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No hi ha ni un moment en què un ésser vivent no sigui devorat per un altre. Pel damunt d’aquestes nombroses espècies animals hi ha l’home, la mà destructora del qual no perdona cap ésser vivent; mata per alimentar-se, mata per vestir-se, mata per guarnir-se, mata per atacar, mata per defensar-se, mata per instruir-se, mata per matar (...). Quin ésser exterminarà aquell que ho extermina tot? És l’home qui té l’encàrrec de matar l’home.
Hace muchos años, cuando aquellas hermosas tierras apenas empezaban a ser la Costa del Sol, salí de Málaga en coche con dos amigos camino de un Gibraltar que entonces vivía con sus negocios de siempre y recibía turistas sin problemas. Era una hermosa mañana de junio, con el sol todavía muy bajo y una brisa marina deliciosa.
| Vida honesta y ordenada, usar de pocos remedios y poner todos los medios en no apurarse por nada. La comida, moderada, ejercicio y diversión, beber con moderación, salir al campo algún rato, poco encierro, mucho trato y continua ocupación. |
La obra El Mètode Grönholm de Jordi Galceran es lo más parecido a morirse de risa mientras te apalean, es decir, algo increíble. Y aunque trata de un proceso de selección para un cargo ejecutivo de alto rango, a continuación voy a dejar volar mi pluma sobre las relaciones laborales que nada tienen que ver con las relaciones humanas, pues son interacciones entre elementos de producción, simples de cuantificar y fáciles de sustituir. Para la empresa somos piezas jugando en un tablero que no es nuestro, a un juego del que desconocemos las reglas salvo que cualquier mal movimiento nos puede eliminar. Esforzarse es loable, fijarse objetivos de superación personal también, pero prostituir nuestro intelecto para que los demás se alegren de que nuestra buena gestión suponga beneficios para la empresa es vil, porque por el camino quizá quedó un proveedor casi arruinado, unos operarios extenuados y un cliente engañado. Como no estoy de cara al público, nadie me felicitará por ser amable pues esa no es mi función, ni me tomarán en serio si sonrío cuando doy una orden. En cualquier caso, la obra de teatro tenéis que verla o quedáis despedidos.
Sabemos cómo se ha gestionado y desarrollado eso que hemos llamado el pensamiento único o pensamiento cero del que habla José [Saramago: “El pensamiento único, ni siquiera es pensamiento. Es más o menos, el pensamiento cero. (...) Ni siquiera nos referimos a un pensamiento único, como el que se instaló, por ejemplo, en la Alemania nazi. Ellos tenían un pensamiento único, equivocado y criminal, con las consecuencias que se vieron y las raíces conocidas. Ahora no. Ahora, sencillamente, no se piensa, domina el pensamiento cero. La aceptación de lo que existe sin criticarlo, sin intentar cambiarlo. Todos esperan que al día siguiente alguien proponga lo que hay que hacer y pensar, pero al día siguiente dirán «Sigo pensando en nada».”]. Hay que remontarse cronológicamente a la caída del muro de Berlín en el 89 y a la desaparición de la Unión Soviética en el 91. En ese momento, entre 1991 y el 1995, globalmente asistimos a la crisis ideológica más aguda y a la desesperación del pensamiento crítico. Se trata de un mazazo que, de una manera o otra, recibe, digamos, la izquierda en general. Aunque en definitiva, sobre todo en Occidente, la gente se mostraba extremadamente crítica con respecto a la Unión Soviética, en general, y con respecto al stalinismo, en particular. Vivimos un verdadero shock, a pesar de que todo el mundo podía desear esos acontecimientos, en la medida que las sociedades del Este parecían rechazar de manera colectiva y radical lo que había sido el socialismo en todos sus aspectos. No sólo en sus aspectos más autoritarios, más brutales, sino en todos sus aspectos.
