
LA TRANSICIÓN DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL A LA SOCIEDAD MODERNA
La transición de la sociedad organizada jerárquicamente a la moderna sociedad industrial llena la historia de la Edad Moderna hasta nuestros días, pero el paso de la una a la otra se produjo concretamente en la segunda mitad del siglo XVIII (con la Revolución francesa y la Revolución industrial).
En este sentido, el primer momento decisivo lo constituyó la evolución de las clases superiores. Durante los siglos XVI y XVII, el fortalecimiento de las monarquías trajo consigo la aparición de grandes cortes en todos los países europeos, en las que los aristócratas se relacionaban con mujeres de ascendencia aún más ilustre que la suya. Los aristócratas debían mostrarse respetuosos, corteses y galantes con ellas, lo que dio lugar a una cultura del comportamiento, a una nueva «cortesía» en la que se combinaban el respeto debido a la posición social y el culto erótico a la mujer heredado de los caballeros. El prestigio de un aristócrata ya no dependía solamente de su poder, sino también de su estilo de conducta, de su porte, de su amabilidad, de su galantería, de su ingenio y de su capacidad para cautivar a los presentes con su animada conversación, en una palabra, de lo que desde entonces se llamó las «maneras». Quienes juzgaban este estilo eran las mujeres y, por lo tanto, el primer gran paso hacia la civilización lo supuso la necesidad de satisfacer las expectativas de conducta de las damas distinguidas.
Al mismo tiempo, la estructura familiar de la aristocracia continuó siendo tradicional. La familia de esta sociedad estamental es totalmente distinta de la familia moderna. No era una familia nuclear compuesta de padres e hijos y renovada en cada generación; por familia se entendía más bien la familia extensa, que abarcaba varias generaciones. A ella pertenecían, además de las tías, tíos y sobrinos solteros, las criadas, las doncellas, los oficiales y los aprendices que tampoco se habían casado. El hogar familiar era al mismo tiempo la empresa, ya se tratase de una explotación importante, de una hacienda, de un taller de artesanía o de un comercio. En los países protestantes se convirtió en la base del orden moral y religioso, y el cabeza de familia velaba por la lectura de la Biblia y el comportamiento cristiano. Este tipo de familia estaba profundamente integrada en la sociedad y no necesitaba ninguna cohesión emocional especial. Esto no significa que no pudiese haberla; pero en la cultura todavía no existía el sentimiento de intimidad familiar como vínculo especial entre el matrimonio y entre padres e hijos.
En la aristocracia, el amor erótico se practicaba fuera del matrimonio, algo que a los burgueses les parecía ridículo. Para referirse al amor tampoco se hablaba de sentimiento, sino de pasión, es decir, de una forma de sufrimiento que se consideraba una enfermedad; el matrimonio, en cambio, se celebraba por razones de política familiar. En estas familias no había intimidad.
Todo esto cambia con la transición a la sociedad moderna durante el siglo XVIII, cuando la burguesía disputa a la nobleza la dirección cultural. La transformación de la familia se sitúa en el centro de la confrontación ideológica. En la sociedad moderna la familia ya no garantiza al individuo su posición social. Además de la crianza de los hijos, ahora la familia tiene otra función fundamental: la intimidad entre el matrimonio y entre padres e hijos compensa unas relaciones sociales cada vez más impersonales. Este paso se dio en la revolución cultural que tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XVIII, en el llamado «movimiento sentimental».
LA FAMILIA NUCLEAR
A diferencia de lo que ocurría en la antigua sociedad estamental, en la sociedad moderna, caracterizada por la movilidad, la posición social ya no se hereda sino que se adquiere en cada generación a través del esfuerzo individual. En correspondencia, la familia ya no abarca varias generaciones, sino que se renueva en cada generación. De este modo surge la denominada familia nuclear. El amor sustituye a la política familiar a la hora de buscar pareja. El siglo XVIII inventa el sentimiento. Naturalmente, también antes había afectos y emociones, pero éstos no eran atribuidos a la psique, sino al cuerpo. Caían en el ámbito de competencias de la medicina. En cambio, el concepto de «sentimiento» (afecto, simpatía, sensibilidad) introduce un nuevo estado anímico que media entre el espíritu y el cuerpo. De este modo se funda el ámbito de lo que hoy llamamos psíquico. El sentimiento es universal, es «común a todos los hombres», por lo que desde un punto de vista ideológico cumplió la función de superar las barreras entre los distintos estamentos y unir a todos los hombres. El sentimiento fue, pues, revolucionario: todos los hombres son iguales y pueden sentir igual. Al mismo tiempo, Richardson crea en Inglaterra la novela psicológica, que comienza como novela amorosa. Esta clase de novelas idealiza los roles sexuales.
El amor tiene ahora una nueva misión: fundar el matrimonio y superar las barreras entre los distintos estamentos. De ahí que el hombre aparezca siempre como aristócrata (como príncipe) y la mujer como burguesa. El noble se entrega a la galantería sin fines matrimoniales y su deseo es seducir a la joven burguesa. Pero, en materia de sexualidad, ésta es virtuosa y absolutamente fiel a sus principios. Para ella, la moral es fundamentalmente moral sexual, y conceptos como la virtud, decencia, pureza y castidad adquieren un matiz fundamentalmente sexual. De este modo, en el amor las jóvenes sólo pueden reconocer sus sentimientos hacia el hombre cuando él les pide matrimonio, pues antes de esta petición, sería indecente sentir una atracción erótica hacia el hombre. La resistencia de la mujer virtuosa dura justamente hasta ese momento.
