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Las últimas semanas leía como mucho un capítulo cada día, vano intento de alejar el fin que inexorablemente estaba cada vez más cerca. Lo leía despacio, como quien recita una plegaria o lanza un conjuro, paladeando cada frase, recreándome en el escenario descrito, siendo espectador a pie de línea. Pero no es posible eludir el destino de un buen libro: echarlo de menos tan pronto se pasa la última página. Así que les digo que quizás no deberían de leer la novela Autómata de Adolfo García Ortega, porque algún día se acabará y ese día volverán a estar solos. Entonces tampoco deberíamos de enamorarnos ni vivir con ilusión, aunque espero no recomendar jamás tal cosa.
A finales del siglo XX, Oliver Griffin, español de origen irlandés, realiza un viaje por mar hasta Punta Arenas, en el estrecho de Magallanes, con el objetivo de restaurar un hecho histórico que, misteriosa y extrañamente, ha unido su vida a la de los magos praguenses Melvicio y Löw en el siglo XVI.
Para ello, Griffin reproducirá el viaje de novios que, en los años veinte, realizaron sus abuelos. En aquella ocasión conocieron a una mujer, Graciela Pavic, que encontró en el Estrecho un autómata del siglo XVI con forma de guerrero terrible, colocado allí según un plan secreto de Felipe II para fortificar Magallanes con un fingido ejército de autómatas, encargado a su sobrino el rey Rodolfo II de Praga.
Novela sobre los dictados del destino y del azar, pero también novela de aventuras marítimas al mejor estilo de Melville, Autómata es una magistral vuelta de tuerca narrativa donde se mezclan la magia y las leyendas de la corte de Felipe II con una historia de amor imposible. Pura literatura en la que se interrelacionan muchas historias a lo largo de cuatro siglos, siempre teniendo por eje el singular magnetismo del extraño autómata.

Tumbado en el nicho de este mausoleo hace frío. Mi carne cada vez más escasa deja los huesos a la vista aunque no tenga ojos para contemplarlo, lo primero que se comieron. El ataúd podrido me arropa bajo su escombro pero no me protege del silencio, más frío que la fría piedra. Tu ausencia me hiere más que el paso del tiempo, la humedad y los bichos. Siempre te quejaste de que no tenía tiempo para ti, tiempo para pensar en nosotros. Vivía por inercia y todo lo que hice fue desde la inmensidad de la corriente que me arrastraba, como a los demás. Y ahora, cuando lo que queda de mí es el raciocinio enganchado a este montón de carne putrefacta, es ya demasiado tarde. Los besos no dados fueron mi último aliento y las caricias desperdiciadas el último espasmo. Los ojos que no se cerraban retenían tu último reflejo, vana ilusión moribunda. Pienso en ti con todo el corazón que no late ni tan siquiera tengo ya. Amor, no te mueras nunca.

Para Jacques Monod, uno de los fundadores de la biología molecular, la vida es una casualidad, imposible de deducir a partir de la naturaleza de las cosas, pero que, una vez ha emergido, evoluciona siguiendo la selección natural de mutaciones aleatorias. La especie humana no se distingue en nada de las demás: no es más que una extracción afortunada en la lotería cósmica.
Ésa es una verdad que nos resulta difícil de aceptar. Como escribe el propio Monod, «las sociedades “liberales” de Occidente enseñan aún, con desdén, como base de su moral, una repugnante mezcla de religiosidad judeocristiana, de progresismo cientista, de creencia en los derechos “naturales” del hombre y de pragmatismo utilitarista». El hombre debe apartar esos errores a un lado y aceptar que su existencia es enteramente accidental. Debe «despertar de su sueño milenario para descubrir su soledad total, su radical foraneidad. Él sabe ahora que, como un zíngaro, está al margen del universo donde debe vivir. Universo sordo a su música, indiferente a sus esperanzas, a sus sufrimientos y a sus crímenes».
Monod tiene razón en cuanto a lo difícil que es aceptar que los humanos no son en nada diferentes del resto de animales. Ni él mismo lo acepta. Desprecia con razón la cosmovisión moderna, pero su propia filosofía constituye otra versión de esa misma mezcolanza sórdida. Para Monod, la humanidad es una especie privilegiada. Es la única que sabe que su existencia es un accidente y sólo ella puede hacerse cargo de su destino. Como los cristianos, cree que el hombre se encuentra en un mundo que le es ajeno e insiste en que debe elegir entre el bien y el mal: «Puede escoger entre el Reino y las tinieblas». En esa fantasía, la humanidad del futuro será diferente no sólo de cualquier otro animal, sino también de cualquier otra cosa que haya sido antes. Los cristianos que se oponían a la teoría de Darwin temían que hiciera que la humanidad pareciera insignificante. No tenían de qué preocuparse. El darwinismo ha sido utilizado para poner a la humanidad de nuevo sobre su pedestal.
Como otros muchos, Monod combina dos filosofías irreconciliables: el humanismo y el naturalismo. La teoría de Darwin muestra la verdad del naturalismo: somos animales como los demás, nuestro destino y el del resto de la vida sobre la Tierra son el mismo. A pesar de eso, una ironía que resulta especialmente exquisita, dado que nadie se ha percatado de ella, el darwinismo es actualmente el pilar central de la fe humanista según la cual nosotros somos capaces de trascender nuestras naturalezas animales y dominar la Tierra.

