con la silla hacia otro lado. Lina bebe de un trago y regresa a la mesa. Aunque conoce de pocos minutos a sus nuevos amigos, la común afición a la baraja y a la cerveza vaticinan una larga y estrecha unión entre ella y ellos. Gertru sonríe asomada a la barra, como si se asomara a un balcón con los pies ocultos por las flores.
Gomar, mientras tanto, se ha quedado frágilmente recostado sobre su silla, demasiado cerca de un grupo de universitarios que debaten acaloradamente la obra de Nietzsche, así como el mal gusto con que se viste su profesora de Estética. Poco a poco, el brazo de Gomar va desprendiéndose del tronco hasta caer bruscamente y quedarse prendido en el aire. Tras unos instantes indecisos -quién sabe si la conciencia de Gomar se domina a sí misma aún etilizada; a veces, Gertru ha llegado a pensar que todo lo hace a propósito para fastidiar-, cae la cabeza y todo su peso, con tan mala surte que aterriza en la espalda de una de las chicas del grupo. La muchacha salta sobresaltada y la cabeza de Gomar va a parar al suelo pegajoso. Para colmo, una partícula de ceniza iluminada sale propulsada hacia Josema, el joven sin cabello que juega a las cartas con Lina. Los universitarios se levantan de la mesa confundidos, y Josema también se levanta, provocado. La Gertru, que lo ha visto todo, corre a serenar a sus clientes, pero Josema ya está estrujando la camiseta de uno de los universitarios, cualquiera, al azar. Lina intenta separarlos, pero “no te acerques, no me gustaría tener que pegar a una mujer”. Sin embargo, la Gertru impone, y además de ser la dueña, nadie ve claro su sexo, así que el incidente termina con la marcha escandalizada de los universitarios y e

Era de noche y Él estaba solo.
Y vio a lo lejos los muros de una ciudad amurallada y se encaminó a la ciudad.
Y cuando estuvo cerca oyó los pasos de los pies de la alegría dentro de la ciudad, y la risa de la boca del gozo y los fuertes sones de numerosos laúdes. Y llamó golpeando a la puerta y le abrieron algunos de los guardianes.
Y se quedó contemplando una casa de mármol con hermosos pilares de mármol en la fachada. De los pilares pendían guirnaldas, y había antorchas de cedro dentro y fuera. Y entró en la casa.
Y cuando hubo atravesado la sala de calcedonia y la sala de jaspe, y hubo llegado a la larga sala del festín, vio a un hombre reclinado en un lecho de púrpura marina; tenía los cabellos coronados de rosas rojas y los labios rojos de vino.
Y Él se acercó por detrás y le tocó en el hombro y le dijo:
-¿Por qué llevas esta vida?
Y el joven se volvió y le reconoció, y respondiendo le dijo:
-Era leproso y me curaste. ¿De qué otro modo había de vivir?
Y Él salió de la casa de nuevo a la calle.
Y, transcurrido un rato, vio a una mujer con la cara pintada y el vestido de colores llamativos y con perlas calzándole los pies. E iba tras ella, a pasos lentos como un cazador, un joven cubierto con un manto de dos colores. El rostro de la mujer parecía el rostro hermoso de un ídolo, y los ojos del joven brillaban de lujuria.
Y Él les siguió deprisa y le tocó al joven en la mano y le dijo:
-¿Por qué miras a esta mujer y de ese modo?
Y el joven se volvió y le reconoció y dijo:
-Era ciego y me diste la vista. ¿Qué otra cosa había de mirar?
Y Él se adelantó corriendo y tocó la ropa de color llamativo de la mujer y le dijo:
-¿No hay otra senda en que andar más que la senda del pecado?
Y la mujer se volvió y le reconoció, y riéndose dijo:
-Tú me perdonaste los pecados y el camino que sigo es agradable.
Y Él salió de la ciudad.
Y cuando hubo salido de la ciudad, vio a un joven que lloraba sentado al borde del camino.
Y se acercó a él y le tocó los largos bucles del cabello y le dijo:
-¿Por qué lloras?
