Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2007.

| Oh Tallarines que están en los cielos gourmets Santificada sea tu harina Venga a nosotros tus nutrientes Hágase su voluntad en la Tierra como en los platos Danos hoy nuestras albóndigas de cada día y perdona nuestras gulas así como nosotros perdonamos a los que no te comen. No nos dejes caer en la tentación (de no alimentarnos de vos) y líbranos del hambre... RAmén. |
Un dolor de muelas es siempre el mismo y sigue ahí, aun cuando no hables de él. Pero otra clase de dolores se configuran y acrecientan precisamente al nombrarlos. Por ejemplo, las penas de amor. Hay cosas que sin contarlas tal vez no cobrarían existencia. Y a lo mejor ni falta que hacía.
| ¿Y de qué sirve la guerra? ¡Si al fin he peleado y no sé decirte de veras si soy valiente, porque no me fijé! ¿Pero leíste mi nombre en los periódicos? Dicen que me van a dar una medalla. Te la voy a mandar por si te gusta contar que eres mi novia. Entonces tal vez tenga la guerra algún sentido. Porque todo es vano si no engendra cariño, y hay tanto odio, tanto, que debe ser pecado sin duda ser soldado. Me dan vergüenza las palabras hermosas que me escribes, y tu valentía de hembra que me esconde tus lágrimas. No puedes escondérmelas, que siempre que tú lloras lo siento yo en el alma. Quiero, por si me muero, confesarte que casi todas las noches lloro, pero que sin embargo me estoy poniendo gordo, y ya nada me importa quiénes ganen o pierdan, pues, no sé cómo, ahora lo único que creo es que la guerra es mala. Tus palabras hermosas me avergüenzan por eso. |
Me he casado con un descuartizador de aguacates. Ya comprenderán que mi matrimonio es un fracaso. Cuando conocí a mi marido yo tenía diecinueve años. Por entonces estaba convencida de que el día más hermoso en la vida de una muchacha era el día de su boda, y cada vez que veía una novia me ponía a moquear de emoción como una tonta. Ahora tengo cuarenta y tres años y no me divorcio porque me da miedo vivir sola.
| Na paisagem litúrgica as coisas estão vestidas de malva de lilazes de violetas de heliotrópios como os longos, longos corpos dos santos na quaresma. Há olheiras doloridas de glicínias em tôrno das janelas que olham as coisas quietas, as coisas velhas da vida. Roda no ar parado um cheiro quente abafado moreno pesado de baunilhas. E as distâncias imensas têm uma côr de adeus - de saudades - de ausências. |
Suena el despertador y de un manotazo lo tiro al suelo. Al ver el suelo sembrado de cientos de piezas minúsculas me asombro de los avances de la técnica que, particularmente, tanto dinero me habían costado. En cualquier caso se trataba de un despertador y su función la había cumplido; en el manual no especificaba que fuese capaz de resistir un impacto contra el suelo producido por el manotazo de un somnoliento humano especialmente patoso. Para colmo, al poner uno de los dos pies izquierdos en el suelo siento una punzada: la aguja de las horas se me ha clavado en el talón. Miro sorprendido las primeras gotas de sangre asomar, especialmente teniendo en cuenta que el despertador era digital.
el disc 1 de pomada es una rareza que sólo se podía comprar por correo, en los conciertos o gracias a un golpe de suerte. Pero dado que fue autoeditado sin el apoyo de una discográfica y que el grupo ya ha desaparecido, quizá haya otros imposibles más probables, como erradicar las guerras. Por lo tanto, aparte del propio valor, indudable, hay que añadir el del “artista muerto”.