| En una cajita de fósforos se pueden guardar muchas cosas. Un rayo de sol, por ejemplo. (Pero hay que encerrarlo muy rápido, si no, se lo come la sombra). Un poco de copo de nieve, quizás una moneda de luna, botones del traje del viento, y mucho, muchísimo más. Les voy a contar un secreto. En una cajita de fósforos yo tengo guardada una lágrima, y nadie, por suerte, la ve. Es claro que ya no me sirve. Es cierto que está muy gastada. Lo sé, pero qué voy a hacer, tirarla me da mucha lástima. Tal vez las personas mayores no entiendan jamás de tesoros. “Basura” dirán, “Cachivaches”, “No sé por qué juntan todo esto”. No importa, que ustedes y yo igual seguiremos guardando palitos, pelusas, botones, tachuelas, virutas de lápiz, carozos, tapitas, papeles, piolín, carreteles, trapitos, hilachas, cascotes y bichos. En una cajita de fósforos se pueden guardar muchas cosas. Las cosas que no tienen mamá. |

En medio de una tremenda tempestad, un barco zozobró cerca de la costa. Un hombre quiso lanzarse a salvar a los náufragos, pero sus compañeros se lo impidieron para evitar que el mar embravecido también lo devorara. Tiempo más tarde estalló otra tormenta. Nuestro hombre, sin que nadie lo viera, se lanzó entre las olas gigantescas, luchó durante horas y al fin, al borde del agotamiento, alcanzó la playa, feliz de haber, por fin, salvado a alguien.

Es el lugar donde se enseña o se aprende. Supone un maestro, el que sabe y enseña, y alumnos, que no saben y que acuden ahí para aprender. La definición misma de escuela parece retrógrada y antidemocrática. Está bien que sea así. Toda escuela representa el pasado, que debe transmitir a aquellos que, más tarde, inventarán el porvenir. Y ninguna podría someterse a la exigencia democrática, que es la de la cantidad y la igualdad, sin perder en ello su alma. En las clases no se vota para saber cómo se escribe una palabra, cuánto hacen tres por ocho, o cuáles son las causas de la primera guerra mundial. Ni para saber si hay que estudiar ortografía, aritmética e historia. El maestro sólo puede transmitir su saber si su autoridad es más o menos reconocida por todos. Por ese motivo, no hay escuela sin disciplina, ni disciplina sin castigos. ¿Una escuela democrática? Es la que somete a la democracia, es decir, al pueblo soberano, que decide los presupuestos, los programas y los objetivos. No aquella que se sometiera, absurdamente, a los sufragios de los alumnos o de los padres. ¿Abrir la escuela a la vida? Sería abrirla al mercado, a la violencia y a los fanatismos de cualquier obediencia. Más vale cerrarla sobre sí misma -lugar de acogida y recogimiento- para abrirla a los saberes y a todos.

| For he who more lives than one more deaths the one must die. OSCAR WILDE |
| Tú dices que has vivido, quizás. Puede ser cierto. No importa si eres joven ni importa tu vejez. Haber vivido, a veces significa haber muerto, porque a veces los hombres mueren más de una vez. La vida es poca cosa. Qué más da su medida, si el que vive más años no siempre vive más; porque un instante, a veces, llena toda una vida, y a veces ese instante no se vive jamás. Tú dices que has vivido, quizás. Yo no sé nada. No sé lo que te queda del tiempo que se fue. Y acaso, en el misterio de una noche estrellada, te encogerás de hombros sin preguntar por qué. Lo demás llega y pasa: Pobres cosas de un día, fantasma de su sueño, formas de tu ilusión; nada más que hojas secas en tu mano vacía, nada más que hojas secas sobre tu corazón, sin embargo, no importa. Ya llegará el olvido. Después de un gran silencio, como un punto final. Y te sabrá a ceniza lo poco que has vivido, cuando pasen mil años y todo siga igual. |
Cuando alguien termina una petición con un “Gracias” es porque cree que la respuesta sólo puede ser afirmativa. Actuar al contrario sería una falta al deber y un agravio que vacía al “Gracias” de sentido, dejándolo huérfano de las buenas intenciones supuestas. En cambio, finalizar con un “Por favor” implica asumir que tanto la respuesta afirmativa como negativa son plausibles y válidas, aunque se prefiera la que propicia el ruego. El agradecimiento en este caso, si se merece, es sincero.

