El río salió de su cauce y se dirigió a la ladera derecha del valle que lo encajonaba. Una vez allí dejó a la montaña reflejarse en sus aguas, pues ésa es la forma en que los ríos ven lo que les rodea. Y comenzó a subir con mucho esfuerzo, dada la ley de la gravedad que lo esclavizaba desde que la descubriera Newton (ley perenne donde las haya pues han pasado trescientos años y todavía es vigente). El ascenso era lento pues, además de las dificultades propias de la pendiente, el río esquivaba las guaridas de las alimañas, que bastante tienen con su nombre como para, encima, perecer ahogadas. Los árboles, sorprendidos, tendían y mecían sus ramas para ayudarlo, porque no es necesario conocer la causa de la necesidad para echar una mano al necesitado. Cuando la cima ya estaba próxima y la vegetación había dado paso a las rocas agrestes, el río se detuvo a saludar al viento que pasaba, pues si uno es río de tierra el otro lo es de cielo. Entonces dio media vuelta y regresó por la ladera hasta su cauce del valle. No necesitaba alcanzar la cima para demostrar nada, pues era libre de elegir sus propias ataduras....y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.