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1 de abril del 2000, the Cure actuaba en el todavía Palau d'Esports. Los teloneros, Love of Lesbian, sobrellevaban lo mejor que podían las idas y venidas de los que esperaban a que, por fin, se cerniera la oscuridad fuera y dentro del Palau. Ni siquiera me acuerdo de cómo sonaban, supongo que bien. Inmediatamente después comenzaron los preparativos en el escenario y de los altavoces surgió una melodía: Un sonido etéreo, unas variaciones mínimas que evolucionaban hasta inundarlo todo. Los minutos pasaban y ella seguía indefectiblemente presente, acunándome y preparándome para el éxtasis. Entonces desapareció cuando Robert Smith se adueñó del escenario con su mínima presencia de tan gran sombra. El concierto fue y yo estuve allí, después de eso qué puede haber importante. Al terminar, cuando las luces se encendieron, volvió ella, la melodía. Las notas que antes habían sido de ida ahora nos llevaban de vuelta. Es duro abandonar el paraíso.
El río salió de su cauce y se dirigió a la ladera derecha del valle que lo encajonaba. Una vez allí dejó a la montaña reflejarse en sus aguas, pues ésa es la forma en que los ríos ven lo que les rodea. Y comenzó a subir con mucho esfuerzo, dada la ley de la gravedad que lo esclavizaba desde que la descubriera Newton (ley perenne donde las haya pues han pasado trescientos años y todavía es vigente). El ascenso era lento pues, además de las dificultades propias de la pendiente, el río esquivaba las guaridas de las alimañas, que bastante tienen con su nombre como para, encima, perecer ahogadas. Los árboles, sorprendidos, tendían y mecían sus ramas para ayudarlo, porque no es necesario conocer la causa de la necesidad para echar una mano al necesitado. Cuando la cima ya estaba próxima y la vegetación había dado paso a las rocas agrestes, el río se detuvo a saludar al viento que pasaba, pues si uno es río de tierra el otro lo es de cielo. Entonces dio media vuelta y regresó por la ladera hasta su cauce del valle. No necesitaba alcanzar la cima para demostrar nada, pues era libre de elegir sus propias ataduras.
Debiera enseñarse a los niños el arte de ser feliz. No el arte de ser feliz cuando os cae encima la desgracia -eso lo dejo a los estoicos- sino el arte de ser feliz cuando las circunstancias son pasables y toda la amargura de la vida se reduce a pequeñas dificultades y pequeñas indisposiciones.
| Déjame ahora, amor, que te maldiga con la palabra amarga y el castigo. Déjame que me sienta tu enemigo y a gritos déjame que te lo diga. En la colmena, en la cuajada espiga yo levanto mi voz y te maldigo. En el tesoro de la miel y el trigo, en el fugaz vilano y en la ortiga. Maldito seas en las pleamares, en el jazmín, el ónice, la arena, en el sirguero y en su verde ramo. Maldito en el jacinto y los azahares. Y, en la albahaca, el junco y la azucena, maldito yo también porque te amo. |
En una de sus guerras, Alí derribó a un hombre y se arrodilló sobre su pecho para decapitarlo. El hombre le escupió en la cara. Alí se incorporó y lo dejó. Cuando le preguntaron por qué había hecho eso, respondió:
Una tercera parte, más o menos, de toda la pena que la persona que creo ser debe soportar, es inevitable. Es la pena inherente a la condición humana, el precio que debemos pagar por ser organismos sensibles y conscientes de sí mismos, aspirantes a la liberación, pero sometidos a las leyes de la naturaleza, y sometidos a la orden de continuar marchando, a través del tiempo irreversible, a través de un mundo absolutamente indiferente a nuestro bienestar, hacia la decrepitud y la certidumbre de la muerte. Los dos tercios restantes de toda la pena son caseros y, por lo que se refiere al universo, innecesarios.
Estoy aquí para jugar aunque no sepa cuáles son las reglas. Me han repartido unas cartas que no entiendo y absorto las contemplo sin saber qué hacer. Sé que esperan algún movimiento pero ¿cuál? Por casualidad, hastiado de mostrarme cabizbajo con las cartas en la mano, levanto la vista y lo veo a Él, al Gran Crupier, que me hace un guiño casi imperceptible con el ojo izquierdo mientras se lleva la mano al lóbulo de la oreja derecha, la punta de su lengua apunta hacia abajo asomando levemente por la comisura izquierda. Sé que me quiere decir algo pero, puñeta, tampoco sé qué significan esos signos. Al menos sé que los hace porque me quiere ayudar.
Es hablar con otro, sin intentar convencerle ni vencerle: el propósito es entenderse, no ponerse de acuerdo. Por eso, se distingue de la discusión (que supone una discrepancia y el deseo de ponerle fin) y del diálogo (que tiende hacia una verdad común). La conversación no tiende hacia nada o no tiene otro objetivo que ella misma. Su gratuidad forma parte de su encanto. Es uno de los placeres de la existencia, especialmente entre amigos: disfrutan de sus propias diferencias; ¿qué motivos podrían tener para suprimirlas?

