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“Gran ley y que debe observarse: que nadie hable fuera del negocio.”
Un joven aprobó las oposiciones imperiales en Pekín y le dieron un cargo de funcionario en una ciudad de provincias. Fue a despedirse de su protector, que era un alto funcionario de la administración.
Encendí el ordenador porque quería escribir un cuento de terror. Para empezar debía de crear el ambiente propicio para la historia, así que apagué las luces y dejé que la pantalla iluminara tenuemente mi cara y el teclado. El ordenador seguía su lento proceso de arranque. Encendí dos velas a la izquierda y coloqué un crucifijo a la derecha apoyado en una copa junto a una rosa marchita. La barra de color azul seguía surcando la pantalla, deteniéndose algunos momentos para volver luego otra vez a moverse. Después del ambiente era importante encontrar un personaje que fuese creíble como víctima, pues para héroes ya están las historias románticas. Alguien alto, desgarbado, pálido y con una tos enfermiza, como yo. "Se está cargando su configuración". Una vez creado el ambiente y escogido el personaje tocaba imaginar la situación en la que se vería implicado, algún toque sobrenatural o un contacto con la muerte sería suficiente. Un pitido del ordenador me arrancó de mis pensamientos y me obligó a fijarme en la pantalla: "Windows no pudo cargar su configuración, fue eliminada cuando usted murió."
Hay dos tipos de personas: las ganadoras y las perdedoras. Las primeras no son siempre las primeras pero las segundas siempre son las últimas, es decir, ganador es quien lo intenta y perdedor es quien no se atreve. Hasta aquí parece un resumen de manual barato de psicología americana, que podría serlo, pero lo chocante es que se aplique a una película en la que sale un homosexual suicida, un drogata sexagenario, un nihilista mudo, un fracasado de éxito, una madre desorientada, una niña del montón y una furgoneta escacharrada, y el resultado sea una película estupenda, amargamente divertida y muy recomendable de ver.
| Me asomé a la balcona y contemplé la ciela poblada por los estrellos. Sentí fría en mi caro me froté los monos y me puse la abriga y pensé: qué ideo, qué ideo tan negro. Diosa mía, exclamé: qué oscuro es el nocho y qué solo mi almo perdido entre las vientas y entre las fuegas, entre los rejos. El vido nos traiciona, mi cabezo se pierde, qué triste el aventuro de vivir. Y estuvo a punto de tirarme a la vacía... Qué poemo. Y con lágrimas en las ojas me metí en el camo. A ver, pensé, si las sueñas o los fantasmos me centran la pensamienta y olvido que la munda no es como la vemos y que todo es un farso y que el vido es el muerto, un tragedio. Tras toda, nado. Vivir. Morir: qué mierdo. |
La mujer tiene un exterior teatral y una intimidad recatada; en el hombre es la intimidad lo teatral. (...)
Un monje tenía siempre una taza de té al lado de su cama. Por la noche, antes de acostarse, la ponía boca abajo y, por la mañana, le daba la vuelta. Cuando un novicio le preguntó perplejo acerca de esa costumbre, el monje explicó que cada noche vaciaba simbólicamente la taza de la vida, como signo de aceptación de su propia mortalidad. El ritual le recordaba que aquel día había hecho cuanto debía y que, por tanto, estaba preparado en el caso de que le sorprendiera la muerte. Y cada mañana ponía la taza boca arriba para aceptar el obsequio de un nuevo día. El monje vivía la vida día a día, reconociendo cada amanecer que constituía un regalo maravilloso, pero también estaba preparado para abandonar este mundo al final de cada jornada.
| Es esta celda tan grande que los barrotes no veo, es la cadena tan liviana que su contacto no siento. ¿Dónde estás, carcelera, para librarme de tu deseo? |
Creo de veras que si los líderes políticos del mundo pudiesen ver su planeta desde mucha distancia, digamos unos 16.000 kilómetros, su punto de vista podría cambiar radicalmente. Esa frontera de importancia tan fundamental resultaría invisible, la ruidosa discusión se vería de pronto silenciada. El minúsculo globo continuaría girando, ignorando con serenidad toda subdivisión, presentando una fachada unificada que exigiría a gritos un entendimiento unificado, un tratamiento homogéneo. La Tierra debe volverse tal como aparece: azul y blanca, no capitalista o comunista; azul y blanca, no rica o pobre; azul y blanca, no envidiosa o envidiada.