Y alzó el joven la mirada y le reconoció y respondió:
-Estaba muerto y me resucitaste de entre los muertos. ¿Qué otra cosa iba a hacer más que llorar?

-¿Qué es él?
-Un hombre, por supuesto.
-Sí, pero ¿qué hace?
-Vive y es un hombre.
-¡Oh, por supuesto! Pero debe trabajar. Tiene que tener una ocupación de alguna especie.
-¿Por qué?
-Porque obviamente no pertenece a las clases acomodadas.
-No lo sé. Pero tiene mucho tiempo. Y hace unas sillas muy bonitas.
-¡Ahí está entonces! Es ebanista.
-¡No, no!
-En todo caso, carpintero y ensamblador.
-No, en absoluto.
-Pero si tú lo dijiste.
-¿Qué dije yo?
-Que hacía sillas y que era carpintero y ebanista.
-Yo dije que hacía sillas pero no dije que fuera carpintero.
-Muy bien, entonces es un aficionado.
-¡Quizá! ¿Dirías tú que un tordo es un flautista profesional o un aficionado?
-Yo diría que es un pájaro simplemente.
-Y yo digo que es sólo un hombre.
-¡Está bien! Siempre te ha gustado hacer juegos de palabras.

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana, ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.

Em van dir que no podia tenir dos fills, els agents repetien una i altra vegada que no era admissible, que eren una amenaça i, depèn de com, un insult. Si no cedia me’ls arrencarien tots dos, me’ls arrencarien dels pits si feia falta. A la policia tampoc no hi podia recórrer perquè llavors, em deien, segur que me’ls segrestaven. La pròpia policia els facturaria allà mateix. Em sentia desorientada, perduda. Decidit ja que la meva lleugeresa s’havia de corregir i que les meves súpliques no els estovarien, havia de triar entre els meus dos fills, en Klaus i en Peter: quin conservava dels dos? A quin li allargava la vida? Havia de pensar-m’ho bé, no fos cas que anés a triar el més malaltís o el més idiota. Tanta inversió s’havia de recuperar. Encara eren massa petits per fer prediccions sobre les seves capacitats. En Klaus era bo, menjava bé i no plorava gaire, m’havia deixat dormir molt. Reia sempre. De vegades, quan reia, treia la llengua i era molt divertit. Les galtes les tenia llustroses, feia venir ganes de pessigar-les-hi. En canvi en Peter m’havia donat la tabarra cada nit. Si sortíem amb el cotxet no em podia quedar aturada parlant amb ningú, perquè immediatament es posava a plorar. L’havia de gronxar i dir-li coses boniques, al malparit. A més, m’agafava cada febrada que déu-n’hi-do i no hi havia manera de fer-li empassar les culleradetes del puré de verdura. La veritat és que m’emprenyava molt. Intentava clavar-li la puta cullerada de puré i anava pensant que el nen no tenia cap virtut, cap virtut i que segurament l’entregaria a ell i salvaria en Klaus, que era tan bo i que enamorava tothom. Però un altre cop em va venir el dubte. En Klaus era massa bo, de vegades aquella carona tendra i bavejant em semblava una cara mig de subnormal. A l’edat que en Peter ja gairebé parlava i distingia algunes lletres i els colors -assenyalava el color vermell i deia «VEMELL!», estava moníssim- en Klaus no arribava a dir ni «mama» -em va cabrejar molt, molt, tot s’ha de dir, que el primer que en Klaus digués fos «iaia» per referir-se a la bruixa de la meva sogra que, per sort, van eutanasiar quan es va posar ja molt pesadeta. En Peter, que semblava més malaltís, era més intel·ligent i més eixerit que en Klaus. Els agents no paraven de repetir-me que triés el més «viable» i, amb els temps que vénen, els més «viables» seran els més intel·ligents, els més astuts, els més fills de puta. No crec que importin els problemes de salut de quan en Peter era més petit. Al contrari, superar aquests virus i aquestes grips enrobusteix els nens, els fa més aptes. Quan menys m’ho esperi a en Klaus, que no s’ha queixat mai i no li ha sortit mai ni un granet, li vindrà un vulgar refredat i se me l’emportarà... i si ja he donat en Peter, ja em diràs quina gràcia. Però al final, què? Amb quin em quedo, amb en Peter?, amb en Klaus? Els agents em donaven pressa, m’havia de decidir ja. Allò no podia continuar. O l’un o l’altre. Quin maldecap! No podia pensar bé, no podia calcular ni els costos ni els beneficis de cada cosa. Estava tan atabalada, tan confusa, amb tantes ganes d’acabar d’una vegada, que al final vaig dir: «Mireu, sabeu què?, aquí us els deixo tots dos i ja us espavilareu, a mi no em toqueu més la figa.»
