Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2007.
Pues teniendo la mente en la mayoría de los casos, como se ve en la experiencia, el poder de suspender la ejecución y satisfacción de alguno de sus deseos, y así de todos, uno tras otro, es libre de considerar los objetos de éstos, examinarlos por todos los lados, compararlos con otros. En esto reside la libertad que tiene el hombre; y por no usar su derecho viene toda la variedad de errores, equivocaciones y faltas en las que incurrimos en la conducción de nuestra vida y en nuestros esfuerzos por procurarnos la felicidad; y así precipitamos la determinación de nuestra voluntad y nos comprometemos demasiado pronto, antes del debido examen. Para evitar esto, tenemos el poder de suspender la prosecución de ese o aquel deseo (...). Durante la suspensión del deseo, tenemos la oportunidad de examinar, considerar y juzgar lo bueno y lo malo de lo que haremos; y cuando, basándonos en el debido examen, juzgamos que hemos cumplido con nuestro deber y hecho todo lo que podíamos o debíamos hacer en prosecución de la felicidad; y no es una falta sino una perfección de nuestra naturaleza desear, poder y actuar de acuerdo con el último resultado de un análisis justo.
-Ayuntamiento de Ventanilla, buenas tardes, le atiende Silvia.
| Por la encendida calle antillana Va Tembandumba de la Quimbamba -Rumba, macumba, candombe, bámbula- Entre dos filas de negras caras. Ante ella un congo -gongo y maraca- Ritma una conga bomba que bamba. Culipandeando la Reina avanza, Y de su inmensa grupa resbalan Meneos cachondos que el gongo cuaja En ríos de azúcar y de melaza. Prieto trapiche de sensual zafra, El caderamen, masa con masa, Exprime ritmos, suda que sangra, Y la molienda culmina en danza. Por la encendida calle antillana Va Tembandumba de la Quimbamba. Flor de Tortola, rosa de Uganda, Por ti crepitan bombas y bámbulas; Por ti en calendas desenfrenadas Quema la Antilla su sangre ñáñiga. Haití te ofrece sus calabazas; Fogosos rones te da Jamaica; Cuba te dice: ¡Dale, mulata! Y Puerto Rico: ¡Melao, melamba! ¡Sús, mis cocolos de negras caras! Tronad, tambores; vibrad, maracas. Por la encendida calle antillana -Rumba, macumba, candombe, bámbula- Va Tembandumba de la Quimbamba. |
El feminismo no está acabado y no ha fracasado, pero es necesario que aparezca algo nuevo: la chica rompedora. El feminismo nos enseñó a ser más reflexivas y a descubrir la opresión, pero ahora se ve reducido constantemente a actuar a la defensiva y de manera reactiva. La chica rompedora es ofensiva y activa, jamás se siente culpable y nunca se justifica. No tolera las restricciones ni las actitudes sexistas. La próxima vez que un tipo te toque el culo, tenga una actitud prepotente, diga pestes de tu cuerpo y, en general, te trate como a una basura, olvídate de todas las consideraciones morales, olvídate de que le han inculcado el patriarcado y él también es una víctima, olvídate de los razonamientos y el debate. Simplemente, déjalo seco, al cabrón.
| “Dios es uno y trino” dice el manual de instrucciones de la religión, también denominado Biblia o, en su edición abreviada de bolsillo, catecismo. ¿Y eso lo califican de Misterio? Cada uno de nosotros no sólo es uno y trino, sino múltiple y variado dentro de sí mismo. Va a ratos, como el deseo de ser divinos. |
Sr. Juez,
La red del pescador existe debido al pez; una vez atrapado el pez, uno puede prescindir de la red. La trampa de conejos existe debido al conejo; una vez cazado el conejo se puede prescindir de la trampa. Las palabras existen debido a su significado; una vez obtenido el significado se puede prescindir de las palabras. ¿Dónde encontraré a un hombre que pueda olvidarse de las palabras para poder hablar con él?
| Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar. |
Érase una vez un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda.
