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Hay días en los que el tiempo se detiene, nos mira a los ojos y nos dice: “Mañana iré más rápido que nunca”. Entonces comprendemos que hay cosas que nunca llevaremos a cabo, veremos escapar las oportunidades en un remolino tras el tiempo en fuga. Y estaremos quietos en medio del vendaval de horas que transcurren, habremos llegado a la mitad de nuestras vidas sin ser conscientes de haber vivido. Todo fue vano pues se trocó en pasado lejano, y el futuro resulta menos halagüeño en tanto que aún no existe. Mientras tanto el presente, ese instante inaprensible, se reirá a nuestras espaldas y no nos podremos girar para preguntarle el motivo. Y al final, si algún rastro queda tras nuestro será por haber arrastrado los pies.
| Desde este mismo instante seremos dos extraños por estos pocos días, quién sabe cuántos años... Yo seré en tu recuerdo como un libro prohibido, uno de esos que nadie confiesa haber leído. Y así mañana, al vernos en la calle, al ocaso, tu bajarás los ojos y apretarás el paso, y yo, discretamente, me cambiaré de acera, o encenderé un cigarro, como si no te viera... Seremos dos extraños desde este mismo instante y pasarán los meses, y tendrás otro amante: Y como eres bonita, sentimental y fiel, quizás, andando el tiempo, te casarás con él. Y ya, más que un esposo será como un amigo, aunque nunca le cuentes que has soñado conmigo, y aunque, tras tu sonrisa, de mujer satisfecha, se te empañen los ojos, al llegar una fecha. Acaso, cuando llueva, recordarás un día en que estuvimos juntos y en que también llovía. Y quizás no te pongas nunca más aquel traje de terciopelo verde, con adornos de encaje. O harás un gesto mío, tal vez sin darte cuenta, cuando dobles la almohada con mano soñolienta. Y domingo a domingo, cuando vayas a Misa, de tu casa a la Iglesia, perderás tu sonrisa. ¿Qué más puedo decirte? Serás la esposa honesta que abanica al marido cuando ronca su siesta: Tras fregar los platos y de tender las camas, te pasarás las noches sacando crucigramas... Y así, años y años, hasta que, finalmente, te morirás un día, como toda la gente. Y voces que aún no existen sollozarán tu nombre, y cerrarán tus ojos los hijos de otro hombre. Y no me importa quien pase después por un sendero, si me queda el orgullo de haber sido el primero. Y el vaso que embriaga mi ilusión y mi hastío, aunque esté en otra mano seguirá siendo mío. Por eso puedes irte mi pobre soñadora, pues si el reloj se para no detiene la hora, y tú serás la misma de las noches aquellas aunque cierres los ojos por no ver las estrellas. |
-Ambrosio, este trozo de pastel tiene una mancha verde, ¿es crema o moho?
Nuestra naturaleza biológica y trasfondo evolutivo puede ayudarnos a entender ciertos aspectos de la guerra. Como especie, incuestionablemente somos capaces de una agresión a escalas incomparables. Pero la capacidad para la violencia colectiva no explica la existencia de la guerra. Incluso aunque la agresión sea un rasgo universal, la guerra no lo es. Las sociedades guerreras luchan sólo ocasionalmente y muchas sociedades no conocen la guerra. Son circunstancias de la vida social las que explican esta variación. Pero la imagen de la humanidad sedienta de sangre, e inevitablemente avanzando para matar, es un poderoso mito y un importante apoyo para el militarismo de nuestra sociedad. A pesar de su falta de credibilidad científica, todavía habrá cabezas duras «realistas» que continúen creyéndolo, felicitándose a sí mismos por «el valor para enfrentarse a la verdad», totalmente ajenos al mito que hay detrás de su realidad.
Un maestro y su discípulo caminan, y el discípulo pregunta: “¿Adónde vamos, maestro?” Y el maestro responde: “Ya estamos”.