Tales ideas conducen a una nueva tipificación de los roles sexuales: a los hombres se les atribuye una naturaleza más pecaminosa, y lo máximo que cabe esperar de ellos es que den satisfacción a sus irreprimibles impulsos únicamente dentro del matrimonio; por el contrario, la mujer es considerada como un ser mucho más puro que el hombre y se cree que es completamente inmune a los deseos sexuales. Si se casa, no es para satisfacer su necesidad de placer, sino porque en cierto modo la base religiosa del matrimonio sólo está segura en sus manos. Por eso su misión es disciplinar y ennoblecer los instintos de la impura naturaleza masculina, una concepción que sigue resonando en «el eterno femenino nos encumbra» de Goethe.
Desde un punto de vista histórico, esta diferenciación es nueva. Desde Eva, la actitud tradicional hacia las mujeres había sido inculpatoria: eran las responsables de inducir al pecado a los hombres.
Así pues, esta revolución cultural del siglo XVIII introduce un nuevo estereotipo de mujer que dominará la escena familiar durante la época burguesa hasta el siglo XX. En todos los ámbitos, al conversar, al comer, al practicar deporte, al vestir, etcétera, «ella» ha de comportarse decentemente. Asimismo, la sensibilidad lingüística de la mujer se agudiza hasta tal punto que, ante palabras pronunciadas con doble sentido, puede llegar a desmayarse.
Esta sentimentalización idealiza a la mujer y la convierte en el «ángel de la casa». El hogar y la familia son ahora el refugio frente a la frialdad del mundo. Además, la mujer obtiene un nuevo compañero: el hijo. Naturalmente, también antes había hijos, pero no se les reconocía ninguna naturaleza especial. Hasta entonces se les consideraba simplemente como potenciales adultos, y todavía no se había descubierto la infancia como una etapa especial del desarrollo. Por pura lógica eran vistos como seres faltos de experiencia, de conocimiento y de dominio sobre sí mismos, pero esto se consideraba simplemente un déficit. No se sabía que en el mundo infantil las cosas tenían vida, que la magia y la fantasía jugaban un papel muy distinto en la experiencia del niño, por que no se hacía ninguna distinción entre el mundo del niño y el mundo de los adultos. Así, por ejemplo, niños y adultos jugaban a los mismos juegos. Se consideraba innecesario proteger la inocencia infantil de las diversiones o chistes obscenos. La literatura aún no había presentado el mundo infantil como un mundo distinto del mundo del adulto.
Todo esto cambia en el siglo XVIII. Tras leer a Rousseau, las madres empiezan a amamantar a sus hijos, al tiempo que se desarrolla una pedagogía infantil. La literatura romántica descubre el mundo infantil como esfera poética, y con ella se descubren también los cuentos. se inaugura el culto a lo originario. Desde la mirada retrospectiva del adulto, la infancia aparece como un mundo encantado que se ha perdido y se inventa la nostalgia. ahora los niños aparecen en la poesía y en la literatura. Surge la literatura infantil, y desde Peter Pan hasta Oskar Matzerath, el protagonista de
El tambor de hojalata, la literatura introduce un nuevo ideal: no tener que crecer. El descubrimiento de la infancia y de la feminidad supone una nueva valoración de la sensibilidad, la inocencia y la pasividad. Quien actúa, se hace culpable; quien, como los niños y las mujeres, no puede actuar, sino que se limita a sentir, es inocente. Sentir se convierte en una forma de pasividad: sólo quien es sensible, registra pasivamente impresiones, y sólo es bueno el que se limita a sentir. Se considera a los niños y a las mujeres seres tan delicados, que se cree que hay que protegerlos de las groserías, de las obscenidades y de toda alusión al sexo.
En esta nueva situación, la imagen de la mujer cambia radicalmente: ahora es vista fundamentalmente como madre. La mujer es la encarnación de la humanidad. Si el hombre personifica la ciencia, el mercado o la política, la mujer suaviza esta dureza masculina con la compasión maternal. El padre duro y la madre tierna se convierten en las dos figuras complementarias de la familia burguesa. Y cuanto más se ve en la mujer una madre, tanto más se desexualiza, lo que conduce posteriormente a la dualidad de la imagen de la mujer, situada entre «la santa» y «la puta»; una dualidad que reaparece en la teoría freudiana del complejo de Edipo: puesto que la madre es una santa, hay que rechazar y reprimir la idea de su sexualidad. Mientras que en la Alemania de mediados de siglo se idealiza la Navidad como una fiesta celebrada en la intimidad de la sacrosanta familia, en Francia se produce una obsesión cada vez mayor por la figura de la prostituta.
La dama de las camelias, de Dumas, crea el mito de la cortesana de buen corazón, un mito que perdura hasta nuestros días: la imagen de la mantenida tuberculosa, seductora pero condenada a muerte, que es redimida de su sufrimiento por una muerte desgarradora. Por el contrario,
Nana, de Zola,
Marthe, de Joris-Karl Huysmans, y
La fille Eliza (1877), de Edmond de Goncourt, describían con absoluta exactitud una profesión que seguía siendo misteriosa. Hasta mediados de siglo, la prostitución se vio como una especie de mal necesario. En su libro titulado
Prostitución, el sexólogo Dr. Acton afirma que esta red no se puede eliminar. Pero hacia fines de siglo, científicos sociales, jueces, médicos y moralistas comienzan a considerar el destino de las prostitutas como un problema moral y social pendiente de solución. Esto fue interpretado como una fantasía de salvación colectiva: decepcionado por el descubrimiento de la sexualidad de su madre, el niño la degrada en su fantasía a una mercancía, a la que después salva para poder recuperar el primer amor de su vida.