El hombre no quiere únicamente la obediencia de la mujer, quiere sus sentimientos. Todos los hombres, salvo los más brutales, desean tener en la mujer más íntimamente relacionada con ellos, no una esclava forzada, sino voluntaria; no simplemente una esclava, sino una favorita. Por eso han hecho todo lo posible por esclavizar su espíritu. Los amos de los demás esclavos cuentan, para mantener la obediencia, con el temor: el que ellos mismos inspiran o el que inspira la religión. Los amos de las mujeres quisieron más que una simple obediencia, y encaminaron toda la fuerza de la educación para conseguir su propósito. Así, todas las mujeres son educadas desde su niñez en la creencia de que el ideal de su carácter es absolutamente opuesto al del hombre: se les enseña a no tener iniciativa y a no conducirse según su voluntad consciente, sino a someterse y a consentir en la voluntad de los demás.
| Cuando los hombres alzan los hombros y pasan o cuando dejan caer sus nombres hasta que la sombra se asombra cuando un polvo más fino aún que el humo se adhiere a los cristales de la voz y a la piel de los rostros y las cosas cuando los ojos cierran sus ventanas al rayo del sol pródigo y prefieren la ceguera al perdón y el silencio al sollozo cuando la vida o lo que así llamamos inútilmente y que no llega sino con un nombre innombrable se desnuda para saltar al lecho y ahogarse en el alcohol o quemarse en la nieve cuando la vi cuando la vid cuando la vida quiere entregarse cobardemente y a oscuras sin decirnos siquiera el precio de su nombre cuando en la soledad de un cielo muerto brillan unas estrellas olvidadas y es tan grande el silencio del silencio que de pronto quisiéramos que hablara o cuando de una boca que no existe sale un grito inaudito que nos echa a la cara su luz viva y se apaga y nos deja una ciega sordera o cuando todo ha muerto tan dura y lentamente que da miedo alzar la voz y preguntar “quién vive” dudo si responder a la muda pregunta como un grito por temor de saber que ya no existo porque acaso la voz tampoco vive sino como un recuerdo en la garganta y no es la noche sino la ceguera lo que llena de sombra nuestros ojos y porque acaso el grito es la presencia de una palabra antigua opaca y muda que de pronto grita porque vida silencio piel y boca y soledad recuerdo cielo y humo nada son sino sombras de palabras que nos salen al paso de la noche |
...quizá fuera simpático, en el fondo le pasaría lo mismo que a mí, me lo preguntó amable tras rebasar el disco apoyado en el suelo, rompiendo la línea continua, a cien metros del control policial, deténgase, era un chequeo de rutina, me decidió al preguntarme el número de la matrícula, un registro tan de rutina que no encontraron la pipa y la llevaba en la guantera, de memoria el número del documento nacional de identidad, el número de teléfono, el número de la biblia, no me preguntaron un nombre, mi nombre, sino un número, ¿se da cuenta?, ésa es la clave, ya tengo veinte años y eso es lo que soy, un número, el vértice visible del espanto, no es política, que si lo es, no es política sólo, es vida, la abrí como si fuera a coger un papel más, habíamos echado a porras y me había tocado la paja más corta, no estaba decidido, si no hubiera sido por lo de los números hubiera traicionado el objetivo del comando, al aferrar la culata me sentí fáusticamente convencido de que sí lo haría, es la atmósfera, al hacerse irrespirable, la que precipita la violencia, la praxis, es un principio físico de acción y reacción, ya lo dijo Engels o Lavoisier, me da igual, estoy hasta aquí de justificarme con mesiánicas citas dialécticas, es igual, de derecha a izquierda lo que se forma, de fascismo a comunismo, es un inmenso aparato burocrático que no nos interesa a los de nuestra clase, porque si es una auténtica lucha de clases, y la nuestra revolucionaria, a la que nos pertenece el futuro, no es la del proletariado, que si puede serlo, es la de la juventud, ésa es nuestra auténtica clase, la juventud, me siento más unido a un adolescente guaraní que a un treintañero de mi