| Catro cousas hai no mundo que resolven o sentido amar e non ser amado querer e non ser querido Moreniña por morena ténoche o ollo botado has de ser miña muller ou non hei de ter casado A cinta de namorare a cinta namoradeira a cinta de namorare tráiocha na faltriqueira Como bandadas de pombas voan os meus pensamentos todos levan un camiño o camiño do teu peito A lúa vai encuberta a min pouco se me dá a lúa qu’a min m’aluma dentro do teu peito está | Esta mañana temprano mis ojos brillaban más ya no estabas a mi lado y ya nunca lo estarás. Yo me alegro de perderte no dirigirás mi vida ya me siento diferente odio verte cada día. Dentro de tu absurdo mundo tu no sabes donde estoy y tu intentas como siempre controlar la situación. Nuestra relación no existe no tiene pies ni cabeza si yo te pido febrero tu vas y me das cuaresma. Cuando pidas alegría yo te entregaré dolor si te va mal en la vida no tendrás mi compasión. |

| Moisés, que enseña que la Ley es todo; Jesús, que enseña que el amor es todo; Marx, que enseña que el dinero es todo; Freud, que enseña que el sexo es todo; Einstein, que enseña... que todo es relativo. |
Blogia está haciendo extraños cambios en las características de visualización del panfleto. Dado que todavía no sé el alcance de los mismos, cuando sepa a qué atenerme procuraré adecuar el aspecto global a las nuevas características. Mientras tanto, ruego paciencia si se ve raro el panfleto (bueno... más de lo que ya es habitualmente).

Las respuestas más difíciles son las evidencias, y la mirada más ciega la que dirigimos conscientemente.
Asirme a un precipicio de locura para divisar un final al que poder llegar sin esfuerzo, sin matar la ansiedad, que es fruto de la felicidad, de esos sueños inalcanzables que tenemos al alcance de nuestra mano pero que rechazamos para tener algo que añorar y lamentar. Seguir las estrellas que nos conducen a ningún lugar, donde la ausencia se hace certera y sólo es asesinada por recuerdos que hieren los ojos, haciendo de un rostro un cauce a la melancolía, un cauce por el que discurrir toda sonrisa, ahogándola en su amargura, y resurgiendo de su asesinato la esperanza de volver a sentir lo que jamás nos perteneció, y lo que deseamos conservar en nuestra alma sin que pierda su pureza y brillo. El deseo de haber tenido en alguna ocasión un corazón, aunque fuese el nuestro, de sentir un beso, aunque fuese venenoso, de refrenar un momento para que su llama perdure en nuestra impaciencia por realizarlo y que, cuando se escurra entre el olvido y la imposibilidad, sea una duda certera que carcoma el pensamiento y haga de nuestra inocencia la lenta agonía que distancia nuestra realidad de los sueños.
Sentir, al fin y al cabo, un ápice de vida en nuestras venas con el dolor, y lamentar su ausencia con la felicidad que obtenemos cuando lo perdido es querido, pero no añorado. Porque con el sufrimiento logramos encauzar los segundos en una cadena de sucesos tan previsibles que el gris es un color brillante para quien no desea arriesgarse a caminar por ese precipicio de locura sabiendo que, al final, sólo hay la consecución de todo lo que nos pertenece.
Ser nuestro propio verdugo es nuestra opción, incluso ser víctima es deseado, pero jamás acusemos a la vida de negarnos nuestro regalo, pues lo que se otorga siempre está escondido tras temores e incertidumbres, y el único precio que debemos pagar es el valor que debemos aportar, una simple sonrisa ante toda adversidad que vencerá siempre que lo deseemos.
Miénteme, vida, y dime que jamás fui nadie; entonces, en esa ignorancia seré feliz.