WATCHMEN es una novela gráfica con guión de Alan Moore y dibujos de Dave Gibbons. Me ha gustado mucho. Bien, ¿y ahora qué? Está muy bien dibujada, vale, pero lo que me ha impulsado a escribir esta crítica es el fascinante y apocalíptico guión de Alan Moore, pero... ¿cómo discutir lo sucedido sin mentarlo?, ¿qué conclusiones extraer sin dejar entrever el final? Evidentemente pienso en los futuros lectores que podrán descubrir la maravilla de la historia por sí mismos. Ellos, con su presencia ausente, me impiden argumentar pese a las muchas ganas que tengo, porque la historia tiene miga, mucha miga, y yo aquí sin poder comentarla, diantre. Así que esta crítica queda abierta a que, algún día en cualquier lugar, la terminemos; eso sí: sin máscaras. Por cierto, quis custodiet ipsos custodes.
Sangre en el hombro de Palas |Daniel Dreiberg|
¿Es posible, me pregunto, estudiar un pájaro tan de cerca, observar y catalogar sus peculiaridades con un detallismo tal, que se vuelva invisible? ¿Es posible que, mientras se mide con tedio la envergadura de sus alas o la longitud de su tarso, perdamos de vista su poesía? ¿Que en nuestras descripciones pedestres de un plumaje marmóreo o vermiculado, dejemos de lado su semejanza a lienzos vivos, las cascadas de delicados tonos marrones y dorados que avergonzarían al propio Kandinsky, las neblinosas explosiones de color que rivalizarían con Monet? Creo que sí. Creo que, al examinar a nuestros animales desde el punto de vista de estadistas y diseccionadores, nos distanciamos cada vez más del maravilloso y mágico mundo de la imaginación, cuya gravedad nos atrajo hasta este campo en un primer momento.
Eso no quiere decir que debamos dejar de establecer hechos y verificar datos; sólo sugiero que a menos que esos hechos se complementen con el fogonazo de una imagen poética, se convertirán en gemas sin tallar; piedras semipreciosas que casi no valdrá la pena coleccionar.
Cuando miramos al ópalo negro y catatónico del ojo del periquito, debemos aprender a vislumbrar la fría locura alienígena que Max Ernst percibió cuando decidió vestir a sus novias desnudas con plumas escarlata y las monstruosas cabezas transplantadas de pájaros exóticos. Cuando capturamos algún milano o alguna golondrina de mar bajo la mirada aguda y azul de nuestras lentes Zeiss, debemos conseguir ver el vuelo detenido de las gaviotas color sepia que aparecen en las primeras fotografías cinéticas de Muybridge, batiendo sus alas blancas que trazan una lenta línea osciloscópica a través del tiempo y del espacio.
Al mirar a un halcón, vemos las minúsculas diferencias en la anchura del cañón de sus plumas, donde antaño los egipcios veían a Horus y al ojo ardiente de la venganza sagrada encarnado. Hasta que transformemos nuestras meras imágenes en visiones genuinas; hasta que nuestro oído haya madurado lo bastante para escuchar una sinfonía entre el pandemonium de un aviario; hasta entonces, puede que tengamos un hobby, pero no tendremos una pasión.
De niño, sentía pasión por los búhos. Durante los largos veranos de los 50, mientras medio país miraba hacia el cielo en busca de platillos volantes o misiles soviéticos, yo corría por los campos de Nueva Inglaterra en plena noche, masticando chocolate y mirando mi reloj mientras aguardaba a contemplar un espectáculo diferente, aguzando el oído a la espera del grito que significaría que un viejo pájaro bajaba de las ramas oscuras en busca de alimento, emitiendo un chillido de ermitaño loco, muy diferente del siseo enronquecido de los búhos más jóvenes.
