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En cierta región de un bosque vivía un león llamado Kharanakhara que corriendo un día hambriento por todas partes no pudo cazar ninguna bestia. A eso de la puesta del sol, llegó a una gran cueva, entró en ella y pensó: «Seguramente que algún animal vendrá a pasar la noche en esta cueva; de modo que me voy a quedar aquí escondido». Estando allí en tal situación, llegó el dueño de la cueva, que era un chacal llamado Adhipuchchha, el cual miró y vio las huellas del pie de un león que había entrado y no salido de la cueva. Entonces pensó: «¡Ah!, perdido estoy; seguramente que aquí dentro hay un león. ¿Qué hago? ¿Cómo he de huir?». Pensando así y sin moverse de la puerta empezó a gritar:
| Y que yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido. Fue la noche de Santiago y casi por compromiso. Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos. En las últimas esquinas toqué sus pechos dormidos, y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos. El almidón de su enagua me sonaba en el oído, como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos. Sin luz de plata en sus copas los árboles han crecido, y un horizonte de perros ladra muy lejos del río. --- Pasadas las zarzamoras, los juncos y los espinos, bajo su mata de pelo hice un hoyo sobre el limo. Yo me quité la corbata. Ella se quitó el vestido. Yo el cinturón con revólver. Ella sus cuatro corpiños. Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, ni los cristales con luna relumbran con ese brillo. Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío. Aquella noche corrí el mejor de los caminos, montado en potra de nácar sin bridas y sin estribos. No quiero decir, por hombre, las cosas que ella me dijo. La luz del entendimiento me hace ser muy comedido. Sucia de besos y arena, yo me la llevé del río. Con el aire se batían las espadas de los lirios. Me porté como quien soy. Como un gitano legítimo. La regalé un costurero grande de raso pajizo, y no quise enamorarme porque teniendo marido me dijo que era mozuela cuando la llevaba al río. |
Vivir a base de afectos, de mis sentimientos, de agrados, de desagrados, buscando tal tipo de placer, huyendo de tal tipo de dolor, es encontrarse con una dotación muy precaria.
| Ahora ya sé que no vendrás, pues marzo pasea su vacilante noche por las plazas, y la ropa puesta a secar es toda negra, y una campana agujerea las horas. Ahora ya sé que no vendrás a sorprender el aire con flores de granado, ni a soltar los azules enjambres de la luna. Me duelen de esperarte el balcón y los ojos; pero tú estás más lejos cada día, más hecho a cada instante de música y recuerdo. De esperarte, no sé ya ni quién eres: un hombro, el hombro y la mano imposible, los labios donde todo empieza y se concluye... Te busco en los días lluviosos por debajo de los paraguas, apoyado en la pared bajo las marquesinas de las tiendas de modas. Te busco en las terrazas de los bares, agotado y de vuelta, con una sonrisa minúscula al acecho. Te busco, con la piel y con la boca, en las paradas de los autobuses y en las salas de fiesta por si, equivocadamente y a deshora, pasaste. Te busco y estoy solo -solo, solo- cuando la tarde abate sus alisos y libera las solemnes palomas cenicientas, frente al Convento de las Mercedarias, cerca de los agrios tejados y de las chimeneas, cerca de las veletas y la pena trasnochadora. Te busco y estoy solo cuando la primavera, de puntillas, se yergue como una écuyère por las barandas, y en el insomne pinsapo de la noche naufragan los calientes y secretos navíos. Te espero, pero ya no te espero, entre Madrid desnudo y las calles desnudas. Con el amor desnudo, estoy sin ti y te espero, pero ya no te espero... Cierro los ojos y te reconozco; cierro la voz y está gimiendo; cierro mi corazón, y siento que me mata la enfermedad mortal de la esperanza de la que no me acabo de morir. |
Primero fue un picor en el dedo gordo del pie derecho, después una rojez en el talón del mismo pie. “Alguna infección de la piscina, seguro”, pensaba. Pero esta mañana al levantarme no pude moverme del borde de la cama. Miré hacia abajo y sentí un escalofrío al ver mis pies convertidos en nudosas raíces que horadaban la alfombra y el suelo de parquet de mi habitación. ¿Qué iba a hacer yo? El teléfono estaba en la otra habitación y comenzar a gritar me resultaba sumamente vergonzoso. Así que procuré desasirme por mis propios medios... en vano, estaba firmemente anclado al suelo. El caso es que sentía un extraño placer en esta situación pues notaba cómo a través de mis piernas fluían las historias que sucedían en mi edificio, en la ciudad, en el mundo entero. Entonces me estiré como pude hasta alcanzar el escritorio y tomé el ordenador portátil. Una vez en mi regazo empecé a escribir esto que lees. ¡Tengo tantas ganas de contaros las historias que se van agolpando en mi cabeza! antes de que mis dedos se agarroten definitivamente, antes de que mi pelo se torne verdes hojas y mis ojos miren permanentemente al infinito. Son tantas las cosas que quiero cont a r t a n t a s c o s a s t a n t a s
[En la tumba de un escritor] |
A media tarde el hombre se sienta ante su escritorio, coge una hoja de papel en blanco, la pone en la máquina y empieza a escribir. La frase inicial sale enseguida. La segunda también. Entre la segunda y la tercera hay unos segundos de duda.