pueblo, ¿lo entiende, matusa?, no imposible, la gente, el socialismo, sí me interesa, la masa no, la masa es un montón de números, el trabajo en equipo es otra cosa, asociación de individuos con nombre propio, santo del día, pero eso es precisamente lo que no le interesa a la política, la política es una infraestructura sistemática de cosificación, el marketing alienante, la burocracia ordenadora, el computador pariendo números binarios o como se llamen, a tantos bits por segundo qué maravilla; todos clasificados, empaquetados y listos para el consumo, para engorde de cerdos, no existe la mujer objeto, no, yo nunca pude quitarle el sujetador, era una estrecha, existe la humanidad objeto, lo dijo Marx, todo lo que puede hacernos sentir vivos está prohibido, es pecado o engorda, Groucho, of course, es una profunda desesperación fría y sin nombre, con su peso en la mano es otra cosa, asienta la personalidad, uno se convierte en alguien, ¿nunca ha empuñado una pistola?, no en la mili, ni las de juguete, ni las de tiro al blanco, una de verdad, cargada, el seguro levantado y el índice, ¿cómo diría para que lo entienda?, en unión sicosomática con el gatillo, algo así, listo para decirle a un hombre, tú, a ti te ha tocado, a un número cualquiera, les llaman así en la guardia civil, la mía es una angulosa Parabellum Brigadier de nueve milímetros, más cómoda que la del nueve largo, inencasquillable, doscientos dólares en origen, buena pipa para la paz y no la guerra, es una prolongación de la mano, cacha contra palma, sus efluvios energéticos te inundan, te elevan a la seguridad de un ego definitivo, eres alguien con una personalidad propia, alguien a quien todos respetan, temen, obedecen, manos arriba y los banqueros, los ejecutivos, los militares, te obedecen, hasta las chavalas por más estrechas que sean, te conviertes en el centro de sus vidas, dejas de ser un número para ser lo más importante, la esencia del meollo de sus vidas, en un minuto te prestan más atención que en todas las reencarnaciones que hubieras podido acumular ante sus narices, no tendría los treinta pero estaba a miles de años luz de mí, le miré a los ojos, no es nada personal, es a un número cualquiera y te ha tocado, lo siento, nada nos unía, para él cumplir los treinta no sería algo obsceno, degradante, la incorporación al sistema, porque ya formaba parte de él, era su celoso perro guardián, era el sistema en persona, más intimo que el crac de las astillas cuando saltaba la silueta de madera, que el clinc de las botellas, incluso que el sordo flasp de la calabaza, blanco y diana en el centro, tirador de primera, e... _____leer+_____
Baudelaire, una vez, vio a un mendigo arrodillado, estirando la mano, humillado. En vez de darle dinero, Baudelaire le arreó una patada. Y otra. Y otra. Hasta que el mendigo se alzó y le plantó cara. «¡Ahora somos dos iguales! -clamó entonces Baudelaire-. ¡Ahora sí puedo compartir contigo mi dinero!»
| Antes de tirarme a la piscina vi a toda la gente, cada uno en su carril, que no se habla. Y pensé yo que qué triste. Al volver después en autobús vi a toda la gente, cada uno en su asiento, que no se habla. Y pensé yo que qué triste. Entonces sonó mi teléfono y vi que eras tú... no descolgué, no sabía qué decirte, ¡qué triste! |
Estaba sentado en mi oficina limpiando el cañón de mi 38 y preguntándome cuál sería mi próximo caso. Me gusta ser detective privado. Cierto, tiene sus inconvenientes, me han dejado más de una vez las encías hechas papilla, pero el dulce aroma de los billetes de banco tiene también sus ventajas. Nada que ver con las mujeres, que son una preocupación menor para mí y que coloco, en mi escala de valores, justo antes del acto de respirar. Por eso, cuando se abrió la puerta de mi oficina y entró una rubia de pelo largo llamada Heather Butkiss y me dijo que era modelo y que necesitaba mi ayuda, mis glándulas salivares se pusieron a segregar desaforadamente. Llevaba una minifalda y un jersey ajustado, y su cuerpo describió una serie de parábolas que habrían podido provocar un ataque cardíaco a un buey.