Em va fer pena, sí, sobretot quan els van fer passar corredor enllà fins a unes escales que pujaven i, mentre en Klaus jugava reconcentrat amb un aneguet que si li premies la panxa de pelfa feia «quaak, quaaak» en Peter, que ja tenia uns cinc anys i mig, es va girar i, des de les escales, em va mirar fixament durant un breu instant, com si no entengués res. Després els van empènyer cap a la sala contigua, pobrets, i una porta es va tancar i em va separar d’ells per sempre. La mirada d’en Peter no me la podré treure mai del damunt. Em va cridar amb la mirada. Un crit agut i nítid que interromp tots els meus somnis. Per reconfortar-me diuen que pensi en mi, que vaig fer bé i que els fills són un pes innecessari. Hi ha moments en els quals penso que em vaig equivocar, que vaig deixar perdre coses importants. Els havia gestat, els havia criat, una part de la feina -la més dura- ja estava encarrilada, i va i jo, quan els havia de veure créixer, quan havia de gaudir de la seva plenitud i de la seva felicitat, els lliuro a una mort sense escrúp

En cierto pueblo había cuatro brahmanes que eran amigos. Tres habían alcanzado el confín de cuanto los hombres pueden saber, pero les faltaba cordura. El otro desdeñaba el saber; sólo tenía cordura. Un día se reunieron. ¿De qué sirven las prendas, dijeron, si no viajamos, si no logramos el favor de los reyes, si no ganamos dinero? Ante todo, viajaremos.
Pero cuando habían recorrido un trecho, dijo el mayor:
-Uno de nosotros, el cuarto, es un simple, que no tiene más que cordura. Sin el saber, con mera cordura, nadie obtiene el favor de los reyes. Por consiguiente, no compartiremos con él nuestras ganancias. Que se vuelva a su casa.
El segundo dijo:
-Mi inteligente amigo, careces de sabiduría. Vuelve a tu casa.
El tercero dijo:
-Ésta no es manera de proceder. Desde chicos hemos jugado juntos. Ven, mi noble amigo. Tú tendrás tu parte en nuestras ganancias.
Siguieron su camino y en un bosque hallaron los huesos de un león. Uno de ellos dijo:
-Buena ocasión para ejercitar nuestros conocimientos. Aquí hay un animal muerto; resucitémoslo.
El primero dijo:
-Sé componer el esqueleto.
El segundo dijo:
-Puedo suministrar la piel, la carne y la sangre.
El tercero dijo:
-Sé darle vida.
El primero compuso el esqueleto, el segundo suministró la piel, la carne y la sangre. El tercero se disponía a infundir la vida, cuando el hombre cuerdo observó:
-Es un león. Si lo resucitan, nos va a matar a todos.
-Eres muy simple -dijo el otro-. No seré yo el que frustre la labor de la sabiduría.
-En tal caso -respondió el hombre cuerdo- aguarda que me suba a este árbol.
Cuando lo hubo hecho, resucitaron al león; éste se levantó y mató a los tres. El hombre cuerdo esperó que se alejara el león, para bajar del árbol y volver a su casa.

