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Tengo ante mi una carta: «Soy divorciada, con un buen trabajo, no tengo ningún gran amor, no tengo hijos, no tengo ni siquiera padres a los que acudir. Mi vida no es infeliz, por el contrario, está llena de intereses y gratificaciones. Sin embargo, a veces, me pregunto si no soy la personificación de un cierto tipo de egoísmo y de avidez. Entonces me respondo que esta pregunta es sólo el efecto del más estúpido condicionamiento femenino al sacrificio. Las mujeres fuimos educadas desde la infancia durante siglos con la idea de prodigarnos por alguien. En cambio, yo no tengo hijos, no tengo marido, no tengo a nadie por quien afanarme hasta la extenuación y por quien sufrir. Pero el viejo condicionamiento sigue obrando y me hace sentir culpable. Un varón, educado para afirmarse en el mundo, para pensar sólo en sí mismo, no sentiría nada parecido. Estaría feliz y contento, y basta».
| Acoge los recuerdos como a huéspedes cálidos. Deja que se conozcan, que se hurguen entre ellos, que se lleven bien. Enséñales la casa paso a paso: dónde guardas la foto que los fijó un momento, dónde filtran las sombras su cuerpo definido, dónde pueden estar sin que los notes. Cuando adopten su sitio plenamente, cuando aprendan la voz de tu rutina y el incierto dictado a que responde, deja que duerman hasta tarde, que paseen sin rumbo, que se estiren, que se encojan, se fundan con tus sueños. Pero no aceptes si quieren que los sigas. |
Habla mi tío Firme que una noche de luna llena en verano, había ido a echar agua a un prado, y permanecer allí la noche entera distribuyendo, por zonas, el agua de un sitio para otro.
El factor humano y el dominio del mundo. Gira y gira. La porquería que siempre fue se transforma caleidoscópicamente al ritmo del proceso histórico de la globalización y de sus geometrías variables. Con el actual estado de las utopías todavía no sabemos la porquería que puede llegar a ser. En el mientras tanto el factor humano de los globalizados teje resistencias comunitarias y ensaya propuestas de salidas colectivas. Imagina y trabaja para generar las condiciones en las que los envalentonamientos sociales puedan llegar a ser culturales y la Humanidad pueda pensarse a sí misma desde otro lado. Construye utopías con lo que tiene: olvido, silencio, ignorancia y sufrimiento llevan el factor humano al 11-S.
- Siempre me llevas la contraria.
De muy niño, en Orio, donde he nacido, mi abuelo solía llevarnos de paseo a la playa. Yo sentía una enorme atracción por unos grandes hoyos que había en la parte más interior. Solía ocultarme en uno de ellos, acostado, mirando el gran espacio sólo del cielo que quedaba sobre mí, mientras desaparecía todo lo que había a mi alrededor. Me sentía profundamente protegido. Pero ¿de qué quería protegerme? Desde niño, como todos, sentimos como una pequeña nada nuestra existencia, que se nos define como un círculo negativo de cosas, emociones, limitaciones, en cuyo centro, en nuestro corazón, advertimos el miedo -como negación suprema- de la muerte. Mi experiencia de niño en ese hoyo en la arena -ustedes habrán vivido momentos muy semejantes- era la de un viaje de evasión desde mi pequeña nada a la gran nada del cielo en la que penetraba, para escaparme, con deseo de salvación. En esa incomodidad o angustia del niño despierta ya el sentimiento trágico de la existencia que nos define a todos de hombre y nos acerca de algún modo a uno de estos tres caminos de salvación espiritual que son la filosofía, la religión y el arte. Que son tres disciplinas, podemos decir, de las relaciones del hombre con Dios, que se mezclan y conjugan en nuestro corazón, pero que técnicamente son distintas e independientes. El que se ha decidido concretamente en la vida por una de ellas, y el que no se ha decidido también, hallarán en los recuerdos de su niñez datos de una espontánea elección o inclinación por uno de esos caminos.
Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.
| Gott hat gegeben vngehure mir melancholicus eyn nature glich der erden kalt vnd druge ertuar haust swartz vnd ungefuge karch hessig girich vnd bose ummudig falsch lois vnd blode Ich enachten eren noch frowen hulde Saturnus vnd herbst habent die schulde | Dios me ha dado sin tasa |
Una persona está trabajando en la oficina, cuando, de pronto, oye una voz que le llama. Mira a su alrededor y no ve a nadie. Continúa su trabajo, pero vuelve a escuchar la voz. Mira a todos sus compañeros, les pregunta, pero nadie se ha dirigido a ella. Por fin, se fija en su propia mesa y observa como una penita, blanca y pequeña como una aspirina, se dirige a ella y le pide que la coja y se la trague. Ella, como no sabe qué hacer, llama por teléfono a una amiga que sabe un poco de todo para pedirle consejo. Ésta le dice que ni se le ocurra acceder a la petición de la penita, y le da instrucciones precisas de lo que debe hacer. Entonces, nuestra protagonista coge un recipiente, mete en él a la penita y va al servicio. Allí, lo llena de agua, y lo vierte en el lavabo, haciendo así que la penita se pierda por el desagüe. Y es que las penas hay que ahogarlas antes de que se hagan grandes.
I
Las ideas se tienen; en las creencias se está. -“Pensar en las cosas” y “contar con ellas”.
Cuando se quiere entender a un hombre, la vida de un hombre, procuramos ante todo averiguar cuáles son sus ideas. Desde que el europeo cree tener “sentido histórico”, es ésta la exigencia más elemental. ¿Cómo no van a influir en la existencia de una persona sus ideas y las ideas de su tiempo? La cosa es obvia. Perfectamente; pero la cosa es también bastante equívoca, y, a mi juicio, la insuficiente claridad sobre lo que se busca cuando se inquieren las ideas de un hombre -o de una época- impide que se obtenga claridad sobre su vida, sobre su historia.
Con la expresión “ideas de un hombre” podemos referirnos a cosas muy diferentes. Por ejemplo: los pensamientos que se le ocurren acerca de esto o de lo otro y los que se le ocurren al prójimo y él repite y adopta. Estos pensamientos pueden poseer los grados más diversos de verdad. Incluso pueden ser “verdades científicas”. Tales diferencias, sin embargo, no importan mucho, si importan algo, ante la cuestión mucho más radical que ahora planteamos. Porque, sean pensamientos vulgares, sean rigorosas “teorías científicas”, siempre se tratará de ocurrencias que en un hombre surgen, originales suyas o insufladas por el prójimo. Pero esto implica evidentemente que el hombre estaba ya ahí antes de que se le ocurriese o adoptase la idea. Ésta brota, de uno u otro modo dentro de una vida que preexistía a ella. Ahora bien, no hay vida humana que no esté desde luego constituida por ciertas creencias básicas y, por decirlo así, montada sobre ellas. Vivir es tener que habérselas con algo: con el mundo y consigo mismo. Mas ese mundo y ese “sí mismo” con que el hombre se encuentra le aparecen ya bajo la especie de una interpretación, de “idea” sobre el mundo y sobre sí mismo.
Aquí topamos con otro estrato de ideas que un hombre tiene. Pero ¡cuán diferente de todas aquellas que se le ocurren o que adopta! Estas “ideas” básicas que llamo “creencias” -ya se verá por qué- no surgen en tal día y hora dentro de nuestra vida, no arribamos a ellas por un acto particular de pensar, no son, en suma, pensamientos que tenemos, no son ocurrencias ni siquiera de aquella especie más elevada por su perfección lógica y que denominamos razonamientos. Todo lo contrario: esas ideas que son, de verdad, “creencias” constituyen el continente de nuestra vida y, por ello, no tienen el carácter de contenidos particulares dentro de ésta. Cabe decir que no son ideas que tenemos, sino ideas que somos. Más aún: precisamente porque son creencias radicalísimas, se confunden para nosotros con la realidad misma -son nuestro mundo y nuestro ser-, pierden, por tanto, el carácter de ideas, de pensamientos nuestros que podían muy bien no habérsenos ocurrido.
Cuando se ha caído en la cuenta de la diferencia existente entre esos dos estratos de ideas aparece, sin más, claro el diferente papel que juegan en nuestra vida. Y, por lo pronto, la enorme diferencia de rango funcional. De las ideas-ocurrencias -y conste que incluyo en ellas las verdades más rigorosas de la ciencia- podemos decir que las producimos, las sostenemos, las discutimos, las propagamos, combatimos en su pro y hasta somos capaces de morir por ellas. Lo que no podemos es... vivir de ellas. Son obra nuestra y, por lo mismo, suponen ya nuestra vida, la cuál se asienta en ideas-creencias que no producimos nosotros, que, en general, ni siquiera nos formulamos y que, claro está, no discutimos ni propagamos ni sostenemos. Con las creencias propiamente no hacemos nada, sino que simplemente estamos en ellas. Precisamente lo que no nos pasa jamás -si hablamos cuidadosamente- con nuestras ocurrencias. El lenguaje vulgar ha inventado certeramente la expresión “estar en la creencia”. En efecto, en la creencia se está, y la ocurrencia se tiene y se sostiene. Pero la creencia es quien nos tiene y sostiene a nosotros.