La felicidad es aquello que nos pasa cuando no nos lo planteamos. Siempre es pretérita pues la felicidad futura no existe (dado que el futuro sólo es posibilidad) y la presente se desvanece al momento en que se nos ocurre pensar en dicha sensación, cuando debiéramos seguir concentrados en lo que nos la provocaba. La novela Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, de Rodrigo Muñoz Avia, es de risa, pero del tipo displicente ante una situación con la que poco cuesta sentirse identificados. Podría calificarse de ligera pues se lee con facilidad y no se pierde en cumbres de racionamientos obtusos ni cae en abismos de dogmática feliciana. ¿Por qué pesa tanto entonces la estela que deja al pasar bajo nuestra mirada? Porque muestra que buscando la felicidad lo más fácil es acabar perdiéndonos a nosotros mismos.
Rodrigo Montalvo Letellier vive con su mujer, sus hijos y su gato, que lo quieren con locura. Tiene un chalet adosado, un buen coche y un trabajo que le gusta. Entregado, como cualquiera de nosotros, a sus hobbies y al consumo de fin de semana, lleva una vida sin sobresaltos. Y, además, es un hombre feliz. O al menos, eso ha creído siempre.
Hasta que un buen día un psiquiatra le hace dudar y el mundo se le viene encima. Nuestro héroe quiere saber qué le pasa, y visita a esos extraños seres empeñados en ocuparse de su cabeza, los psiquiatras, los psicólogos y otros enfermos, que aportan soluciones desternillantes y, por supuesto, no dudan en saquear su cartera.
Con esta novela hilarante que atrapa al lector desde la primera página, Rodrigo Muñoz Avia esconde tras el humor un análisis perturbador del alma moderna, de la imposibilidad social de la felicidad. El autor hurga en el lado más débil de nuestra psicología, cada vez más enfermiza, insaciable e incapaz de olvidarse de sí misma. Porque ¿acaso es posible que nos sintamos infelices por el simple hecho de no sentirnos felices?

| No em prens ni et prenc. Traço el perfil d’un gest i tanta llum es pobla del teu cos que ja la llum ets tu i tots els colors s’esbalcen i es confonen. Afuats, esdevenim la punta d’un sol crit, d’un sol desig, d’un sol pressentiment. Vibra el silenci. Pluges i metalls mesclen els sons. L’espera és tensa. Tens l’arc del teu cos i alhora acollidor. Marta, et penetro tendrament, i creix en ones lentes, poderós, el goig fins a assolir la fonda plenitud, la balma clara sense tornaveus. Pura i obscena et mostres. Tens els pits suaus i erectes i te’ls beso. Tu somrius a penes, bleixes i m’aculls. Molt dolçament repeteixo el teu nom. |

En cierto pueblo había cuatro brahmanes que eran amigos. Tres habían alcanzado el confín de cuanto los hombres pueden saber, pero les faltaba cordura. El otro desdeñaba el saber; sólo tenía cordura. Un día se reunieron. ¿De qué sirven las prendas, dijeron, si no viajamos, si no logramos el favor de los reyes, si no ganamos dinero? Ante todo, viajaremos.
Pero cuando habían recorrido un trecho, dijo el mayor:
-Uno de nosotros, el cuarto, es un simple, que no tiene más que cordura. Sin el saber, con mera cordura, nadie obtiene el favor de los reyes. Por consiguiente, no compartiremos con él nuestras ganancias. Que se vuelva a su casa.
El segundo dijo:
-Mi inteligente amigo, careces de sabiduría. Vuelve a tu casa.
El tercero dijo:
-Ésta no es manera de proceder. Desde chicos hemos jugado juntos. Ven, mi noble amigo. Tú tendrás tu parte en nuestras ganancias.
Siguieron su camino y en un bosque hallaron los huesos de un león. Uno de ellos dijo:
-Buena ocasión para ejercitar nuestros conocimientos. Aquí hay un animal muerto; resucitémoslo.
El primero dijo:
-Sé componer el esqueleto.
El segundo dijo:
-Puedo suministrar la piel, la carne y la sangre.
El tercero dijo:
-Sé darle vida.
El primero compuso el esqueleto, el segundo suministró la piel, la carne y la sangre. El tercero se disponía a infundir la vida, cuando el hombre cuerdo observó:
-Es un león. Si lo resucitan, nos va a matar a todos.
-Eres muy simple -dijo el otro-. No seré yo el que frustre la labor de la sabiduría.
-En tal caso -respondió el hombre cuerdo- aguarda que me suba a este árbol.
Cuando lo hubo hecho, resucitaron al león; éste se levantó y mató a los tres. El hombre cuerdo esperó que se alejara el león, para bajar del árbol y volver a su casa.