He terminado de leer TOKIO BLUES (Norwegian Wood), de Haruki Murakami, antes de suicidarme. Temía morir antes de llegar al final, lo cual sería una pérdida irremediable, desconocer el final, claro. Pero aquí estoy y, la verdad, tampoco me tienta mucho ahora eso de cortarme un árbol o colgarme las venas, o algo así, que no domino mucho esas técnicas, más que nada por falta de práctica. Y hablando de árboles, me estoy yendo por las ramas en lugar de comentar que este libro me ha gustado mucho, demasiado, aunque recordarlo me pone triste, qué se le va a hacer, no es precisamente un libro que deje indiferente. En cualquier caso leedlo teniendo alguien querido al lado para que os pueda abrazar cuando sea preciso.Norwegian Wood (This Bird Has Flown) |The Beatles| |
Madera Noruega (Esta chica ha volado) |
Se dirigía un cura andando de una a otra parroquia, y como no logró atravesar el río porque bajaba muy crecido, se acercó junto a un parroquiano, que coincidió estar en aquel momento echando el agua a un prado, y le dijo:
| Aquest any serà bo per a tota mena d’afers: ho diuen els diaris. (Si puges al terrat prop de migdia hi trobaràs la casada del quart que pren el sol sense sostenidors. És joveneta encara i té els pits durs i una mirada blana, acollidora.) Aquest any serà bo per a tota mena de liaisons, perquè els pobres encara no s’hauran revoltat i en algun lloc remot esclatarà una guerra, programada per liquidar sobrants de gent i d’armes. Serà un bon any de pluges, aquest any, any de collites grasses, abundoses, i d’abundosos, grassos beneficis, que permetran als rics de practicar la caritat sense posar en perill la integritat de llurs hisendes. Naixeran cent poetes, aquest any, i vindran menys turistes, tal vegada perquè el sol ja no escalfa com abans o perquè al mar no hi queda cap sirena. Desmesurats i obscurs, els endevins prediran les desgràcies de sempre, i els bons, com de costum, predicaran la resignació i la concòrdia. La primavera serà dolça i breu i la tardor allargassada i tendra, i moltes noies sentiran que els bat la sang amb una força inconeguda i es llançaran a fer l’amor amb un fresc i agressiu entusiasme. No es preveuen miracles, aquest any, ni grans migracions, ni terratrèmols massa devastadors, ni cap d’aquelles disbauxes col·lectives que somouen els fonaments de l’ordre. Hi haurà morts a balquena, tant se val, però morts casolans, subsidiaris, i quatre morts il·lustres, que dissolts entre la massa amorfa passaran sense pena ni glòria. Serà un any com els altres, aquest any, amb els mateixos dies, els mateixos desenganys, i alegries, i sorpreses, i vents i calmes i captards i aurores; un any d’aquells que només el record pot convertir, fal·laç, en una estranya papallona; un any, per dir-ho clar, com l’any passat, i l’altre, i l’altre, i l’altre... |

I
El análisis de un caso particular es pretexto excelente para elevar la idea a una región superior en donde encontremos la clave de todos los problemas análogos. En la polémica sobre Napoleón he cedido gustoso a Casabianca la ventaja de los últimos cañonazos, y, habiendo sobrevivido a ellos, aprovecharé la oportunidad de explicar cómo se arraigan mis juicios en un substratum filosófico.
No se asuste el que lea: no seré necesariamente árido y pedante. No entiendo la filosofía al estilo profesoral. Creo que todo ser vivo tiene la suya, y tal vez todo cristal y todo átomo. Para mí no se trata de una ciencia, sino de la trayectoria que sigue el centro de gravedad de nuestro espíritu. Claro, cuanto más nos instruyamos, menos inhábiles seremos para retratar la marcha de nuestro firmamento interior. Cuanto más rico sea nuestro arsenal de expresión, nuestro catálogo de conceptos, imágenes y voces, menos opacos seremos a la mirada ajena. Estudiemos pues y experimentemos, pero no atribuyamos demasiado alcance a lo que traigamos de fuera. Lo de adentro es lo que importa, y eso no se aprende. Que lo haya y que lo descubramos, he aquí lo esencial; lo demás es accesorio. Los gritos más profundos de la vida han salido de hombres ignorantes. ¡Cuántos de esos gritos sublimes resuenan en nosotros aún, sin que podamos saber quién los lanzó! Vivimos de los genios anónimos mucho más que de los oficiales. Así nuestra industria y nuestra civilización toda vienen del fuego, arrebatado a la naturaleza por un desconocido titán prehistórico, mientras que la inmortalidad de ciertos clásicos no es sino la inmortalidad del pergamino. ¡Oh estupideces que el mármol hizo eternas! El aspecto físico de las cosas es el final de una serie, el término de una degradación. Lo real es invisible, y en cada uno de nosotros hay un mundo secreto.