-Quizá es que no me quieres.
Por los pasillos de las oficinas ultrasecretas de Danone (sólo conocidas por Google) venía corriendo un señor con bata blanca y una probeta en la mano. Abrió de sopetón la puerta de uno de los laboratorios, sin hacer uso del identificador por iris ocular que no funcionaba desde que una trabajadora gallega le echase mal de ojo. Los compañeros desviaron su atención de los instrumentos en pos del intruso, menos Paco que estaba ensimismado mirando por microscopio cómo copulaban dos bífidus especialmente activos. “Pero bueno, que hay gente trabajando, un poquito de por favor”, dijeron al unísono. Ramón, el intruso, se detuvo en seco bajo el umbral, con la probeta en la mano y el sonrojo en las mejillas. “Lo tenemos, ¡lo tenemos!”, dijo. Sus compañeros se pusieron en pie de inmediato, menos Paco, y comenzaron a lanzar gritos de alegría. Por fin se había logrado una nueva generación de bífidus capaces de aniquilar los de la competencia. Bastaría un único yogur para que el cliente quedase inmunizado contra cualquier otro no patentado por Danone, ¡un hito de la ingeniería alimenticia! Entonces Paco apartó distraído la mirada del microscopio y mientras miraba con tristeza a sus compañeros dijo: “Haz el amor, no la guerra.”
| Y pensar que después que yo muera, aún surgirán mañanas luminosas, que bajo un cielo azul, la primavera indiferente a mi mansión postrera encarnará en la seda de las rosas. Y pensar que desnuda, azul, lasciva, sobre mis huesos danzará la vida, y que habrá nuevos cielos de escarlata bañados por la luz del sol poniente, y noches llenas de esa luz de plata, que inundaban mi vieja serenata cuando aún cantaba Dios bajo mi frente. Y pensar, que no puedo en mi egoísmo, llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja; que he de marchar yo solo, hacia el abismo. Y que la luna brillará lo mismo, y ya no la veré desde mi caja. |
Es evidente que la felicidad depende, en parte, de las circunstancias y, en parte, de uno mismo. En este libro [La conquista de la felicidad] nos hemos ocupado de la parte que depende de uno mismo, y hemos llegado a la conclusión de que la receta para la felicidad es muy sencilla. Muchos creen, y entre ellos mister Krutch, de quien he hablado en un capítulo anterior, que es imposible la felicidad sin un credo más o menos religioso. Muchos que son desgraciados creen que su infortunio es de raíces complicadas y muy intelectuales. Yo no creo que sean éstas las causas de la felicidad ni de la desgracia; creo que no son más que síntomas. El hombre desgraciado tiende a adoptar un credo desgraciado y el hombre feliz un credo feliz: cada uno atribuye su felicidad o su desgracia a sus ideas, cuando ocurre todo lo contrario. (...) Cuando las circunstancias exteriores no son definitivamente adversas, el hombre debería ser feliz siempre que sus pasiones se dirijan hacia afuera, no hacia dentro. Nuestro esfuerzo debiera, pues, tender, tanto en la educación como en las relaciones sociales, a evitar las pasiones egocéntricas y la adquisición de afectos e intereses que impidan a nuestro pensamiento encerrarse perpetuamente dentro de sí mismo. Los hombres no son felices en una prisión, y las pasiones encerradas dentro de nosotros mismos constituyen la peor de las prisiones. (...)
Un toro joven ve que la valla del campo lindante, lleno de vacas, está abierta. Alegre, le dice al toro viejo: «Mira, ¡la puerta está abierta! ¡Apurémonos y aprovechémonos de unas cuantas!». A lo cual el toro viejo responde: «No, vayamos despacio y aprovechémonos de todas».
Inquieto cada vez más ante las inquietudes que me inquietan y queriendo dar desahogo al ahogo que me producen, hace una semana decidí crear un blog para mis momentos de intimidad pública. El lunes escribí lo mal que me cae el jefe en la puerta del lavabo del excusado, un clásico de la introspección. El martes lo escribí en la máquina del café, promoviendo la tertulia. El miércoles lo escribí en el techo de la oficina, cambiando puntos de vista. El jueves lo grabé con un buril en el parabrisas de su coche nuevo, ampliando horizontes. El viernes me despidieron, total, por un blog.
