Durante las vacaciones de verano solía enterrar un tesoro en algún lugar del pueblo de mis padres, antes de regresar a la ciudad. Una pila gastada, alguna piedra rara, un coche de juguete, una chapa, cromos, etc., dentro de cualquier cajita. Me hacía un mapa pirata marcado con pasos y, cada nuevo año, lo primero que hacía es ir a desenterrarlo. Casi nunca coincidían mis pasos con el lugar donde lo había enterrado el año anterior, y tenía que hacer multitud de agujeros alrededor hasta encontrarlo. Años después me di cuenta del motivo de su desplazamiento: Era yo, cada año hacía los pasos más largos, crecía, alejándome de la infancia.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.