| Moisés, que enseña que la Ley es todo; Jesús, que enseña que el amor es todo; Marx, que enseña que el dinero es todo; Freud, que enseña que el sexo es todo; Einstein, que enseña... que todo es relativo. |
En una de sus guerras, Alí derribó a un hombre y se arrodilló sobre su pecho para decapitarlo. El hombre le escupió en la cara. Alí se incorporó y lo dejó. Cuando le preguntaron por qué había hecho eso, respondió:
Dominando la ciudad, sobre una alta columna, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba sobredorada con láminas delgadas de oro fino, por ojos tenía dos brillantes zafiros, y ardía un gran rubí en la empuñadura de su espada.
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Dos poemas de metro y rima libre, un breve ensayo impresionista autobiográfico sobre poetisas contemporáneas, media docena de carantoñas a bebés desconocidos
-¿sonrieron?
-sonrieron
Asistencia a una anciana en un cajero automático, limpieza a fondo de la casa, tres coitos de más de treinta minutos...
-¿orgasmos?
-propios, tres; ajenos, dos
-¿sabe que eso lleva penalización?
-ya...
Y algunas entradas para la enciclopedia monotemática que el supervisor se encarga de tomar al dictado: “Porque el dinero, por supuesto, nunca es sólo dinero. Siempre es otra cosa, siempre es algo más, y siempre tiene la última palabra. Paul Auster. A salto de mata. Página 12”.
-¿Más?
-bueno, he contabilizado lo que gastó Warhol en material fotográfico según sus Diarios entre el 24 de noviembre de 1976 y junio de 1979...
-interesante... ¿cuánto?
-278 dólares con 77 centavos.
El supervisor toma nota de la última información revelada, aparta la vista de la pantalla y mira a Marcos por si tuviera algo más que ofrecer. No hay más. De momento.
-Dentro de unos días, una semana, como mucho, podré traer la cifra total de lo que gastó Warhol en taxis a lo largo de todos sus Diarios.
El empleado hace la suma en su máquina calculadora: dos poemas a 100 dólares poema, 200; un ensayo breve, otros 100; seis sonrisas indiscriminadas a bebés, 72 dólares las seis; cuidado del hogar, 20 dólares; tres encuentros sexuales 180, menos la penalización, 155. Dos entradas para la enciclopedia: 50 dólares por la textual, 28 por la numérica. Total: 625 dólares.
Al salir del despacho, Marcos piensa que aunque parece mucho dinero por una semana de trabajo, casi la mitad lo va a tener que entregar en la sección de gastos. Por lo menos la mitad: las más de diez veces que la televisión le había hecho sonreír, los buenos consejos que había recibido el día anterior de Paula... Debería empezar a reducir gastos: usar menos el teléfono, eliminar sus dudas, o al menos tratar de no manifestarlas ante los demás, siempre deseosos de poder echar una mano, llevados por la ambición. Aunque él no sea mejor. Nadie lo es. Se lo ha demostrado al declarar las seis carantoñas efectivas, sin haber tenido en cuenta la súplica de aquella madre para que no dijera nada, “por favor, ya son demasiados gastos, un niño pequeño es una ruina para una madre soltera: todo el mundo se cree con derecho a ayudar, a ser atento...”. Aunque entonces no había anotado su número en la libreta, lo había memorizado para poder apuntarlo después en el formulario laboral. Ahora esa mujer tendría que pagar un recargo por fraude. Si fuese la primera vez, no pasaría nada, se consideraría un olvido involuntario y sólo se aplicaría un diez por ciento más, pero si fuera reincidente, la multa sería bastante mayor, casi el triple del importe omitido. Nadie es mejor. Por mucha mala conciencia.
Marcos abandona el ministerio con 400 dólares en el bolsillo y marcha hacia su casa para terminar de leer los Diarios de Andy Warhol y así poder entregar a la semana siguiente el total de gastos en taxis, revistas, propinas, libros y material fotográfico.
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Al cabo de dos semanas, el funcionario del ministerio de trabajo telefoneó a Marcos para interesarse por las cifras de los Diarios de Warhol prometidas. Si un funcionario farfulla “interesante” ante la propuesta de algún ciudadano, no cabe duda de que se tomará interés.
