
Un joven aprobó las oposiciones imperiales en Pekín y le dieron un cargo de funcionario en una ciudad de provincias. Fue a despedirse de su protector, que era un alto funcionario de la administración.
- No es fácil trabajar en esas poblaciones de provincias -le dijo su protector-. Deberás tener prudencia.
- Sí, señor. Le agradezco su consejo -dijo el joven-. Le ruego que no se preocupe. He preparado mentalmente cien frases hechas. Cuando tenga que hablar con algún funcionario de allí, le diré una. Seguramente le agradaré.
- ¿Cómo serás capaz de hacer eso? -le preguntó su protector, consternado-. Somos caballeros. Somos personas de principios. No debemos caer en la adulación.
- Por desgracia, la verdad es que la mayoría de la gente le gusta que le adulen -dijo el estudiante con aire de impotencia-. Somos muy pocos los caballeros como usted y yo a los que no nos gusta que nos adulen.
- Puede que tengas razón -le dijo su protector con una sonrisa.
Más tarde, el joven contó esta conversación a un amigo suyo.
- Ya he gastado uno de los artículos de mi reserva. Me quedan noventa y nueve frases hechas.
...y ahora sonría, cierre el panfleto y váyase a vivir.