Nunca creí en los Reyes Magos, siempre he sido muy perspicaz. Mis padres atribulados desistieron pronto de querer convencerme de semejante falsedad y acordamos simplemente respetar las formas externas que los ambientes infantiles imponían. Me sentía mayor y feliz al contribuir a que mis amiguitos de la guardería siguiesen en la inopia. Así que cuando el otro día compré un termómetro en la farmacia quise verificar su correcto calibrado. Nada más llegar a casa tomé un vaso, unos cuantos cubitos y me fui al lugar de experimentación escogido. Llené el vaso de cubitos y esperé a que comenzase la licuación. Cuando había descongelado más o menos la mitad introduje el termómetro: -1 ºC. ¡Imposible!, el agua congela (y, por supuesto, descongela) a 0 ºC. Evidentemente había tomado la precaución de tomar agua destilada y el experimento lo hice tumbado en la playa de la Barceloneta. Tras sacudirme la arena regresé airado a la farmacia:
Explicar la idiosincrasia de la ciudad de Ilhéus y sus habitantes provoca que los primeros capítulos de Gabriela, clavo y canela resulten un poco indigestos, además de que acceder con pretensiones de mucho calado provocaría el encallamiento en las arenas de su puerto. La novela se comienza a disfrutar cuando Jorge Amado nos presenta a su protagonista indiscutible, Gabriela, mujer de la clase de ciertas flores que se marchitan en los jarrones. Una preciosa historia de amor con olor a clavo, sabor a canela y tacto cálido.
INTRODUCCIÓN
Los discos suelen ser planos y redondos, por lo que los reproductores presentan una bandeja plana y estrecha en la que colocarlos. Pero spiritchaser de Dead Can Dance tiene, además, raíces que se hunden en la riqueza de los ancestros y los sonidos de la tierra, y ramas que llegan hasta el cielo de las armonías. Para colocarlo en el reproductor lo más aconsejable es olvidarse momentáneamente de estas características especiales (aquello que se olvida deja de existir), hasta que las arborescencias que aparezcan por los altavoces e invadan la habitación nos recuerden que hay músicas tan de este mundo que nos llevan más allá de él.
| Tú le diste esa ardiente simetría de los labios, con brasa de tu hondura, y en dos enormes cauces de negrura, simas de infinitud, luz de tu día; esos bultos de nieve, que bullía al soliviar del lino la tersura, y, prodigios de exacta arquitectura, dos columnas que cantan tu armonía. ¡Ay, tú, Señor, le diste esa ladera que en un álabe dulce se derrama, miel secreta en el humo entredorado! ¿A qué tu poderosa mano espera? Mortal belleza eternidad reclama. ¡Dale la eternidad que le has negado! |
Cubierto de harapos, moqueando, con los ojos dilatados por la envidia y la boca hecha agua, el niño se aproxima al escaparate en donde rebosan pasteles, cestas de Navidad y los más apetitosos manjares que imaginarse uno pueda.
| El ascensor de mi edificio no se detiene nunca ni en la primera ocasión, ni en la segunda oportunidad, ni en la tercera va la vencida, ni en la cuarta dimensión, ni en el quinto pino, ni en el sexto sentido, ni en el séptimo cielo, ni en el octavo... ¡mambo! pues mi piso es el noveno y hasta aquí subo andando. |

LA TRANSICIÓN DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL A LA SOCIEDAD MODERNA
LA FAMILIA NUCLEAR

| Venham cá amores novos que os vellos já me esqueceram, foram penas que voaram folhas secas que já arderam. Voam as velhas cantigas todas tem som lamentado, carregadas de fadigas longe do tempo passado. Quando vem ao pensamento uma lembrança divina vejo os teus olhos na noite que me acordaram de dia. Rosa que estás na roseira deixate estar que estás bem, que acima ninguem te chega a baixo nao vai ninguem. Está a lua parada por cima de essa janela, com sete rosas na mâo vou a roubar essa estrela. |
Las aceras son duras y están ligeramente por encima del nivel de la calzada, con un bordillo que nos protege como eximia muralla frente a los coches (fieros dragones humeantes... ¿te gusta metaforizar?). En la acera nos cruzamos con los demás y todos vamos a algún sitio, no precisamente el mismo para tranquilidad de las autoridades que velan por nuestra integridad y su orden. Y en este deambular nos olvidamos de que en la superficie misma de la acera, justo a ras de nuestras suelas, comienza el cielo.