Un día la Belleza y la Fealdad se encontraron a orillas del mar. Y se dijeron: «Bañémonos en el mar.»
Se desnudaron entonces, y nadaron en el agua. Luego Fealdad volvió a la playa y se puso las ropas de Belleza, y se marchó.
También Belleza salió del mar: al no encontrar su ropa, como era demasiado tímida para estar desnuda se puso la ropa de Fealdad, y siguió su camino.
Y hasta el día de hoy hombres y mujeres confunden a una con otra.
Pero hay algunos que contemplan el rostro de la Belleza y saben que no lleva sus ropas. Y otros que conocen el rostro de la Fealdad, y sus ropas no les engañan.

| Éste es el plan mensual de mi asistencia a la escuela: tengo tres días libres cada mes; tengo tres fiestas religiosas cada mes; durante veinticuatro días al mes en la escuela tengo que estar. ¡Qué largos son! |

Érase una vez una joven llamada Cenicienta cuya madre natural había muerto siendo ella muy niña. Pocos años después, su padre había contraído matrimonio con una viuda que tenía dos hijas mayores. La madre política de Cenicienta la trataba con notable crueldad, y sus hermanas políticas le hacían la vida sumamente dura, como si en ella tuvieran a una empleada personal sin derecho a salario.
Un día, les llegó una invitación. El príncipe proyectaba celebrar un baile de disfraces para conmemorar la explotación a la que sometía a los desposeídos y al campesinado marginal. A las hermanas políticas de Cenicienta les emocionó considerablemente verse invitadas a palacio, y comenzaron a planificar los costosos atavíos que habrían de emplear para alterar y esclavizar sus imágenes corporales naturales con vistas a emular modelos irreales de belleza femenina. (Especialmente irreales en su caso, dado que desde el punto de vista estético se hallaban lo bastante limitadas como para parar un tren.) La madre política de Cenicienta también planeaba asistir al baile, por lo que Cenicienta se vio obligada a trabajar como un perro (metáfora tan apropiada como desafortunadamente denigratoria de la especie canina).
Cuando llegó el día del baile, Cenicienta ayudó a su madre y hermanas políticas a ponerse sus vestidos. Se trataba de una tarea formidable: era como intentar apelmazar cuatro kilos y medio de carne animal no humana en un pellejo con capacidad para contener apenas la mitad. A continuación, vino la colosal intensificación cosmética, proceso que resulta preferible no describir aquí en absoluto. Al caer la tarde, la madre y hermanas políticas de Cenicienta la dejaron sola con órdenes de concluir sus labores caseras. Cenicienta se sintió apenada, pero se contentó con la idea de poder escuchar sus discos de canción protesta.
Súbitamente, surgió un destello de luz y Cenicienta pudo ver frente a ella a un hombre ataviado con holgadas prendas de algodón y un sombrero de ala ancha. Al principio, pensó que se trataba de un abogado del Sur o de un director de banda, pero el recién llegado no tardó en sacarla de su error.
-Hola, Cenicienta, soy el responsable de tu padrinazgo en el reino de las hadas o, si lo prefieres, tu representante sobrenatural privado. ¿Así que deseas asistir al baile, no es cierto? ¿Y ceñirte, con ello, al concepto masculino de la belleza? ¿Apretujarte en un estrecho vestido que no hará sino cortarte la circulación? ¿Embutir los pies en unos zapatos de tacón alto que echarán a perder tu estructura ósea? ¿Pintarte el rostro con cosméticos y productos químicos de efectos previamente ensayados en animales no humanos?
-Oh, sí, ya lo creo -repuso ella al instante.
Su representante sobrenatural dejó escapar un profundo suspiro y decidió aplazar la educación política de la joven para otro día. Recurriendo a su magia, la envolvió de una hermosa y brillante luz y la transportó hasta el palacio.
Frente a sus puertas, podía verse aquella noche una interminable hilera de carruajes: aparentemente, a nadie se le había ocurrido compartir su vehículo con otras personas. Y llegó Cenicienta en un pesado carruaje dorado que arrastraba con enorme esfuerzo un tiro de esclavos equinos. La joven iba vestida con una ajustada túnica fabricada con seda arrebatada a inocentes gusanos, y llevaba los cabellos adornados con perlas producto del saqueo de laboriosas ostras indefensas. Y en los pies, por arriesgado que ello pueda parecer, llevaba unos zapatos labrados en fino cristal.
Al entrar Cenicienta en el salón de baile, todas las cabezas se volvieron hacia ella. Los hombres admiraron y codiciaron a aquella mujer que tan perfectamente había sabido satisfacer la estética de muñeca Barbie que unos y otros aplicaban a su concepto de atractivo femenino. Las mujeres, por su parte, adiestradas desde su más tierna edad en el desprecio de sus propios cuerpos, contemplaron a Cenicienta con envidia y rencor. Ni siquiera su propia madre y hermanas políticas, consumidas por los celos, fueron capaces de reconocerla.
Cenicienta no tardó en captar la mirada errante del príncipe, quien se encontraba en aquel momento ocupado discutiendo acerca de torneos y peleas de osos con sus amigotes. Al verla, el príncipe se sintió temporalme