Los místicos han sido los exploradores de ese mundo. Algunos se perdieron en él, otros lograron regresar y compusieron informes y oscuras descripciones de las playas que habían visto. Nuestro lenguaje, fabricado para la acción bajamente utilitaria, empapado de egoísmo y de lógica, es poco apropiado para traducir lo real. Por eso el misticismo se reduce a una experimentación interna, de seguro la única positiva, pero casi siempre inefable. Además, si bien la totalidad de los hombres están en contacto material con lo que les rodea, son muy raros los que estuvieron, siquiera un instante, consigo mismos. Nos ignoramos; el universo nos ha sido inútil. Llenos de tristeza, entregamos a la muerte nuestras almas intactas.
Para el que se asomó a los abismos de su propio ser, y sospechó las mejores posibilidades del destino, nada hay tan absurdo y repugnante como el afán común de acumular en exceso las energías exteriores. Aparece aquí la ruin noción de la propiedad. El avaro se figura que posee su oro; el guerrero, que posee sus soldados; el patrono que posee a sus siervos; el ambicioso, que posee el honor ¿Cómo es factible poseer lo que está a merced del azar? El oro es barro; los soldados y los siervos, fantasmas, y el honor, mentira. Si no nos poseemos, no poseemos nada, y los que no se poseen se mueren por palpar lo que es imposible poseer. Se posee lo que se es, y en cuanto se da. Para absorber lo externo es forzoso, como en una bomba aspirante, hacer el vacío; la sed de riqueza de esclavos y de gloria no es más que el signo del vacío espiritual. ¿Qué contraste con la plenitud interna del justo “Las delicias, la magnificencia, decía Sócrates a Antifón, he ahí lo que se llama felicidad: en cuanto a mí, estimo que si sólo a la Divinidad pertenece el no tener necesidad de nada, el tener necesidad de poco nos acerca a la Divinidad”.
La Divinidad necesita, sin embargo, entregarse, trabajar. Un Dios separado de su creación, ocioso y satisfecho, como el Vaticano lo exige, es algo repulsivo. Un Dios obrero, no. “Dios, dice W. James, completando a Sócrates, es lo que hay de más humilde, de más despojado de vida consciente o personal; es el servidor de la humanidad... Confieso libremente que no tengo el menor respeto hacia un Dios que se bastara a sí mismo: cualquier madre que da el pecho a su niño, cualquier perra que da de mamar a la cría, presenta a mi imaginación un encanto más próximo
Un Zar, hallándose enfermo, dijo:
| Por un acuerdo tácito, conservas hacia todos ellos, sin otra distinción que la que impone el trato más frecuente con unos que con otros, la misma consideración que cuando entraron en tu vida, cada cual en el momento en que vinieron a reclamarlo tus expectativas. A cambio, ellos te han sido fieles en tus cambios de piso, en tus mudanzas, y han soportado con paciencia tus desaires y olvidos, en la seguridad de que ninguno de tus juicios habría de durar lo que los breves periodos de desánimo o indecisión en los que ni siquiera te sentías con fuerzas para sacarlos de sus cajas. (Ordenarlos ha sido muchas veces un modo de rectificar las cosas, de tomar posesión de un territorio nuevo). Y si te sobreviven, no será tanto por el azar que los conduzca a otras manos, o por piedad filial, como por esa voluntad que otros, tal vez, después de ti tendrán de devolver a sus palabras la condición de tiempo que tuvieron en los instantes que les dedicaste. Alguno morirá cuando tú mueras. |
Curiosa es nuestra situación de hijos de la Tierra. Estamos por una breve visita y no sabemos con qué fin, aunque a veces creemos presentirlo. Ante la vida cotidiana no es necesario reflexionar demasiado: estamos para los demás. Ante todo para aquellos de cuya sonrisa y bienestar depende nuestra felicidad; pero también para tantos desconocidos a cuyo destino nos vincula una simpatía.
Hay un componente erótico en la formalidad.
¿Dónde si no en la costumbre y ceremonia
Nacen la inocencia y la belleza?
