
Las respuestas más difíciles son las evidencias, y la mirada más ciega la que dirigimos conscientemente.
Asirme a un precipicio de locura para divisar un final al que poder llegar sin esfuerzo, sin matar la ansiedad, que es fruto de la felicidad, de esos sueños inalcanzables que tenemos al alcance de nuestra mano pero que rechazamos para tener algo que añorar y lamentar. Seguir las estrellas que nos conducen a ningún lugar, donde la ausencia se hace certera y sólo es asesinada por recuerdos que hieren los ojos, haciendo de un rostro un cauce a la melancolía, un cauce por el que discurrir toda sonrisa, ahogándola en su amargura, y resurgiendo de su asesinato la esperanza de volver a sentir lo que jamás nos perteneció, y lo que deseamos conservar en nuestra alma sin que pierda su pureza y brillo. El deseo de haber tenido en alguna ocasión un corazón, aunque fuese el nuestro, de sentir un beso, aunque fuese venenoso, de refrenar un momento para que su llama perdure en nuestra impaciencia por realizarlo y que, cuando se escurra entre el olvido y la imposibilidad, sea una duda certera que carcoma el pensamiento y haga de nuestra inocencia la lenta agonía que distancia nuestra realidad de los sueños.
Sentir, al fin y al cabo, un ápice de vida en nuestras venas con el dolor, y lamentar su ausencia con la felicidad que obtenemos cuando lo perdido es querido, pero no añorado. Porque con el sufrimiento logramos encauzar los segundos en una cadena de sucesos tan previsibles que el gris es un color brillante para quien no desea arriesgarse a caminar por ese precipicio de locura sabiendo que, al final, sólo hay la consecución de todo lo que nos pertenece.
Ser nuestro propio verdugo es nuestra opción, incluso ser víctima es deseado, pero jamás acusemos a la vida de negarnos nuestro regalo, pues lo que se otorga siempre está escondido tras temores e incertidumbres, y el único precio que debemos pagar es el valor que debemos aportar, una simple sonrisa ante toda adversidad que vencerá siempre que lo deseemos.
Miénteme, vida, y dime que jamás fui nadie; entonces, en esa ignorancia seré feliz.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.