| QUIEN busca libros viejos nada recuerda, mientras dura entre fechas, aun soñadas, dudosas. La tenue luz se entrega, un mar que sesga el alto estante, si cae allí de la ventana, ola serena borrando casi el nombre, arena al fin, el nombre deseado. Y cuando después, en un invierno, se abre el libro, un nuevo olvido bajo la lámpara se instala. No ese invierno, vienen en el olor de las páginas picadas con la humedad del ámbar, unas palmeras, el cielo en desnivel, y un oscuro mirar hasta cegarse. E igual que entonces se tiene la certeza. A pesar de aquella luz y de esta hora, tampoco los libros son la vida. |
Un hombre entra en una zapatería, y un amable vendedor se le acerca:
| Recuerda, alma mía, aquello que vimos una hermosa mañana de verano suave: una carroña asquerosa, al borde de una senda, en lecho muy pedregoso, piernas arriba, como una mujer lúbrica, ardiendo y rezumando veneno, en actitud indolente y cínica abríase su vientre con mil emanaciones. Sobre esa podredumbre el sol brillaba como para cocerla en su fuego, devolviendo a la Naturaleza y centuplicándolo, todo cuanto ella reunió. El cielo contemplaba tan espléndida osamenta que maduraba y expandía como una flor. Pero tan fuerte era el hedor que creíste desmayarte sobre la hierba y caer. Las moscas revoloteaban por aquel pútrido vientre, del que salían densos batallones de larvas negruzcas que parecían fluir como espeso líquido sobre tales restos vivos. Todo subía y bajaba, igual que las olas, o incluso se desgajaba con crujidos; dijérase que, con indeciso soplo, el cuerpo vivía y se multiplicaba. Conjunto era con música extraña, evocando el agua que mana o el viento, o el grano que rítmicamente el cribador agita y da vueltas en su criba. Se borraban las formas, sólo eran ensueño, un esbozo apenas trazado, como olvidado en la tela y que el artista ultima solamente por los recuerdos. Tras las rocas, una perra inquieta con ojos furiosos nos miraba, acechando la ocasión de seguir mordiendo en aquella osamenta abandonada. -Y sin embargo, ya sabes, basura serás, igual que esta carroña infecta, ¡ay, tú, estrella de mis ojos, sol de mi vida, tú, ángel mío, pasión mía! Sí, así serás, oh tú reina de los encantos, así te verás tras recibir los sacramentos, cuando bajo la hierba y las flores raíces eches entre mil y mil huesos. Cuando eso ocurra, ay belleza querida, di a los gusanos que con besos te roan, que conservé la forma y la divina esencia de mis amores aunque ya sin presencia. |
Bien, pues... Cuando llegué me dijo usted que eso de madrugar es un vicio. ¿Lo decía en serio?
Salgo del coche a duras penas, supongo que daría algunas vueltas de campana, no lo recuerdo. Tampoco sé dónde estoy, ni siquiera qué momento es, pero hace sol aunque lo sienta frío. ¿Iba solo?, cómo saberlo si no recuerdo ni quién soy, volveré a mirar por si acaso. Me paso la mano por los ojos entelados de la sangre que noto correr desde la frente, estoy herido, los médicos dirán cuánto. Vuelvo sobre mis pasos y mis manos, me arrastro. Miro por donde antes estaba el parabrisas y ahora sólo quedan fragmentos en las esquinas, parecen telarañas de cristal, mi mente se dispersa con fantasías, ¿estaré a punto de desmayarme? Dentro del coche distingo un bulto inmóvil, aferrado al volante, el cinturón todavía puesto y la cabeza echada hacia atrás en un ángulo imposible. Me duele todo pero tengo que acercarme más, tengo que tocarlo y ver si está vivo, ver quién es para comenzar a recordar o, simplemente, saber a quién llorar. Adelanto el brazo y consigo aferrar un mechón de pelo. Estiro y la cabeza se mueve sin ofrecer resistencia, como un muñeco roto. Esa cara me resulta familiar, la reconozco casi al instante, no he sobrevivido al accidente.
| Enfants, regardez bien toutes les plaines rondes, la capucine avec ses abeilles autour, regardez bien l’étang, les champs, avant l’amour, car après l’on ne voit plus jamais rien au monde. [Niños, mirad bien las llanuras que os rodean, la capuchina con sus abejas alrededor, mirad bien el estanque, los campos, antes del amor, porque después ya no se ve nada en el mundo.] |
Cuentan que un teixarego descubrió una mañana, cuando se dirigía a la villa para realizar unas compras, a una serpiente bajo un gran peñasco en el borde del camino.