En algún momento de aquellos años, entre los aburridos años posteriores a una guerra merecidamente ganada y el día de hoy, acechaba la ominosa sombra de una guerra imposible de ganar; en algún momento, mi pasión se perdió, convirtiéndose sin que me diera cuenta en un banal y tedioso sistema de clasificación. Aquel cambio me pasó desapercibido hasta que acabó convirtiéndose en un hábito inconsciente. No fue hasta hace muy poco que vislumbré mi antigua pasión, medio oculta entre el polvo acumulado de mi estudio metódico y académico; al visitar a un a
Senyores i senyors,
Había una vez una mujer cuyo oficio era contar cuentos. Iba por todas partes ofreciendo su mercadería, relatos de aventuras, de suspenso, de horror o de lujuria, todo a precio justo. Un mediodía de agosto se encontraba en el centro de una plaza, cuando vio avanzar hacia ella un hombre soberbio, delgado y duro como un sable. Venía cansado, con un arma en el brazo, cubierto del polvo de lugares distantes y cuando se detuvo, ella notó un olor de tristeza y supo al punto que ese hombre venía de la guerra. La soledad y la violencia le habían metido esquirlas de hierro en el alma y lo habían privado de la facultad de amarse a sí mismo. ¿Tú eres la que cuenta cuentos?, preguntó el extranjero. Para servirle, replicó ella. El hombre sacó cinco monedas de oro y se las puso en la mano. Entonces véndeme un pasado, porque el mío está lleno de sangre y de lamentos y no me sirve para transitar por la vida, he estado en tantas batallas, que por allí se me perdió hasta el nombre de mi madre, dijo. Ella no pudo negarse, porque temió que el extranjero se derrumbara en la plaza convertido en un puñado de polvo, como le ocurre finalmente a quien carece de buenos recuerdos. Le indicó que se sentara a su lado y al ver sus ojos de cerca se le dio vuelta la lástima y sintió un deseo poderoso de aprisionarlo en sus brazos. Comenzó a hablar. Toda la tarde y toda la noche estuvo construyendo un buen pasado para ese guerrero, poniendo en la tarea su vasta experiencia y la pasión que el desconocido había provocado en ella. Fue un largo discurso, porque quiso ofrecerle un destino de novela y tuvo que inventarlo todo, desde su nacimiento hasta el día presente, sus sueños, anhelos y secretos, la vida de sus padres y hermanos y hasta la geografía y la historia de su tierra. Por fin amaneció y en la primera luz del día ella comprobó que el olor de la tristeza se había esfumado. Suspiró, cerró los ojos y al sentir su espíritu vacío como el de un recién nacido, comprendió que en el afán de complacerlo le había entregado su propia memoria, ya no sabía qué era suyo y cuánto ahora pertenecía a él, sus pasados habían quedado anudados en una sola trenza. Había entrado hasta el fondo en su propio cuento y ya no podía recoger sus palabras, pero tampoco quiso hacerlo y se abandonó al placer de fundirse con él en la misma historia...
Todo el mundo cuenta con un conjunto de creencias generales, y la mayor parte de la gente en cualquier momento puntual (y a lo largo de la historia) tiene un cierto subconjunto compartido de tales creencias. En ocasiones denominamos «filosofías» a dichos subconjuntos, aunque ello puede suponer un abuso del lenguaje. Lo que puede contar como filosofía es la actividad de conservar en el camino estas creencias iniciales, o disposiciones, abiertas a la verdad sobre las cosas, libres de confusiones autoinfligidas. La filosofía ordena frecuentemente los recordatorios con el propósito estratégico de guardar la mente popular abierta y crítica. Aquí propongo unas cuantas de tales advertencias, todas ellas máximas tópicas, una renovada llamada de atención a lo que puede ayudar a precavernos contra algunas de las populares preconcepciones de nuestro tiempo. Dado que mi objetivo es vasto, amorfo y no autoconsistente, uno no ha de esperar más que generalidades y pontificaciones.