| Los árboles ven el viento venir y se inclinan para dejarlo pasar. La noche ve el amanecer surgir y le sobra tiempo para escapar. Pero si el amor se llega a sentir nada puede hacerse salvo amar. |

Durante una breve escala en Belo Horizonte, en el Estado de Minas Gerais, adonde fui a dar una conferencia incluida en el programa de las conmemoraciones del Centenario de la Ciudad, me narró el alcalde, el médico Célio de Castro, respetadísima figura de político, una instructiva historia. Con estas o semejantes palabras, he aquí lo que oí de su boca: “Cuando el Gobierno de Brasil anunció el denominado ‘paquete económico’, un conjunto de medidas fiscales y administrativas destinadas a aminorar las consecuencias del terremoto financiero mundial provocado por la crisis de la bolsa de Hong Kong y sus efectos en la economía brasileña, una mujer que reside aquí vino a la alcaldía y solicitó hablar conmigo. Y lo que ella me dijo fue lo siguiente: ‘Alcalde, sé muy bien que no está dentro de sus competencias la obligación de resolver estas cuestiones, pero le pido al menos que me explique por qué razón si yo no juego en la bolsa, si no sé siquiera cómo funciona la bolsa, voy a tener que pagar los perjuicios de los que, cuando ganan, no comparten conmigo sus beneficios’. La respuesta que le di fue simple: ‘Señora, lo absurdo no puede ser explicado’. Me he preguntado (conclusión de Célio de Castro) si existirá una respuesta a la pregunta de aquella mujer o si estamos viviendo una pesadilla hecha de pesadillas, cada cual más absurda que las otras”.
Me prometí a mi mismo que repetiría esta historia edificante cuantas veces viniera a propósito, o incluso sin propósito ninguno, añadiéndole, como ahora haré, unas cuantas reflexiones que de algún modo amplían la conversación mantenida después con el alcalde de Belo Horizonte. En primer lugar, la urgencia de reexaminar de arriba abajo, con ojos que vean y un juicio que se esmere en entender, aquello a lo que, abusando de la ingenuidad de unos y con el cinismo de otros, seguimos llamando Democracia. En segundo lugar, como consecuencia no sólo lógica sino necesaria, analizar, con las pinzas de un sentido suficientemente común para que quede al alcance de todo el mundo, la cuestión de la naturaleza del poder y de su ejercicio, identificar quién lo tiene efectivamente, averiguar cómo ha llegado a él, verificar el uso que de él se hace, los medios de que se sirve y los fines a que apunta.
Creo que las cosas aparecen hoy bastantes claras: o el poder económico y el poder financiero (de éstos se trata) consideran que ya no necesitan enmascararse tras una fachada democrática cuyo diseño viene definido en función exclusiva de sus intereses, o es la propia Democracia la que se ha vuelto porosa e inconsistente hasta la casi disgregación de su idea fundadora: la de que el gobierno del pueblo debe ser ejercido por ese pueblo y para ese pueblo. Con palabras más claras, aunque corriendo el riesgo de un no deseado esquematismo: los pueblos no eligen gobiernos para que éstos los conduzcan al Mercado, es el Mercado el que está condicionando a los gobiernos para que le entreguen los pueblos... Si aquí se habla del Mercado como bête noire es por ser el instrumento del auténtico, único e irrefutable poder que nos gobierna, el poder financiero y económico en proceso expansionista, ese poder que no es democrático porque no lo eligió el pueblo, que no es democrático porque no está regido por el pueblo, que finalmente no es democrático porque no pretende ni nunca pretendió el bien del pueblo.
Decir hoy “socialista”, “socialdemócrata”, “conversador” o “neoliberal”, lo entiendo como meras expresiones políticas, y luego llamarles poder, será como nombrar algo que no se encuentra donde parece, sino en otro lugar inalcanzable. La reina que anda paseando desnuda por el mundo es la Democracia. No parece decente hablar de ella en abstracto, sin el estímulo de la presencia, de la participación y de la intervención de los ciudadanos en la vida colectiva; sin la clarificación pública de las fuentes de poder no democráticas; sin el cumplimiento no riguroso del precepto de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley; sin el reconocimiento no sólo formal, sino verificable en los hechos, de que los beneficios y las mejoras sociales, tanto de naturaleza estructural como económica o cultural deberán ser, sin condiciones reductoras, extensibles a toda la comunidad. La reina va desnuda y enferma. Pero, por favor, no la tapen, c&u