-Pensaba ir por allí esta misma mañana
-estupendo.
Desde el 24 de noviembre de 1976 cuando Warhol empezó a dictar sus diarios, hasta el 17 de febrero de 1987, cinco días antes de su muerte y último de los registrados, Andy Warhol contabilizó un gasto de 4.981,4 dólares en taxis
-cuatro mil novecientos ochenta y un dólares con cuarenta centavos...
Mientras que en esos casi doce años, sólo aparecen libros por un importe de 393 con 62
-perfecto... ¿alguna otra cosa?
&
-Bienvenido. En esta compañía de teléfonos, pensamos ante todo en su bienestar y su confort. Si desea conocer nuestras nuevas ofertas, diga uno. Si desea asesoría técnica, diga dos. Si desea hablar con un operador, diga tres. Si desea...
En el año 1011 de la hégira musulmana, había en el Cairo un príncipe que buscaba un tesoro aunque ignoraba su naturaleza y el imán de la mezquita de Ibn Tulun le dijo que viajara a Alejandría y allí un mensajero saldría a su encuentro para revelarle el lugar exacto donde ese tesoro se encontraba. El príncipe cabalgó al galope hacia Alejandría en su caballo y al entrar en la ciudad se le acercó un mendigo en medio de la multitud harapienta y le entregó un pergamino lacrado que contenía un plano minucioso. El príncipe lo abrió y el propio mendigo le ayudó a interpretarlo. Le reveló que aquellos trazos obsesivos y los signos escritos al margen indicaban un mandato: debía volver al Cairo porque el tesoro se hallaba en las dependencias privadas de su propio palacio. Después de cruzar de nuevo el delta del Nilo, unido a una caravana de mercaderes, el príncipe llegó a palacio y en su aposento más íntimo le estaba esperando una mujer bellísima sentada en el borde del lecho.
Hace ya tiempo que una joven y bella mujer era cortejada por un admirador. Sin embargo, ella, continuamente preocupada por su alma y honestidad, le rechazaba sin cesar. La resistencia frente a las pretensiones del hombre encontró apoyo en un sacerdote del lugar que continuamente la amonestaba para que conservara su virtud. Una vez que éste tuvo que ausentarse de la ciudad para emprender un viaje a Venecia, consiguió de la mujer el solemne juramento de que no sería débil durante su ausencia. Ella se lo prometió bajo la condición de que de Venecia le trajera uno de aquellos célebres espejos. Efectivamente, durante la ausencia del sacerdote, resistió todas las tentaciones. Tras su regreso, sin embargo, ella le preguntó por el prometido espejo veneciano. Entonces, el sacerdote sacó una calavera de debajo de la sotana y se la puso a la joven mujer ante la cara con gesto cínico: «Mujer vanidosa, ¡aquí ves tu verdadero rostro! Piensa que tienes que morir y que ante Dios no eres nadie». La mujer se asustó en tal medida que aquella misma noche se entregó a su amante y disfrutó a partir de ahí los goces del amor.
Amables dones, si contemplem amb ment sana l’ordre de les coses, prou fàcilment comprenem que la universal multitud de dones està sotmesa, per la natura, pels costums i per les lleis, als homes, i que s’han de regir i governar segons la discreció d’aquells; per tant, aquelles que volen tenir amb els homes amb qui es relacionen quietud, consolació i repòs, han d’ésser humils, pacients i obedients, a més d’ésser honestes, la qual és summe i especial tresor de tota dona sàvia. I si les lleis, que en tot miren al bé comú, no ens ho ensenyessin, així com els usatges, o diguem-ne costum, les forces del qual són molt grans i venerables, ens ho mostra prou bé la natura, la qual ens ha fet en els cossos delicades i frèvoles, en els esperits tímides i porugues, en els sentiments benignes i compassives, i ens ha donat unes forces corporals lleugeres, unes veus plaents i uns moviments suaus dels membres; les quals coses testifiquen que necessitem el govern d’altri. I qui necessita ésser ajudat i governat, la raó li demana d’ésser obedient, submís i reverent al seu governant: i qui tenim nosaltres de governants i ajudadors sinó els homes? Així doncs, hem d’estar sota els homes, honorant-los summament; i la qui s’aparta d’això, considero que és ben mereixedora no sols d’una repressió greu, sinó d’un fort càstig.