Hay, pues, ideas con que nos encontramos -por eso las llamo ocurrencias- e ideas en que nos encontramos, que parecen estar ahí ya antes de que nos ocupemos en pensar.
Una vez visto esto, lo que sorprende es que a unas y a otras se les llame lo mismo: ideas. La identidad de nombre es lo único que es

| I've seen things you people wouldn't believe Attack ships on fire off the shoulder of Orion I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhauser gate All those moments will be lost in time, like tears in rain Time to die |
Estamos en el vagón de un metro, aburridos y cansados de mirar las caras de la gente. De pronto, recordamos que tenemos un walkman guardado en la mochila. Lo sacamos y, después de pelear con el tremendo lío del cable del auricular, pulsamos la tecla PLAY y empieza a sonar una música estupenda. En cuestión de centésimas de segundo, el vagón se ha convertido en otra cosa. Las caras de la gente parecen decirnos algo que, de algún modo misterioso, está relacionado con el sentimiento que esa música nos provoca.
El mayor inconveniente de la historia reciente es que uno suele haber participado, aunque no se haya conseguido suficiente renombre como para aparecer en las crónicas. Esta fama tampoco sería necesaria pues la mayoría de las veces ni siquiera las víctimas son recordadas como es debido, y para ser verdugo mejor no haber sido jamás. En cualquier caso, formar parte de la historia nos permite andar menos desnudos que al nacer y tener un pasado sirve para tener cuerda en conversaciones nostálgicas. Así que se comprenderá que escuchar el estupendo wave of mutilation, recopilatorio de los Pixies, es para mí lo más parecido a un viaje en el tiempo: universidad, rock alternativo y cervezas. En fin, qué tiempos aquellos, cuántos momentos memorables que no volverán ni falta que hace.
| SON símbolos los buques y la niebla, los jardines cerrados y las ciudades muertas. La paloma y el lobo híspido y solitario tanto como la orquídea o la azucena son secretos milagros. El caserón caído o el diamante tallado en el tabuco sórdido aguardan a que venga a rescatarlos de la oscura caverna la misteriosa mano. Son símbolos la vida y lo soñado y hasta la muerte misma, indescifrable y negra, es símbolo de algo. |
Le pregunté al doctor que me había abierto en canal si, en su incursión por mis entrañas, había atisbado lo que buenamente pudiese llamar alma. Atónito tras la mascarilla verde me llegó su voz con la respuesta: “Su alma, caballero, no reside en su interior, sino que la tiene a flor de piel, cabalgando los rayos de su mirada e impregnando el sonido de sus palabras”. Menos mal, yo que temía haberla perdido junto con lo extirpado.
Creo en Shakespeare, en Goethe y en las obras canónicas reconocidas así en la tierra como en el cielo. Creo en Vincent Van Gogh, el retratista tocado por Dios, nacido en Groot-Zundert (Breda), formado en París y en Arles, que trabó amistad y se enemistó con Gauguin, que enfermó, enloqueció y se suicidó, que subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre, de donde ha de descender para juzgar a los cultos y a los incultos. Creo en el poder de la cultura, en la vida eterna de los genios, en la santa Iglesia del Arte, en la comunión de los cultos y en los valores del humanismo. Por los siglos de los siglos, amén.
| Caus a terra molt avall, creus que no te'n sortiràs però amb els mesos te n'adones que tornes a començar. I a força de molt caure i de tornar-te a aixecar, veus que les coses no canvien però ja no ets qui eres abans. Doncs he estat ja cinc o sis, i sóc el que ara tinc. No vull pensar en el que arribarà demà. Llença't, cada instant és únic no es repetirà. I per què els meus pensaments, que sempre viuen en present, no conjuguen altres temps que el “faré el que no vaig fer”. Doncs avui o potser demà seré aquí o seré per allà. Seré un tros de l'univers, que no nota el pas del temps. El que faig a cada instant és la força que em fa gran. No vull pensar en el que arribarà demà. Llença’t, cada instant és únic no es repetirà. Sento que el cor ja no para de bategar, i diu que em llenci, que no pensi en tot el que vindrà, que un llapis mai no dibuixa sense una mà. |
Un cargador de agua de la India tenía dos grandes vasijas que colgaban de los extremos de un palo que llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final del largo camino a pie, desde el arroyo hasta la casa de su patrón, mientras que la vasija rota sólo tenía la mitad del agua cuando llegaba.