La abeja se posó en una de las florecitas que había al lado de la valla que rodeaba el perímetro de la nuclear. Cuando se disponía a libar algo de néctar vio una pequeña partícula radiactiva entre los estambres más alejados. Qué cosa más linda, de verde fosforito, daba incluso calorcito. La tomó entre sus patas delanteras y se la comió. Tenía un regusto metálico y se notaba su tránsito por el esófago abejil, como si lo recorriese un trago de absenta. Entonces despegó con agilidad, con demasiada agilidad. En sus ojos chispeaba una luz extraña.
A Gustavo lo habían expulsado de Barrio Sésamo. Los nuevos niños no estaban interesados en seres fantásticos que no estuviesen pixelados, generasen bolas de energía o mutasen de vez en cuando. Con su mísera pensión apenas si había tenido para comprarse un ajado nenúfar en alguna de las charcas que rodeaban lo delta de l’Ebre. Y sus días transcurrían papando moscas y, si había suerte, alguna abeja, como la que en ese momento se aproximaba. Cuando la tuvo a tiro de lengua, la enganchó y la deglutió con fruición. Un regusto metálico le afloró en la boca y se sintió súbitamente reconfortado. Su piel cobró un ligero brillo fosforescente.
El platillo volante con matrícula de Orión aterrizó al lado de la AP-7, cerca de Tortosa. Ningún conductor se percató de tan ensimismados como estaban en su propio embotellamiento. El mini-robot recolector salió zumbando por una pequeña trampilla lateral y se dirigió a las marismas próximas. Le deslumbró una rana tomando el sol sobre un nenúfar ajado, que brillaba casi tanto como el astro, y hacia allí encaminó sus micro-reactores. Le lanzó un rayo teletransportador y la mandó directa a la olla que ya hervía en la nave. Las ancas de rana eran un bocado exquisito en todo el universo.
El director de la central nuclear estaba hundido en su butaca de mullido cuero, algo más hundido desde que le habían comunicado que debía dimitir después de que se perdiese una partícula radiactiva. Habían peinado la zona y no habían encontrado nada, salvo los restos arqueológicos de una fábrica de calaveras de cristal de la dinastía Indy. “Qué injusticia”, pensaba, “tanto escándalo por una partícula totalmente inofensiva cuando en otros lugares sí suceden cosas realmente tremendas, como esa noticia del periódico según la cual el telescopio Hubble había detectado una enorme explosión de neutrones que había borrado del mapa a la lejana Orión”.

| I com que ara tant tu com jo, estimada, sabem de cert que només amb paraules no podem moure les muntanyes, valdrà més que assagem de repintar el menjador i la cuina i de jugar altre cop a enamorats com vint anys endarrera. Te’n recordes? Llavors cada capvespre maduraven els fruits i ens omplíem les mans de sorra nova i a cada gest mudàvem pell i ungles. Vam ser feliços, vet-ho aquí, feliços un xic d’esma, potser, com bestioles. I ara, ja ho veus!, no sabem ni què dir-nos i qualsevol pedreta ens entrebanca. Ni tu ni jo no som com aleshores, però et proposo que intentem de fer-nos un ritme nou, com si encara tinguéssim la pell tibada i aquell desig de tot que ens encenia el rostre. Qui sap si el temps aquietat i tebi, que ens ha mudat la sang en aigua dolça, no serva encara un gust de sal novella per tu i per mi si tornem a estimar-nos. |