Vitam quae faciunt beatiorem,
| El bastón, las monedas, el llavero, la dócil cerradura, las tardías notas que no leerán los pocos días que me quedan, los naipes y el tablero, un libro y en sus páginas la ajada violeta, monumento de una tarde sin duda inolvidable y ya olvidada, el rojo espejo occidental en que arde una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas, láminas, umbrales, atlas, copas, clavos, nos sirven como tácitos esclavos, ciegas y extrañamente sigilosas! Durarán más allá de nuestro olvido; no sabrán nunca que nos hemos ido. |
La rana metió en un hatillo de helecho sus pocas pertenencias y de un salto abandonó la charca. Ante ella se extendía el inmenso erial que rodeaba aquel eximio afloramiento de agua, paraíso líquido, cuna y sepultura de sus ancestros, hogar de los allegados. Matojos secos y rastrojos crujían cuando el viento soplaba a su través, no había vuelta atrás, la decisión había sido tomada y el primer salto ya había sido dado, las consecuencias sólo podían ser inevitables a partir de aquel momento. Durante el día se agazapaba en la sombra de alguna piedra, no hubiera resistido los hirientes rayos que a otros colman de alegría. Avanzaba de noche cuando todos los gatos son pardos y no pocos los peligros para una rana del páramo, pero ella avanzaba con la fuerza de sus ancas, seguía recto, hacia donde la noche siempre parecía más oscura, hasta que los primeros rayos del sol aparecían invariablemente tocando a retreta. Pasaron varias noches con sus días, sombras que proyectaban cuerpos aunque todos opinen lo contrario. Continuaba infatigable, salto a salto avanzaba, poco cada vez pero suficiente para dejar atrás la tortuga de Zenón inmovilizada desde tiempos inmemoriales en su paradoja. Llegó el alba del séptimo día, quizás un número especial para la cábala pero que para una rana lo único extraño que se le podía achacar es que terminase en timo. En uno de sus saltos cayó en terreno húmedo, otro salto más y aún había más humedad, un tercer salto y era agua lo que la recibió; el agua no juzga, sólo moja. Había llegado a dónde nadie la esperaba para encontrarse a sí misma.
Conozco desde hace ya muchos años las recomendaciones de todos los prontuarios para gobernantes para desenvolverse con posibilidades de éxito en los inclementes territorios del poder. Desde Maquiavelo a Gracián, una infinidad de autores insisten en la misma recomendación: en ciertos ámbitos de la vida en colectividad, y más concretamente, los que atañen más de cerca al uso y manejo del poder en cualquiera de sus formas, es preceptivo no fiarse nunca de los amigos.
Es un pobre hombre, muy inocente, que llega al portal de Belén con las manos vacías porque está demasiado ocupado admirando todo lo que ve, cautivado por la belleza de las cosas. Un villancico cuenta la historia:
Mañanitas floridas
del frío invierno
recordad a mi niño
que duerme al hielo.
LOPE DE VEGA
Vistió la noche, copo a copo,
pluma a pluma,
lo que fue llama y oro,
cota de malla del guerrero otoño
y ahora es reino de la blancura.
¿Qué hago yo, profanando, pisando
tan fragilísimo plumaje?
Y arranco con mis manos
un puñado, un pichón de nieve,
y con amor, y con delicadeza y con ternura
lo acaricio, lo acuno, lo protejo.
Para que no llore de frío.

| Amor, te quise tanto, tanto, cuando pensaba quererte, que ahora que no pienso siento que no te quiero. |
(Por esta vez sacrifico la urbanidad a la verdad. Francamente, creo que valgo más que mi criado; si así no fuese, le serviría yo a él. En esto soy al revés del divino orador, que dice: Cuadra y yo.)