William B. Yeats (1865-1939)
Imaginemos una ocasión especial, tal vez una cena elegante en el comedor de un palacio renacentista convertido en restaurante o en hotel, como tantos en las viejas ciudades de Europa. Lámparas de lágrimas y candelabros con velas imparten una luz tenue, alfombras mullidas protegen las antiguas maderas del piso, gobelinos de trescientos años cubren las paredes y frescos mitológicos decoran los techos. Ante las mesas redondas cubiertas con largos manteles y decoradas con orquídeas, se sientan los comensales, de gala, en sillas de respaldos tallados. Rubí y ámbar en las copas, el sonido apagado de las conversaciones gentiles, el tintineo de la plata contra la porcelana... Danzan los mesoneros, sacerdotes de una misa suntuosa, solícitos, irónicos, llevando y trayendo las fuentes con deliciosos manjares. Una pareja ocupa una de las mesas junto a la ventana. Los pesados cortinajes de brocado están abiertos y a través de los cristales se vislumbran los jardines en sombra, apenas iluminados por una luna tímida. La mujer, espléndida, va toda de terciopelo color sangre, con los hombros desnudos y dos magníficas perlas barrocas en las orejas. El hombre viste de negro, impecable, con botones de oro en la camisa. Mantienen las espaldas rectas y la distancia precisa entre la silla y la mesa, sus gestos son controlados, algo rígidos, como si se movieran en una acartonada coreografía, pero a través de sus gestos estudiados se percibe la atracción mutua como un río turbulento que amenaza con llevarse todo por delante. Bajo el mantel, las rodillas se rozan por azar y ese contacto, casi imperceptible, los golpea como una corriente poderosa; una llamarada iracunda sube por los muslos y enciende los vientres. Nada cambia en sus posturas, pero el deseo es tan intenso, que puede verse, palparse, como una niebla caliente borrando los contornos del mundo circundante. Sólo ellos existen. El mesonero se acerca para escanciar más vino, pero no lo ven. Tiemblan. Ella levanta el tenedor, abre los labios y desde el otro lado de la mesa él adivina el sabor de su saliva y la tibieza de su aliento, siente la lengua de ella moviéndose en su propia boca como un molusco sofocante y terrible. Se le escapa un gemido que, de inmediato, disimula tosiendo con discreción y llevándose la servilleta a la cara. Ella tiene la vista fija en la última ostra del plato de su compañero, una vulva hinchada, palpitante, indecente, mojada de leche oceánica, síntesis de su propio desvarío. Nada revela la turbación de ambos. En silencio cumplen con decoro, paso a paso, los ritos precisos de la etiqueta; pero no oyen las notas del pianista animando la noche desde un rincón del salón palaciego, los aturde el estrepitoso huracán del deseo en sus pechos. Fuerzas primitivas se han desencadenado: tambores y jadeos de guerra, un soplo de selva, de humus, de nardos podridos insinuándose a través del aroma delicado de la comida y el perfume femenino; imágenes de carne desnuda, de abrazos crueles, de lanzas inflamadas y flores carnívoras. Sin tocarse, el hombre y la mujer perciben el olor y el calor del otro, las formas secretas de sus cuerpos en el acto de la entrega y del placer, las texturas de la piel y el cabello aún desconocidas; imaginan caricias nuevas, jamás antes experimentadas por nadie, caricias íntimas y atrevidas que inventarán sólo para ellos. Una fina película de sudor les cubre la frente. No se miran a los ojos, observan las manos del otro, manos cuidadas que sostienen los cubiertos con gracia, van y vienen entre el plato y los labios, como pájaros. Elevan la copa en un brindis cargado de intenciones, por un instante las miradas se cruzan y es como si se besaran. Arden, aterrados ante la furia arrolladora de sus propias emociones, ella húmeda, él enhiesto, contando los minutos de aquella cena eterna y, al mismo tiempo, deseando que aquel suplicio se prolongue hasta que cada fibra de sus cuerpos y cada alucinación de sus almas alcance el límite de lo soportable, calculando cuándo podrán abrazarse, dispuestos a hacerlo allí mismo, sobre la mesa, delante de los mozos danzarines y toda aquella comparsa de fantasmas de gala, ella boca abajo sobre la mesa, las piernas abiertas, sus nalgas de ninfa expuestas a la luz de las lámparas vienesas, clamando obscenidades, él atacándola

| DEL viejo membrillo la rama más vieja se quebró. Caída la encontré en la hierba. Herrumbrosa rama de membrillos llena, apagada y muda como la tristeza. El hacha fue haciendo melodiosa y lenta su trabajo. Un triste manojo de leña. Soñaban los golpes a calladas quejas. La tarde pasaba inhóspita y muerta. --- YO entonces pensaba: un día quisiera para mí la suerte de esa rama vieja. Cargado de frutos posarme en la tierra silenciosamente y dormirme en ella. --- EL viento de otoño subía. La huerta quedaba entre sombras. Cruzó una oropéndola. A mis pies estaba el montón de leña y una blanda capa de hojarasca negra. Se doraba el hacha con la luna llena. Quisiera... Qué importa lo que yo quisiera. |
[Jesús se dirige a sus discípulos:] ¿Cuándo convertiréis a los dos seres en uno, y cuándo haréis lo de dentro igual a lo de fuera y lo de fuera igual a lo de dentro, y lo alto igual a lo bajo? Cuando consigáis que el varón y la hembra sean uno solo, a fin de que el varón no sea ya varón y la hembra no sea hembra, entonces entraréis en el reino.