| Hoy estoy sin saber yo no sé cómo, hoy estoy para penas solamente, hoy no tengo amistad, hoy sólo tengo ansias de arrancarme de cuajo el corazón y ponerlo debajo de un zapato. Hoy reverdece aquella espina seca, hoy es día de llantos en mi reino, hoy descarga en mi pecho el desaliento plomo desalentado. No puedo con mi estrella. Y me busco la muerte por las manos mirando con cariño las navajas, y recuerdo aquel hacha compañera, y pienso en los más altos campanarios para un salto mortal serenamente. Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué, mi corazón escribiría una postrera carta, una carta que llevo allí metida, haría un tintero de mi corazón, una fuente de sílabas, de adioses y regalos, y ahí te quedas, al mundo le diría. Yo nací en mala luna. Tengo la pena de una sola pena que vale más que toda la alegría. Un amor me ha dejado con los brazos caídos y no puedo tenderlos hacia más. ¿No veis mi boca qué desengañada, qué inconformes mis ojos? Cuanto más me contemplo más me aflijo: cortar este dolor ¿con qué tijeras? Ayer, mañana, hoy padeciendo por todo mi corazón, pecera melancólica, penal de ruiseñores moribundos. Me sobra corazón. Hoy descorazonarme, yo el más corazonado de los hombres, y por el más, también el más amargo. No sé por qué, no sé por qué ni cómo me perdono la vida cada día. |
Determinada empresa contrató hace tiempo a un grupo de caníbales. Todo iba bien hasta que uno de los jefazos descubrió que faltaba una secretaria. Cuentan las malas lenguas que el tipo preguntó indignado a los nuevos trabajadores si eran responsables del suceso. Los caníbales juraron por sus muertos que ellos no habían sido, pero en cuanto se fue el gerifalte, sin tenerlas todas consigo, el líder del grupo los puso firmes: «A mí no me engañáis con vuestras historias», dicen que dijo. «Llevamos meses comiéndonos directivos y nadie se había dado cuenta. ¿Quién ha sido el idiota que se ha zampado a la secretaria?».
¿Os habéis preguntado alguna vez por qué la moda de los relojes digitales, en los que las cifras aparecen directamente en la esfera, no ha cuajado? No sólo porque esas cifras son feas, sino porque son agobiantes.
| Tú eres la tumba donde el amor muerto ha de vivir colgado entre trofeos de mis amores pasados que a ti han entregado todas sus partes de mí para que lo de muchos sólo tú puedas guardarlo. Sus imágenes amadas yo en ti las veo, y tú -todas ellas- me tienes a mí entero. |
En el desierto de Oklahoma aterrizó un platillo volante pues estas cosas siempre suceden en USA. La pericia de los alienígenas era notable pues apenas levantaron polvo cuando las tres patas articuladas tomaron contacto con el árido suelo. El ruido de los motores era un siseo apenas perceptible que únicamente se notó al detenerse por completo, al igual que sólo notamos el rumor del aire acondicionado de la oficina cuando lo paran. Sin embargo, nadie había allí para relatar estos hechos ni nadie para dar la correspondiente bienvenida a visitantes tan insignes, si de tales se trataba pues hasta abrir la puerta no podemos decir con propiedad quién tocó el timbre. Entre tanto comentario se abrió una portezuela en la panza del aparato que fiel a su nombre tenía forma de plato, aunque sea osado en estos días tal afirmación pues cada vez se ven más vajillas con platos cuadrados, octogonales o rectangulares, sin contar con los pobres más pobres que ni plato tienen y por eso son los únicos que saben que los platillos volantes no existen y el hambre sí. Por la escalerilla que quedó al descubierto descendieron tres seres de color verde con orejas y narices trompetudas, enfundados en trajes de color plateado. Pisaron el suelo con aprensión y miraron alrededor, como cualquiera de nosotros en tierra extranjera aunque siendo del mismo planeta no debiéramos asustarnos jamás. El paisaje agreste apenas dejaba sitio para algún que otro matorral más muerto que vivo. Se miraron y sin pronunciar palabra se encaminaron hacia uno de los más próximos, con un paso bamboleante cual un trío de borrachos. Al llegar al matorral tocaron unos botones que tenían en el antebrazo. Instantáneamente se vieron envueltos en una luz azulada de gran intensidad que se extinguió gradualmente a lo largo de dos minutos interminables. Arrancaron unas ramitas, las pasaron por la botonera y volvieron a su nave espacial; cerraron la portezuela y despegaron suavemente hasta acelerar repentinamente y perderse en el horizonte. Está visto que hasta los seres más inteligentes tienen necesidades fisiológicas imperiosas.
Según el corresponsal Sandro Pozzi, que informó para este diario [EL PAIS] sobre la entrada en vigor del nuevo sistema de control «biométrico» aplicado a quienes entran en los Estados Unidos, los viajeros afectados se mostraron conformes, en su mayoría, con que se les hiciera una foto, se les tomaran las huellas dactilares y se los sometiera a un interrogatorio o cuestionario con más de treinta preguntas personales, incluida una relativa a sus creencias religiosas. La frase más repetida entre ellos fue: «Si no tienes nada que ocultar, ¿dónde está el problema?» O lo que es lo mismo: «Si eres inocente, ¿qué más da que te fichen y que lo sepan todo?» La ingenuidad de este razonamiento es tan asombrosa que roza la indigencia mental, la estupidez pura y simple. Y el estúpido está siempre vendido, lleva todas las papeletas para convertirse en víctima propiciatoria.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.