¿Existe la magia? Menuda tontería, claro que no, eso creía yo... Me han regalado mi primer disco de Tom Waits, su último orphans, formado con canciones alborotadoras, boceantes y bastardas, es decir, descartadas de discos anteriores. Con semejantes antecedentes la decepción está al acecho en espera de su oportunidad. Hasta que descubres que colocarlo en el reproductor es meter la mano en una chistera de la que saldrán sonidos sorprendentes rodeados de recitaciones hipnóticas, es dejarse serrar por su voz áspera y recomponerse milagrosamente cuando el disco deja de girar, es hundirse en la tierra y es levitar,... es magia que se ha podido grabar.
| Un instante separa devoción de blasfemia, un instante divide lo cierto de lo incierto; disfruta de este instante y tenlo en mucho aprecio, que el total de la vida suma lo que este instante. |
Nada más remoto en el tiempo que unas pisadas dejadas por unos homínidos durante el Plioceno. Nada menos familiar, en principio, que el paisaje de la meseta de Eyasi en Tanzania donde, en 1977, se encontraron tales huellas fósiles. Y, sin embargo, hay algo muy íntimo en estos restos. Tres individuos bípedos, quizás un varón, una hembra y un niño, caminaban durante un cálido atardecer, poco antes de que una lluvia de ceniza volcánica sacara un molde de su rastro en el húmedo terreno: una auténtica fotocopia en piedra de veinticinco metros de longitud. Un testimonio de tres millones y medio de años para un suceso que apenas había durado unos segundos. Algo había oído decir de las pisadas fósiles de Laetoli atribuidas a Australopithecus afarensis. Ponerse de pie y liberar las manos es lo primero que hace falta para desarrollar la inteligencia. Disponer del concepto mano es condición necesaria para poder convertir ideas en objetos, teoría en práctica, y para, en definitiva, empezar a hacer ciencia, probablemente la forma de conocimiento más antigua del mundo (he aquí, por cierto, el tapón evolutivo con que se enfrenta, pongamos por caso, el ya de por sí despabilado delfín). Pasmado ante una fiel reproducción de las célebres huellas en el Musée de l’Homme, a uno le daba casi por jalear mentalmente a la evolución biológica: «¡ánimo Australopithecus, ya estás en pie!». Era el principio de un largo camino: aún habían de transcurrir más de un millón de años para la industria lítica, tres millones de años para descubrir el fuego y casi tres y medio para enterrar a los muertos. Pero nadie me había comentado nunca un detalle extraordinario de las huellas de Laetoli. Las huellas del paseante de tamaño medio están ¡todas! meticulosamente sobreimpresas en el interior de las huellas del adulto. Éste era el detalle entrañable. Entrañable... ¿por qué?
La Companyia Dei Furbi se lanza a las turbulentas y traicioneras líneas de un texto de Marivaux, soltándose valientemente del asidero de los divertimentos anteriores y prescindiendo del continuo jolgorio enmascarado. Y, al igual que los personajes de L'illa dels esclaus, consiguen salvarse sobradamente ante lo que hubiera podido ser el naufragio de su cambio de rumbo.
El gran secreto es que el amor no correspondido es una invención, lo dicen al principio y la obra se dedica a demostrárnoslo. Es más, a mí me ha convencido incluso de que el amor, todo él, es una invención. Los modelos para nuestras relaciones se toman de la ficción y sólo podemos elegir si comportarnos trágica, cómica o dramáticamente. Seducir es representar un papel que la cotidianeidad se ocupará de rasgar por muy pintado de azul que esté.
| Alzábanse allí antaño abetos, abedules, ballet benevolente, belleza bienhechora... Calveros coloridos, con cánticos campestres de divinas doncellas, desbordantes de dádivas. Extendíanse entonces en edénico espacio florestas fabulosas, fortalezas fantásticas. Graciosas golondrinas giraban gayamente -homenaje hechizante, horizonte hiperbólico-, instaurando ideales, inscribiendo ilusiones. ¡Jornadas jubilosas, jolgorios juveniles, kermesses kaiserianas, kioscos kilométricos! Luengos lustros labraron las lúdicas leyendas. Mis muertos mantuvieron mil mitos memorables. Nacieron nuestros niños, nidada numerosa... Olvidando orgullosos obsoletas ofrendas, partieron presurosos, petulantes, pueriles. Quedamos quebrantados, quietamente quejosos. Recordando riquezas, rumiábamos rencores... Sursum! Sonreíamos serenos, sosteniéndonos solos. Trabajando tenaces, tolerantes, tranquilos, una ufana utopía urdiremos unánimes. Valientes, volaremos venerables vestigios -Walhallas, Waterloos, Washingtones, walkirias, xirimías, xilófonos, xenofobias, xenones-, ya yertos y yacentes, yugulados y yermos. ¡Zanjemos zarandajas, zarpemos zahareños...! ¡Adiós, ahora, amigos! Agotado abandono... |
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.