En la moderna civilización de los medios de comunicación y la moda domina una mezcla atmosférica de cosmética, pornografía, consumismo, ilusión, adición y prostitución para la que son típicos el descubrimiento y la representación de los pechos. En el mundo comercial nada parece marchar sin ellos. Cada uno especula cínicamente con los reflejos de adición de los otros. En todo lo que puede parecer vida y despertar deseos, están presentes como ornamento universal del capitalismo. Todo lo que está muerto, todo lo superfluo y enajenado, llama la atención sobre sí mismo con formas rientes. ¿Sexismo? ¡Si todo fuera tan sencillo! Los anuncios y la pornografía son casos especiales del moderno cinismo, que sabe que el poder tiene que hacer el camino a través de las imágenes desiderativas y que los sueños y las adiciones de los demás se pueden estimular y al mismo tiempo frustrar para conseguir los propios intereses. La política no es sólo el arte de lo posible, como se ha dicho, sino el arte de la seducción. Éste es el lado chocolateado del poder que parte de que, en primer lugar, tiene que existir un orden y, en segundo lugar, de que el mundo quiere ser engañado.
Estos modernos pechos comerciales existen, hablando de una manera filosófica, sólo en sí, como objetos, no para sí como cuerpos conscientes. Sólo significan un poder, una atracción. Pero ¿qué serían los pechos por sí mismos, independientemente de su desnudamiento cínico en el mercado de consumo?, ¿cómo se comportan en relación al poder y la energía que emana de ellos? Muchos desearían no tener nada más que ver con este juego de poder, atracción y deseo. Otros materializan consciente y frívolamente su llamada al otro sexo. Todavía queda algo de su conciencia del poder en el banal lema «armas de mujer». Algunos son incluso infelices porque no se parecen a los pechos ideales de los anuncios. Desnudos no se sienten demasiado bien cuando no tienen de su parte la estética dominante. Sin embargo, algunos poseen la dulzura de las peras maduras, que tan pesada y amablemente han llegado a ser lo que son y que oportunamente caen del árbol en una mano, mano por la que se sienten reconocidos.

a Salvador Novo
| Ni tu silencio duro cristal de dura roca, ni el frío de la mano que me tiendes, ni tus palabras secas, sin tiempo ni color, ni mi nombre, ni siquiera mi nombre que dictas como cifra desnuda de sentido; ni la herida profunda, ni la sangre que mana de sus labios, palpitante, ni la distancia cada vez más fría sábana nieve de hospital de invierno tendida entre los dos como la duda; nada, nada podrá ser más amargo que el mar que llevo dentro, solo y ciego, el mar antiguo edipo que me recorre a tientas desde todos los siglos, cuando mi sangre aún no era mi sangre, cuando mi piel crecía en la piel de otro cuerpo, cuando alguien respiraba por mí que aún no nacía. El mar que sube mudo hasta mis labios, el mar que se satura con el mortal veneno que no mata pues prolonga la vida y duele más que el dolor. El mar que hace un trabajo lento y lento forjando en la caverna de mi pecho el puño airado de mi corazón. Mar sin viento ni cielo, sin olas, desolado, nocturno mar sin espuma en los labios, nocturno mar sin cólera, conforme con lamer las paredes que lo mantienen preso y esclavo que no rompe sus riberas y ciego que no busca la luz que le robaron y amante que no quiere sino su desamor. Mar que arrastra despojos silenciosos, olvidos olvidados y deseos, sílabas de recuerdos y rencores, ahogados sueños de recién nacidos, perfiles y perfumes mutilados, fibras de luz y náufragos cabellos. Nocturno mar amargo que circula en estrechos corredores de corales y arterias y raíces y venas y medusas capilares. Mar que teje en la sombra su tejido flotante, con azules agujas ensartadas con hilos nervios y tensos cordones. Nocturno mar amargo que humedece mi lengua con su lenta saliva, que hacer crecer mis uñas con la fuerza de su marea oscura. Mi oreja sigue su rumor secreto, oigo crecer sus rocas y sus plantas que alargan más y más sus labios dedos. Lo llevo en mí como un remordimiento, pecado ajeno y sueño misterioso, y lo arrullo y lo duermo y lo escondo y lo cuido y le guardo el secreto. |