Una situación desagradable o embarazosa puede producir angustia, rubor, turbación, agobio o corte, pero nunca sofoco. Un ejercicio atlético vibrante y continuado, sobre todo en los meses caniculares, origina cansancio, agotamiento, debilidad, extenuación, fatiga o agujetas, pero no sofoco. Una tímida y prematura declaración de amor es circunstancia hecha a la medida para el bochorno, el sonrojo, el corte, el pavo, la erubescencia y la mudez definitiva, pero jamás para el sofoco. La permanencia en un habitáculo cerrado y con alta temperatura intranquiliza, debilita, acalora, enciende y combustiona, pero no sofoca. Todo aquel que se sofoca por la causa que sea -como el que se enoja- es bastante ordinario.
El grado mayor de ordinariez del sofoco es el «sofocón». El sofocón, mientras no se demuestre lo contrario, no es otra cosa que el disgusto -«Hija, no le digas a tu padre que te has quedado embarazada porque puede llevarse un sofocón»-. El sofocón, crisis agudizada y mejorada del sofoco, tiene a su vez un grado o categoría culminante: El soponcio -«Hija, no le digas a tu padre que te has quedado embarazada porque del sofocón que se lleva puede darle un soponcio»-. Aquí, irremediablemente aquí, se establece la diferencia que ha degenerado en lo que posteriormente se ha denominado «lucha de clases». La gente «bien» muere de un infarto producido por un disgusto y la gente «mal» de un soponcio originado por un sofocón. Pero no olvidemos que el soponcio y el sofocón son estados de ansiedad procedentes del sofoco, y ahí está la madre del cordero.

Se iba muriendo, como mueren los enfermos del pecho. Le veía sentarse cada día, hacia las dos, bajo las ventanas del hotel, frente al mar tranquilo, en un banco del paseo. Permanecía algún tiempo inmóvil al calor del sol, contemplando con una mirada triste el Mediterráneo. A veces volvía los ojos hacia la alta montaña con cumbres difusas que encierra la ciudad de Menton; luego cruzaba, con un movimiento muy lento, sus largas piernas tan delgadas que parecían dos huesos, alrededor de las que flotaba el paño del pantalón, y abría un libro, siempre el mismo.
Entonces ya no se movía; leía, leía con la mirada y el pensamiento; todo su pobre cuerpo moribundo parecía leer, toda su alma se hundía, se perdía, desaparecía en aquel libro hasta la hora en que el aire ya más fresco le hacía toser un poco. Entonces se levantaba y volvía al hotel.
Era un alemán alto, de barba rubia, que almorzaba y cenaba en su habitación, y no hablaba con nadie.
Una vaga curiosidad me atrajo hacia él. Un día me senté a su lado, tras haber cogido yo también, para disimular, un volumen de las poesías de Musset.
Y me puse a recorrer Rolla.
Mi vecino me dijo de pronto, en buen francés:
-¿Sabe alemán, señor?
-En absoluto, señor.
-Lo lamento. Ya que el azar nos pone al lado uno de otro, le hubiera prestado, le hubiera hecho ver algo inestimable: este libro que tengo aquí.
-¿Y qué es?
-Es un ejemplar de mi maestro Schopenhauer, anotado de su mano. Todos los márgenes, como ve, están cubiertos con su letra.
Cogí el libro con respeto y contemplé aquellas formas incomprensibles para mí, pero que revelaban el inmortal pensamiento del mayor saqueador de sueños que haya pasado por la tierra.
Y los versos de Musset estallaron en mi memoria:
¿Duermes contento, Voltaire, y tu horrorosa sonrisa
revolotea aún sobre tus huesos descarnados?
Y comparaba involuntariamente el sarcasmo infantil, el sarcasmo religioso de Voltaire con la irresistible ironía del filósofo alemán cuya influencia es para siempre indeleble.
Aunque protestemos y nos enfademos, aunque nos indignemos o nos exaltemos, Schopenhauer ha marcado a la humanidad con el sello de su desprecio y su desencanto.
Gozador desengañado, ha invertido las creencias, las esperanzas, las poesías, las quimeras, destrozado las aspiraciones, devastado la confianza de las almas, matado el amor, derribado el culto ideal de la mujer, reventado las ilusiones del corazón, realizado la tarea de escéptico más gigantesca que se haya hecho nunca. Ha atravesado todo con su burla y lo ha vaciado todo. E incluso hoy, los que le execran parecen tener, a su pesar, en su mente, parcelas de su pensamiento.
Dije al alemán: -¿Usted conoció personalmente a Schopenhauer?
Sonrió tristemente: -Hasta su muerte, señor.
Y me habló de él; me contó la impresión casi sobrenatural que aquel ser extraño causaba en todos aquellos que se le acercaban.
Me contó la entrevista que tuvo el viejo demoledor con un político francés, republicano doctrinario, que quiso ver al hombre y lo encontró en una cervecería tumultuosa, sentado en medio de discípulos, seco, arrugado, riendo con una risa inolvidable, mordiendo y desgarrando las ideas y creencias con una sola palabra, como un perro desgarra de un mordisco las telas con las que juega.
Me repitió las palabras de aquel francés, cuando se fue pasmado, espantado, y gritando: «¡He creído pasar una hora con el diablo!» Luego añadió: -Efectivamente, señor, tenía una sonrisa horrorosa que nos dio miedo, incluso después de su muerte. Es una anécdota casi desconocida que puedo contarle si le interesa.
Y se puso a ello, con una voz cansada, interrumpida a ratos por ataques de tos: -Schopenhauer acababa de morir y decidimos velarle por turnos de dos, hasta la mañana.
»Estaba acostado en una habitación muy sencilla, amplia y oscura. Dos velas ardían en la mesita de noche.
»Eran las doce cuando empecé la guardia, con uno de nuestros compañeros. Lo