Autoridad Provisional de la Coalición (APC): El hecho de que el pollo haya cruzado la carretera demuestra que la autoridad que toma las decisiones ha pasado al pollo antes de la fecha límite para la entrega del poder del 30 de junio. De ahora en adelante, el pollo será el responsable de las decisiones que tome.
En el último cajón de mi cómoda, al fondo, encerradas con llave, hay cuatrocientas cincuenta y tres cartas de mujer. Son cartas de amor, dirigidas a mí, todas de la misma mujer, de una mujer a la que ya no amo desde hace mucho tiempo, a la que no he visto más, que no sé donde está. Son cuatrocientas cincuenta y tres cartas de amor; son todo lo que queda de un gran amor.
Em desperto amb unes ganes intenses de plorar, però, com que avui tinc molta feina, decideixo que ja ploraré més tard. Surto cap a l’oficina i arribo just a temps per la primera reunió del dia. Mentre la directora general llegeix un informe sobre l’augment de costos i la retallada de despeses (o viceversa), dibuixo una falç i un martell en un bloc de notes. A l’estómac encara em belluga una bossa de llàgrimes que, tard o d’hora, hauré de rebentar. Un cop al despatx, collo proveïdors i repasso escandalls. A les dues em poso l’americana i surto ràpidament per no fer tard a la reunió amb la tutora del meu fill. Arribo a l’escola al mateix temps que la meva ex. Durant l’entrevista la tutora es dirigeix més a mi que no pas a ella, i això m’incomoda, encara que potser em fixo en aquest detall perquè no em ve de gust escoltar què ens explica. El nen té problemes, diu. Es distreu molt i mossega les seves companyes, sobretot les -la tutora subratlla l’adjectiu- subsaharianes. Em comprometo a prendre mesures, tot i que sé que, si el règim de visites dictat pel jutge només em permet veure’l un cap de setmana sí i l’altre no, poc que puc fer-hi res. En el moment d’acomiadar-nos, l’ex i jo intentem concretar un dia per parlar-ne amb tranquil·litat, però tots dos tenim pressa i ho enllestim amb un «ja ens trucarem» poc convincent. Malgrat el col·lapse circulatori, arribo a temps a la presentació d’un projecte per a un possible nou client. Exposo estratègies, desplego gràfics i m’escarrasso per enlluernar el gerent de l’empresa candidata a contractar els nostres serveis, que s’enduu, em fa l’efecte, una bona impressió. En acabat, la secretària em demana un consell. Amb un fil de veu autocompassiva, m’explica que té una oferta d’una multinacional i que s’està plantejant si és o no l’oportunitat idònia per canviar d’aires. Com que desitjo el millor per a ella, li recomano que accepti la feina. Quan noto que això la desconcerta, dedueixo que només feia servir aquesta oferta inexistent per aconseguir, a través meu, un augment de sou. Em decep però callo, perquè jo també dec haver-la decebut alguna vegada. Prenc una pastilla vasodilatadora i, abans d’anar-me’n, parlo per telèfon amb la mare («En comptes de venir diumenge, vindré dissabte»), la meva germana («T’he enviat les mostres, però en falta una que encara no els havia arribat»), i la bústia de veu del capità de l’equip de futbol sala de l’empresa («Duré la pilota»). Quan arribo a casa, sopo una llauna de tonyina en escabetx i un iogurt. M’estic una estona arrepapat al sofà, calculant quantes hores falten per al cap de setmana amb el meu fill. Em despullo al dormitori. Davant del mirall, em pessigo els sacsons. Em rento les dents i m’hi passo un fil dental fins a fer-me sang. Assegut al llit, sospeso la possibilitat de masturbar-me. Me n’estic. Després d’un moment de dubte durant el qual em pregunto si em queda res per fer i em responc que no, apago el llum, m’estiro i començo a plorar, amb el cap contra el coixí, per no molestar els veïns.