Em van dir que no podia tenir dos fills, els agents repetien una i altra vegada que no era admissible, que eren una amenaça i, depèn de com, un insult. Si no cedia me’ls arrencarien tots dos, me’ls arrencarien dels pits si feia falta. A la policia tampoc no hi podia recórrer perquè llavors, em deien, segur que me’ls segrestaven. La pròpia policia els facturaria allà mateix. Em sentia desorientada, perduda. Decidit ja que la meva lleugeresa s’havia de corregir i que les meves súpliques no els estovarien, havia de triar entre els meus dos fills, en Klaus i en Peter: quin conservava dels dos? A quin li allargava la vida? Havia de pensar-m’ho bé, no fos cas que anés a triar el més malaltís o el més idiota. Tanta inversió s’havia de recuperar. Encara eren massa petits per fer prediccions sobre les seves capacitats. En Klaus era bo, menjava bé i no plorava gaire, m’havia deixat dormir molt. Reia sempre. De vegades, quan reia, treia la llengua i era molt divertit. Les galtes les tenia llustroses, feia venir ganes de pessigar-les-hi. En canvi en Peter m’havia donat la tabarra cada nit. Si sortíem amb el cotxet no em podia quedar aturada parlant amb ningú, perquè immediatament es posava a plorar. L’havia de gronxar i dir-li coses boniques, al malparit. A més, m’agafava cada febrada que déu-n’hi-do i no hi havia manera de fer-li empassar les culleradetes del puré de verdura. La veritat és que m’emprenyava molt. Intentava clavar-li la puta cullerada de puré i anava pensant que el nen no tenia cap virtut, cap virtut i que segurament l’entregaria a ell i salvaria en Klaus, que era tan bo i que enamorava tothom. Però un altre cop em va venir el dubte. En Klaus era massa bo, de vegades aquella carona tendra i bavejant em semblava una cara mig de subnormal. A l’edat que en Peter ja gairebé parlava i distingia algunes lletres i els colors -assenyalava el color vermell i deia «VEMELL!», estava moníssim- en Klaus no arribava a dir ni «mama» -em va cabrejar molt, molt, tot s’ha de dir, que el primer que en Klaus digués fos «iaia» per referir-se a la bruixa de la meva sogra que, per sort, van eutanasiar quan es va posar ja molt pesadeta. En Peter, que semblava més malaltís, era més intel·ligent i més eixerit que en Klaus. Els agents no paraven de repetir-me que triés el més «viable» i, amb els temps que vénen, els més «viables» seran els més intel·ligents, els més astuts, els més fills de puta. No crec que importin els problemes de salut de quan en Peter era més petit. Al contrari, superar aquests virus i aquestes grips enrobusteix els nens, els fa més aptes. Quan menys m’ho esperi a en Klaus, que no s’ha queixat mai i no li ha sortit mai ni un granet, li vindrà un vulgar refredat i se me l’emportarà... i si ja he donat en Peter, ja em diràs quina gràcia. Però al final, què? Amb quin em quedo, amb en Peter?, amb en Klaus? Els agents em donaven pressa, m’havia de decidir ja. Allò no podia continuar. O l’un o l’altre. Quin maldecap! No podia pensar bé, no podia calcular ni els costos ni els beneficis de cada cosa. Estava tan atabalada, tan confusa, amb tantes ganes d’acabar d’una vegada, que al final vaig dir: «Mireu, sabeu què?, aquí us els deixo tots dos i ja us espavilareu, a mi no em toqueu més la figa.»
Em va fer pena, sí, sobretot quan els van fer passar corredor enllà fins a unes escales que pujaven i, mentre en Klaus jugava reconcentrat amb un aneguet que si li premies la panxa de pelfa feia «quaak, quaaak» en Peter, que ja tenia uns cinc anys i mig, es va girar i, des de les escales, em va mirar fixament durant un breu instant, com si no entengués res. Després els van empènyer cap a la sala contigua, pobrets, i una porta es va tancar i em va separar d’ells per sempre. La mirada d’en Peter no me la podré treure mai del damunt. Em va cridar amb la mirada. Un crit agut i nítid que interromp tots els meus somnis. Per reconfortar-me diuen que pensi en mi, que vaig fer bé i que els fills són un pes innecessari. Hi ha moments en els quals penso que em vaig equivocar, que vaig deixar perdre coses importants. Els havia gestat, els havia criat, una part de la feina -la més dura- ja estava encarrilada, i va i jo, quan els havia de veure créixer, quan havia de gaudir de la seva plenitud i de la seva felicitat, els lliuro a una mort sense escrúp