Cuando se dispone a desayunar, se detiene para comprar un periódico, pagándolo con monedas, un antiguo invento lidio. En el restaurante, se encuentra con toda una nueva serie de elementos prestados. Su plato está hecho de un tipo de cerámica inventado en China. Su cuchillo es de acero, una aleación obtenida por primera vez en el sur de la India, su tenedor es un invento medieval italiano y su cuchara un derivado de un original romano. Comienza su desayuno con una naranja del Mediterráneo oriental, un melón cantalupo de Persia o quizás un trozo de sandía africana. Con éstos toma café, una planta abisinia, con crema de leche y azúcar. Tanto la domesticación de las vacas como la idea de ordeñarlas se originaron en Oriente Próximo, mientras que el azúcar se elaboró por primera vez en la India. Después de su fruta y su primer café, pasa a los gofres, unos dulces elaborados mediante una técnica escandinava con trigo cultivado en Asia Menor. Sobre ellos vierte sirope de arce, inventado por los amerindios de los bosques del este. Como plato adicional puede tomarse el huevo de una especie de ave domesticada en Indochina, o finas tiras de la carne de un animal domesticado en Asia oriental que puede haberse salado y ahumado mediante un proceso desarrollado en el norte de Europa (...). Cuando nuestro amigo ha terminado de desayunar, se acomoda para fumar, una costumbre amerindia, consumiendo una planta cultivada por primera vez en Brasil, bien en pipa, procedente de los indios de Virginia, bien en un cigarrillo, procedente de México. Si es suficientemente robusto, quizá se atreva con un puro, transmitido a América desde las Antillas a través de España. Mientras fuma, lee las noticias del día, impresas en caracteres inventados por los antiguos semitas en un material inventado en China mediante un proceso inventado en Alemania. Mientras se entera de los acuciantes problemas que hay en el extranjero, dará las gracias, si es un buen ciudadano conservador, a una deidad hebrea en un idioma indoeuropeo por ser cien por cien estadounidense.
En un lugar muy remoto hubo una vez una pequeña aldea aislada en la que todos eran magos. Los aldeanos cumplían todos sus deseos simplemente con recitarlos junto al conjuro oportuno. Apenas había avanzado la tecnología más allá de lo básico, no era necesaria. Siquiera existía el reloj cuando el tiempo había sido también dominado y nadie necesitaba ese artefacto para recordarse esclavo de él. La gente vivía feliz aunque no era consciente de ello. Cierto día llegó un forastero, harapiento y cargando un pequeño hatijo con sus escasas pertenencias. Dijo conocer las extrañas habilidades de los lugareños cuando no se sabía de nadie que jamás hubiese marchado del lugar. Tras mucho insistir consiguió reunirlos a todos en la casa mayor. Su intención era explicarles lo que había más allá de las montañas. Les habló durante horas de miseria, violencia e injusticias; y, sin embargo, también de gente que se sentía viva porque luchaba contra todas las desgracias con las manos desnudas, sin más poder que el de pisar la tierra que la recibía al caer. Los aldeanos se miraban sorprendidos y poco a poco fueron sucumbiendo al extraño embrujo de las palabras del forastero, a sentirse avergonzados por sus poderes mágicos, por su vida fácil y, aparentemente, sin mérito que le diera merecimiento de ser vivida. Así todos a una clamaron que dejarían de utilizar la magia en ese mismo momento y lanzaron un último conjuro de limpieza, quedando sin poder alguno. Entonces el forastero comenzó a reír, “estúpidos, he sido enviado para eliminaros aunque me vaya la vida en ello, la magia no tiene cabida en el mercado global, sólo la explotación de la vana esperanza es rentable”. Y fallecieron lentamente de inanición pues nadie pudo salir de la casa, las puertas no tenían pomo, nunca lo habían necesitado antes.