| La speme che rinasce in un col giorno. Dolor mi preme del passato, e noia Del presente, e terror de l’avvenire. [L’esperança que reneix junt amb el dia. Dolor em causa del passat, i avorriment Del present, i terror de l’esdevenidor.] |

| Yo te recuerdo cariño mucho fuiste para mí siempre te llamé mi encanto siempre te llamé mi vida hoy tu nombre se me olvida se me olvidó que te olvidé se me olvidó que te dejé lejos muy lejos de mi vida se me olvidó que ya no estás que ya ni me recordarás y me volvió a sangrar la herida se me olvidó que te olvidé y como nunca te lloré entre las sombras escondido y la verdad no se porqué se me olvidó que te olvidé a mí que nada se me olvida |
- ¿Cuando piensas comprármelo? - preguntó ella.
Cualquier artefacto trae consigo un libro de instrucciones. Sin embargo, al nacer venimos con un pan debajo del brazo, ¡ni siquiera un mísero manual abreviado del sobrevivir! Entonces debemos de aprender sobre la marcha e ir recopilando informaciones que nos servirán para redactar nuestra propia guía de uso, la cual terminaremos cuando desgraciadamente ya no nos haga falta.
Las brumas de la mañana son los fantasmas de los bosques que huyen al amanecer. En su ascenso sólo pueden arrastrar la negritud del cielo pues las ramas de los árboles fijan el azul en su inmensidad. Y el hombre que mira a lo alto se siente pequeño porque, a fin de cuentas, lo es.
Nuestro tiempo pasará por ser el tiempo de la desesperanza. La muerte de Dios, el debilitamiento de las Iglesias, el fin de las ideologías... Sin embargo, yo lo veo más bien como el resultado de la fatiga. Se creen desesperados porque están decepcionados... Pero si estuvieran realmente desesperados no se sentirían decepcionados. Nuestro tiempo no es el tiempo de la desesperanza, sino el del desencanto. Vivimos el tiempo de la decepción.
| Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde -como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante. Dejar huella quería y marcharme entre aplausos -envejecer, morir, eran tan sólo las dimensiones del teatro. Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: envejecer, morir, es el único argumento de la obra. |
La desesperanza, no la tristeza. E incluso: la desesperanza contra la tristeza. Pues la tristeza nunca es sino la decepción por una esperanza previa. Y no hay esperanza que no se vea frustrada, que no tenga su cuota de tristeza e inquietud. Trampas del tiempo. Laberinto de vivir. Mientras que la verdadera desesperanza -si es que es posible- no podría ser triste: si lo fuera, no podría sino esperar el fin de su tristeza y se anularía en esta contradicción. Si la tristeza es un estado negativo, la desesperanza, en el sentido en el que yo la tomo aquí, es un estado neutro. Es el grado cero de esperanza. Nada más; nada menos. Es una suerte de estado sin porvenir (puesto que no hay porvenir que no incorpore esperanza), en el que precisamente se trata de evaluar la posibilidad y las consecuencias. La desesperanza es el presente mismo. Dicho de otra forma: la eternidad de vivir. La palabra, sin embargo, me incomoda un poco, lo confieso, por lo que en apariencia evoca de negativo o triste, por sus connotaciones melancólicas, de nostalgia o, para decirlo todo, de romanticismo. Si sintiera atracción por los neologismos, voluntariamente habría utilizado el de inesperanza, como hacía Mounier en un sentido, por lo demás, bastante próximo: «no el luto de la esperanza sino la constatación de su ausencia...». Pues bien, es un poco eso -esta constatación- lo que en definitiva querría pensar; hasta el final, si es posible, es decir, también hasta su límite y hasta ese extremo en el que la felicidad se convierte por su parte en algo pensable. Pero esta palabra de inesperanza no ha conseguido imponerse. Y además es de justicia. Pues la desesperanza, incluso la más neutra, nunca es un estado original. Supone siempre la fuerza previa de un rechazo. La esperanza es lo primero; por tanto, hay que perderla. La des-esperanza indica esta pérdida que no es en principio un estado sino una acción. La desesperanza viene siempre después. Es el búho de Minerva del alma, y su comienzo. Algo así como en la historia de los números la invención final del cero. El niño cree al principio en Papa Noel...
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.