Hoy, la mayoría de las personas creen formar parte de una especie capaz de ser dueña de su destino. Es una cuestión de fe, no de ciencia. Nunca hablamos del día en el que las ballenas o los gorilas se convertirán en amos y señores de sus destinos. ¿Por qué, entonces, los seres humanos?
No necesitamos a Darwin para darnos cuenta de la relación que nos une al resto de animales. Es una conclusión a la que llegamos a poco que observemos nuestras vidas. De todos modos, y dado que la ciencia ostenta actualmente una autoridad con la que la experiencia común no se puede comparar, recordemos que Darwin nos enseña que las especies no son más que conglomerados de genes que interactúan aleatoriamente unos con otros y con sus entornos cambiantes. Las especies no pueden controlar sus destinos. Las especies no existen. Y los seres humanos no son una excepción en ese sentido. Pero siempre se les olvida cuando hablan del «progreso de la humanidad». Han puesto su fe en una abstracción que nadie se tomaría en serio de no ser porque es herencia de antiguas esperanzas cristianas.
Si el descubrimiento de Darwin se hubiera realizado en una cultura taoísta, sintoísta, hindú o animista, se habría convertido, con casi toda probabilidad, en una hebra más del tejido mitológico de cada una de ellas. En todos esos credos, los seres humanos y el resto de animales están emparentados. Sin embargo, el hecho de que surgiera entre cristianos que sitúan a los seres humanos más allá de todas las demás cosas vivientes desencadenó una agria controversia que aún colea en nuestros días. En la época victoriana, el conflicto enfrentaba a cristianos contra no creyentes. Hoy, contrapone a los humanistas con una minoría que entiende que los seres humanos no pueden ser más dueños de su destino que cualquier otro animal.
La palabra humanismo puede tener muchos significados, pero para nosotros significa creencia en el progreso. Creer en el progreso es creer que si usamos los nuevos poderes que nos ha dado el creciente conocimiento científico los seres humanos nos podremos liberar de los límites que circunscriben las vidas de otros animales. Ésa es la esperanza de prácticamente todo el mundo en la actualidad; sin embargo, carece de fundamento. Y es que, si bien es muy probable que el saber humano continúe creciendo (y con él, el poder humano), el animal humano seguirá siendo el mismo: una especie con una gran inventiva que es también una de las más depredadoras y destructivas.
Darwin mostró que los seres humanos son como cualquier otro animal; los humanistas afirman que no. Los humanistas insisten en que si usamos nuestros conocimientos, podemos controlar nuestro entorno y prosperar como nunca antes. Mediante tal aseveración, renuevan una de las promesas más dudosas del cristianismo: la de que la salvación está abierta a todos. La creencia humanista en el progreso no es más que una versión secular de ese artículo de fe cristiano.
En el mundo que nos mostró Darwin, no hay nada a lo que podamos llamar progreso. Sin embargo, para cualquier persona en las esperanzas humanistas eso resulta intolerable. Como consecuencia, las enseñanzas de Darwin han sido subvertidas y ha vuelto a cobrar vida el error esencial del cristianismo: considerar a los seres humanos diferentes al resto de animales.