| Yo que canté un día la belleza violenta y la alegría de las locomotoras y de los aeroplanos, qué serpentina loca le lanzaré hoy al mundo para cantar tu arcano tus vivos cilindros sonámbulos, tu fuego profundo ¡oh, tú, el motor oculto de mi alma y de mis manos! ¡Qué llama enloquecida se enreda en tus fogones y hace girar la rueda líquida de la sangre y atiranta las poleas de los músculos para mecer los columpios súbitos de las sensaciones, cuando corro, beso anhelo, callo, sufro, espero, miro, salta mi alma en una loca carcajada, floto en sedas de suspiro o en el charco solitario de la sombra en que me estiro se me copia el corazón como una estrella desolada. ¡Y qué electricidades se me van por los alambres calientes de los nervios hasta el cerebro, caja de las velocidades azules y negras y rojas de todos los sueños...! Zumba la turbina sutil de hondos dolores y saltan imágenes, y hacia donde ya no alcanza el ojo triste con sus sedientas ruedas de colores corre el tren de las imágenes... Y qué émbolos oscuros se agitan sin cesar, y qué carbón jadeante de soles escondidos te hacen andar a todo vapor, a todo vapor, cuando se me hincha el corazón de una salvaje alegría, o se me quiere romper de dolor y de melancolía. Motor humano: tú eres la única maravilla de este mundo doloroso, por tu inmortal prodigio: el beso de las mujeres, el pensamiento firme y armonioso, la palabra que salta rotunda, patética y viva, por la célula furtiva que trabaja en sus telares nuestro ritmo misterioso; teje un día la Esperanza, otro día el Sufrimiento, otro día la Alegría. Yo siento cuando queda tensa y viva sobre mi alma la Energía. ¡Motor de la explosión de toda la vida mía! ¡Hondo motor que hace mi cólera y llanto mi callada pasión y mi fuerza y mi canto, más ligero, más ligero, con la carga de esperanza que es única conquista: tú, la máquina del único sendero sin sendero; yo, tu alado y sangriento maquinista! |
Cada vez que voy a tomar el tren oigo a la gente decir: «No llegaremos hasta tal hora; ¡qué viaje tan lento y aburrido!». El problema está en que creen que será así; nuestro estoico andaba cargado de razón cuando decía: «Suprime el juicio y suprimirás el mal».
La Verana era una dona preciosa que tenia tants pretendents que no aconseguia escollir-ne cap i sempre rondinava que necessitava més temps per prendre una decisió. Un bon dia, un bruixot li va donar un beuratge màgic i li va dir que quan se n’hagués begut la meitat viuria per sempre més. D’aquesta manera tindria tot el temps que volgués per buscar l’home indicat per compartir-hi la vida. Quan el trobés, només calia que li fes beure la resta del beuratge i així tots dos viurien eternament. La Verana es va afanyar a beure la seva part i va viure molts anys sense aconseguir decidir-se per cap home. Van passar cent anys i ella es mantenia igual de jove i bonica, però a mesura que passava el temps cada cop se li feia més feixuc haver de triar. Va comprendre que el beuratge encara havia fet més difícil la tria i, a més, tenia massa temps per decidir-se, sinó que encara ho complicava més la condició que l’home que triés no hauria d’estar al seu costat tan sols una generació, sinó tota l’eternitat. Al cap de dos-cents anys, la Verana havia conegut tants pretendents que ja no era capaç d’estimar cap home. Malgrat to, continuava condemnada a viure a la terra per sempre més i encara avui dia va errant pel món. Per això, quan un home s’enamora d’una dona que no se sap decidir, ha d’estar a l’aguait perquè potser ha trobat la Verana, freda i irresoluta. I hi ha molts homes que han perdut el cap i la joventut per la Verana, però ningú no la tindrà mai.
| Meu coração não se cansa De ter esperança De um dia ser tudo a que quer Meu coração de criança Não é só a lembrança De um vulto feliz de mulher Que passou por meus sonhos Sem dizer adeus E fez dos olhos meus Um chorar mais sem fim Meu coração vagabundo Quer guardar o mundo Em mim |
Dice la rata de laboratorio, satisfecha, a su amiga: «¿Ves como tengo al investigador de bata blanca perfectamente amaestrado?: cada vez que presiono la palanca, él obedece y me da un terrón de azúcar.» Es el mismo argumento que le escuché a un tigre que también había amaestrado a su domador.