| Decir adiós... La vida es eso. Y yo te digo adiós, y sigo... Volver a amar es el castigo de los que amaron en exceso. Amar y amar toda la vida, y arder y arder en esa llama. Y no saber por qué se ama... Y no saber por qué se olvida... Coger las rosas una a una, beber un vino y otro vino, y andar y andar por el camino que no conduce a parte alguna. Buscar la luz que se eterniza, la clara lumbre duradera, y al final saber que en una hoguera lo que más dura es la ceniza. Sentir más sed en cada fuente y ver más sombra en cada abismo, en este amor que es siempre el mismo, pero que siempre es diferente. Porque en el sordo desacuerdo de lo soñado y lo vivido, siempre, del fondo del olvido nace la muerte de un recuerdo. Y en esa angustia que no cesa, que toca el alma y no la toca, besar la sombra de otra boca en cada boca que se besa... |
-Gironella me dijo: “¡Espinàs es el Confucio catalán!”.
El caracol sintió la humedad en la entrada de su cáscara y comenzó lentamente a estirar el cuello y la cola. Estar con los ojos encerrados dentro de la cabeza gelatinosa le permitía verse a sí mismo, por lo que aprovechaba cualquier húmeda oportunidad para salir a ver mundo, que el interior no siempre es lugar que valga la pena conocer(se). Miró alrededor, primero a la izquierda y primero a la derecha, que con ojos tan flexibles era posible la simultaneidad. Por último concentró su mirada al frente y comenzó a avanzar, con calma y tranquilidad, que las prisas no son buenas. El cielo estaba despejado pero sobre él caían gotas saladas, cosa rara lejos del mar. Se topó de sopetón lento, por lo que poco sopetón era, con una pared inmensa, gigantesca, una montaña cuya cumbre se perdía en el infinito, teniendo en cuenta lo limitada que es la perspectiva de un caracol y lo exagerada que es la especie. Por la pared bajaba un reguero que se rompía en gotas saladas cerca del suelo, cayendo encima de donde el caracol había aparcado la noche anterior. Intrigado, comenzó su ascenso hacia el infinito cuando a los pocos centímetros, es decir, una hora después, llegó a la cumbre. Levantó un poco más la cabeza y estiró los ojos cuanto pudo para tener un poco más de perspectiva del terreno y, oh susto, vio que era una cara humana. Las leyendas caracolires hablaban de los humanos como seres terribles de velocidad asombrosa, seguramente estresados siempre, de los que era imposible huir. Pero esa cara no se movía, ni siquiera producía lágrimas, que eso eran, nadie estará sorprendido a estas alturas. Dormía placidamente después de llorar por un amor roto, por lo que se deduce fácilmente que el amor es como un bombón relleno pues es dulce y cuando se rompe salen lágrimas. El caracol intrépido dio media vuelta y volvió lo más rápido posible por donde había subido, es decir, ahora tardó cincuenta y cinco minutos. Una vez en el suelo se encerró en sí mismo y meditó introspectivamente sobre lo sucedido. Desde entonces los caracoles son hermafroditas.
| WHEN I am dead, my dearest, Sing no sad songs for me; Plant thou no roses at my head, Nor shady cypress tree: Be the green grass above me With showers and dewdrops wet: And if thou wilt, remember, And if thou wilt, forget. I shall not see the shadows, I shall not feel the rain; I shall not hear the nightingale Sing on, as if in pain: And dreaming through the twilight That doth not rise nor set, Haply I may remember, And haply may forget. | CUANDO haya muerto, amado, |
Al melancólico sólo puedo decirle una cosa: “Mira a lo lejos”. El melancólico es, casi siempre, un hombre que lee demasiado. El ojo humano no está hecho para esa distancia; su reposo son los grandes espacios. Cuando miráis las estrellas o el horizonte marino, vuestros ojos están completamente relajados. Si los ojos están relajados, la cabeza está libre, el paso se hace más firme, todo se relaja y suaviza hasta las vísceras. Pero no trates de suavizarte mediante la voluntad; tu voluntad, ejercida sobre ti, aplicada en ti, lo hace todo al revés y acabará por estrangularte. No pienses en ti, mira a lo lejos.