El hombre es un ser eminentemente nostálgico. Ama lo que ya ha concluido y teme lo que está por suceder. Idolatra mitos antiguos, rara vez encuentra en el presente más inmediato algo evocador y, aunque necesite constantemente ejemplos que seguir, siempre hallará dificultades para descubrir modelos contemporáneos. No se trata además de una conducta exclusiva de nuestra época. En el primer capítulo de Una habitación propia (1929) Virginia Wolf ya comentaba: «Con una especie de celos por nuestros tiempos, supongo, por tontas y absurdas que sean estas comparaciones, me puse a pensar si, honradamente, se podía nombrar a dos poetas vivientes tan grandes como Tennyson y Cristina Rossetti lo habían sido en su tiempo».
Maestro no es quien enseña, sino de quien se aprende. Poco importa entonces que la lección la recibamos de un vivo o un muerto, salvo que la admiración de darse en el primer caso se resuelve en el momento mientras que, en el segundo, hace falta un libro como el de Mauricio Wiesenthal. En su magistral Libro de réquiems están las lecciones menos magistrales que se puedan concebir, es decir, las más íntimas y humanas de sus maestros: sus propias vidas, de las que tanto hay que aprender. Escrito con exquisita elegancia debiera leerse con chaqué, guantes y sombrero, pues sería la única forma de hacerlo adecuadamente. Sus palabras refinadas expresan sentimientos de profunda y sincera gratitud. Quién lo lea no podrá evitar pensar que, llegado el momento, al libro le faltará un capítulo: el que el lector agradecido, nosotros, le dedicaría al autor.
| Así, verte de lejos, definitivamente. Tú vas con otro hombre, y yo con otra mujer. Así, como el agua que brota de una fuente, aquellos bellos días ya no pueden volver. Así, verte de lejos y pasar sonriente, como quien ya no siente lo que sentía ayer, y lograr que mi rostro se quede indiferente y que el gesto de hastío parezca de placer. Así, verte de lejos, y no decirte nada ni con una sonrisa, ni con una mirada, y que nunca sospeches cuánto te quiero así. Porque aunque nadie sabe lo que a nadie le digo, la noche entera es corta para soñar contigo y todo el día es poco para pensar en ti. |
Quiso Dios que el hombre y el animal tuviesen el mismo tiempo, treinta años. Pero los animales notaron que era para ellos demasiado tiempo, mientras al hombre le parecía muy poco. Entonces vinieron a un acuerdo y el asno, el perro y el mono entregan una porción de los suyos, que son acumulados al hombre. De este modo consigue la criatura humana vivir setenta años. Los treinta primeros los pasa bien, goza de salud, se divierte y trabaja con alegría, contento con su destino. Pero luego vienen los dieciocho años del asno y tiene que soportar carga tras carga: ha de llevar el grano que otro se come y aguantar puntapiés y garrotazos por sus buenos servicios. Luego vienen los doce años de una vida de perro: el hombre se mete en un rincón, gruñe y enseña los dientes, pero tiene ya pocos dientes para morder. Y cuando este tiempo pasa vienen los diez años de mono, que son los últimos: el hombre se chifla y hace extravagancias, se ocupa en manías ridículas, se queda calvo y sirve sólo de risa a los chicos.
En la amistad, la distancia entre lo ideal y lo real debe ser corta, no podemos proclamar una cosa y hacer otra. Los pactos han de ser respetados, la confianza recompensada.