| Part 1 Daddy’s flown across the ocean Leaving just a memory A snap shot in the family album Daddy what else did you leave for me Daddy what d’ya leave behind for me All in all it was just a brick in the wall All in all it was all just bricks in the wall Part 2 We don’t need no education We don’t need no thought control No dark sarcasm in the classroom Teachers leave the kids alone Hay teacher leave us kids alone All in all it’s just another brick in the wall All in all you’re just another brick in the wall Part 3 I don’t need no arms around me I don’t need no drugs to calm me I have seen the writing on the wall Don’t think I need anything at all No don’t think I’ll need anything at all All in all it was all just bricks in the wall All in all you were all just bricks in the wall |

El capitalismo clásico explotaba a los asalariados; el neocapitalismo explota a los consumidores. Es necesario que las mayorías acumulen cosas para que las minorías acumulen capital. Ingenioso.

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana, ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.

| Voy a contar un cuento. A la una, a las dos y a las tres: Había una vez. ¿Cómo sigue después? Ya sé, ya sé. Había una casita, una casita que. Me olvidé. Una casita blanca, eso es, donde vivía uno que creo era el Marqués. El Marqués era malo, le pegó con un palo a... No, el Marqués no fue. Me equivoqué. No importa. Sigo. Un día llegó la policía. No, porque no había. Llegó nada más que él, montado en un corcel que andaba muy ligero. Y había un jardinero que era bueno pero. Después pasaba algo que no recuerdo bien. Quizás pasaba el tren. Pero lejos de allí, la Reina en el Palacio jugaba al ta te ti, y dijo varias cosas que no las entendí. Y entonces... Me perdí. Ah, vino la Princesa vestida de organdí. Sí. Vino la Princesa. Seguro que era así. La Reina preguntole, no sé qué preguntó, y la Princesa, triste, le contestó que no. Porque la Princesita quería que el Marqués se casara con ella de una buena vez. No, no, así no era, era al revés. La cuestión es que un día, la Reina que venía dio un paso para atrás. No me acuerdo más. Ah, sí, la Reina dijo: -Hijita, ven acá. Y entonces no sé quién. Mejor que acabe ya. Creo que a mí también me llama mi mamá. |
Durante las vacaciones de verano solía enterrar un tesoro en algún lugar del pueblo de mis padres, antes de regresar a la ciudad. Una pila gastada, alguna piedra rara, un coche de juguete, una chapa, cromos, etc., dentro de cualquier cajita. Me hacía un mapa pirata marcado con pasos y, cada nuevo año, lo primero que hacía es ir a desenterrarlo. Casi nunca coincidían mis pasos con el lugar donde lo había enterrado el año anterior, y tenía que hacer multitud de agujeros alrededor hasta encontrarlo. Años después me di cuenta del motivo de su desplazamiento: Era yo, cada año hacía los pasos más largos, crecía, alejándome de la infancia.