| Como en la trampa cae la alegre caza, caí en tus brazos, donde me debato. Ni de quedar, ni de escaparme trato de esta red que me ahoga y que me abraza. Fuera, la libertad con su amenaza; aquí, el seguro fin tajante y grato. Fácil es desatar, y no desato, el dulce nudo que mi muerte aplaza. Sumisamente inclino la cabeza no sé si para el golpe o para el beso, no sé si para el gozo o la tristeza. Pero, si llega el día del regreso, pues que caí en la trampa por torpeza, no quiero liberarme de ella ileso. |

La societat del coneixement és també la societat de la impaciència i de la immediatesa on cada dia que passa tot és a més curt termini: les relacions, la feina o els objectius. Cada vegada més, uns valors com la lleialtat, la fidelitat, la confiança o l’amistat, que demanen una concepció de la vida i del món a llarg termini, resulten incompatibles amb els requisits que perfilen els actors de la nova economia. Se’ns fa difícil de pensar en objectius a llarg termini en una economia lliurada del tot al curt termini. Se’ns fa difícil d’entendre com sostenir la lleialtat, la confiança o el compromís recíproc en institucions o empreses que estan en contínua activitat de fusió, absorció, desintegració o reorganització. Flexibilitat és una de les paraules clau del nou marc però també la flexibilitat és una disparadora dels nivells d’ansietat, ja que per sobreviure en un món que té la flexibilitat com a eix de coordenades, massa sovint cal engegar a rodar la vida interior, desballestar l’equipatge emotiu i esfilagarsar el teixit de les relacions.

A diferencia de lo que afirman los ingenuos (todos lo somos una u otra vez), no basta decir la verdad. De poco servirá en el trato de la gente si no es creíble, y tal vez hasta debiera ser ésa su primera cualidad. La verdad es sólo medio camino, la otra mitad se llama credibilidad. Por eso hay mentiras que pasan por verdades, y verdades que son tenidas por mentiras.
Esta introducción, por su tono de sermón de cuaresma, prometería una grave y aguda definición de verdades relativamente absolutas y de mentiras absolutamente relativas. No es así. Es sólo un modo de sangrarme en salud, de esquivar acusaciones, pues, desde el anuncio, la verdad que hoy traigo no es creíble. Vamos a ver ahora si ésta es historia que se pueda creer.
La cosa ocurre en un sanatorio. (...)
Me decía aquel amigo que, allá en el sanatorio, había un enfermo, hombre de unos cincuenta años, que tenía grandes dificultades para andar. La enfermedad pulmonar que padecía nada tenía que ver con el sufrimiento que se reflejaba en su cara, ni con los suspiros de dolor, ni con las contorsiones del cuerpo. Un día apareció incluso con dos toscos bastones en los que se apoyaba al andar, como un inválido. Pero siempre con ayes, gemidos, quejándose de los pies, que aquello era un martirio, que ya no aguantaba más.
Mi amigo le dio un consejo obvio: que mostrara los pies al médico, que tal vez fuese reuma. El otro movía la cabeza, casi llorando, lleno de una inmensa pena por sí mismo, como si pidiera que lo llevaran a hombros. Entonces, mi amigo, que tenía también sus calladas amarguras, y con ellas iba viviendo, se impacientó y fue áspero con él. La actitud dio resultado. Al cabo de dos días, el enfermo de los pies lo llamó y le dijo que iba a mostrárselos al médico. Pero que antes le gustaría enseñárselos a él, su buen consejero.
Y se los mostró. Las uñas, amarillas, se curvaban hacia abajo, contorneaban la punta de los dedos y se prolongaban hacia dentro como punteras o dedales córneos. El espectáculo era repelente, revolvía el estómago. Y cuando le preguntaron a este hombre adulto por qué no se cortaba las uñas, que su mal era sólo éste, respondió: «No sabía que había que hacerlo».
Le cortaron las uñas. Con alicates. Entre ellas y los cascos de los animales no era mucha la diferencia. A fin de cuentas, se precisa mucho trabajo para mantener todas las diferencias, para irlas ampliando poco a poco, a ver si al fin la gente llega a ser humana. (¿No es verdad acaso?)
Pero, de pronto, acontece algo así y nos vemos ante un semejante que no sabe que es preciso defendernos todos los días de la degradación. Y no es en uñas en lo que en estos momentos estoy pensando.