Un mendigo provoca aversión cuando lo contemplamos desde nuestra satisfacción económica. Apretamos el paso y procuramos mirar a otro lado: “otro borracho”, “otro vago”, pensamos. Lo consideramos un excluido de la sociedad... Craso error, somos nosotros los excluidos de la verdadera realidad. Vivimos en nuestro mundo feliz, mantenido con dinero, confiando ciegamente en un mecanismo implacablemente inhumano que puede lanzarnos fuera en cualquier momento. Despojados de la esclavitud del dinero sólo queda el hombre y, lamentablemente, somos tan poca cosa que, sentados en el suelo de una calle concurrida, los otros apretarán el paso y mirarán a otro lado.
| El palo de los paraguas sopla sus globos de seda para que el cielo los insulte. Pero los paraguas son cínicos y se alejan bajo la lluvia en una panorámica desbandada de cupulitas negras. Y cuando los días claros vengan dándole vuelcos a los cielos infantiles los paraguas se quedarán en casa y mirarán por la ventana pasar las nubes y acaso se pregunten quién los ha desterrado de su patria azul. |
Había una vez un hombre triste que fue a ver al médico para que le curase de su melancolía. El médico lo reconoció a fondo y le dijo:
Las ideas se desgastan. Usamos y abusamos de ellas, distorsionando o trivializando su significado, de forma que sus aristas se erosionan y que aquello que al principio fue provocador y revolucionario o peligroso -toda idea valiosa contiene alguno de esos ingredientes, o todos a la vez- acaba reducido a la condición de mera banalidad, cuando no a la de puro espantajo o, aún peor, de arma arrojadiza.
En sus vagabundeos, Lucus el Pensador se topó un día con un objeto desconocido: una mujer. Jamás había visto tal cosa, y al principio le causó una viva conmoción el verse muy parecido a ella; pero luego, levemente atemorizado también ante la nueva presencia, pregonó a todos los demás hombres del contorno: “¡Mirad! ¡Yo puedo contemplar su cara, cosa que ella no puede hacer; luego, las mujeres no pueden ser como yo!” Y así demostró él la superioridad de los hombres con respecto a las mujeres, para su tranquilidad y la de sus compañeros masculinos. Marginalmente, la misma argumentación prueba también la superioridad de Lucus con respecto a todos los demás hombres, pero él no hizo hincapié en ello. La mujer, en respuesta, adujo: “Sí, usted puede ver mi cara, cosa que yo no puedo hacer, pero yo puedo ver su cara, ¡cosa que usted no puede hacer! Estamos parejos”. No obstante, Lucus salió con una objeción inesperada: “Perdone, pero se engaña si piensa que puede ver mi cara. Lo que hacen ustedes las mujeres no es lo mismo que hacemos nosotros, los hombres, sino que tiene, como ya lo he señalado, un grado inferior, y no le corresponde ser llamado por el mismo nombre. Llámele, si quiere, ‘femivision’. Ahora bien, el hecho de que pueda usted ‘femiver’ mi cara carece de toda importancia, pues la situación no es simétrica, ya lo ve”. “Lo femiveo”, femicontestó la mujer, y se femifué...
| ¡Oh encanto de la gorda pierna de robustez elefantina que en grasa se desborda! ¡Oh majestad divina del muslo rebozado en gelatina! ... Vivan las adiposas adoratrices del esfuerzo nulo, que dejan las odiosas fatigas para el mulo y comen todo lo que agranda el culo. |
La belleza tiene mala fama y la envidia nos lleva a pensar que tras una hermosa fachada sólo hay idiotez. También los regalos con el mejor envoltorio suelen ser los que más decepcionan. Sin embargo, hay honrosas excepciones cuando quizá la excepción sería que no las hubiese, es decir, al no haber relación entre continente y contenido (que eso es así no admite duda), tampoco hay regla ni excepción. Entonces, ¿qué tiene que ver esta disquisición con el disco que nos ocupa? Pues bien, la portada del disco throwing copper de Live es preciosa (reproducción del cuadro “sisters of mercy” de Peter Howson), la bandeja del CD es rojo translúcido y el disco verde oliva. Mi opinión sería superficial si me quedase sólo en estos detalles, pero las honduras de su música rock son las que verdaderamente me han llevado a escribir estas alabanzas que aquí terminan, el resto depende de ustedes.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.