Como cada día de este húmedo noviembre, después de llevar a mi hijo al colegio me voy a una tranquila cafetería del centro, y al rato de estar trabajando allí oigo cómo un cliente comenta con el patrón el suicidio del hijo de unos conocidos. “Parece que se mató por amor”, dice el cliente. “Le dejó la chica con que salía y ha acabado tirándose al mar desde un acantilado, justo donde la había conocido. El periódico dice que fue un accidente, pero no es cierto”. “Los periódicos mienten siempre”, dice el patrón. “No sé”, dice el cliente. “A sus padres no les hubiese gustado que se publicase la verdad”. “Claro”, dice el patrón. “Ya todo el mundo acepta la eutanasia, pero suicidarse es un pecado y una vergüenza, aunque sea más libre y más noble que la eutanasia. Tome el caso de ese chico: mejor largarse al otro mundo en el apogeo de una pasión que dejarse pudrir miserablemente por la vida, ¿no le parece?”. El cliente se encoge de hombros. “Noviembre es un mes muy malo”, dice.
El patrón es un filósofo, pero el cliente tiene razón. Trato de volver a escribir, pero no puedo, porque acabo de recordarme de un poema titulado Carta de noviembre, un poema que Sylvia Plath escribió el 11 de noviembre de 1962, hace ahora 41 años, un poema hermosísimo donde se lee: “Nadie sino yo / huella esta humedad que llega a la cintura”. Cuando escribió esas palabras, Plath acababa de separarse de su marido, el poeta Ted Hughes; en Londres hacía un frío de pesadilla y las cañerías de su casa se habían helado; no tenía dinero; tenía dos niños. En los días que siguieron la humedad no dejó de subir, y una mañana Plath se levantó muy pronto, llevó al cuarto de los niños la bandeja del desayuno –pan con mantequilla y dos jarritas de leche-, se encerró en la cocina, metió la cabeza en el horno y abrió la llave del gas. Unos albañiles la encontraron tendida en la cocina, muerta. Pocos días antes, el poeta Al Alvarez había ido a visitarla; como de costumbre, bebieron vino y conversaron; como de costumbre, Sylvia le leyó algunos poemas: todos hablaban de la muerte. Alvarez, que había intentado suicidarse el año anterior, se asustó: sabía que debía ayudar a su amiga, pero no sabía cómo; para aliviar la tensión, habló de literatura; luego, antes de lo convenido, se marchó, sabiendo que la dejaba en la estacada. Nunca volvió a verla viva. Y algunos años después, como si quisiera purgar su culpa o ahuyentar el fantasma de su propio suicidio, Alvarez publicó un ensayo magistral sobre el suicidio: El dios salvaje. El libro no puede ser más serio, porque no hay problema más serio que el suicidio –decidir si la vida merece o no ser vivida-, pero yo no pude evitar reírme a ratos leyéndolo, quizá porque sólo nos reímos de verdad cuando nos reímos de lo más serio: me reí cuando leí acerca de los donatistas, una secta católica que floreció en el siglo IV, cuyos acólitos estaban tan ávidos de morir que pagaban a la gente para que los matara; me reí de ese caballero dieciochesco que se ahorcó por puro aburrimiento, para evitarse el constante trastorno de quitarse y ponerse la ropa; me reí de los centenares de jóvenes románticos que, después de leer el Werther de Goethe, se quitaban la vida a imitación del protagonista de la novela. Me reí, me reí muchísimo, me reí para no llorar.
En la cafetería el tiempo no pasa. Miro a la calle: el día es frío y gris; la humedad no deja de subir. “Tonterías”, le oigo decir al patrón, que también está mirando a la calle. “La gente no se mata cuando fuera haga mal tiempo. Al contrario: se mata cuando fuera hace buen tiempo y dentro lo hace malo”. La observación me parece exactísima y, para celebrarla, me pongo a leer el último libro de Vila-Matas: París no se acaba nunca. Cuando era joven, Vila-Matas escribió Suicidios ejemplares, pero ahora que ya no lo es escribe un libro en el que –aunque hable mucho de Hemingway, otro suicida- se ríe de cuando era joven y quería ser escritor y creía que para ser escritor había que estar desesperado y ser un suicida, y como se rí

| Que el verso sea como una llave Que abra mil puertas. Una hoja cae; algo pasa volando; Cuanto miren los ojos creado sea, Y el alma del oyente quede temblando. Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra; El adjetivo, cuando no da vida, mata. Estamos en el cielo de los nervios. El músculo cuelga, Como recuerdo, en los museos; Mas no por eso tenemos menos fuerza: El vigor verdadero Reside en la cabeza. Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas! Hacedla florecer en el poema; Sólo para nosotros Viven todas las cosas bajo el Sol El poeta es un pequeño Dios. |

-¿Qué es él?
-Un hombre, por supuesto.
-Sí, pero ¿qué hace?
-Vive y es un hombre.
-¡Oh, por supuesto! Pero debe trabajar. Tiene que tener una ocupación de alguna especie.
-¿Por qué?
-Porque obviamente no pertenece a las clases acomodadas.
-No lo sé. Pero tiene mucho tiempo. Y hace unas sillas muy bonitas.
-¡Ahí está entonces! Es ebanista.
-¡No, no!
-En todo caso, carpintero y ensamblador.
-No, en absoluto.
-Pero si tú lo dijiste.
-¿Qué dije yo?
-Que hacía sillas y que era carpintero y ebanista.
-Yo dije que hacía sillas pero no dije que fuera carpintero.
-Muy bien, entonces es un aficionado.
-¡Quizá! ¿Dirías tú que un tordo es un flautista profesional o un aficionado?
-Yo diría que es un pájaro simplemente.
-Y yo digo que es sólo un hombre.
-¡Está bien! Siempre te ha gustado hacer juegos de palabras.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.