| La última noche que pasamos juntos, lo preguntó: -¿Cuántas estrellas tiene el cielo? -Trescientas cincuenta mil. -¿A que no? -¿A que sí? -Cállate. Esta noche no quiero que preguntes esas cosas. Esta noche, si quieres preguntar cuántas estrellas tiene el cielo, o cualquier otra cosa, pregunta algo así como ¿me quieres? ¿tienes frío? ¿quién dice que tiene hambre? Esta noche, pregunta algo que sea contestado en el mundo sin palabras. Interroga con toda tu sangre algo en que toda la vida del mundo esté preguntando, algo así como ¿quién llora? ¿hace falta algo? Y verás como todo hace falta y sabrás cuántas estrellas tiene el cielo cuando sepas que el cielo tiene una sola estrella para cada momento, porque con una que se pierda dará un paso de sombra la luz del Universo. |
Si todo el mundo intenta ser distinto es, en el fondo, como todo el mundo que está intentando lo mismo: diferenciarse. Nos empeñamos en mostrar nuestra individualidad con un colgante así o un tatuaje asá o un peinado acullá o un gusto original. Y, sin embargo, desde nuestra independencia seguimos necesitando que los demás nos reconozcan para ser alguien.

Renuévanse los tiempos, se alteran o cambian las costumbres y se introducen novedades que, sin perjuicio de que sobrevivan los antiguos usos y públicos espectáculos, ocasionan nuevos modos de esparcimiento y distracción tales como el llamado “Football”, expresión anglicana, que en nuestro común castellano equivale a que 11 diestros y aventajados atletas compitan en el esfuerzo de impulsar con los pies y la cabeza una bola elástica, con el afán, a veces desmesurado, de introducirla en el lugar solícitamente guardado por otra cuadrilla de 11 atletas, y viceversa. (...) Encarezco a los madrileños que atiendan con particular esmero a nuestros visitantes, conduciendo al perdido, orientando al perplejo, sosegando al inquieto, ayudando al que está en apuros, consolando a quienes la magnitud, complicación o desmesura de esta gran ciudad pueda llevar a la tribulación.

Llegué a Bluefields, en la costa de Nicaragua, al día siguiente de un ataque de la contra. Había muchos muertos y heridos. Yo estaba en el hospital cuando uno de los sobrevivientes del tiroteo, un muchacho, despertó de la anestesia: despertó sin brazos, miró al médico y le pidió:
-Máteme.
Me quedé con un nudo en el estomago.
Esa noche, noche atroz, el aire hervía de calor. Yo me eché en una terraza, solo, cara al cielo. No lejos de allí, sonaba fuerte la música. A pesar de la guerra, a pesar de todo, el pueblo de Bluefields estaba celebrando la fiesta tradicional del Palo de Mayo. El gentío bailaba, jubiloso, en torno del árbol ceremonial. Pero yo, tendido en la terraza, no quería escuchar la música ni quería escuchar nada, y estaba tratando de no sentir, de no recordar, de no pensar: en nada, en nada de nada. Y en eso estaba, espantando sonidos y tristezas y mosquitos, con los ojos clavados en la alta noche, cuando un niño de Bluefields, que yo no conocía, se echó a mi lado y se puso a mirar al cielo, como yo, en silencio.
Entonces cayó una estrella fugaz. Yo podía haber pedido un deseo; pero ni se me ocurrió.
Y el niño me explicó:
-¿Sabes por qué se caen las estrellas? Es culpa de Dios. Es Dios, que las pega mal. Él pega las estrellas con agua de arroz.
Amanecí bailando.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.