En un lugar muy remoto hubo una vez una pequeña aldea aislada en la que todos eran magos. Los aldeanos cumplían todos sus deseos simplemente con recitarlos junto al conjuro oportuno. Apenas había avanzado la tecnología más allá de lo básico, no era necesaria. Siquiera existía el reloj cuando el tiempo había sido también dominado y nadie necesitaba ese artefacto para recordarse esclavo de él. La gente vivía feliz aunque no era consciente de ello. Cierto día llegó un forastero, harapiento y cargando un pequeño hatijo con sus escasas pertenencias. Dijo conocer las extrañas habilidades de los lugareños cuando no se sabía de nadie que jamás hubiese marchado del lugar. Tras mucho insistir consiguió reunirlos a todos en la casa mayor. Su intención era explicarles lo que había más allá de las montañas. Les habló durante horas de miseria, violencia e injusticias; y, sin embargo, también de gente que se sentía viva porque luchaba contra todas las desgracias con las manos desnudas, sin más poder que el de pisar la tierra que la recibía al caer. Los aldeanos se miraban sorprendidos y poco a poco fueron sucumbiendo al extraño embrujo de las palabras del forastero, a sentirse avergonzados por sus poderes mágicos, por su vida fácil y, aparentemente, sin mérito que le diera merecimiento de ser vivida. Así todos a una clamaron que dejarían de utilizar la magia en ese mismo momento y lanzaron un último conjuro de limpieza, quedando sin poder alguno. Entonces el forastero comenzó a reír, “estúpidos, he sido enviado para eliminaros aunque me vaya la vida en ello, la magia no tiene cabida en el mercado global, sólo la explotación de la vana esperanza es rentable”. Y fallecieron lentamente de inanición pues nadie pudo salir de la casa, las puertas no tenían pomo, nunca lo habían necesitado antes....y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.