Dos rabinos, que cenan juntos, discuten acerca de la existencia de Dios, y llegan de común acuerdo a la conclusión de que Dios, finalmente, no existe. Después, se van a acostar... El día amanece. Uno de nuestros rabinos se levanta, va a buscar a su amigo, no lo encuentra en casa, sale a buscarlo fuera, y lo encuentra en el jardín, realizando su oración ritual de la mañana. Se acerca algo desconcertado.
Me siento como una figura decorativa, olvidada, cubierta de polvo, en el ala oeste de un gran castillo desierto, como un gato de cristal sobre el tejado. Estos 40m2 son demasiado grandes si tú no los habitas, si tú no estás aquí, conmigo. Me levanto del sillón y pongo música, cómo me recuerda a ti esta canción, es,... cómo se llamaba?... no sé, da igual, me recuerda a ti. Antes de acomodarme de nuevo, cojo una de esas revistas especializadas que tú sueles comprar y que te empeñas en leerme, joder... no me entero de nada de lo que dices, pero sigue hablando, sigue, me encanta tu voz; aunque cuando vuelvas a leerme algo sobre máquinas que hablan, volveré a hacerte un guiño de cansancio y te diré “por qué no te callas?”, es como si lo viera, tú levantarás la vista de las hojas y responderás, “no, deja, que ahora viene lo interesante” y comenzarás a leer de nuevo y yo sonreiré sabiendo que no puedes verme y continuaré fingiendo un inmenso aburrimiento... Te espero, y mientras aguardo tu llegada recuerdo el mensaje de mi contestador, esta mañana en el trabajo, a primerísima hora, la luz roja del teléfono parpadeante, me recibe al entrar, “ojalá sea él” -he pensado-... y eras tú, diciéndome que no me olvidara de comprar tomate porque habías decidido preparar macarrones para comer... “tomate”, jamás había percibido la belleza de esa palabra, que dicha por ti, parece poesía, “tomate”, vaya... una palabra que escuchada de tu voz parece música, se asemeja al sonido de las olas, no crees?... “tomate”, y yo sin darme cuenta de lo bien que suena la palabra “tomate”. Luego el día ha continuado como siempre, prisas; ruedas de prensa para informar de la nueva imagen del ayuntamiento, entrevistas; alguien que llama para quejarse porque el ayuntamiento se gasta el dinero de todos en una nueva imagen, innecesaria, por cierto; prisas, se inaugura una exposición en los salones de la asociación de las amas de casa, por supuesto, hay que entrevistar a las amas de casa que participan en dicha exposición, que, además, se llama “Muestra de artesanía de la asociación de amas de casa”, lugar: “salones de la sede de las amas de casa”... y otra llamada; alguien ha incendiado un balneario... ¡por fin algo interesante!...el balneario no ha ardido por completo, ¡qué chapuza!... Se acaba la canción, silencio, miro el reloj, tic-tac, tic-tac, tic-tac... lo oigo nítidamente y tras el tic, espero impaciente, el tac, y cuento ansiosa los segundos que nos separan o nos acercan, según se mire... me pregunto si estarás pensando en mi ahora que yo pienso en ti, me pregunto si tú te estarás preguntando lo mismo, si has sentido, quizá, que yo te estoy pensando en este momento... y en todos los momentos... Y por fin se abre la puerta de estos abismales 40m2 y de un salto me levanto de este maldito sillón y me cuelgo de tu cuello, que es el mejor sitio para vivir o para morir, según se mire. “Te he echado de menos”, te digo mientras te beso. Tú, me miras sorprendido y me dices que solo has estado fuera 5 minutos, que has ido a pedirle tomate a la vecina del 2º, porque a mí se me ha olvidado... Sólo 5 minutos –pienso-, vaya... tic-tac, tic-tac...