A las once de la mañana del 9 de abril de 1950, cuatro jóvenes –uno de ellos vestido de pies a cabeza de monje dominico- entraron en Notre-Dame de París. Era en plena misa de Pascua; en la catedral había diez mil personas procedentes de todo el mundo. «El falso dominico», como le denominó la prensa –Michael Mourre, de veintidós años- aprovechó una pausa que siguió al rezo del credo y subió al altar. Comenzó a leer un sermón escrito por uno de los conspiradores, Serge Berna, de veinticinco años:Hoy día de Pascua del Año Santo
aquí
en la insigne iglesia de Notre-Dame de París
acuso
a la Iglesia católica universal de haber desviado letalmente nuestra fuerza vital hacia un cielo vacío
acuso
a la Iglesia católica de estafa
acuso
a la Iglesia católica de infectar el mundo con su moralidad fúnebre
de ser la llaga que se extiende en el cuerpo descompuesto de Occidente.
En verdad os digo: Dios ha muerto.
Vomitamos la agonizante insipidez de vuestras plegarias
pues vuestras plegarias han sido el humo pringoso de los campos de batalla de nuestra Europa.
Sumergíos pues en el trágico y exaltante desierto de un mundo en el que Dios ha muerto
y labrad esta tierra con vuestras manos desnudas
con vuestras manos ORGULLOSAS
con vuestras manos sin plegarias.

| Hoy hace un año, justamente un año. Y llueve como entonces en el atardecer. Y es una lluvia lenta, tan lenta que hace daño, porque casi no llueve ni deja de llover. Mi pena es una pena sin tamaño, en el tamaño triste de un nombre de mujer, aunque la gente pasa sin saber que hace un año, y aunque la lluvia ignora que llueve como ayer... |
En el centro de una plaza pública había un saco lleno de piedras de buen tamaño. Eran piezas sagradas. A la sombra de los pórticos, que tamizaban una luz de cal viva, un centenar de hombres justicieros esperaba. Muy pronto llegaron unos esbirros arrastrando a la mujer adúltera, que fue recibida en silencio por todas las miradas mientras era depositada en tierra con los pies atados. A continuación un juez honorable leyó la sentencia y su voz se unió al balido de unas cabras que desde lejos participaban en la ceremonia. La muerte por lapidación para la mujer adúltera venía ordenada por el Libro Sagrado, el cual no daba resquicio al perdón, ni siquiera a la lástima. Una vez leídos los cargos, los hombres justicieros deberían acercarse a la víctima y armar su mano con una o varias piedras que había en el saco. Todos lo hicieron de forma decidida y después crearon un círculo alrededor de la mujer adúltera, que ya estaba arrodillada. No sucedió en una ciudad de Oriente ni de Occidente, sino en una plaza desolada bajo un cielo de diamante donde los relámpagos secos, a pleno sol, eran la única geometría con la que hablaba Dios. La mujer adúltera dobló su tronco hasta dar con su rostro en el polvo. Protegida la cabeza con las manos, sólo esperaba de sus verdugos la gracia de ser mortalmente herida con la primera pedrada. A una señal del juez que presidía la liturgia, los hombres justicieros levantaron el brazo, pero en ese momento, sin saber de dónde provenía, se oyó la enorme voz de un profeta que dijo: “Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Esa orden, que vino acompañada de un relámpago, paralizó a los verdugos. Con la piedra en la mano todos comenzaron a explorar su conciencia. Mientras la mujer adúltera mojaba la tierra con sus lágrimas, los hombres justicieros iban descubriendo dentro de la propia alma los deseos libidinosos que habían tenido, los hechos inconfesables que habían cometido y que aún permanecían impunes. Todos dejaron la piedra en el suelo y se alejaron, todos excepto uno. Era un hombre puro, libre de pecado, exento de toda culpa, el único legitimado para cumplir la sentencia, según el profeta. Cuando la mujer adúltera levantó el rostro, los pecadores habían desaparecido. En medio de la plaza sólo quedaba aquel hombre casto con el brazo armado. Mientras las cabras con sus balidos le pedían clemencia, el hombre lapidó a la adúltera, llevado por la crueldad que nace de la estricta pureza. Así se convirtió en asesino.