No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exhibición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
| Pare nostre que esteu en el cel sia augmentat sovint el nostre sou, vingui a nosaltres la jornada de set hores, faci’s un xic la nostra voluntat així com la d’aquells que sempre manen. El nostre pa de cada dia doneu-nos-el més fàcil que no pas el d’avui, perdoneu els nostres pecats així com nosaltres perdonem els dels nostres encarregats i no ens deixeu caure a les mans del director, ans advertiu-nos si s’apropa, amén. |
Desde que la sociedad burguesa empezó a tender puentes entre el saber de los de arriba y el de los de abajo del todo, pretendiendo fundar íntegramente su imagen del mundo sobre el realismo, los extremos se van entrelazando cada vez más. Hoy día, el cínico aparece como un tipo de masas: un carácter social de tipo medio en la supraestructura elevada. Y es tipo de masas no sólo porque la avanzada civilización industrial haya producido el tipo del individualista amargado como fenómeno de masas, sino que son las mismas ciudades las que se han convertido en difusos conglomerados que han perdido la capacidad de crear public characters aceptados generalmente. La presión hacia una individualización ha bajado en el moderno clima urbano y de «medios». De esta manera, el cínico moderno, tal y como se da, sobre todo desde la Primera Guerra Mundial, en cantidades masivas en Alemania, ha dejado de ser un marginado. Pero aparece menos que nunca como tipo plásticamente desarrollado. El moderno cínico de masas pierde su mordacidad individual y se ahorra el riesgo de la exposición pública. Hace ya largo tiempo que renunció a exponerse como un tipo original a la atención y a la burla de los demás. El hombre de la clara «mirada malvada» se ha sumergido en la masa; sólo el anonimato es el gran espacio de la discordancia cínica. El cínico moderno es un integrado antisocial que rivaliza con cualquier hippy en la subliminal carencia de ilusiones. Ni siquiera a él mismo su perversa y clara mirada se le manifiesta como un defecto personal o como un capricho amoral del que debe responsabilizarse en privado. De una manera instintiva no entiende su manera de ser como algo que tenga que ver con el ser malvado, sino como una participación en un modo de ver colectivo y moderado por el realismo. Tal es, en general, la forma más extendida, entre gentes ilustradas, de comprobar que ellos no son los tontos. Incluso en ello parece existir algo sano, cosa a cuyo favor está la voluntad de autoconservación. Se trata de personas que tienen claro que los tiempos de la ingenuidad han pasado.
| Supiste cambiar para subir de barrio y conquistaste la cima del baile, en solitario. Del bajo fulardo pasaste al intelecto alto piano, violín, bandoneón, un bajo y... canto. Con la cabeza, das un breve quebranto antes del melodioso momento del primer contacto. Falda entreabierta, costura en medias, -ella-, tacón alto elegancia de gestos, traje de sastre -él-; y sombrero ancho. Gira el cuerpo, tu pareja te envuelve alargas la pierna, ella salta el obstáculo; frenesí de vueltas, sensuales contactos armoniosos reencuentros, ocupáis poco espacio. El cantor en una estrofa, gesticula una mueca y al abrir las piernas, extiende lentamente el brazo; enfatiza en la historia que nos está contando alrededor suyo, las parejas siguen bailando. Letra que sentimenta el canto música de ritmo acompasado; conseguir bien bailarlo, un goce logrado estamos señores hablando, de “Su majestad El TANGO”. |
A Acetre los descubrí por casualidad, tanta que ni siquiera recuerdo cómo fue. Proceden de Olivenza (Badajoz) y su música bebe en las aguas extremeñas y portuguesas del cercano río Guadiana. Su esquiva discografía de los últimos tiempos la integran tres discos: Canto de Gamusinos, Barrunto y Dehesario. Al comprar este último por correspondencia, seguro de acertar pues ya tenía los dos anteriores, curioseé en la agenda de conciertos previstos de la banda y, oh casualidad, venían a Barcelona, por fin, a tiro de tranvía T3, invitados por la Casa Regional de Extremadura. No soy extremeño, qué se le va a hacer, pero como la música une y no separa, para allí me fui con el alma en vilo y la atención dispuesta. La entrada era libre, no había que pagar nada, como suele suceder en los grandes espectáculos (la noche estrellada, el atardecer sobre el mar, una sonrisa, etc.). Aparecieron sobre el escenario y comenzaron a tocar. El concierto duró unas dos horas y media y ojalá hubiera durado más, mucho más.
Tres montañeros filosóficos y su sherpa decidieron escalar la montaña más alta del mundo. Era una montaña inexplorada, tan alta que desde su cima se esperaba que uno pudiera ser capaz de ver el mundo entero. Así que se dispusieron a atacar la cima un día soleado. Algunos milenios más tarde finalmente la alcanzaron. Sus ojos contemplaron el espectáculo en derredor y después se miraron unos a otros perplejos. Podían atisbar el mundo entero, pero su altura era tan grande que todo lo que había abajo se mezclaba en una compacta masa gris. Podían ver todo de una vez, pero nada en particular.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.