La doctora estaba en lo cierto: ningún proceso anormal se desarrollaba dentro del pequeño cerebro, ninguna perturbación patológica. Sin embargo, si hubiese podido leer el mensaje contenido en los impulsos que habían determinado aquellas líneas sinuosas, se hubiera sorprendido al encontrar un universo tan exuberante: el niño era un pequeño corneta que tocaba a la carga en el desierto, mientras ondeaba el estandarte del regimiento y los jinetes de Toro Sentado preparaban también sus corceles y sus armas, hasta que el páramo polvoriento se convertía en una selva de nutrida vegetación alrededor de una laguna de aguas oscuras, en la que el niño estaba a punto de ser atacado por un cocodrilo, y en ese momento resonaba entre el follaje la larga escala de la voz de Tarzán, que acudía para salvarle saltando de liana en liana, seguido de la fiel Chita. O la selva se transmutaba sin transición en una playa extensa; entre la arena de la orilla reposaba una botella de largo cuello que había sido arrojada por las olas; el niño encontraba la botella, la destapaba, y de su interior salía una pequeña columnilla de humo que al punto iba creciendo y creciendo hasta llegar a los cielos y convertirse en un terrible gigante verdoso, de larga coleta en su cabeza afeitada y uñas en las manos y en los pies, curvas como zarpas. Pero antes de que la amenaza del gigante se concretara de un modo claro, la playa era un navío, un buque sobre las olas del Pacífico, y el niño acompañaba a aquel otro muchacho, hijo del posadero, en la singladura que les llevaba hasta la isla donde se oculta el tesoro del viejo y feroz pirata.
En el siglo XV vivió el monje más famoso de todo Japón, Ikkyu, hijo ilegítimo del centésimo emperador. El príncipe de la provincia decidió dar una gran fiesta y le dijo a Ikkyu que le reservaba un lugar a su lado.
-¡A la derecha, David, a la derecha!
El juez me invitó a pasar al despacho del secretario. Allí me esperaba mi familia, dijo. Familia, dijo, y yo me imaginé una multitud de tíos y primos. No ese viejito que se adelantó enseguida, arrastrando los pies, apenas pasé la puerta. El juez dijo que era mi abuelo paterno. Arrastrando los pies vino hasta mí. Sus manos buscaron las mías, con un gesto brusco. Pero cuando tomó mis manos y las tuvo en las suyas, y las contempló, fue pura tibieza, como si estuviera acunando un pájaro en el hueco de las manos. Y dijo, en voz baja pero firme: «Tiene las manos grandes, como mi nieta». Nos quedamos en silencio y luego repitió: «Tiene las manos grandes, como mi nieta».
Dormí con una mujer que, después de una hora, me despertó para preguntarme si mi amor interior hacia ella correspondía a mi capacidad de rendimiento corporal. Pues sin ese «factor espiritual» se sentiría «manchada». Tuve que vestirme deprisa y, mientras buscaba debajo de la cama un botón de mi camisa que había salido rodando, le expliqué que mi alma habitaba siempre en aquellas partes del cuerpo que justamente necesito para la práctica de cualquier actividad. Por ejemplo; cuando salgo de paseo, en los pies, etc.
Felix Mottl, el gran director de orquesta, siendo muy joven recibió una lección memorable. Fue durante un ensayo de La walkiria para el primer festival de Bayreuth. El calor estival hacía que todo el mundo se sintiera fatigado y malhumorado. Mottl prestaba servicio en el escenario por primera vez en su vida. Su misión consistía en dar a un tramoyista la señal precisa para abrir bruscamente una puerta. Con la partitura bajo el brazo, paseaba detrás de la escena, cuando se fijó de pronto en Ricardo Wagner, que parecía buscar algo con la mirada.
Érase una vez una ciega que fue a visitar a una sanadora.
Dos hermanos viajaban juntos; hacia el mediodía tendiéronse en el bosque para descansar.
Un día llegaron unos hombres a la fraga de Cecebre, abrieron un agujero, clavaron un poste y lo aseguraron apisonando guijarros y tierra a su alrededor. Subieron luego por él, prendiéronle varios hilos metálicos y se marcharon para continuar el tendido de la línea.