A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
La materia viva tiende a la pereza. Entre hacer y no hacer, mejor no hacer. Hacer no sólo significa gastar una energía muy difícil de ganar, también supone un alto riesgo de ser víctima de las necesidades energéticas ajenas. Para vivir hay que resolver la pereza inherente a ciertas funciones fundamentales: respirar, comer, beber, procrear, cuidar de uno mismo, cuidar de la prole, aprender... ¿Cómo se consigue tal cosa? ¿Por qué tengo que abandonar mi confortable guarida para salir por ese mundo incierto en busca de comida, bebida, remedios para la salud, o incluso de una pareja a la que convencer de una vida en común? ¿Por qué justamente ahora y no luego? ¿Por qué desvivirnos por unos descendientes en lugar de comérnoslos, lo cual sería, por partida doble, más económico? Un truco para que la materia venza su pereza intrínseca es recurrir al estímulo. El hambre (acuciante), la sed (monstruosa), el dolor (insoportable), la atracción sexual (urgente), la pasión amorosa (obsesiva) o la ternura (turbadora) que transmiten las inocentes crías, son estímulos para garantizar otras tantas funciones vitales. Los estímulos pueden ser burlados, no así las funciones que protegen. Nadie se muere de hambre, sino de inanición; es decir, se muere, en todo caso, de falta de hambre. Las especies vivas inapetentes hace ya tiempo que no están vivas. Está claro: toda gran función vital (toda aquella función que ayuda a la materia viva a seguir siéndolo) debe consagrarse por medio de un gran estímulo.
El político se levantó y se acercó hasta la palestra con estudiada parsimonia, nada es natural en quién pretende serlo. Colocó su fajo de papeles sobre el atril y se dispuso a comenzar el último discurso de la campaña. Miró de refilón la primera frase y, asombrado, se detuvo sobre el texto mecanografiado con nocturno empeño la velada anterior mientras, en la cama, su mujer se dormía finalmente sin haber sido querida. ¿Quién había borrado las grandes palabras? ¿Adónde habían ido a parar la “solidaridad”, la “libertad”, la “paz”, entre tantas otras? Comenzó a leer en voz alta esperando recordar las palabras adecuadas que llenasen los huecos, pero al llegar al primer vacío fue incapaz de continuar. No sólo habían desaparecido del texto sino también de su vocabulario. Los simpatizantes del partido lo miraban antipáticamente, ante lo que consideraban una muestra de pusilanimidad de su candidato. Pensaban que hubieran preferido alguien capaz de “salvar la patria”, pero no pudieron acabar de pensarlo pues el de se quedó suspendido ante un abismo de inquietante olvido. El deseo de “victoria” comenzaba a desvanecerse cuando ni esa palabra apareció para recordarles su objetivo. Una soledad espesa inundó sus almas cuando ya ni pudieron recordar al “amor” que hacía más soportable sus vidas. Era el fin, habían inflado tanto las grandes palabras que al final habían explotado.
Ya lo sabemos |
No són sempre els qui gaudeixen més de la vida els menys disposats a renunciar a la vida. Al contrari, els qui es diverteixen més són sovint els més despreocupats pel fet que un dia tot plegat s’acabi. Pot semblar una paradoxa, però, després d’una segona reflexió, ja no. Els qui no accepten de cap manera que la vida s’acaba, ja es troben en una zona mental límit. Saben que hauran de marxar aviat, per tant, ja són mig fora. El fet que els quedin cinc anys o cinquanta no és decisiu. Aquí rau la diferència amb els qui accepten que han de deixar la vida, sempre que no sigui de seguida. Els qui volen viure sempre no són els primers de llançar-se a la pista a ballar. No són el que en diem vividors. Els més llençats estan tan absorts amb el ball de la vida que no es deixen distreure pel pensament que un bon dia el ball s’acaba.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.