| Tus labios son la línea de flotación contra la que lanzo torpes besos. Déjate naufragar entre mis brazos que saben a mar, amor, luz y cielo. |
Por la calle vi a una niña aterida y tiritando de frío dentro de su ligero vestido y con pocas perspectivas de conseguir una comida decente. Me encolericé y le dije a Dios: “¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para solucionarlo?”
| De vez en cuando me sumerjo, doy un par de vueltas alrededor de mí mismo, escribo alguna palabra triste, -el fondo es triste- y salgo a flote a que me golpeen de nuevo las olas. |
La Humanidad a lo largo de los siglos
Durante muchos siglos esta decisión [la negativa de la Iglesia católica a la ordenación sacerdotal de mujeres] se basaba en la ancestral desconfianza y desprecio hacia la mujer. Tomás de Aquino dice que la mujer no puede ser sacerdote porque «vive en estado de infeción», y por ello no tiene la dignidad necesaria (Sum. Theol., Supl. 39, a.1). En este momento el rechazo no se funda ya en una creencia tan insostenible, sino en una interpretación de las intenciones de Jesús de Nazaret, que me parece traída por los pelos. Se afirma que si no eligió mujeres apóstoles es porque quiso que fueran exclusivamente hombres. Esto supone olvidar que en cada momento histórico hay imposibilidades reales dependientes de la situación. Volar no es una imposibilidad, puesto que ahora hay aviones, pero lo era hace dos mil años. La mujer en Palestina no podía ni siquiera testificar en un juicio: su testimonio no tenía ningún valor. ¿Cómo se la iba a elegir para testimoniar una doctrina? Sacar de esa imposibilidad circunstancial una prohibición permanente es como decir que puesto que Jesús no usó la televisión para predicar, los cristianos actuales no deben utilizarla.
Era una vez un bar de mala muerte, en uno de los barrios más turbios de la ciudad.
| Para ser grande, sé entero: nada tuyo exageres o excluyas. Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres en lo mínimo que haces. Así en cada lago la luna entera brilla, porque alta vive. |
Nunca me ha gustado mi aspecto, lo cual es uno de los pocos gustos que comparto con el resto de la gente. Nada más nacer, la comadrona le dijo a mi padre que esperaba ansioso: “ha sido feo”. Mi apodo en el colegio era “eso” y en el instituto todas las chicas tenían novio, o eso me decían. En la universidad me confundían con el bedel, que siempre son feos, por lo que a clase iba con mi carpeta para tomar apuntes y el proyector de transparencias para el catedrático. Terminé la carrera sin pena ni gloria, sin apenas molestar, pero mis compañeros no me dejaron aparecer en la orla. Cuando salía por la puerta de atrás de la universidad, tomé la determinación de terminar de una vez por todas con mi vida de feo. Al llegar a casa fui directo al lavabo y eché el pestillo, el metálico, se entiende. Metí los dedos en la nariz y tiré con fuerza en dirección a la frente. Un crujido me indicó que el tabique nasal había cedido. Seguí tirando hasta que la carne se desgarró en dirección a las orejas permitiendo, por último, arrancarme todo el cuero cabelludo y dejarlo colgando en la nuca como unas greñas de rastafari. Los labios los dejé en su sitio de momento pues podía tener sed antes de terminar y todo el mundo sabe que es muy difícil beber sin ellos. A continuación comencé a estirar los bordes del ombligo, lo cual me resultó molesto pues me producía cosquillas. En previsión me había metido dentro de la bañera pues rápidamente las tripas comenzaron a desparramarse por el fondo. Una vez haberle dado la vuelta completa al ombligo, como si fuese una cremallera alrededor de la cintura, tuve sed y bebí. Por suerte no había dañado ningún intestino pues no detecté pérdidas. Bajarme la piel hasta los tobillos fue fácil, como quitarse un pantalón. El sexo no lo toqué porque es pecado. Sólo me quedaba la piel del pecho y los labios que, utilizando la misma técnica habitual, me quité como si de un jersey se tratase. Una vez sin cueros y con el interior al aire me miré en el espejo y pensé: “La belleza está en el interior”.
Dame mil besos, luego cien, después otros mil, luego cien más, luego mil, después cien; por fin, cuando hayamos sumado muchos miles, embrollaremos la cuenta para no saberla y para que ningún envidioso nos pueda echar mal de ojo cuando sepa que nos hemos dado tantos besos.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.